miércoles 29 de abril de 2009

POR CARIDAD, COMPAÑERAS

He aquí un llamamiento para todas mis amigas que me envían un montón de mails con archivos pps.

Queridas mías: trabajo en una oficina cuajada de hombres, luceros para más INRI. Es decir: técnicos de luces curtidos en la dura vida de la gira del pop star de turno, de pueblo en pueblo, de noche en noche, todos ellos (testosterona pura) amontonadaos en un autobús antes y en una oficina ahora, respirando los olores que solo ellos son capaces de emanar según terminan de currar al sol que más caliente del agosto español y no se duchan. Y cuando se duchan más o menos lo mismo, que estos emanando no son nadie. Solitarios, lejos de sus familias de sus estables novias, necesitados siempre de unos brazos que les reconforte y envuelva (aunque si pueden elegir, donde estén unas piernas, a poder ser rematadas en tacón de aguja…). Hombres con hombres y mil plazas de toros abarrotadas por muchas mil fans hiperexcitadas donde antes hubo corridas. En fin, que no sé si me explico….

Estos hombres se consuelan entre ellos enviándose mails cuajados de archivos pps con mujeres espectaculares retocadas con bisturí, siliconas y photoshop y nada de nada de ropa en poses imposibles hasta para las chinas del Circo del Sol. Imposible no verlo y recordar la campaña primaveral de Dove que en el mejor de los casos es una por estas fechas.

Así que por favor, dejad de enviarme mail con pps de gatitos monos y paisajes preciosisísimos. Con mensajes arrebatados de buenos sentimientos exaltando la amistad que nos profesamos y con cuentos feministas de la Cenicienta o de Mafalda. Ni otras bobadas por el estilo.

A partir de ahora quiero mails cochinos de maromos en porretas, modelazos que te cagas y/o bomberos, y sobre todo y preferiblemente de Lobezno Jackman. Para mi disfrute personal, que yo también soy lucera, pero y sobre todo, para vestir con ello la pantalla de mi ordenón y recordar a mis compañeros y sin embargo amigos, que ellos aunque figurines fornidos en gimnasio son calvos, y los que tienen pelo van ya para fofos. Y todos, todos, cuarentones.

Gracias por vuestra comprensión.

lunes 7 de abril de 2008

CUMPLEAÑOS FELIZ

Hoy mi niña celebra su cumpleaños y yo celebro no estar de parto. La pienso y siento cada día que ha pasado por ella, cada talla de ropa, de zapato y de patín que ha ido cambiando, cada palabra más que ha dicho, cada hazaña nueva, y la veo evolucionar en mi recuerdo desde su primera imagen de bebé recién nacido hasta hoy. Desde el día mismo en que supe que yo estaba embarazada.

Y sin embargo me pienso a mi misma y no encuentro esos días, hace tanto que me siento siendo siempre la misma. Como si en mi no cupiera todo el tiempo que si ha cabido en ella, como si los siete años se midieran distinto en mi contabilidad.

Pero si pienso un poco más dentro, en estos años me han cabido varias vidas, y por Lenin que las he vivido: en este tiempo he pasado residiendo por dos ciudades distintas, por tres casas diferentes, por dos hombres importantes, por un estado de ociosa profesional dedicada a mi retoño, por una empresa familiar y después por otra mayor con mayores ambiciones y un futuro abierto por delante. Por muchos viajes, por muchas risas, por muchas citas, por muchas compañías bien reídas, por muchas conversaciones y ratitos con multitud de gente o a solas en mi sofá recibidor. Mucha gente, los de siempre, muchos de más y algunos magníficos, un par de ellos de menos. Por algunas crisis que han pasado haciendo mucho ruido, pero al final siempre de puntillas por mi vida, dejándome más datos que no sabía, lo mejor de mis seres queridos, y también mucha más ciencia sobre ellos mismos que me han ayudado a conocerles mucho mejor, saber un poquito más de lo que puede y quiere y lo que no cada uno. Ser consciente de que pueden y quieren, mucho y mucho inesperado. He pasado de peatona a conductora. Por algún momento de observadora atada e inquieta y por mi natural de agitada guindilla activa. He conocido a la persona más importante de mi vida, mi afecto más continuo, la única persona a la que yo he podido querer hasta ahora de forma paciente, constante e incondicional. La he disfrutado y sigo disfrutándola. Y sigo y quiero seguir conociéndola. Mi niña, la torpeda cariñosa, caradura y buena.

No miro mucho hacia atrás y por eso no me noto diferente. Algunas veces asocio nuevas imágenes y sabores a viejos recuerdos y lo pongo en palabras. Miro lo justo hacia delante, el ahorrillo a prever, tal vez la próxima vacación disfrutando en sueños posibles viajes para disfrutarlos dos veces, el soñado y el vivido después totalmente distinto seguramente en destino y en ejecución, sin que me importe lo más mínimo que lo obtenido no se parezca en nada a lo previsto: dos disfrutes en lugar de uno. Miro lo que tenemos que comer próximamente y compro previendo.

No sé donde estaré mañana, puedo intuirlo medianamente, ni idea de pasado mañana. Imposible imaginar que será de mi dentro de otros siete años. Pero deseo que mi vida sea tan excitante como lo ha sido hasta ahora. Deseo que me queden por delante muchos más años como estos. Voy a soplar mi vela.

Pensándome en detalle, sé que no soy la misma geográficamente hablando, y también hay notables diferencias físicas. Felicidades y gracias, Gade. No sé si soy más fuerte ni mejor, pero sí que tengo muchas más ganas.

domingo 23 de marzo de 2008

EL MISTERIO DE LA BRAGA FUCSIA

Como no me había ido, no voy a decir que he vuelto. Tampoco voy a decir que no tenía nada que contar, porque como ya os imagináis todos, eso en mi caso, nunca es cierto. Lo que no he tenido han sido las energías necesarias para sentarme frente al ordenador a escribir y escribir y escribir, que he pasado una temporadilla un poco mermada… Así que me he ido apañando con los tropocientos cuadernos y libretillas que viven en la cabecera de mi cama y con los oídos prestos del pobre Inti que han llegado a sangrar y varias veces. Y con los de mis amigas y hermana, que también han supurado un poco (es que ellas llevan mucho más años entrenando).

Pero esta mañana dominguera de no hacer nada, que viene a prolongar mi sábado de hacer más de lo mismo, me he encontrado plantada con una cuestión requeteíntima digna de debate que planteaban Mónica Unhinged y Andreílla: PEDIR PRESTADAS UNAS BRAGAS, hete aquí qué cuestión, y aun más, el riesgo de que vayan y te las dejen.

Debo confesar, Andreílla que como bien sospecha Mónica, yo sí soy de esas que las prestan. De hecho me ocurrió una vez un evento curioso que guarda relación.

Yo había acudido a la casa familiar del Inti a solazarme con un ágape gallego de celebración por el nacimiento del único retoño infantil del clan, único y esperadísimo nieto de la Madre Matriarca y sobrino del resto. La casa familiar del Inti es un Gineceo como la mía propia, solo que mucho más numeroso. En aquella ocasión estábamos sentadas a la mesa las cuatro hermanas del Inti, la Madre Matriarca del mismo (en adelante y por abreviar MM), una amiga de la MM, una hija de la amiga de la MM, Mari, nuestra asistenta personal de todas las casas del círculo Inti, que es una mujer multiusos que nos tiene los hogares como patenas, nos abastece de chorizos leoneses oriundos de matanza casera y nos regala con conversaciones que jamás tienen fin (cuando ella y yo enganchamos hebra telefónica anochece y amanece varias veces). Y el Noveno Elemento sentada a la mesa que era yo misma. Por si no lo habéis observado, no había ni un solo culo de hombre, en varios kilómetros de sillas a la redonda.

En aquel ambiente distendido, íntimo y femenino estábamos todas, con Mari, que sospecho yo que es hiperactiva, entrando y saliendo de todas las puertas (de algunas incluso a la vez) llevando y trayendo cosas, poniendo y quitándolas de varios lados y volviéndolas a reponer. Y una de las cosas que nos puso sobre la mesa justo entre la sopera con sopa y la fuente con lomo en aceite, y entre los entrantes y el primero, fueron unas monísimas microbragas de color fucsia, con la siguiente pregunta flotando cual parapente en el aire “¿bueno y ahora que estáis todas, vamos a ver de quien son?”. Porque las bragas en cuestión llevaban días girando como el libro de un bookcroser de mesa en mesa y cama en cama, de habitación en habitación por todo el ecosistema Inti sin que nadie se hiciera responsable de ellas ni las guiñara disimuladamente un ojo. De ese modo todo visitante del retoño recién nacido, miembro de parentela o vecino raso, el instalador del gas que revisa calderas e incluso el fontanero que fuera a tapar un poro de la tubería de la ducha que fuga, todos sin excepción habían podido regalarse con la presencia de las bragas, algunos incluso varias veces y en distintos emplazamientos.

Allí ninguna estábamos excluidas por descarte. Ni la MM ni su amiga porque la intimidad es muy íntima y dentro de ese ámbito sucede de todo (que ya os lo digo yo que lo he visto y varias veces). Pero ellas liquidaron pronto la responsabilidad por una cuestión de tallas y relajadas sacaron una caja de bombones, se recostaron en sus asientos, bien dispuestas al buen ratito de la observancia. Yo debo decir que aquí Mari desechó muy rápido esta posibilidad, muy a la ligera en mi opinión, porque si hay algo que permite la libertad absoluta de tallas incluyendo las micromínimas, es la lencería, y si no observad a las brasileñas de imponentes culos (también conocidos como “buyangas”) e invisibles microtangas. Yo sigo pensando que habría que haber tirado un poco más de ese hilo, pero en fin: no dirigía yo la investigación…

La hermana Uno dijo que ni de coña, que ella era una parturienta reciente y que ya le gustaría poder usar esas prenditas, pero que no recordaba la última vez que había portado algo distinto de la braga faja reductora sujetante y funcional y que solo con mirarla se la estiraban los puntos. Y las demás nos sobrecogimos un poco en nuestra anatomía íntima y no lo dudamos ni un poquito. La hija de la amiga se hizo la loca porque ella hacía años que no pisaba por aquella casa, y se comió un bombón. Y ya quedábamos cinco sospechosas. Mari estaba fuera de cuestión, con sus brazos en jarras y su mirada inquisitora. Sólo cuatro. La hermana Dos dijo que a ella no la miraran, que ella de perderlas, las pierde en otras plazas, y todas asentimos con la cabeza. Quedábamos tres. La hemana Tres y la hermana Cuatro dijeron que mía no, que mía tampoco, y resultaba creíble que ambas lo tuvieran claro, porque son las dos residentes habituales de aquella casa y las que más tiempo llevaban viendo derivar las bragas de plaza en plaza sin nadie que las reclamara. Así que tras un breve rato de marear esa perdiz, y súbitamente y sin aviso, se callaron todas y giraron sus caras y sus vistas hacia mi, que permanecía ajena en casa ajena entregada al deleite del exquisito caldo gallego. Yo que podía sentir los dieciséis ojos (que son muchos) pegados sobre mi misma, levanté mi vista del plato, con mi cuchara suspendida en el aire, sin saber a quien mirar ni si dejar abierta o cerrada la boca, concentrada en recordar si había tragado ya o podía escurrírseme el caldo por las comisuras.

Mari rompió la tensión y el silencio, y enarbolando su dedo índice contra mi, me espetó desafiante: “pues ya está claro, son tuyas”. Yo tragué, porque sí se me estaba escurriendo un poco el caldo, y no acerté al decir un “oye que no, no es lo que parece que yo tengo casa propia” nada creíble, porque la verdad es que yo no tenía ningún buen argumento que me excluyera de culpa y porque todas saben de mi absoluta falta de escrúpulos a la hora de prestar todo lo mío sin excepción (que una es generosa, sin más, y que yo sepa eso nunca ha sido malo).

El Auto de la Jueza Mari concluyo que los hechos habían sido los que siguen: un día D una hermana H, con altas probabilidades de que fuera la Dos había acudido a mi casa como tantas otras veces, dispuesta a una relajada (o no) cuchipandi. En el fragor de la cerveza la cosa se habría ido liando y avanzando la hora de la madrugada, la hermana H (probablemente la Dos, pero sin descartar tampoco a la Tres) habría sentido pereza para regresar de nuevo a su hogar materno. Empujada por la modorra y por la torpeza de los efectos etílicos (por no decir impedida) habría concluido que lo mejor era quedarse a dormir en mi casa, no siendo esa tampoco la primera vez. Que por la mañana, tras despertarse y desperezarse, y muy probablemente tras tomarse un Resalim empujada por el malestar corporal al que llevan los excesos, habría decidido darse una ducha. Que limpia y fresquita como se queda una después de ese aseo, no habría sentido ganas de revestirse con su ropa usada el día anterior, más que probablemente apestante a tabaco y con alguna que otra mancha de licor, como ella misma, la propia Mari había podido observar sienes y sienes de veces, (“que si vosotras tuvierais que sacar la Coca Cola de la ropa cogeríais la copa con otra firmeza” añadió). Que la hermana H (fuera la que fuera) habría tomado prestadas prendas limpias de mi propio armario para cubrirse con ellas. Que dados mis pocos escrúpulos para la cosa Íntima (y pongo la mayúscula porque no conseguí detectar si lo decía con segundas o con primeras) y mi facilidad para prestarlo todo, yo habría prestado hasta las bragas (como ella sabía más que de sobra pues no era la primera vez que ocurría, y argumentó con un deje innecesariamente agresivo para mi gusto, que la hermana Dos posee un culot blanco con circulitos de colores que si bien ahora son suyas antes me pertenecieron a mi), y que tras la exposición de las evidencias solo podía concluirse que aquellas bragas no reclamadas eran mías y punto.

Se utilizó también en mi contra el agravante aquel de que a mi me pirre la lencería y tenga una colección bien nutrida de conjuntitos monísimos y de lo más sexys todos ellos, y que le pareciera imposible que ante tanta braga yo pudiera reconocer con precisión cual es la mía y cual no. No se le ocurrió pensar que yo pudiera verlas a todas como a hijos, que podrán ser mil como los de San Luís, pero únicos y diferentes cada uno para su madre. No, eso no lo pensó.

Ya nada sirvió de de nada: ni que yo alegara que mis bragas todas tienen mil puntillas y lacitos y estampados y seditas y que aquellas eran de licra y con un color liso sin más. Ni que a mi me importen tanto mis bragas que no suelo perderlas fácilmente y que en el peregrino caso de que yo aceptara que eso puede ocurrir (que oye, muchísimas cosas más raras también son posibles) yo sí sé perfectamente cual es el miembro que cursa baja, y que hasta le lloro amargamente, y que después de reponerme, concentro bastante energía propia en intentar recuperarlas, porque hasta la fecha siempre he conseguido recordar donde las pierdo.

Pues que si quieres arroz catalina. Que Mari me plantó las bragas al lado del plato y yo me volví a casa con las propias de uso puestas y otras ajenas metiditas en mi bolso, que a fecha de hoy sigo sin saber qué culo han resguardado. Yo por aquello de continuar un poco con la investigación y de hacer justicia de verdad de la buena, las saqué a colación un día en que el Inti y yo estábamos cenando repantingados en el sofá y las planté frente a sus ojos preguntándole si eran suyas (por aquello de no descartar nada ni a nadie con eso de que la intimidad es muy íntima y reservada y privada…), pero el me miró con cara de “que yo sepa no” y siguió masticando. Yo volví a guardarlas sin insistir más en el tema, sabiendo que él no miente ni siquiera en eso y porque ya había sospechado yo que eran demasiado finas para él, preguntándome por dentro si no sería también posible que los Peperos tuvieran razón con su teoría de la conspiración…

Desde entonces tengo en mi dormitorio un cajón para visitantes, que es ese donde voy guardando las cositas que utilizan los seres queridos que me frecuentan durante más de veinticuatro horas seguidas y con cierta reincidencia: camisetas y calzoncillos que va dejando el Inti, sus calcetines, negros como tizones cuando llegan a mi casa y que se reconvierten en blancos inmaculados tras pasar por mi colada con lejía, un pijama de usos múltiples y un blister de bragas de algodón, estampadas y funcionales con su puntillita y su canesú y que están nuevitas y a estrenar por toda amiga que se queda a dormir en mi casa sin el requerimiento de que me las devuelvan. Y aquí descansan ahora, a la espera de una nueva vida excitante, al ladito de las misteriosas bragas fucsias.


P.D.: Dedicado a Mónica y a Andreílla, culpables de que después de meses vuelva a colgar un post (Ja! Riéte de las elevadas motivaciones para escribir de Philip Roth en el hotel de Braga, digo Praga).

miércoles 26 de diciembre de 2007

POST DATA (EN ESTAS SEÑALADAS FECHAS, Y VA LA TROPOCIENTAS...)

¿Habéis visto esas cortinillas del canal Cuatro en las que se cuentan los minideseos de gente?. Yo sí, y ya que se da la circunstancia de que de deseos ando sobrada, y además de todas las tallas, desde la maxi, hasta la mini, aprovecho este forillo con todo el morro, para dar salida a uno que me corroe por estas fechas.

Allá va:

Señores fabricantes de juguetes, señores administradores de la Marvel, por favor, por caridad, un poquito de dignidad a la hora de hacer dinero. Dejen de jugar con las ilusiones de los adultos y en adelante, cuando diseñen sus herramientas para materializar vilmente las ilusiones de los niños, tengan en cuenta las de sus padres: No pueden ustedes imaginar, elaborar y poner en las estanterías de los supermercados muñequitos de peluche cabezones que mal simulan viriles, fornidos, agerridos y siempre valientes Spidermans, cantando canciones infantiles del pelo de "En la granja de Pepito, ia, ia, ó". Resulta denigrante e insufrible y yo personalmente ando todavía reponiéndome del shock de este descubrimento, que aun no soy capaz de mirar a los ojos a mi Spider de mi mesilla de la izquierda sin sentir cierto prurito de vergüenza ajena. Pues hala, ya está dicho.

Y para que la cosa no quede breve, que ya sabeis mi fobia a los espacios en blanco, aquí añado un par de frases míticas de la película a Good Wooman, (la disfruté el otro día mientras sesteaba en mi sofá):

- "Si siempre nos guiamos por las opiniones ajenas, ¿para qué tenemos las propias?". Helen Hunt la pérfida bala perdida a la cándida e ingenua Scarlett Johanson.

- "..Y he aquí un ejemplo del triunfo de la esperanza sobre la experiencia" (afortunadamente, añado yo). Lord Cínico y Añoso Forrado 1 a Lord Cínico y Añoso Forrado 2, cuando este último le comunica al primero su intención de contraer nupcias con la esplénida y deseada Helent Hunt, propietaria de tan sólo dos únicos bienes: una total desvergüenza y una reputación imperdonable.

Y os dejó aquí otra cuestión que me tiene intrigada, a ver si es posible que alguien ilumine la oscuridad de esta duda en la que me hallo inmergida:

- Si todo el mundo está de acuerdo en afirmar que la práctica del sexo acarrea beneficiosos efectos sobre el cutis, que se relaja, suaviza y tersa, ¿por qué las féminas practicantes de órdenes religiosas (monjas), célibes ellas, tienen todas cutis finos finísimos como el caolín?.

Que Felices Fiestas a todos, y hala, a beber con moderación, que vale que sólo uno mismo es responsable y víctima de sus propios ridículos, pero que un poquito de consideración con las buenas personas dispuesta a arrastrar a dichos propietarios titulares hasta sus casas y hacer lo imposible por sacarles del coma profundo, que los que no bebemos, aunque sea por prescripción médica, a estas alturas andamos pelín perplejos, amén de extenuados de conducir a las tantas mil por las desiertas calles de Madrid (me cachis con el "hoy por tí...", ¡el día que llegue mañana va os vais a enterar todos!).

P.D.: ¿Habéis visto? ¡POR FIN HE SIDO BREVE!

lunes 24 de diciembre de 2007

OTRO AÑO MÁS, EN ESTAS FECHAS, LA REINA Y YO...

Ya estamos en capilla, hoy es la noche N, ya hemos perdido a la lotería como cada año, comido todas las comidas de grupo, bebido todo lo bebible (yo sin alcohol, que resulta que es mucho más dañino que el con, porque me diréis que otro líquido se puede consumir sin reventar durante doce horas continuadas, que yo todavía ando eructando el sarao de hace dos días), y ya estamos todo lo preparados que podemos, con todas la gestiones preceptivas hechas bien dispuestos para la celebración de marras.

Yo este año celebro las fiestas en recogimiento y familia (porque Noche Vieja es otra cosa) con mi niña a mi vera como novedad (el año pasado mi niña las celebró a la vera paterna y yo a la irlandesa) y se me ha contagiado la ilusión de sus ojitos infantiles convencida de que los niños lo viven de otra manera. Así que ingenua, con mis ideas preconcebidas sobre la paz y la ilusión que inundan los corazones de los niños, me he convertido en otra para disfrutar desde la nueva perspectiva estas celebraciones que a mis treinta y tantos ya me pillan un pelín trillada y descreída. Hasta me he comprado un metrobús para inmergirme en la ciudad (que resulta impracticable con coche en estas fechas) y no perderme ni una lucecita, ni un cortilandia ni un nada de nada. Y debo deciros que hoy os escribo desde la cama, agotada, intentando reponerme para la fecha señalada porque los preparativos y mi tratamiento hormonal han estado casi a punto de acabar conmigo y dejarme fuera de juego para el cocktail de gambas, el canapé y el marisquiño.

Primero diré que, creo, sospecho, intuyo, que los niños del mundo son mucho más listos de lo que nosotros pensamos, y que ya no es que sepan todos que los Reyes son los padres (¿sería más preciso decir las madres?), es que les importa menos que cero quienes ejecuten el reparto de regalitos sobre los zapatos, lo que quieren son el Arca de Noé de Play Móvil en la fecha pactada, a la hora pactada en el lugar de entrega establecido. Punto. Porque claro, ¿cuantas veces al año le caen a un niño de golpe y porque sí, una media que va desde cuatro hasta tropocientos regalos, todos juntos y de importe superior cada uno a los sesenta eurazos?. Pues una o ninguna. ¡Como para ponerse exquisito con el nombre del dealer!. Si diré que, por si acaso y esta es toda una señal de inteligencia, mi niña últimamente anda prestando exquisita atención a todos los vejetes venerables miembros de esa prolífica generación que es la tercera edad, sobre todo a aquellos que portan luengas barbas, (lo que reduce la población casi exclusivamente a los excluidos sociales, que tanto pululan en los pórticos de los centros comerciales de obligado cumplimiento en estos días; y al Inti que no se en que momento se ha hecho muy mayor y que además últimamente ha dejado de afeitarse, no sé, le miro y últimamente se me da un aire al difunto Fernán Gomez, ¡qué caprichoso el subconsciente!). Y ella los mira, y me mira, y los mira, y me pregunta si no les daríamos algo, como mil euros, porque debe de andar acongojada pensando que ya pueden ser buenos magos ya, y desprendidos, porque si no, como que no le salen las cuentas. También anda interpelando a todo quisqui que se encuentra por la calle, y esto no es lo nuevo, porque ella siempre ha sido de lo más sociable, lo que es nuevo es que ha cambiado su saludo estándar de “hola” por otro de “Felices Fiestas” que me está haciendo pensar si no debería pedirle a Gallardón que me la subvencione, porque parece elemento propio de la campaña navideña puesta por el ayuntamiento.

En fin que estos mis nuevos ojos y voluntad me han hecho apreciar las cosas desde otra perspectiva, y también introducirme en un mundo al que hasta ahora no había prestado la suficiente atención. Así por ejemplo soy capaz de establecer un ranking de los peores trabajos del mundo por estas fechas.

Por ejemplo el viernes pasado, día veintiuno y de entrega de libertad condicional a todos los retoños del mundo para disfrutar de sus veinte días de vacaciones, mi hermana y yo, nos levantamos temprano para ultimar las gestiones tales que una infante de seis, casi siete años, no puede percibir en directo. Tras dejarla en el colegio hecha un pincho para asistir a su sarao (algo así como la comida de empresa o colegas, en versión infantil, concertada y pija), nos dirigimos prestas al Corte Inglés, sección perfumería, a liquidar las gestiones destinadas a los elementos femeninos de más edad de nuestra troupe familiar. Allí tras aguantar horas de cola, empezamos a compadecernos de las señoritas impecablemente maquilladas y sonrientes que nos rociaban una y otra vez con todos los aromas del amor y el lujo con las que las firmas de relumbrón orean al mundo entero. Las que no portaban los tarros de las esencias, escuchaban pacientes y mostraban y mostraban distintas versiones con distintas formas y poquitas variaciones del mismo líquido. Y luego lo guardaban, y luego lo envolvían con tanta delicadeza y parsimonia, que unas ochocientas veces vine a recordar yo al dependiente Mr. Beam de la película Love Actually. Cuando finalmente ponían la pegatina “Felices Fiestas El Corte Inglés” lo que fuera que una (no existían los unos en esta planta, qué cosas) hubiera adquirido se había transformado en una obra de arte, digno atrezo de cualquier película fina. Esto lo liquidamos. Y nos fuimos al Carrefour, pensando yo ingenua, que qué trabajo tan sacrificado el de dependienta amable del Corte Inglés.

Pero el Carrefour si resultó dantesco. Allí fuimos a liquidar el asunto paterno, único miembro masculino de mi familia (porque mi gato no cuenta, que no es de sangre). Descubrí anonadada que este año los jamones buenos traen una especie de funda que parece de raqueta, con sus asas y todo que te permiten portarlos con toda comodidad. A lo mejor este accesorio no es nuevo, pero es que ya me gustaría a mi estar mucho más documentada sobre el apasionante mundo del cinco jotas, que hete aquí que lamentablemente no es el caso. En fin, en el Carrefour y para no sufrir más de lo necesario, nos dirigimos al tiro hecho: a la planta de informática para agenciarnos una mochila porta portátil. Quedaban tres, dos fosforitas y una de discretos tonos negros. Conteniendo mis impulsos, nos hicimos con esta, más apropiada para una reunión de empresa de un gestor comercial respetable, que no sé por qué razón, las otras. El objeto en cuestión carecía de funda, bolsa ni etiquetas, pero no nos importó, porque la cosa está chunga este año en el tema mochilas de portátil y hasta se habían acabado en el CI, no estábamos como para poner demasiadas pegas. Fuimos a caja, casi nos dormimos mientras esperábamos a que nos tocara. Nos tocó. Y no podían cobrarla porque carecía de código de barras. La majísima cajera llamó a la encargada de línea de cajas, en sus patines ella, que con muy buena disposición intentó localizar al “informático”. Ella hablaba por el intercom, y nada, respondían de todas partes pero no del departamento solicitado. Tres cuartos de hora después yo había subido a planta, había localizado una fosforita, idéntico modelo con diferente color, la patinadora había deducido que los precios eran distintos, el informático seguía sin aparecer, la cola de la caja de nuestra amable cajera andaba prácticamente organizada para montar el piquete y estaban a punto de localizar una valla de obra para tirarla sobre la cinta transportadora. Cuando la sangre estaba en un tris de llegar al río, solo entonces, es cuando apareció el informático que confirmó que sí, que la de colores discretos era más cara y desapareció con la excusa de ir a buscar la referencia del producto. Otro cuarto de hora después, cuando yo misma, que ya sí que sí me he convertido en la persona más zen del mundo, estaba al borde del colapso con los ojos inyectados en sangre, reapareció el informático, con unos genitales que yo juzgué del tamaño de los del mítico caballo de Espartero, porque no llevaba escolta ni nada, tiró el papelote sobre la caja y con las mismas se piró. La cajera pasó el código por el lector, apareció el mismo precio de la móchila fosforita, y hala, nos fuimos espitadas mi hermana y yo hacia el coche porque ya llegábamos tarde a la entrega de retoños en el colegio de mi hija. Pero este trabajo si que me pareció chungo, chungo y no el del Corte Inglés que de pronto parecía un balneario.

Ignorantes a los avisos de radar y a las límitaciones de velocidad que están puestas de espaldas al pueblo, sobre todo en las vías circundantes a los colegios, donde son más reducidas que en otras calles, como si no supieran que los coches con niños llegan siempre más tarde que los que solo llevan adultos, pilotando la menda misma como si fuera una Raikonen al volante de un taxi camino de un aeropuerto, llegamos no solo en hora si no que un poquito antes, cuando las puertas aun estaban cerradas y los padres y abuelos (que proliferan mucho más en estas fechas) parecíamos un toro resabiado astillando el asta contra la puerta de toriles. El pobre bedel observaba desde la puerta acristalada tragando saliva, calándose la montera, mordiendo el piquito de la muleta y reuniendo todo el valor del mundo para acercarse hasta la verja y abrirla. Finalmente, encomendándose a la virgen y a todos los santos, procedió, culminó la faena y hala, todos recogimos a nuestros herederos que salían cuajaditos de trabajos manuales, regalos del amigo invisible y llenitos de morgueras por el turrón de chocolate.

Nosotras, originales como todos, decidimos que ya que era el primer día de vacaciones, y ya que mi niña estaba de fiesta por vacaciones, y sobre todo también, ya que era la hora que era, que estábamos derrengadas y que no teníamos ni pizca de ganas de trabajar ni un poquito más, nos íbamos al Burguer King (al McDonalds tardaré en volver, tan infausto es mi recuerdo) y liquidábamos el asunto vianda. ERROR, desde aquí os lo digo, EL PEOR ERROR DEL MUNDO.

Resulta que el día veintiuno no solo dan las vacaciones a los niños infantes, no, también a los adolescentes, y como Gallardón a cerrado ese lúdico templo de recreo que es la Plaza Mayor al tráfico de adolescentes, y ha puesto a toda la policía municipal controlando el no ejercicio de botellón, ¿pues donde estaban todos? ¿eh? ¿Dónde?. En el Burguer King de la calle Goya, que desde aquí ya reivindico yo la vuelta del botellón y del destrozo de mobiliario urbano como doble favor a los ciudadanos de cierta edad de estos madriles. Por cierto. Yo vivo en un barrio de los que se dice popular, aquí las adolescentes visten todas como Bratz, que yo creo que más o menos ya imagináis todos como es eso. Pero resulta que existe otro modelo en los barrios pijos, que es el Charlotte Casiraghi (excusas, ahora mismo no ubico bien la hache y no tengo ganas de documentarme para una chorradilla así). El Burguer King estaba a revosar de Carlotas y de Andreas, todos ellos en a fila de a uno y pidiendo a razón de a uno, que digo yo, si van en grupo, ¿no pueden pedir todo lo de todos a la vez?. Pues no, porque el tema de la paga semanal no está unificado, y les hay que pueden pedirse el Big Menú con todo, hasta con reloj, y otros que no pasan de los Tenders y del vaso de agua pero de grifo, que después de invertir en Tommy Hilfiger no queda ni para extra de patatas. El panorama era desolador, pero a ver quien es el guapo que saca a una niña de seis años de un antro de comida basura cuando ya ha traspasado las puertas. Yo no, no soy tan fuerte.

Total que ahora sí estoy en condición de deciros que la lista de peores trabajos del mundo en vísperas navideñas son:
1.- Auxiliar de mostrador del Burguer King
2.- Auxiliar de caja del Carrefour
3.- Auxiliar de perfumería del Corte Inglés.

Lo que me lleva a pensar que hay que desconfiar siempre de cualquier trabajo que se enuncie comenzando en Auxiliar. Dicho lo cual, os diré que si bien me solidarizo con todos ellos, peor aun me parece el suplicio de ser cliente de todos y cada uno de ellos, en riguroso orden inverso y todo en el mismo día.

En fin, que Felices Fiestas para todos y para todo el año, y desde aquí, mis mejores deseos para el mundo el mundial. Nos vemos a la vuelta.



jueves 13 de diciembre de 2007

DE BASURILLAS Y RECICLAJES

Es un hecho que lo que uno (o una) deshecha, otro (u otra) lo aprovecha. ¿Cuántas veces se nos han puesto los ojos como platos tras sacudirnos con alivio un rollete y/o pareja que nos parecía de lo más petardo y descubrir la cantidad de voluntarios (y/o voluntarias) que se brindan a pegar gustosos los cachitos del destrozo y a ser el clavo que saque el anterior?. Yo misma he recogido unas cuantas basurillas ajenas (en sentido metafórico y literal, pero con mucho afecto y respeto, eso sí, a la dejante aliviada y al nuevo cogido, como no), y yo misma he dejado disponibles otras cuantas de lo mismo.

En fin. El caso es que últimamente y sin yo pretenderlo, me he visto en la tesitura de tener que revolver entre varias basuras, desde el tamaño unifamiliar propio, hasta el tamaño industrial del McDonalds y en todos los casos me he sorprendido un mundo de lo que llegamos a tirar. ¡Qué menospreciados están los restos desechados! ¡si con todo lo que digan, a uno no se le conoce tanto por sus actos como por su íntima basura! .

La primera ocasión de revisión de restos ya me pasó en mi propia casa, que por cierto, últimamente anda elástica, y para mi regocijo, resulta que en ella cabe todo el mundo. Porque diga lo que diga la Caixa, resulta que si que es cierto que donde habitualmente comemos una y media, en estas fechas cabemos hasta doce adultos a cenar, y que donde habitualmente dormimos una grande y una pequeña, pueden dormir hasta tres grandes, uno muy grande y una pequeña. Mi salón se ha transformado en una República Independiente donde se alojan mi hermana y mi casi otra hermana Olgui, con su colchón hinchable vía red eléctrica, con su cesta enorme de mimbre a rebosar de chuches de todo tipo, semejante cesta, que ni la mismísima Caperucita (un poner) podría arrastar hasta la casa de su abuelita sin la ayuda de un remolque y un cartel que la señalizara como Vehículo Longo pero que tiene a mi niña y a mi gato levitando en su entorno por el salón en éxtasis constante. Ellas, con sus horas indecentes de sueño y de insomnio que combaten pegadas al canal de Gran Hermano y a unos porrillos que lejos de atontarlas les llevan a prolongar la charleta hasta las tantas de la madrugada. Ellas con sus minúsculas ropitas de talla 36, que me hacen parecer a mi de otra escala. Tan cielotas ellas, cobertura pa’ tó.

El caso es que mi casa elástica ha cambiado su ritmo, y ahora tenemos turnos de ducha, repartos de tareas y satisfacciones del tipo que al llegar a casa, una encuentre un rico couscous cocinado (ya no como de Tuper frío, de pie, pegada a la encimera) y conversación y risas en el sofá. También tenemos miles de botes de gel y champús variopintos, mil cremitas, cepillos de dientes de todos los colores y un ritmo constante de llenado de bolsas de basura que va a frecuencia de una mínimo y rebosando al día.

Pero en la vida hay otras cosas que no son tan fáciles de resolver y coordinar ni ofrecen tantas satisfacciones. Una de ellas es la de sacar punta a los lápices de ojos. Parecen que estos lápices tienen un único uso, porque los compras, los usas, te comes la punta, y los rebañas hasta casi sacarte los ojos. Llegando a este punto, ya puedes tirarlos. La otra opción que sería intentar sacarlos punta es mucho más desesperante, porque lo metes en la maquinilla, procedes a girarlo, y antes de llegar a la longitud aceptable de mina se ha roto, se ha quedado dentro del sacapuntas y ya no hay manera de quitarla de ahí, porque parece pegada con loctite. O sí, consigues sacarla del cacharrillo después de tres cuartos de hora y quince utensilios diversos, y sigues dando vueltas a la pinturilla emperrada ella en dejarse la punta dentro y tú en comerte las virutas. Al final tienes que tirar todo el lápiz pero ahora del tamaño de centímetro y medio, y también el sacapuntas.

Sin embargo esto ocurre menos con los lápices caros y de marca (porque por lo visto los caros incluyen en el precio un cursillo previo que les enseña a comportarse), como por ejemplo los de Christian Dior, que vienen con un sistema sofisticadísimo de sacapuntas lleno de piecitas y gadgets que aprietan al rebelde contra la cuchilla y que sacan la punta osada del cacharrín en el hipotético caso de que se atreviera a dejarla dentro, y todo ello sin soltar apenas rebabas. Yo solo tengo un sacapuntas de estos y lo conservo bajo siete llaves y con todo mi cariño y agradecimiento, para que mi niña no pueda cometer el terrible y comprensible error de utilizarlo con sus ceras Manley.

El caso es que el jueves puentero de la semana pasada estaba casi sacándome el ojo con un lápiz de los baratos, cuando me decidí a arriesgarme a sacarle punta. Saqué de su cajita el sacapuntas sagrado y me encaminé al cubo de la basura a proceder, ya arregladita y mona, muy bien aviada para salir de jarana en cuanto liquidara el asunto ojo. Abrí la tapa del cubo, y ejecutando muy limpiamente saqué a la luz una punta fantástica. Satisfecha, revisé mi joyita afiladora y ¡oh, Lénines! observé restos de mina y viruta pegadas en la sagrada cuchilla. Solté el lápiz sobre la encimera y con delicadeza procedí a desarmar el utensilio limpiador que pertinaz, se empeñaba en no salir. Ya con mucha menos delicadeza forcé el asunto hasta hacer saltar el cacharrito en cuestión y todos los ochocientos achiperris minúsculos de tamaños de agujas de bordar que componen el complejo mecanismo del sacapuntas (¡) que fueron a caer sin ninguna compasión repartidos entre las dos bolsas de basura a rebosar: la de plásticos y metales y la de material orgánico (porque a una la importan bien poco los pingüinos de los polos, que ni se comen ni dan plumas, pero pese a todo, recicla). Ahí que me quedé yo pasmada hasta que mis propios lagrimones me sacaron de mi mismo ensimismamiento (es que estoy en fase hormonal y ando de lo más sensible).

Dispuse las bolsas usadas y dos nuevas sobre el suelo de mi cocina y procedí a trasvasar mierdita por mierdita hasta dar con cada una de las piezas cochinas para así poder lavarlas y remontarlas en su casita sacapuntas. En esta experiencia descubrí que en mi familia-casa bebemos muchííííísimo (yo no, que mi medicación no me lo permite), que fumamos muchííííísimo (yo no, que mi medicación no me lo permite), que comemos muchíííííísimo (eso sí) y que estrenamos muchísimo porque la bolsa estaba repleta de etiquetas y tickets de compra (confieso que mi medicación es absolutamente compatible con este deplorable y perjudicial vicio). También me percaté de que nadie tiene del todo claro si las colillas de los cigarros son material orgánico o plástico y/o metales.

En fin, que una hora más tarde, oliendo a jabón tras lavarme hasta los codos y con mi ralla bien pintada, enfilaba yo dirección Retiro con mi niña, con mi syster, con mi Olgui y con otras dos niñas de la edad de la mía que Olgui misma se había agenciado. El plan era el de pasar un día de infancia imbuidas en el espíritu navideño de estas fechas, o lo que yo llamo un completo: guiñoles y barquitas en el Retiro, Mc Donalds y cine infantil.

Pero ¡ay! ¡qué distintos resultan los planes de cuando se diseñan a cuando se consuman!. De entrada el Retiro estaba a rebosar, y la cola para montar en las barquitas llegaban casi casi hasta Móstoles. Así que nos saltamos ese plan comiendo pipas y adelantamos un poquito el siguiente, el del McDonalds. Allí tras veinticinco colas más, la primera de ellas para pedir el básico, las otras veinticuatro para cambiar el Danonino por la gelatina, el agua por la coca cola sin nada (sin calorías, sin cafeína), para pedir otra pajita que la anterior se ha caído, para pedir más ketchup que con lo que nos ha dado no llega, para pedir mostaza… hora y media después, poníamos orden apilando restos y restos y más restos sobre las seis bandejas, dispuestas a otros tantos viajes al contenedor. Para esto también hace falta experiencia, técnica y disponer de una buena estrategia. La nuestra fue, Olgui con las niñas, con los abrigos, con las bolsas, con los bolsos y cubriendo la retaguardia. Yo con los viajes a razón de uno por bandeja y con todo abandonado sobre la mesa, entre otras cosas mi prensa del día y mi teléfono móvil Bisbal. Entre el segundo y tercer viaje las niñas se deshacían en porfas para obtener el permiso de acudir a la piscina de bolas. Entre el tercero y el cuarto Olgui ojeaba ojo avizor unas veces el periódico, otras las bolas (las de la piscina, que yo sepa), entre el cuarto y el quinto Olgui hacía hueco a una señora que amablemente pedía sitio para posar su bandeja y comerse su hamburguesa sentada en silla. Entre el quinto y el último mi móvil Bisbal había desaparecido.

Y cuando ya fue obvio que no estaba ni en bolso ni en bolsillo alguno, ni en entorno próximo que se pudiera escuchar cuando mi Olgui me llamaba, acepté lo que era la más obvia obviedad: que lo había tirado a la basura junto al restante contenido de alguna de las bandejas.

Tras hacer cola frente al mostrador de Mc Donalds por vez veintiséis, advertí a una amable señorita que allí trabajaba, de que por error junto a los restos miles de nuestra viandas, servidora, que es pelín desatenta, había vertido en la bolsa contenedor tamaño comunidad de vecinos, su propio teléfono móvil modelo Bisbal, y que si no suponía mucha molestia, a servidora mismo de nuevo, le complacería mucho cualquier esfuerzo que se pudiera realizar con objeto de recuperarlo. La amable señorita, me miró me sonrió, me acompañó a la bolsa contenedor de basura tamaño comunidad de vecinos, y sonriendo aun más (por no decir conteniendo la carcajada) me indicó la bolsa, y dijo: “puede buscarlo usted misma”.

Ahí estaba yo, un jueves de puente, en el McDonalds de Atocha a rebosar en hora punta, revolviendo la basura común de casi todo Madrid con el objeto de encontrar mi móvil. Saqué hamburguesas a medio comer, patatas, bebida, muñequitos abeja del Happy Meal protagonistas del film Bee Movie (uno de ellos sirvió para reponer el que mi niña había perdido), hasta pañales… papel albal de bocadillo, un bote de ketchup de los grandes de casa… Cualquier cosa inimaginable, menos mi móvil. (Snif, snif, “quien me iba a decir” a mi que iba a acabar echando de menos a Bisbal).

Total, y por no alargarme, que Señores del Mc Donalds, en cualquier momento que ustedes consideren oportuno, pueden cuestionarme que yo me brindo a ofrecerles una estadística completa de los productos que más y menos éxito tienen entre su variada oferta, todo ello en función de lo que los clientes desechan tras deglutirlos enteramente o más bien a medias. Amigos míos del alma, podéis ir llamándome cuando os apetezca y tengáis un ratito para que yo pueda ir recuperando todos vuestros números de teléfono que ahora reposan en manos de algún caco desaprensivo.

Y a todos los demás, os ruego que seáis atentos y cuidadosos con lo que arrojáis a las basuras, porque con la racha que llevo, tarde o temprano, a mi me tocará revisarlo.



P.D.1: Gracias al amable viandante de a pie (que no de andamio, ni aparentemente lucero) que ayer, mientras yo transitaba por la plaza de Lavapiés tras regresar de un entierro, tuvo a bien espetarme un piropo grosero, de esos bien ejecutados que incluyen cabeza vuelta y doloroso estampe frontolateral contra chirimbolo papelera. Tan agradecida estoy, que este acontecimento lo he anotado yo en mi diario con cariño, por si acaso fuera el último, que oye, nunca se sabe y la menda ya no volverá a cumplir los treinta.

P.D.2: Gracias a los demás que os habéis seguido interesando por este mi blog pese a mi periodo de ausencia.

P.D.3: Besitos a Olgui, a Ada, a Mónica, a Maite (‘pañera!), a Cosita (ra, ra, rá) y a Teresita, cariño, que te queremos muchos, y yo más.

viernes 26 de octubre de 2007

HE VUELTO (SANA Y SALVA)

Siglos ha que no escribía o eso al menos me parecía a mi. Esto se ha debido a una serie de arrechuchos en batería que he ido pillando y me han dejado momentáneamente fuera de juego, el más serio ha sido un trancazo de no te menees que a me ha tenido tal cual: sin menearme ni un poquito del sofá con mantita o de la cama con edredones. Vamos, una vacación convaleciente, que no era ni mucho menos de morirse, pero si pesada que te cagas. Por eso he estado ausente.

Por eso y porque me he requete enganchado al libro “El Corazón Helado” de Almudena Grandes, que es un novelón de novecientas todas páginas de purito ejercicio de Memoria Histórica (ahora que está tan de moda), que desde aquí ya os recomiendo. Hasta que no lo terminé ayer tarde no he sido capaz de dedicar mi ocio intelectual a otra cosa que devorar sus páginas y debo confesar que hasta he llorado y todo en un par de pasajes, aunque no descartaría yo la influencia de la hormona revuelta en esta mi nueva etapa de sensibilidad hiperactiva… Ahora acabo de empezar otro libro, esta vez de Punset, que se titula “El Viaje al Amor”, y miedo me da su influencia en mi ya de por sí cínico y raquítico romanticismo, si ya soy poco florida yo con ese asunto, no quiero visualizarme con argumentos del tipo filosófico-científico. Por si acaso os recomiendo que os aproximéis con precaución a mis próximos post que en este mi estado actual soy incapaz de preverme…

En fin, que como estoy como estoy últimamente, que no dejo pasar ni una, mi médica me ha rectado unos análisis de sangre con el fin de ejecutarme una ITV a fondo y elaborar un mapa completito de mis carencias y de las piezas que me van caducando por dentro. Así que esta mañana me he levantado quince minutos más tarde de lo habitual (que no parece mucho, pero que en horizontal y en una cama da para muchísimo, como vosotras todas bien sabéis) y he escatimado este tiempo en activo habitual que dedico a llevar a mi retoño al cole, porque hoy de eso se ocupaba su abuelo y padre mío.

Por lo tanto he disfrutado de uno de esos inusuales despertares relajaditos y con el cutis lisito y suave (es que últimamente me despierto con la misma cara que Cassius Clay tras su pelea con George Foreman y tengo que hacer esfuerzos sobre naturales para despegar los párpados y atisbar el mundo). Me ha dado tiempo a hacer mi cama con mimo y esmero, a dar un repasillo a mi manicura, otro repasillo a los pelines despendolados de las cejas para dibujar nítidamente estas importantes armas de expresión facial, a ducharme con tranquilidad y a depilarme muy requete bien con cuidado y minuciosidad esas otras importantes armas de expresión corporal (que no deja de ser viernes, oye, y yo siempre deposito grandes esperanzas en estos días). Tras secarme me he aplicado la cremita nutritiva, me he vestido con calma escogiendo un poquito la ropa que me ponía, me he maquillado un pelín con el kit completo de sombra, khol, rimel, brush y pintalabios, y he podido salir de mi casa con tiempo más que suficiente.

Porque en mi rutina del día a día yo me levanto, estiro el edredón nórdiko (así, con K), hago el desayuno de mi niña, preparo su almuerzo, estiro su nórdiko (también con K), preparo su ropa, me ducho, me visto, me pinto los morros y un poco de colorete, cojo el bolso y a mi niña, y hala, haciendo rally hasta el cole, que llegamos siempre por los pelos, y a veces hasta tarde. Pero hoy, era todo como un anuncio de “hoy me siento Flex” o de “Actimel” en la parte con color en la que ya se han tomado el “Actimel”. Me he subido en la Luisi, y he llegado al centro de salud en cero coma y relajada.

En el mostrador de recepción para extracciones, he entregado mis veinticinco folios con el listado de mi médica de todo lo que me tenían que analizar, para que tomaran nota y quedara constancia de mi presencia, y acto seguido me han devuelto los veinticinco folios acompañados de ochocientos tarritos de cristal y un montón de pegatinas. Y a hacer cola hasta que me tocara mi turno. Que me ha tocado, cómo no. Al llegar a mi mesa, mi ATS especializado en extracciones ha levantado su titulado culo de su funcionaria silla y en su lugar se ha sentado otro culo similar al suyo, pero aun sin titular. Mi ATS especializado en extracciones ha animado al culo sin título con un: “hala, ahora tú”. Y hala sí, entre los dos han cogido mi brazo despejado que aun olía a crema reafirmante Dove, entre los dos han puesto la gomita en dicho brazo y han tenido que sujetarla porque se escurría gracias a mi hidratación y firmeza, y entre los dos me han palpado a la búsqueda de la venita (o arteria, que no sé muy bien que es lo que usan). Eso sí el pinchazo ha sido cosa del culo sin titular a solas. Me ha pinchado pero en hueso. Ha repinchado, pero más pa’llá. Y luego ha repinchado, pero más pa’cá, todavía no en su sitio. Me ha echado una bronca (“¡es que te mueves!”), que yo ya le he respondido que todavía no he llegado a ese grado zen en el que no necesito ni siquiera respirar, pero que estoy en ello y tengo la impresión de que en breve lo conseguiré, posiblemente para la próxima visita. Y ha vuelto a pincharme, y esta vez si, con la inestimable ayuda del culo titulado que ha soltado la goma y ha buscado la venita o arteria hasta encontrarla, sin necesidad siquiera de volver a sacar la aguja.

A esas alturas yo estaba, ya no medio mareada, sino gagá del todo y notablemente escorada para un lado. Me han resecado rellenando los ochocientos botes, me han puesto un algodoncillo que se quedaba solo pegado sin necesidad de celo obra y gracia del pringue de mi cremita Dove reafirmante, y como despedida, me han gritado al oído un “¡SIGUIENTE!” que es lo que a mi me ha hecho reaccionar y desplazar mi propio culo (titulado o sin titular depende en qué, porque no viene al caso) fuera de la salita.

Yo después de un análisis salgo del cuartillo a todo correr como alma que le lleva el diablo, y voy incluso vistiéndome por el camino, que vengo a terminar de ponerme la chaqueta más o menos cuando aparco mi Luisi al final de mi trayecto de vuelta, y hasta la fecha nunca me había visto en la necesidad de invertir ese par de minutillos recomendados en un reposo sujetando el algodoncillo del brazo. Pero hoy sí, hoy he necesitado cinco minutos catatónica desparramada en una silla (que casi eran dos) y es ahora mismo que os estoy escribiendo a una única mano, porque la otra, la derecha, la tengo inutilizada al final de mi dolorido brazo.

Cuando me he montado en mi Luisi aun estaba lela (de hecho sigo un poco así así), y he arrancado enfilando la calle siendo aun poco consciente, tan poco, que cuando he girado en un ceda el paso no he observado la presencia de un camión de la basura que vaciaba contenedores, y casi me estampa contra una pared mientras maniobraba en su marcha atrás, algo que tampoco he visto. Si no fuera por los diligentes operarios del servicio de limpieza que han puesto el grito en el cielo, yo hubiera perecido arrollada por un camión de la basura, que es una manera tan magnífica como otra cualquiera de morir, pero falta de todo glamour, no me digáis que no.

A la altura casi oficina yo solo soñaba con un cafetito con leche (descafeinado, que si no me altero) con cuatro churros (en lugar de los tres habituales), mientras mi mente elaboraba una bonita oda al churro madrileño y a la suerte de vivir en una ciudad que pone los churros en los bares antes que las calles mismas en la misma calle.

A la altura primer churro me he encontrado con una amiga que también iba a avituallarse con su cafetillo. Esta amiga, cuyo nombre no puedo mencionar para preservar la intimidad de su retoño, es madre de niña artista y la niña artista está a puntito de perpetrar el estreno de una película infantil patrocinada entre otros por Disney. Un mítico estreno que desde hace más de un año su madre y las amigas de su madre, llevamos predisfrutando mentalmente con los vestiditos de fiesta sacados del tinte y colgados en nuestros armarios y/o vestidores (yo iba a reciclar el mío que usé en el bodorrio), con los taconazos afilados preparados con su horma y con la cita reservada con codazos en la pelu de Dante para ser las primeras beneficiadas antes de que a Dante se le caiga la inspiración dejando hueco exclusivamente a su mala leche.

Bueno, pues a medio segundo churro, ha tenido la desfachatez de comunicarme, que el evento este social del sigo, al final se ejecuta mañana en unos multicines del extrarradio de Madrid, todo niños y sin casi adultos y que el atuendo recomendado por las productoras Disney y Buenavista es un disfraz de Halloween. O sea, que para una vez que me invitan a un estreno de cine, no solo no voy de la mano de George Clooney, que voy de la de mi niña, no solo no es a las once de la noche, si no que es a las once de la mañana, y no solo no voy de Zac Posen, sino que voy de Calabaza. Pues si que. Lo que os dije yo y lo que os dijo Dina, ojito con lo que deseáis… ¡por Lenin, que empeño que se toma Disney en chafarme mi día a día!.

En fin que encaminada a la oficina, reconfortada por mi tentempié, y especialmente sensibilizada por lo lela que me ha dejado la absorción de sangre, he flipado con un gorrioncillo gordo y descomunal (¿sería un buitre?) que intentaba levantar el vuelo y a penas ha conseguido subir más allá del césped que le rozaba la panza, y no sé por qué me he acordado de mi gato Machín, tal vez por lo gordo, o por lo que hubiera disfrutado el animalito de semejante aperitivo. Y luego al encender el ordenón he flipado un poco más con la campaña del ‘SOE de “NO HAGAS CASO A TU PRIMO”. Es alucinante, como este partido puede tener un equipo tan mediocre para casi todo y tan eficaz para lo de la publicidad creativa, no termina Rajoy de estampar su última chorrada (y mira que tiene facilidad este hombre para resuperarse a sí mismo) y ya tienen los del ‘SOE un video publicitario alegórico, que estoy por creer que le roban los guiones al candidato por la noche antes aun de que los perpetre. Ahora entiendo que no les de tiempo a otras cosas, si todas las energías se les va en idear ingeniosas campañas. Que por cierto, ¿alguien las ha visto en algún sitio distinto de You Tube…? yo en la tele no, solo en You Tube, en la Ser y en El País (ahora sí, con tilde y de color azul) lo que me lleva a pensar que tal vez You Tube pertenezca al grupo PRYSA.

En fin, que he vuelto. A ver si me da tiempo a contaros próximamente mi experiencia con el Grison, su empeño en no arrancar, el trajín de empujarlo hasta una plaza de aparcamiento con la ayuda inestimable de mi amiga Vicky y de Jesús Quintero (Loco de la Colina), y la cara de alucine del pobre hombre de la grúa cuando le estampamos que venía un hombre a reemplazarnos porque nosotras teníamos que regresar a casa a ocuparnos con alegría de nuestras tareas del hogá antes de volver a nuestros trabajos el lunes, que luego le preguntó al Inti a qué nos dedicábamos nosotras exactamente... Pero esto será en otro post…