martes, 25 de septiembre de 2007

AQUÍ VAN UNOS MEMÉS

Queridos míos todos (no añado la barra as, porque va implícito y mal que nos pese la RAE sigue siendo masculina):

La vuelta al cole me ha superado, y si bien los niños sobreviven a base de Cola-Cao y Actimel, las madres como yo, que desayunamos cigarrillos con Coca-Cola en el coche, sucumbimos en cuanto terminamos de forrar los libros. A mi me ha agarrado primero un cansancio que pa’ qué, y luego una bajadilla de defensas, y luego y aprovechando que me había cogido un viernes libre para un san quiero, van y me atacan una infección y una gastritis, que me han tenido todo mi finde de san quiero y mercadillo postrada entre la cama, el sofá y el WC colorido de mi casa. Así que aquí ando, recién recompuesta y muy cerquita de recuperar mi antigua talla, que hay que tener muchísimo cuidado con las plegarias que uno echa pa’ fuera porque luego van y se atienden siempre con los renglones torcidos y mirando para abajo, como de forma muchísimo más poética ya vino a largar Truman Capote. Yo, en mis últimos cumpleaños, ya no he pensado en deseos, he pensado y visualizado (y tengo intención de seguir haciéndolo) a George Clooney, que lo mires como lo mires es difícil de malinterpretar, y se me conceda como se me conceda digo yo que le sabré encontrar un apaño.

Pero ya he vuelvo al ataque postero inasequible al desaliento y gritando cual Monica Naranjo al viento ¡¡¡SOBREVIVIRÉÉÉÉ, ÉÉ, É!!!.

Mientras preparo otro post de vívidas vivencias, aquí os dejo un entretenimiento en forma de Memé (esta vez sí, voy y me sumo):

- Yo tengo los ojos: como en la foto, pero abiertos. De color verde que te quiero verde, y con arruguitas de expresión.
- Yo deseo: como he dicho antes, nada de nada, que luego va dios, y te jode concediendo lo que has pedido.
- Yo odio: muy poco, casi nada.
- Yo escucho: Todo lo que hace ruido. En los medios ocios, y también enormes opiniones tendenciosas, y metáforas de G doble uve Bush (p.ej.: “Mandela ha muerto”). En mi medio, muchas risas y consejos juiciosos, y los mimos de mi niña. Y muchos no dichos que se dicen entre líneas. Y mucha charleta para nada, que me hace sentir bien. Y mi cabeza que habla en bajo o en alto pero no se calla nunca.
- Yo le tengo miedo: no sé ¿a tener miedo?
- Yo no estoy: con frecuencia, mi cuerpo y mi mente son como la sombra de Peter Pan, que no necesariamente van unidas.
- Yo lloro: en la intimidad si me pongo a ello, pero no me suele resultar convincente y paro pronto. Con verdadero desconsuelo y frustración, no lo recuerdo.
- Yo pierdo los nervios: uy, ya no recuerdo cuando fue la última vez ni por qué razón. No debía de ser importante…
- Yo necesito: de tó.
- Yo le debo: un pastizal al banco, muchos genes a mi madre, mi carácter fifty fifty a mi madre y a mi padre y al mundo mundial.
- Me pone feliz: casi todo, es que a mi la angustia me produce una pereza…
- Me duele: la cabeza con frecuencia. Por lo demás, es como lo de llorar. Hay actitudes que me cabrean más que me duelen, pero por dentro, de forma muy tranquilita.
- ¿Tengo un diario?: no, pero este blog ya deja constancia de mis días.
- ¿Me gusta cocinar?: me encanta comer, luego cocino. A veces lo disfruto otras no. Me gusta muchísimo más el sexo, por ejemplo, o los viajes como concepto.
- ¿Pongo mi reloj unos minutos adelantado?, sí y hasta una hora si el reloj está colgado muy alto, no sigo el uso horario de ahora sumo y ahora resto, por aquello de que al final es cuestión de unos mesecillos que vuelvan a ir en hora.
- ¿Algún secreto que no haya contado a nadie?: Sí. Parece mentira, pero sí. Y si pienso un poco, seguro que más de uno, pero es que de no usarlos, se me olvidan.
- ¿Me baño todos los días?: me ducho y me lavo la cabeza una vez al día mínimo. Mis baños siempre incluyen velas, música y vinito y si puede ser un íntimo (como en las películas), y claro, me da una pereza…
- ¿Me quiero casar?: ¿con quien?
- ¿Me gustan las tormentas?: salvo que esté en el campo en medio de un páramo sin árboles o en un campo de golf, siempre.
- ¿La persona más rara?: no la conozco.
- ¿La persona más molesta?: no sé, tengo mis dudas entre G. doble uve Bush y unos muchos cuantos. Supongo que el primero porque los demás los he pensado después.
- ¿La persona que mejor me conoce?: No lo sé. Depende de qué faceta.
- ¿El profesor más aburrido?: vaya, no lo recuerdo… sobreviví a todos sin aborrecerles.
- ¿La frase más uso en msn? Hola.
- ¿Mi grupo favorito?: ¿de música? muchísimos, pero claro, entonces ya no son favoritos. Me gustan los Clash, una canción de B-Movie hasta llorar cada vez que la oigo, los Who, Frank Sinatra (me crece una Big Band en la espalda y me saca a bailar Fred Astaire…).
- ¿Mi mayor deseo?: si no me atrevo con los pequeños… quizá poder ser feliz siempre, pero claro, seguro que voy me pego un golpe y me quedo super lela y super feliz para los restos…

OTRAS PREGUNTAS

- Signo: Piscis muy piscis.
- Color de pelo natural: el de la foto
- Color de pelo que tengo: el de la foto
- Número favorito: (siempre me he preguntado para que sirve esta respuesta), el dos, el veinte y todos los que son el mismo número dos veces, 11, 22, 33, 44… y en los relojes digitales, los cuatro números, o dos y dos, salvo el 22:55 que me encanta aun más, porque es simétrico.
- Día favorito: el que más contenta estoy y mejor me lo paso.
- Mes favorito: lo mismo, depende de rachas y años.
- Estación del año favorito: lo dicho. Y el otoño, siempre le visualizo de manera muy prometedora.
- Deporte favorito: el único que tolero y puedo practicar sin cansarme: patinar.
- Café o té: Coca-Cola. Y si acaso alguna infusión acidilla…
- Montaña o playa: ambas, y la ciudad, y caminitos de tierra, y el campo liso y la huerta (incluyendo la murciana)…
- Barça o Madrid: lo mismo me da que me da lo mismo, ni lo uno ni lo otro, pero tampoco vamos a quitarlos…
- Sol o nieve: Uy, las dos.


EN LAS ÚLTIMAS 24H YO HE :

- ¿Llorado?: No
- ¿Ayudado a alguien?: supongo que sí
- ¿Comprado algo?: no
- ¿Enfermado?: ¿más? No, ¡por Lenin!
- ¿Ido al cine?: No, pero he visto tres pelis y media
- ¿Salido a cenar?: no, aunque no me importaría…
- ¿Dicho te amo?: No. Los te amos no los trabajo, soy más de te quieros, y soy más de sentirlo, que de decirlo, salvo a mi familia, a nosotros se nos caen con una facilidad...
- ¿Escrito una carta?: emails, y cortitos.
- ¿Perdido un novio?: no, ni tampoco un Masseratti
- ¿Hablado con alguien que hace tiempo no hablabas?: define tiempo
- ¿Escrito en un journal?: un blog. Si es periódico, de jovencilla, hace muuuchos años.
- ¿Tenido una conversación seria?: Si, con bromillas y risitas, que lo cortés no quita lo caliente.
- ¿Perdido a alguien?: no, o eso espero.
- ¿Abrazado a alguien?: si, los que tenemos hijos tenemos esa ventaja enorme
- ¿Peleado con un pariente?: No. El umbral de bronca en mi familia está elevadísimo, no se llega fácilmente.
- ¿Peleado con un amigo?: sí, sin palabras, solo por dentro.
- ¿Soñado despierto?: yo no distingo demasiado bien a veces la vigilia de la realidad.


ALGUNA VEZ PODRÍAS……

- ¿Comer un gusano?: si está rico, claro. Con setas y sabiendo a setas un montón
- ¿Matar a alguien?: ni idea, hasta ahora no he sentido la necesidad
- ¿Besar a alguien del mismo sexo?: pues no sé, si es persona… ¡pues claro!
- ¿Sexo con alguien del mismo sexo?: idem. No tengo ese prejuicio en mente.
- ¿Lanzarte en paracaídas?: metafóricamente hablando, fijo, oníricamente hablando, seguro, ahora, de pie en la puerta del avión, con la mochila a la espalda, no sé yo que haría…
- ¿Cantar en un karaoke?: seguro
- ¿Ser vegetariano?: si me lo propongo… pero no entiendo la utilidad
- ¿Robar en una tienda?: no sé, yo soy más de “ es muy duro de pedir, pero más duro es de robar…”
- ¿Usar maquillaje en público?: Si, y también salir con la cara lavadita.

Pues ya está. Creo que no hay más preguntas posibles. Besitos.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

UN RASTRILLO SOLIDARIO

Hola a todos, he aquí un evento solidario a la par que divertido. Una muy buena opción para pasar un ratillo divertido con los coleguillas, la parejita o los niños, y a la vez tranquilizar nuestras conciencias sabiendo que lo que pasa por el mundo no nos resbala del todo.

A continuación tenéis todos los datos, hala ¡animaros!. Yo desde luego, pienso ir.


¡¡YA LLEGA EL RASTRILLO!!

Vente a tomar unas cervezas y dar con lo que andas buscando. Tendremos de todo: libros, discos, complementos,ropa, muebles, maletas,....
Si quieres colaborar con alguna de tus cosas ( esas que están bién pero nos hartamos de ver en casa ), avísanos que vamos por ellas.
Los días 21 y 22 de Septiembre ( sí, este mes), de 12h. a 21h., organizamos este mercadillo para recaudar fondos para el Encuentro que la Asociación de Afectados de Síndrome Marfan ( SIMA ), va a realizar en Octubre, en Madrid.

Este síndrome está considerado como una enfermedad rara, las que afectan a 1 de cada 5.000-10.000 hab. Es una enfermedad hereditaria que afecta principalmenta al sistema cardiovascular, ojos y sistema músculo-esqulético. En el encuentro se tratarán los aspectos médicos más novedosos, asi como los recursos disponibles para mejorar la calidad de vida de afectados y familiares.

Aprovéchate: esta puede ser esa buena obra en que todos queremos participar: cercana, directa, eficaz...pero si ya tienes la tuya, esta es una excusa tan buena como cualquier otra para reunirnos y tomar unas cervecitas, nos dejan un grifo !!
También habrá música non-stop, cortesía de Dance & Party.

Lugar del rastrillo: ( por cierto, no hay problema para aparcar)

C/ Villaescusa 30. Corta con Avda. Gcía. Noblejas 180. aprox.
¡Cinelux nos ha cedido el local!

¡¡ GRACIAS A TODOS, OS ESPERAMOS !!


Y para aportaciones, colaboraciones varias o información, aquí estamos:

Asociación Afectados Síndrome Marfan ( SIMA )
madrid@marfan.es
http://www.marfan.es/
telf: 692157606

CÓMO LLEGAR:

Desde Manuel Becerra (Línea 2 de metro): Autobús 106, segunda parada de la Calle Nicolás Salmerón.

Desde O’Donell: Coger prolongación de O’Donell dirección M40 – Atravesar el túnel – Ignorar la primera salida y tomar la segunda: Fuente CArrantona – Tras pasar el semáforo, tomar dirección izquierda hacia rotonda donde se encuentra el Centro Comercial Las Rosas (Carrefour), pasando por debajo del puente de la M40 – Antes de llegar a la rotonda, tomar el desvío que se encuentra a la izquierda controlado por un semáforo (Avenida de Daroca)– Después de pasar una gasolinera que queda a la derecha, tomar la primera calle a la derecha – Tras pasar el semáforo, girar a la derecha (Calle Nicolás Salmerón) y tomar la tercera calle que gira a la izquierda (Calle Rodrigo de Triana): Ya puedes aparcar, llegando al final de esta calle y doblando a la izquierda está el local donde se celebra el rastrillo.

martes, 11 de septiembre de 2007

YO QUE SOY TAN PROGRESISTA Y MODERNA

¡Qué bonito es septiembre!. Esa época del año que lejos de oler a final de algo, siempre huele a principio de. La época de los buenos propósitos, de los “de este año no pasa”, del campo tornando a colores ocres, de los atardeceres a las ocho, de un día soleado inesperado alternando con otro fresquillo soplando en la cara, de volver a ponerse el jersey de cuello alto y ochos, de las setas con y sin gusanillos en el campo y no en las latas; de la vendimia y de las chuletillas porque ya no hay riesgo de calcinar el campo, la época de corzo en las tapitas del Pardo… Y sobre todo, de mi vuelta a mi vida civil con niña, que es algo que a mi me encanta.

Bueno pues septiembre ha llegado y de nuevo mi niña marcianilla se ha convertido en la estarlette de mi vida sin desmerecer otras aficiones. Esta temporada además estrenamos etapa educacional en primarias (gen santa, no quiero ni imaginar las aventuras que me deparará este año con el equipo de atención temprana, la nueva tutora aun a estrenar y los psicólogos ya estrenados de varios años anteriores). Y es que su madurez de los seis añazos se va notando en esto, en el desembolso en concepto de equipamiento (llevo unos 465,83 euros aproximadamente) y en las largas conversaciones infantiles en las que ella va demostrando su interés infinito por el mundo, y yo mi poquito sentido práctico que le va a acabar causando un trauma de proporciones desorbitadas.

Porque, yo, como todas las madres modernas, intento educarla desde un guión pensado, diseñado y planificado en su momento para que no me pillara en bragas. Y mi momento fue cuanto el Predictor se tiñó de rosa en mi cuarto de baño, igualito igualito que en la canción de Sergio Dalma. Yo vi el “que sí” en la torunda y ya empecé a darle vueltas al asunto del cómo me la maravillaría yo para mostrarla un mundo ilimitado, donde pudiera ser quien ella quisiera, donde consiguiera y pensara sin más límites que la creatividad y la tolerancia… un mundo libre sin prejuicios donde no sintiera miedo de ser ni de comportarse de manera diferente a todos a cambio de un poquito más de felicidad.

Pero ahora echando la vista atrás, me percato de que he sido y soy una madre de lo más ambigua. A mi, mi niña me pregunta si se pueden comer las cáscaras de los mejillones y yo la respondo que sí, que claro que se puede, pero que está muy dura, que es bastante indigesta y que a veces guarda bichitos en unas pequeñas formaciones calcáreas. Y claro, hasta que mi niña no ha mordido la concha y se ha dejado medio diente, no sabe si del mejillón se come solo lo naranja o también lo negro.

Y este del diente es un daño bastante venial comparado con el cacao mental que me tiene la pobre a estas edades con los asuntos sentisexuales del libre amor al amor libre, con el tema de la guerra y los ejércitos y con los conceptos religiosos (mis ex suegros, tan píos ellos, intentaron enseñarle la bonita oración de los Cuatro Angelitos en una cama, y mi niña lo repetía tan libremente adaptado que acababa diciendo unas blasfemias que le habrían chirriado en el alma hasta al mismísimo cura del Exorcista). En fin, que ser una madre roja de mentalidad abierta, pacifista y atea es una cosa de complicadísima aplicación.

EL CONCEPTO SENTISEXUAL

Mi niña sabe que sus papás se divorciaron y que a muy poco de este evento, papá ya tenía una novia y mamá un millón de amigos con los que así más fuerte poder cantar. Y en mi caso, ya os digo yo que el dato no es del todo exacto y que me va poniendo en unas situaciones, dejémoslo en pelín comprometidas.

Como ya he comentado en otras ocasiones mi casa no es muy grande pero si es muy espaciosa. Esto se debe a que la compré y reformé imbuída del típico espíritu postdivorcio que a mi me cogió con una maza en la mano derribando tabiques mientras ponía a dios por testigo de que en mi vida jamás se realojaría otro nadie ni de coña. Fruto de este momento queda nuestro lindo hogar en forma de casi loft, con las paredes justitas para cerrar el cuarto de baño, la habitación de mi niña, y la mía propia (afortunadamente sobre todo esto último). Lo que hasta mi llegada era un práctico cuarto de invitados se quedó reconvertido en el office de la cocina colindante con el salón. Poco me importó entonces que mi sofá no fuera cama y sí bastante incómodo. El caso es que ahora, cuando alguna de mis buenísimas amigas como por ejemplo mi hermana, viene a mi casa y se queda a dormir, lo hace en el único sitio donde hay una plaza que, en principio, no requiere de atención médica posterior: mi cama doble.

Mi niña que además de la educación propia que yo la doy, recibe otra muy vasta y extensa de esos otros edificantes sitios como su cole pijo o la tele, me cuestionó durante un viaje, si dos mujeres pueden casarse. Y a mi se me iluminó la cara pensando en que pocas posibilidades tendría tan a huevo de colaborar a la formación de su espíritu libre y tolerante. Así que sin mentir ni un pelo, respondí la verdad: que naturalmente y que por supuesto que sí (porque de momento y hasta que el Pepe vuelva al gobierno con la teoría etílica de las manzanas y las peras, poderse, se puede).

Y ella con su duda resuelta pasó a la siguiente cuestión, preguntando si yo pensaba casarme con mi amiga Olga o no (y lo dijo llena de ilusión). Olga es una buenísima amiga mía a la que mi niña adora. Ella vive cerca de mi casa, no tiene responsabilidades contraídas con nadie que la espere nunca a hora fija en su casa, y al igual que yo, duerme poquito. Así que no es del todo infrecuente que algunas tardes, a su salida de trabajar, se pase por mi casa y nos entreguemos al divino arte de la cervecilla bien conversada sin control sobre el reloj que marca las horas, y que dando las tantas y un pelín, decidamos que casi mejor ya no coja el coche y se quede a dormir en nuestra casa.

Un poco menos ilusionada por la posibilidad de la respuesta que con la primera pregunta, me tiré en plancha a la explicación honesta: que no me iba a casar con Olga por dos razones, porque no quiero casarme y porque yo a Olga la quiero mucho, mucho, pero no como a una novia, solo como a una amiga. Por si acaso, aun sabiendo que era innecesario y que no tenía naaadaaaa que ver con su duda, añadí que como en casa no tenemos más camas que la suya pequeñita donde duerme ella y la mía grande donde duermo yo, pues que cuando Olgui se queda a dormir en casa lo hace conmigo porque resulta más cómodo para todos. Y mi niña lo entendió perfectamente.

Tan bien lo entendió, que cuando mi niña empezó a coincidir con el Inti por las mañanas en el baño, yo ya no tuve que explicarle nada porque ella asumió desde el primer momento que era otro amigo mío con el que yo tampoco tenía ninguna intención de casarme, y yo me refugié bien calladita en el grandísimo alivio de no tener que solventar ningún otro interrogante. La confirmación de su claridad de ideas la tuve un día en el que yo me desperté indispuesta como para no tenerme siquiera en pie y fue el Inti quien se encargó de hacer la entrega de mi retoño en el colegio. Mi niña, encantada con la novedad, subía las escaleras de acceso a las aulas de dos en dos contando a todos los niños que quisieran oírle (y a sus padres que salvo alguna excepción, no suelen ser sordos) que “hoy mi mamá está malita y me ha traído un amigo suyo de los que se quedan a dormir en su cama porque es la más grande” (mismamente, como la difunta Jura'o). Como ya imagináis todos, en mi cama sí se han quedado a dormir varias amigas estando mi niña en casa, pero hombres ya os digo yo que solo uno y casi siempre acojonadillo y rezando para que mi retoño no se despertara por la noche. Porque es un hecho sabido por todos, que los hombres ajenos en cama propia son absolutamente incompatibles con el niño propio pero no del hombre ajeno. Y que si acaso llega a entrar uno, suele tratarse de una muy rara avis más que digno de exposición. Hablar de hombres múltiples no ha lugar porque no son frecuentes en la realidad y solo suelen existir en algunas películas americanas.

Sin embargo y gracias a esta educación un poco libertaria (y por lo que veo muy libertina), mi niña ha aprendido muy bien a no hacer distinciones en cuestiones de género… y hasta que su tutora no me comentó sonrojada este episodio anterior, yo no podía entender porque las madres de otros niños me miraban con recelo y los padres con ojitos curiosos.

Yo pensé que en fin, que estas son cosas de niños, que qué rica mi hija y no le dí más importancia. Pero mi niña es niña, y como a todos los humanillos de su edad, le encanta todo lo que se sale de su rutina habitual porque tiene saborcillo a cumpleaños y navidades, y que se quede alguien a dormir en nuestra casa para ella es de las cosas más chulas que pueden ocurrir en el mundo. Libre de prejuicios como es ella, durante un tiempo le dio por preguntar a todo el mundo que pasaba por casa si quería quedarse a dormir con nosotras. Y cuando digo todo el mundo, me refiero a todo el mundo, incluyendo:

Al presidente de esta mi comunidad de vecinos cuando vino acompañado de un fontanero primo de un primo, a cambiarme un par de llaves de radiador. En aquella ocasión mi niña estaba cenando y encantada por la visita, enseguidita pegó hebra con él. El presidente mientras tanto intentaba liquidar su conversación con mi niña e iniciarla conmigo. El fontanero fontaneaba, el presidente supervisaba y mi niña charloteaba con la boca llena de cena. La cosa iba con pausa y apuntaba para eterno y yo intentaba que mi niña terminara de comer, el fontanero de fontanear y que el presidente dejara de presidir y todos se largaran a su casa, salvo mi niña, que sólo tenía que irse a la cama. Cuando sugerí muy educadamente al presidente que podía volver al amor de su hogar y de su señora propia, que ya me las apañaba yo solita con el primo de su primo sin necesidad de sus servicios, mi niña con la boca llena de Petit Suisse preguntó sorprendida si este señor no se iba a quedar a dormir en casa. Yo sin dar la oportunidad al presidente a abrir siquiera la boca dije que de eso nada, que este señor tenía su casa y bien cerquita y que de hecho ya se estaba yendo.

Entonces ya sí me ví en la obligación de explicar que si bien la hospitalidad es una gran virtud, no todas las personas que vienen a casa por la tarde noche lo hacen para dormir conmigo, que algunos lo hacen solo para trabajar, otros solo para cenar, otros para charlar un ratito… y que lo normal es que acabados estos quehaceres cada uno se vuelva a su casa. Pero yo intuyo que no se lo creé del todo y que al final a ella no le deben de cuadrar tanto las cuentas. Mi niña a la que yo tanto adoro y que tanto me adora a mi, se está haciendo mayorcita y ha cogido la costumbre de prepararme un cafetillo con su cafetera y sus tacitas de juguete cada mañana al levantarme. Últimamente cuando abre la puerta de mi habitación por la mañana me pregunta si hoy pone una o dos tazas, y si yo contesto siempre y todos los días que una, es porque sé que al Inti le gusta tomarse su café con leche en el bar.

EL CONCEPTO MILITAR

Y es que mi niña entiende lo que dice el mundo, pero le faltan los matices que yo no suelo explicarle porque nunca son tan importantes, y porque ya se encargará la edad y el tiempo de irla contaminando. Como este verano, por ejemplo. El primer día de vacaciones que tuvo que ir a Faunia (que es algo que le gusta aun más que tener invitados durmiendo en casa), cuando yo fui a despertarla con las palabras mágicas de “Cariiiiñoooo, hoy vas a Fauuuuuniaaaaa”, ella se levantó de la cama como expulsada con un resorte y a las dos nos pareció muy divertida su reacción espitada. Ya desayunando ella reía recordando la gracia, y me comentaba, “jo, me he levantado super rápido, como una mujer de compañía”. A mi se me pusieron los ojos como platos y a punto estuve de escupir su café imaginario que yo saboreaba en ese momento, y de volcar su tacita de porcelana de juguete. Como intuyó por mi reacción que yo no había comprendido su mensaje, ella insistió: “sí, como una mujer de las de ¡adelante mi compañía!”. Suspiré y dando un sorbo a mi exquisito café, le expliqué que si bien se podían utilizar en este caso los términos “mujer de compañía” quedaba más poético expresarlo utilizando la palabra “soldado” o incluso “recluta”, aunque ésta última en los tiempos corrientes había ido perdiendo mucha de su vigencia…

Y LOS CONCEPTOS RELIGIOSOS

Pero mi niña ya ha vuelto al cole, donde se ha reencontrado con los eficientes profesores y con sus compañeros bien informados que me van a echar una mano en esto de educarla para la vida moderna. De hecho uno de los que más colaboran es su amigo del alma y de también seis años Moli Mola. A Moli Mola, como a ella, le crecen y se le reproducen los amiguitos imaginarios de la especie animal y por eso siempre, siempre juegan a Pokemon. Resulta que nosotros, los padres de niños tremendamente imaginativos que asisten a colegios tremendamente competitivos, tendemos a poner cara de disgusto cada vez que nos sueltan por el pasillo alguna marcianaza del tipo “cuidado mamá que vas a pisar a los cachorritos de Reina” (sobre todo porque en mi casa solo tenemos al gato Machín que siempre está tumbado y no se mueve nunca). Como los humanos adultos somos mucho más tontos que los humanos niños, estos dos especimenes nuestros han descubierto que jugar a Pokemon no solo es menos conflictivo, sino que tiene muchísimas ventajas, porque pueden imaginar infinidad de animalitos a cual más raro, con los nombres más inverosímiles que inventen, y a nosotros encima se nos pone cara de alivio en concepto de normalidad. En fin que ayer al volver del cole, yo pregunté como era su Pokémon del día, y ella recién regresada aun de sus vacaciones en la casa de los abuelos paternos, (muy píos y creyentes en la ley de dios y en la de Franco), me respondió desde un divino melange teológico: “es uno muy fuerte y malísimo que se llama “El cuerpo del pecado””.

Pero no es nada comparado con el momento en el que descubrió que entre nosotros los vivos cohabitan muchos muertos. A ella esta sabiduría le llegó cuando me preguntó por la localización del marido de mi abuela (en adelante Abuela Visa). Yo le dije la verdad, muy ceremoniosa, y bien preparada para el momento: "el Abuelo Visa está muerto". Ella me contestó que sí, que vale, pero que DÓNDE estaba. Yo recordé el jaleo que tuve de pequeña con aquello de que los que se mueren se van al cielo, y que cada vez que mis padres iban a un entierro yo les imaginaba en algún sitio parecido a un circo (¡hola Mónica!) con una cama elástica descomunal y al difunto intentando saltar cada vez más alto hasta perderse entre las nubes. Por lo que recurrí a la verdad más cierta al purito estilo National Geographic, tal y como había visto hacer a Annie Leivowitch explicando la ausencia de Susan Sontang a sus retoños:

(Yo) - “El abuelito visa se murió y le enterramos en la tierra dentro de un sitio especial para hacer esto que se llama cementerio”.
(Ella): - “¿Y por qué?”.
(Yo): (Muy pacientemente) – “Pues porque en la tierra hay unos bichitos y unos gusanos que poquito a poco van descomponiendo los cuerpos muertos, que son muy grandes y muy duros, para que así, en chiquitito, puedan servir de alimento para las plantas. De esta forma las plantas pueden crecer y hacerse grandes y alimentar a los conejitos y a las ovejas, para que luego nos alimenten a nosotros, y así cuando nosotros nos morimos de viejitos, y nos entierran, volvemos a la tierra para que crezca la hierba y alimenten a los conejitos… y todo el mundo esté en equilibrio” – Y oye, que me quedé más ancha que larga.

Mi niña me miraba, asentía, lo entendía todo. Y tanto lo entendió que estuvo días y días dibujando cementerios con enterrados bajo hierbas y conejitos que se las comían. Cuando le resumió sus nuevos conocimientos a mi padre, fue tan breve que solo le dijo que ya sabía que habíamos enterrado al Abuelito Visa para poder comérnoslo. Y entonces también pensé que quien inventó la milonga de lo del cielo ya sabía lo que hacía ya, y que sin duda era una madre de familia numerosa.

Ahora ya he conseguido que entienda que este es un secreto que no puede mencionar bajo ningún concepto en presencia de la Abuela Visa, pero empiezo a creer que debería considerar con toda seriedad reconvertirme en madre estándar antes de hacerle más daño en su infancia, porque si no, en cuanto crezca un poco, va a tener que dilapidar toda su paga en psicoanálisis.
Y además, el día menos pensado se va a presentar en nuestra casa la secreta con sabe dios que listados de cargos en mi contra y al precio que se han puesto los abogados...

viernes, 7 de septiembre de 2007

EL CARREFOUR: SETAS Y PESCADOS

Bueno, primer post en mi nueva casa. Ya veis que aun estoy probando colores y esas cosas, porque me veo yo muy naïf con esta decoración, no sé, no sé. Pero desde ya os digo que le estoy cogiendo mucho gustillo a blogger, sobre todo después de las penurias pasadas con Terra. En fin, al meollo y cogollo del asunto.

En mi blog y en mi vida hay personajes fijos que todos conocéis: está la Cruela, que es como el granito de Cindy Crawford, enorme e imposible de esconder pero inesperadamente, atractivo y mítico. Está el Inti, que más que un granito, es una alergia: unas veces se multiplica, otras veces desaparece, pero siempre se queda en forma de virus latente. Está la Esteban, a la que dada su finura y delicadeza, prefiero no posicionar como grano. El Melendi2, al que si posiciono directamente como un grano en mi nuevo trasero quasi brasileño; están mi niña, mis padres, la Calcuta, Cosita… en fin, todos aquellos que me vais añadiendo vidilla a mi misma y a este blog. Y luego está un protagonista discreto aunque constante en el blog, y nada discreto y más que constante en mi vida: el Carrefour de San Blas. Bueno, pues hoy os voy a hablar de él.

Mis veranos se dividen en quincenas alternas: una sí, ejerzo de madre responsable, una no, ejerzo lo mínimo posible porque aprovecho que mi niña disfruta del turno de vacaciones con su padre en compañía de sus abuelos paternos, para comportarme como si la única responsabilidad que tuviera en el mundo fuera la de pagar mi hipoteca (esa también he intentado ignorarla, pero los **%%@@###!!!! del banco tienen mi número de móvil). Así que cuando no tengo a mi niña, reduzco al máximo mis ejercicios no placenteros, y el que primero cae es el de ir al Carrefour. La primera quincena que estuve sin hija, me alimenté gracias a los restos de barbacoa que el Inti cocinaba todas las tardes para merendar en un plató de TV siriviéndose del calorcillo de los focos (la vida del lucero es pintoresca) y me hinché a panceta, choricito frito, morcilla y mucha, muchísima salsa Romescu (empiezo a creer que lo de mi hormonación no va a tener nada que ver con lo de mis nuevas curvas). Por lo tanto no tuve que ir al Carrefour.

Y al poco de irse mi niña por segunda vez con sus abuelos, se celebró un evento nocturno taurino en un pueblo de Guadalajara llamada Brihuega al que el Inti y CQPP (el Lucero del Alma de Cosita) acudieron en condición de luceros a poner las luces. Como el ambiente emanaba aroma a fiestorro y además, había hotel gratis, pues allá que nos fuimos Cosita y yo. Resulta que la Corrida estaba patrocinada por una empresa transformadora de pollos: los bichos entraban por una puerta de cuerpo presente y salían por otra transformados en sanjacobos, nuggets, alitas, delicias a las finas hierbas, mixtos… Como buena patrocinadora, esta empresa plantó en la puerta de la Plaza su furgón refrigerado cargadito con cajas llenas de kits de sus productos y como buenos anfitriones, las distribuyeron entre las autoridades en concepto de gentileza de la casa. Resulta que al final del evento y de la recogida del equipo lucero, aun sobraban un par de las mencionadas cajas polleras, y el Inti que es muy apañado, hizo las gestiones oportunas para derivarlas del furgón refrigerado hasta el maletero del coche Grison. Pues bien, gracias a esto la segunda quincena sin niña he sobrevivido comiendo pollo de manera exhaustiva, y nuevamente gracias a eso, tampoco he necesitado acudir al Carrefour.

Sin embargo mi niña regresa este domingo de nuevo a su casa, a su mamá y a nuestra vida, y en esta su casa, no queda nada de nada, ni gel de baño, que los últimos días he tenido que recurrir al acopie de botecitos recaudados de los hoteles que tienen de todo y lo he dejado muy menguado. Ayer, tras varias sesiones de mentalización profunda y de otras tantas de ejercicios espirituales (la próxima vez me apunto con Mónica a su Vipassana), me subí a mi Luisi y me fui al Carrefour, pero a la parte comida, no a la parte tienditas (a Pepe Jeans ya no entro) ni a la planta de arriba de libros, discos y menaje, no, yo fui a la parte dura.

Coincide además que un día de esta semana pasada estábamos en casa cenando al amor de la TV el Inti y yo. Ambos comíamos unos platitos de pasta aderezada con berenjenas, unas hierbitas, unos huevillos crudos y unas setitas boletus, que yo acaba de vaciar sobre la receta directamente desde una lata de conserva marca Carrefour, sección Productos de Nuestra Tierra (que es el epígrafe pijo bajo el que venden delicatessen a precio señorita de mala vida, pero encima famosa y de salir en TV). A fin de plato mío (altura segundo plato del Inti) troceé una seta boletus demasiado voluminosa para un solo bocado, y me encontré que estas setas en vida disfrutaron de inquilinos: gusanos. A mi una seta con gusanos nunca me ha quitado el apetito, porque a mi parecer solo saben a seta, y como están hervidos, pues además son sanos y están desinfectados. Y para qué engañarnos, porquerías mayores me he comido otras frecuentes veces. Así que yo, a la manera de CSI, cogí una bolsa de plástico (en mi caso de las de congelación) y con muchísimo cuidado, metí dentro la lata (que tuve que recuperar de la basura), un trocito de boletus y tres gusanos en su salsa, que con eso creí yo que habría suficiente), lo metí en la nevera a la espera del día apropiado y me volví al sofá, al amor de la tele y a mi plato a seguir comiendo mi pasta con berenjenas, huevos, especias, boletus y además gusanillos (porque una cosa es que tuviera la intención de reclamar a Carrefour y otra muy diferente que estuviera dispuesta a quedarme sin cenar).

Así que como ayer por la mañana yo ya sabía que me iba a tocar ineludiblemente ir al híper, había hecho la previsión de sacar la lata con los cuerpos del delito de mi nevera forense y meterla en mi bolso. Al terminar mi jornada de trabajo remunerada, y subida en mi Luisi me puse en camino hacia el Carrefour, paisaje de mi vida.

Cogí carro y muy organizada me fui a la sección pescado, a hacerme con un número lo primero de todo, para que me tocara el turno 803 en lugar del 862, que es algo que cuando sucede desmoraliza mucho mentalmente. Efectivamente, me tocó el 803 y no pintaba del todo mal porque el visor de turno informaba de que el pescado en vías de despache iría a parar a manos de la clienta 795. Me puse cómoda acodándome por la derecha en mi carro frenado por el expositor parte bonito a 5 €/kilo y allí que me dispuse a esperar. El cotarro lo atendían tres dependientas, ninguna española, lo que me llevó a calcular mentalmente la mierda de sueldos que debe pagar Carrefour. Dos de ellas eran latinoamericanas y hacían filigranas con sus piezas, una diseccionando una Merluza hasta dejarla convertida en un único filete largo y carente de espinas, y la otra haciendo lo mismo con una trucha. Se les veía hábiles y diligentes, dominadoras del oficio y del bicho entre manos. Frente a mí, la tercera dependienta, de origen africano, inquiría a mi concliente de la izquierda en tono bajito de voz y con un malísimo castellano muy difícil de entender, qué era lo que quería. El hombre con cara de poca paciencia pidió kilos de bonito y ella con parsimonia y tranquilidad procedió a poner su papel plastificado sobre el plato de la balanza y a añadir gordas rodajas. Una tras otra, una a una. ¿A que parece desesperante?. Pues no, resulta que era sedante. Ella, gordita, a primera vista no muy agraciada según el canon de belleza Vogue, resultaba sedante con su cadencia de movimientos suaves, con la delicadeza con la que sujetaba los trozos de pez, con su sonrisa siempre suave e inmutable en la cara, con la proximidad con la que acercaba la bolsa ya cargada al concliente. Volvió a interrogar en voz ya no bajita, si no ahora suave, en un ya no pésimo castellanos, si no exótico, algo que se parecía a un “¿desea algo más?”, y el señor, con los ojos como platos y sin cerrar la boca ni para medio vocalizar, pareciendo directamente lelo, expresó: “una merluza”. Los demás casi aplaudimos. Para cuando ella sujetaba amorosamente con sus dos manos un pedazo merluzón, mano derecha en la agallas, mano izquierda, muy delicada, bajo la cola, mismamente como si de una persona se tratara, el resto de parroquia clienta ya empezaba a arremolinarse en torno a mi carro, a mi misma y a mi concliente pasma’o dejando medio desierta el resto de la pescadería.
La sensual moza procedió con las tijeras, cortando aletas superiores e inferiores, con el desescamador desescamando, con el cuchillo separando cabeza, y con sus propias manos, separando las agallas y vaciando las cuencas de los ojos, dejando la cabeza limpia y bonita, perfecta para un caldo. De nuevo con el cuchillo en mano, marcó altura de corte de cola y miró hacia el concliente sin perder su dulce sonrisa. Éste, tragando saliva de manera notoria y ruidosa, dijo “sí” y nada más. Mientras ella troceaba en rodajas el pescado, la mitad de los presentes desesperaba por cambiarse con el pez difunto acariciado una y otra vez por sus delicadas manos. Tras la merluza, llegaron unos boquerones, y una lubina a la espalda, y unos gallitos de ración para rebozar con harina, y unas rodajas de congrio… que yo pensaba que nos iba a dejar a los demás sin cena. Mientras tanto, las dos compañeras pescaderas habían liquidado (figuradamente hablando, por supuesto) a otras seis clientas (tres cada una) y así llegamos al momento en el que el concliente medio lelo se alejaba con la vista perdida en la nada, dirección cámara de congelados. La hermosa negra, pulsó el botón y se encendió el número 803: ya está mi turno. Yo pedí una ventresca de bonito (que por algo estaba de oferta) a la que no había que hacer nada de nada, salvo meterla en una bolsa, y según la tuve en mi mano, agarré el carro y me largué cual Alonso que intenta rebasar a Hamilton: desesperada, porque con la cosita aquella de la sensualidad de la pescadera y de la voraz pasión marina de mi compañero de carro, yo llevaba ya una hora pegada al hielo de la pescadería. Si debo añadir, que si bien mis piernas se movían raudas, también notaban cierta flojera no respuesta tras la reciente experiencia casi paranormal.

A la altura geles de baño, me llamó el Inti:
(Inti): - “¿Ande andarás?”
(Yo): - “Nel Carrefú”
(Inti): - A carcajada limpia y aparentemente sorprendido (sospecho que este hombre no termina de conocerme) - “¿Con las setas?”
(Yo): - (¡Oño!, ¡las setas! Desde la mañana en que las había metido en el bolso, no había vuelto a acordarme de ellas) – "Bueno, sí, pero las llevo en el bolso, por ahora sólo estoy comprando, cuando salga reclamaré"
(Inti): - “Vale, pues que yo ya estoy en casa” – (había vuelto pronto de trabajar para continuar haciéndolo desde casa con un programa informático que necesitaba, que él no tenía, que yo si tengo, y que por una de esas casualidades desafortunadas, reposaba dentro de mi bolso justo al lado de la lata de setas en lugar de estar en mi casa al ladito de su ordenón o en cualquier otro punto al que él pudiera dirigirse para buscarlo sin requerir el uso de coche ni de moto).

(Yo): - “Pues ponte cómodo y ve descansando, que ahora mismito voy”
(Inti): - “Que ¿dónde está el CD?”
(Yo): - “En mi bolso… pero ya estoy terminando y voy p allá”
(Inti): - “Coño, Irma...”
(Mi Móvil y yo a dúo): - “Tut, tut, tut...”

A toda leche cogí un bote de gel Lactovit tamaño familiar, otro de Champú Johnsons para niños, cuatro botellas de aceite de oliva, cuatro de Coca Cola Light dos litros, un rollo de film transparente 100m y me fui a la caja de la cajera. Mientras ella me cobraba, o lo que es lo mismo yo terminaba de firmar el recibo de mi tarjeta como “Marta Hari” (lo tengo comprobado: no contrastan los nombres, y oye si en una de estas vuelve a subir el Euribor y mi banco deja de poder pagar mis cuentas, yo podré argumentar muy fácilmente que realmente me llamo Irma, que no conozco a esa tal Marta que compra en mi nombre, y que ya que estamos, que me expliquen a mi cómo es posible que una extraña a mi pueda pagar con mi tarjeta). En fin que mientras terminaba de pagar, pregunté discretamente donde debía dirigirme para reclamar por un producto. Discretamente la cajera me indicó la ventanilla de atención al cliente. Allí me fui.

La ventanilla estaba casi vacía por dentro, solo ocupada por un empleado de la especie Jefe, y por fuera cuajada con un montón de viandantes de la especie clientes esperantes. Tras hablar (con malos modos, por cierto), con su walkie y espero que con alguien del otro lado, me miró a mi y con un movimiento de barbilla me hizo saber que era mi momento de expresarme. Muy educadamente y de manera discreta, le expliqué que quería hacer constar mi reclamación sobre un producto adquirido en su establecimiento. Con las mismas, pero con mucha menos educación que yo, volvió a mover su barbilla para hacerme saber que nuevamente debía expresarme. Con la misma educación mía anterior, que no suya ni anterior ni posterior, pero sin ninguna discreción ya tampoco por mi parte, le hice saber que en una de las carísimas latas que vendían en este mismo Carrefour, perteneciente ella a la re-putada marca Carrefour, y pagado al desorbitado precio de “Productos de Nuestra Tierra pero de Oro”, yo había encontrado las setas boletus enunciadas en su etiqueta y un montón de gusanos que no figuraban ni en la composición ni entre los ingredientes, y que para que sirviera de prueba, aquí adjuntaba la lata, una seta y tres gusanos. Dicho y hecho: saqué la lata del bolso y se la planté en el mostrador ante su cara de estupor y la de asco de mis coviandantes clientes esperantes. Tragando saliva él también y me imagino que bilis y que un montón de quina, me dijo que vale, que lo guardara y que cogiera número. Me tocó el 524 y andaban por el 498. Así que guardé mi número (por si me vale para otro día), guardé mi lata y me fui para casa porque ya estaba un poco harta, la verdad y porque el Inti debía llevar ya un buen ratito descansándo y relájándose desesperado por hacerse con el disco y empezar a liquidar trabajo.

A fecha de ahora, la lata duerme en el congelador de mi nevera a la espera de que el Inti (que cada vez que come lo hace muy requetebien), mi niña y yo misma, liquidemos lo que traje ayer de compra y a mi me vuelva a tocar reunir ánimos y fuerzas para volver al Carrefour.

lunes, 3 de septiembre de 2007

¡QUÉ VIVAN LOS NOVIOS! (¡YAJAAAA!)


¡Ay, ay!, querido foro, ¡qué agujetas bailongas tengo!, ¡qué estómago resentío, digiriendo aun los inicios de la cena de boda! (invertí todo el día de ayer en digerir el canapé previo y supongo que para el viernes habré liquidado la tarta). ¡Qué cabeza aun medio lela por la falta de sueño y el consumo de espirituosos…! en fin que ¡qué estado lamentable a dos días del evento!, pero ¡’Gen Santa! ¡qué bien lo hemos pasado!. Cosita: ¡que viva tú, que vivan los Hombres G y que viva el gremio lucero!.

La boda empezó a las doce y media, que fue la hora en la que Dante puso sus manos sobre mi cabeza para dejarme mi look y mi cabello cual leona ondulada entre nubes de laca. Él me advirtió “no te lo toques, que ahora estás muy exagerada, pero a las seis se te habrá caido todo y parecerás Elle McPherson camino de una soirée de Valentino en Ibiza” (¡es tan sofisticado!). A las tres y media tras una cabezadilla ligera en el sofá, comencé la operación glamour, a saber: ducha, hidratación, retoque de laca de uñas de los dedillos de los pies y el momento largamente esperado de vestuario. Lo tenía todo perfectamente coordinado y pensado: al vestido le añadí el fajín de mi smoking negro anudado con un cuco lacito bajo el pecho y también la americana, de aire masculino, contrastando con el aire hiper romántico del vestido lleno de fru frús (y sobre todo muy, muy adecuada para las noches fresquitas que nos estamos gastando este agosto), unas sandalias negras con taconazo, dos tiras finas y pulsera, un collar de varias vueltas de cuentas de seda negra, pendientazos de azabache en lágrimas como una lámpara de cristal de la granja, y un bolsito vintage de verdad, francés, comprado por Ebay en el que no cabe de nada, pero que es de mono… el resto de lo que no cupo iba en la americana del Inti que tiene muchos bolsillos y acabó pareciendo la sahariana de un reportero de guerra. Me imbuí en la operación maquillaje, et… ¡voila! en el tiempo record de una hora, yo ya estaba mona monísima y preparada para subirme en cualquier carroza. Cuatro y media. Desde mi atalaya de la cama, bien sentada, observo la operación de aderece del Inti: pantalones chinos azul marino especial para boda, su camisa beige con líneas cruzadas, especial para boda, sus zapatos negros con cordones, especiales para boda, su americana azul marino más oscuro que el pantalón, especial para boda y su corbata en un bolsillo de la americana, como no, también especial para boda. Todo ello en versión vintage, que en su caso no es de verdad como no lo es en el de Vitorio y Luccino, sino que significa reciclado de otras bodas ajenas, siguiendo la sagrada máxima de su vida, aquella de “menos es más” (sobre todo en inversiones innecesarias, y él necesita tan poco...).

A punto de salir, el Inti no había encontrado todavía el pañuelo negro con el que recoge su melena adquiriendo el mismo sofisticado (¡?) look de Espartaco Santoni en los noventa con esa sabia mezcla justo entre lo pelín hortera y lo pelín macarra y a punto andábamos de rozar la crisis. Sucumbimos en ella cuando me percaté que mi peinado no era simétrico, y que mi lado derecho conservaba intacto su volumen mientras que el izquierdo conservaba intacto la forma del cojín de mi sofá. Humedecí pelo, lo enrollé en medio rulo, lo retuve con horquillas, lo bañé de laca y apliqué secador como para churruscar el pelo. Tuve muchísima suerte (porque mi pelo y yo nos combinamos de forma imprevisible) y en cero coma parecía recién salida de las manos de Dante. El Inti mientras, seguía revolviendo Roma con Santiago y sus cosas con las mías hasta que se resignó a lo inevitable y aceptó que tendría que acudir a la boda con la melena al viento presentando como el mejor Puma de los ochenta.

Pese a todo, y con puntualidad torera, a las cinco en punto (que era la hora pactada) estábamos en el bar de la plazoleta con una jarrita de clarita con limón compartida, reposando el estrés y esperando la llegada de Cosita y su Lucero del Alma, que pasaban a recogernos.

El camino de ida fue ameno amenizado por el Tomtom, entre intentos de ejecución del nudo de la corbata de calidad del Lucero del Alma (CQPP). El Inti, como he dicho, la lleva exclusivamente como complemento de la americana, altura bolsillo de mano por dentro, pero jamás ha hecho ni el ademán de ponérsela. Cosita me confirmó que lo más complicado de resolver en una boda es el peinado, y también tuvo su momento tenso cuando misteriosamente desaparecieron de su casa todos los coleteros y los pasadores para recogidos y moños. Pero iba monísima, con un vestido hiper sexy de escotazo en la espalda hasta casi el borde de la rabadilla y cuello tipo halter, solo apto para su tipín espléndido (¡y comprado por tres euros en Blanco! Lo que demuestra que nosotras somos la panda del ingenio y del a fuerza ahorcan, sin perder glamour en el evento).

Las campanas repicaban justo cuando nosotros rebasábamos el cartelillo con el nombre del pueblo, y tal y como intuíamos, resultó que no era para anunciar nuestra llegada sino para avisar a los rezagados de la entrada a la ceremonia. El caso es que nosotros desembarcamos del coche de los Cositas en el momento en el que el gremio luceros se encaminaba al bar. Como todos hemos recibido una exquisita educación a la altura de lo mejorcito de Camford, nos pareció de muy mal gusto entrar a un espectáculo que ya había comenzado, y obligados por lo imponderable optamos por acompañar a los compañeros a la terracita de la taberna. Eso sí, sin perder de oído las señales acústicas que informaban del transcurso del evento religioso: par de campanadas, otro par de campanadas… y nosotros, ignorantes de lo sacro, intentábamos compararlo con los clarines en las corridas de toros porque si de toros sabemos poco, no os imagináis de misas y bodas: cero patatero. Así que oíamos las primeras e imaginábamos que entraban los picadores, las segunda y banderillas, las terceras y hala ¡a matar!. Cuando sonó Paquito el Chocolatero en tono campana mayor pagamos, enfilamos todos de nuevo el caminito de la iglesia para ver salir a los novios ahora casados y con la esperanza de que presidencia les hubiera premiado la faena con toditos todos los trofeos taurinos (que yo muy intimamente rogaba que conservaran puestos y no en la mano, ya que esto último me habría parecido posiblemente de muy mal gusto). El asunto es que nos pusimos en camino con tiempo suficiente, pero la iglesia estaba al final de una muy cuesta arriba empedrada, y eso con tacones, resultó ser durísimo. Así que de nuevo lo imponderable: otra vez no llegamos ni para el arroz. Fue alcanzar la cima, y descender a base, justo abajo donde los coches. O sea que de la ceremonia religiosa yo no os puedo contar nada de nada, porque la verdad es que sin querer nos lo perdimos.

La siguiente fase fue la del canapé. El canapé tenía lugar en la parte césped con piscina de la Hacienda. Y llegamos, buscamos enclavé entre mesa de bebidas, mesa de ibéricos, plancha de canapé caliente y salida de bandejas, y viendo que la ubicación era inmejorable, yo clavé los tacones en el césped y ya no me moví, con mi altura rebajada en diez centímetros, pero descansada como si llevara chanclas. Yo creía que el canapé era un fruslería de atención para con los invitados, lo que se llama un abreboca, pero ¡anda chá!, por allí desfilaron kilos de tortilla de patata, de huevitos fritos de codorniz, de tapitas pequeñas de pan y volovans de todo tipo; de gildas de encurtidos, de albondiguitas, de chistorra, de tempuras varias de verduras, de samosas hindúes, de rollitos chinos y hasta un jamón pata negra entero… ¡y yo que no sé decir que no!. Se hizo de noche dándole al diente y para cuando me quise sentar en la mesa, el vestido hiperamplio ya empezaba a ceñirme.

La cena debo decir que resultó un poquito sosa. Pero esto hay que achacarlo a dos factores:

Factor A: Los comensales estábamos tan cebados de canapés, que con lo único que podíamos era con una siesta.
Factor B: La única música que calma a una fiera lucera es la que ejecutan sus acompañantes féminas en concepto bolso de boda con la caída de ojos suplicante que alterna entre el “por dios chato no me hagas pasar vergüenza” y el “ya hablaremos en casa” . Salvo en el caso de mi Íntimo, que no tiene vergüenza y sabe más que de sobra que yo tampoco (y bastante poco que nos importa, todo sea dicho, la vergüenza ajena que pase otro).

Así que los “viva lo que sea” solo empezaron a aparecer y muy, muy tímidos a la altura varias botellas de vino blanco y unas cuantas ya de tinto. El Inti en las bodas es original, que no silencioso, y nunca grita “viva los novios” porque él no cree en eso. Así, por ejemplo en la de mi amiga Ra, gritaba “Athleti” algo muy bien acogido, porque el novio ahora marido, era del Bilbao y nunca se enteró que el Inti alentaba al de Madrid. En esta eligió algo más neutro, el siempre versátil “YAJAAAA” que sirve para tó, desde azuzar ganado hasta pedir otra ronda. Fue bastante aplaudido, y debo decir que si bien casi nos deja sordos a los de nuestra mesa, mayormente a Cosita y a mi que estábamos una a cada lado, también es cierto que puso un poco de colorcillo a aquella cena.

Y por fin la parte discoteque. La parte discoteque fue sorprendente. A estas alturas yo ya no podía con mis tacones, pero previsora que es una, los abandoné en el maletero del Cositamóvi, cambiándolos por mis básquet converse pistachos, que me iban muy bien con el nazareno de mi estilismo. Me hice un recogido de la cola del vestido pillándolo con el fajín y dejando a la vista parte de mis capas de fru frú, y hala a la pista a desgastar las suelas. Primer tercio: horteradas varias, tipo Julio Iglesias, sevillanas, pasodobles… Segundo tercio: parte temazos del año, con momento Tortura de Shakira y todo. Acabada esta los luceros con novia, que resultaron más sosos que una mata de habas, se fueron a continuar la fiesta en otra parte y a poder ser en horizontal. Debo destacar la respuesta inadecuada que me espetó uno de ellos cuando yo, afable, inquirí en el motivo de tan raudo abandono. Lucero X, desde aquí te digo que no era necesario ser tan grosero. Transcribo diálogo:

(Yo): - “¿Ya os vais? ¿tan prontito?”
(Lucero X): - “Si algunos esperamos hacer más cosas esta noche” - (arqueando las cejas varias veces en clarísimo significado de “tú ya me entiendes”).
(Yo): -“Bueno pero la noche es larga y deja tiempo para todo”
(Lucero X): - “Sí, pero algunos somos más jóvenes que otros y aguantamos muchísimo más tiempo. Tú puedes quedarte” - (arqueando las cejas varias veces en clarísimo significado de “tú ya me entiendes”).

Pues no, no te entiendo, no sé a qué te refieres, y espero tardar muchísimo en saberlo. Hala, queda dicho.

Los luceros sin novia iban tajaos, tajaos y se largaron todos juntos a una discoteque heavy de Aluche. Nosotros, decidimos invertir en el sarao bodorrio. Y en cuanto nos quedamos cuatro comenzó lo bueno. El tercer tercio: los no curtidos en ampollas, abandonaron los zapatos en el centro de la pista, y allí nos lanzamos todos a la ejecución de los temazos de Ska-P, Estopa… y vaya si la gozamos, todo lo que pudimos con exaltaciones de la amistad al novio, y especies de ese tipo, hasta que la novia, dijo que sí, que vale, que ella también nos quería mucho, pero que desde ese mismo momento nos quisiéramos cada uno en nuestra casa. Y punto.

Que no final, porque caminito del coche, oímos musiquilla en otro jardín y resulta que los muy ladinos de la Hacienda nos habían mentido ¡había otra boda! Y para allá que nos fuimos. Yo que soy muy educada, como mi madre sabe, y jamás pierdo mi facilidad de palabra, me dirigí a la novia explicando que nosotros éramos buena gente, que ante todo enhorabuena, y que no pensábamos gorronear ni nada por el estilo, solo pedíamos autorización para discretamente seguir bailando. Los novios, de Guadalajara, eran encantadores y al final de la noche hasta cambiamos los números de móvil para llamarnos cuando volvieran de su luna de miel. Unos cielazos. Gracias chicos. Deseo de todo corazón que disfrutéis muchísimo en Nueva York.

Y acabada esta boda, ya sí, recogimos al Inti al que habíamos dejado dormido en la parte césped sin luz de al lado, tendido cual largo es, pero bien escondido y discreto, en medio de lo negro y sin roncar ni nada. Le metimos en el coche, le atamos con el cinturón de seguridad para asegurar que no se iba para los lados ni para el frente y nos volvimos a Madrid, cantando a voz en grito la selección de los mejores temas de los Hombres G, porque el coche de CQPP, el Lucero del Alma, es un coche preparado como dios manda para cualquier evento y contingencia.

Lo dicho que gen santa que aun me duele todo por el esfuerzo, pero siglos hacía que no lo pasaba tan bien.

Agradecimientos: a Cosita por todo, para qué especificar. A CQPP, por llevarnos y traernos y por ser tan requetemajo, a Paco, por aguantar como un señor con su camisita por dentro y su corbata, bailando como un descosido y por compartir el cubata birlado al Íntimo comatoso. Al Inti, por ser amigo del novio y por sus exquisitos espaguettis con bonito del día después con su cebollita, su quesito y su tomate, a los que solo tuve que añadir unos champiñones y mi apetito. Y por todo lo demás.

P.D.: Dante, devuélveme el dinero. En ningún momento me parecí a Elle MacPherson, pasé de parecer una loca de las Baccará a tener un único nudo enredón que he terminado de deshacer hoy a la hora aperitivo. El resultado se asemejó demasiado a mi look Atapuerca recién salida de la ducha, y yo por eso no pago.

jueves, 30 de agosto de 2007

EL BODORRIO

Me han invitado a una boda. En realidad no me han invitado a mi, le han invitado al Íntimo y a su accesorio, que resulta que soy yo. A mi a estas alturas de mi vida, figurar como accesorio en ningún lado, me da muchísima pereza. Yo ya quiero ser prenda, mucho más que lacito. Pero este bodorrio al que me acoplo de pegadillo en concepto acompañante fémina, no me lo perdería por nada del mundo, porque si una boda es pintoresca de por sí, no podéis imaginaros una producida dentro del gremio lucero: puede ser salvaje.

El novio casante se ha dedicado hasta hace dos día a boxear y entrenar boxeadores, y además con renombre y relumbrón. Y desde hace dos días a trabajar en este gremio nuestro de la iluminación que se monta y se desmonta y pone luz y colorcillo al evento cultural y patronal. Esto significa que en la boda va a haber tres tipos de invitados:

A) Los de la novia
B) Los amigos boxeadores del novio
C) Los amigos luceros del novio

El evento se celebra en una hacienda con tres salones para tres bodas simultáneas, pero en este caso los hacendados han tenido la deferente precaución de dejarnos todo el espacio para nosotros solos y que no nos moleste nadie. Y esto ha sido de lo más sensato, porque yo ya me imaginaba al borracho A de la boda A, cruzándose con los codos pa’fuera, con el borracho B de nuestra boda B, e iniciando el habitual diálogo:

(Borracho A, suyo de los otros): - “¿y tú queg lo que miras?”
(Borracho B, propio de los nuestros): - “¡Uy lo que m’adicho! ¡a mi la legión!”

Y ya está: montada la de San Quintín, que ya sé yo que no habría otra opción. De verdad que en este mundo nuestro los boxeadores llevarán la fama, pero en cuanto a bestias, yo os digo, que en el gremio lucero lleno de individuos acostumbrados a cargar y descargar equipos de tonelada y media, romperse la crisma u otras partes anatómicas contra trusses y escenarios, todo ello de empalmada golfa, y maldurmiendo archivados como sardinas en autobuses durante meses, soportando y adaptados a todos los vicios de la farándula… en este gremio señores, se carda pero que muy bien la lana. Si en esta boda se vieran implicados civiles ajenos a ella podría resultar muy peligroso, vamos que soy yo parte y mitad de los casantes y ni reservaría habitación para la noche de boda, ni nada. Directamente pediría cita con el abogado en el cuartelillo para eso de las once.

A parte del añadido de emoción que supone un comedor con dos mesas enteras de invitados luceros sabiamente combinadas con otras dos mesas de invitados boxeadores, a parte de esto, debo confesar aquí y en público con un pelín de rubor, que yo voy encantada porque es que a mi y en el fondo las bodas me gustan mucho.

Ya sé que no es lo habitual, que lo frecuente es que te llegue la invitación, que empieces a pensar en el qué te pones, en el regalo, en la fecha que siempre coincide con un fin de semana inoportuno, en los asistentes incluyendo a parientes petardos y en los paripés que toca hacer, y todo a una, como en Fuente Ovejuna, comienzan los recuerdos a la parentela difunta del invitante. Sin embargo, yo no, yo soy una invitada agradecida y las cuatro veces (cuatro, ninguna más, y dos de ellas en concepto de bolso de mi ex) que me han invitado a bodas en mis treinta y cuatro años de vida, las he celebrado hasta dando palmas.

Yo sé de sobra que cada uno cubre las carencias como puede y mi afición a las bodas es mi manera de compensar la falta de glamour de que adolece mi vida. Yo me alegro muchísimo de poder trabajar con vaquero y bambas y de no tener que estar supeditada al tacón y al traje gris en cada uno de mis días. Pero a mi me hace mucha ilusión también eso de poder disfrazarme de princesa por un día, y claro, no lo voy a hacer para ir al Carrefour.

Nunca he envidiado a la novia que va de blanco ni tampoco he ambicionado jamás ese puesto. A mi lo que me gusta de verdad es el de invitada de tiros largos. En realidad lo que me colmaría es que alguien me llamara de vez en cuando para asistir a un mega estreno de cine y acudir acompañada del brazo (y de todo lo demás, estaría bueno), pues no sé, vamos a poner que de George Clooney, por ejemplo. Ahí me veo yo, bajando del mega coche lustroso del otro mundo que os contaba ayer y pisando con garbo y salero la alfombra roja mientras GC me brinda su punto de apoyo en la palma de su mano abierta con los dedillos un pelín doblados y con la espalda un pelín inclinada (¡Ay! Suspiro). Pero, como todavía no he descubierto muy bien donde hay que apuntarse para que a una la inviten a esto, me voy apañando de momento con los fiestorros de las bodas.

Yo como toda mujer de mi edad con cierta previsión de vida social, incluyo en mi fondo de armario (en el caso del mío es más bien en el abismo) un par de vestiditos de fiesta como para acudir a cualquier sarao Jet de lo más propia y oportuna. Por si acaso el acto requiere una presencia más pía y recatada, como por ejemplo un entierro, cuento con un smoking corte clásico aunque con hechuras femeninas, que me resuelve mucho en lo nocturno, en lo invernal y, por lo negro, en lo difunto. Todo pensadísimo. Lástima que en mi entorno la gente se case tan poco (y tampoco quiero que ahora empiecen a morirse, no, no), que ‘Gen Santa lo que me está costando amortizarlos.

Así que cuando me llegó esta quinta invitación en ciernes, a mi me dió un vuelco al corazón y no me importó lo más mínimo que fuera ni en concepto de bolso ni de riñonera, que a mi se me salieron para fuera las palmas esas que os decía antes. A continuación procedí a desempolvar mis modelitos, pero ¡o dioses del destino! ¡qué sois unos pedorros, más que pedorros!. Resulta que gracias a las hormonas prescritas, que no proscritas por mi médica (esta brutal diferencia de una letra me la ha descubierto mi amiga Teresita una filósofa magistral de la vida, escritora de talento con un sentido del humor hilarante. Nena, voy a crear la plataforma “QTPY” (Que Te Publiquen Ya)). Decía antes de dispersarme imprescindiblemente, que gracias a estas hormonas, hemos conseguido lo que yo no había conseguido nunca antes: que me brote un pecho y un culazo que sí, serán espléndidos, (yo creo que este último si fuera más turgente desde luego que pasaba por brasileño) pero que no me caben en ningún sitio.

Yo he intentado ser creativa y he cambiado impresiones con Cosita, que además de creativa es modista, pero ya me ha dicho ella “hija, aunque no te lo creas, en este caso cuesta mucho menos meter que sacar”. Así que tras semanas negando la evidencia, ayer ya tuve que admitir que tenía que invertir de nuevo mi dinero ya invertido en hipoteca y buscar un modelito apto para mi nueva talla.

Esto parece que no viene al caso, pero ya veréis luego como si. Cuando uno no conduce idealiza mucho la idea de conducir, y va creando en su cabeza imágenes de momentos futuros donde la protagonista es una misma y su coche. Mi hermana me contaba que para ella el éxtasis era visualizarse con el mando electrónico del coche, apretando el botón, haciendo pip-pip y entrando ante todo el mundo observante a sentarse en el asiento ante el volante.

Pues para mi, el momento glorioso imaginado, era aquel en el que yo iría con mi Luisi (aunque en el momento imaginativo, yo aun ni la conocía ni tenía nombre) a recoger a mi madre (que no ha conducido nunca y sigue sin hacerlo) allá donde estuviera para irnos las dos juntitas de parranda a cualquier Factory de la faz de Madrid. Para el que no lo sepa los Factory son centros comerciales donde te venden todo Outlet, o lo que es lo mismo fuera de temporada. Todo ropa de firma pero muchísimo más barata de lo habitual. En mis ensoñaciones, las dos nos íbamos solas, sin hombres, sin padre, solo las chicas. Porque mi padre es un santo que no solo no se queja si le toca Factory, si no que hasta es capaz de encontrar divertimento buscando la mejor oferta de calcetines dentro de la tienda Punto Blanco, pero yo sé que esto no es lo frecuente y que además la tienda se le acaba a él mucho antes que a nosotras las ganas de seguir mirando y probandonos ropa.

Pues mentira parece, pero desde que me he sacado el carnet un año largo hace ya, todavía no había encontrado ese hueco de agenda para irnos las dos juntillas en momento Luisi y momento tiendas. Y ayer, con la excusa de la boda y del rematísimo final de rebajas, y de recoger un trocito de la exquisita tarta de ciruelas claudias que ejecuta mi madre, fue el día.

Ayer me agarré mi Luisi y me fui a buscar a mi madre de mis amores para irnos ambas juntas al Village de Las Rozas, que dentro de los Outlet es lo más más, y hasta tiene tiendas de Versace y Carolina Herrera…

El objetivo en mente era encontrar algo apropiado que yo me pudiera poner para el evento sin deslucir mi particular estilo, que fuera espectacular a ser posible a la par que discreto y adecuado, y que me hiciera sentir cómoda como en una segunda piel absolutamente natural en mi. Quedaban por tanto excluidos todos los modelitos tipo baile de graduación de película americana de los años ochenta, y los de hermana u otra familiar próxima de la novia (¡lo de parecer su madre ni me lo planteo!), que no sé por qué, pero nunca quedan de mucho gusto. Vamos, que el objetivo básico era vestirme para el estreno con GC y no para una boda en compañía del I. Otro objetivo igual de básico era el de gastarme lo menos posible, mucho mejor si no llegaba a las tres cifras.

Por tanto la tarea era difícil. Pero nosotras, inasequibles al desaliento y muy bien entrenadas, llegamos a las cinco y media y empezamos a trabajarnos nuestros puntos de mayor interés: cualquier tienda susceptible de tener dentro un vestido no de sport. A las ocho y media me había probado dos modelitos potables, tropocientos indecentes (¡por dios qué risas en Vitorio y Luccino!, ¡qué eufemismo ese de vintage para denominar lo viejo!) y andábamos ya derrengadas, con los pies doloridos: era el momento de decidir, y la decisión fue comprar el más barato que además era el que “más así” me había parecido (y ya sabéis como es algo “más así”: no está mal pero no es lo perfecto). Nos dirigimos a la tienda de Jesús del Pozo.

Pero justo al entrar a mi me abandonaron las fuerzas y me agarré del brazo de la dependienta (¿o me eché sobre sus hombros?) a vaciarle mi alma desesperada llenita de ampollas y a dos segundos de llorar y le expuse que era lo que yo realmente quería: “mire, yo solo quiero ir espectacular sin ser hortera, como Ana Belén” (para que me entendiera, que yo sé que es muy musa de J del P y la viste gratis). Y añadí, que me había probado aquel vestido (señalándole), pero que estaba empezando a considerar que quizá una falda espectacular y ya le acoplaría yo algo… Allí fue mi madre quien perdió fuerzas y presencia y casi se pone no a llorar, porque no es su estilo, pero si a agarrarme de mi larga melena para sacarme de la tienda. Sin embargo la dependienta, pese a estar a punto de cerrar, me miró con ojos tiernos, mentón firme y seguro y empezó a mostrarme faldas y más faldas espectaculares todas y larguísimas, llenas de cancanes y fru frús. Yo casi deliraba y ya me había vuelto la sangre al cuerpo y la color a la cara. Imbuída de aquel frenesí quasi Pretti Woman (y digo quasi porque se percibe una diferencia brutal: donde ella cobra yo no veo un duro y donde ella no paga yo me dejo una lana, ya veis que tontería, y esto sin mencionar a Richard Gere). En fin, que en este despiporre, yo ya no recuerdo si fue ella o fui yo la que sugirió probar una falda a modo de vestido, y dicho y hecho, falda altura pecho palabra de honor (el escote, no mi pecho, aunque también es muy íntegro y fiable) y fular bajo pecho anudado con cuco lacito a modo de corte imperio. Oye, espectacular: la falda de dos tallas más a la mía para que entrara a aquella altura, me quedaba como un vestido largo hasta los pies que por delante apenas dejaba asomar la puntita de mis Converses fucsias y por detrás tenía una pequeña cola que arrastraba apenas, lo justo para imponer dignidad sin que a una la fueran pisando. Yo correteaba por la tienda ya sin clientas, recogiendo los refajillos que crujían e imaginando mis tacones de cristal cual Cenicienta a puntito de perderlos, y para que intentar ser fina: flipaba conmigo misma.

Ni me lo pensé. Pagué el importe y doblamos y redoblamos aquello hasta conseguir meter tanto volumen en una bolsa.

Hoy antes de irme a trabajar he vuelto a deleitarme viéndola colgada en mi armario y todo lo que la encuentro son virtudes: desde las dos tallas más grandes, que van a eternizarla junto a mi y a mis diversos estados corporales, hasta la imposibilidad de encontrarme con el mismo modelito de vestido dentro de la boda. Y finalmente y lo mejor: sus holguras que me estilizan sin impedirme ponerme morada comiendo, sin oprimir y sin marcar ni una tripilla ni un inadecuado volumen, que es el objetivo que tamibén me he propuesto cumplir en esta boda. Ese y el de echarme un millón de risas con Cosita, que también viene a este evento.

P.D.: Mami, que un besito y muchas gracias. La tarta de campanillas, como siempre.

martes, 28 de agosto de 2007

TOMÉMONOS DOS SEGUNDOS PARA HABLARLES A LAS PLANTAS

Yo sé que existe un mundo paralelo al mío propio donde habitan los coches nuevos de colores relucientes que aun llevan las etiquetas colgando y que tienen matrículas con cuatro números delante y tres letras detrás. En ese mundo, los coches no necesitan llave y se abren cuando te acercas a la puerta por obra y magia de un sensor. Se ponen en marcha al pulsar un botón y tienen unos chivatos traseros y delanteros que pitan incrementando su frecuencia conforme uno se aproxima a un obstáculo O. También cuentan con una limitación de velocidad inteligente que hace que cuando el conductor (sea su amo o el chófer de) se excede pisando el acelerador, el solito y paulatinamente sin que apenas se note para no ofender a nadie, reduzca hasta la buena velocidad de crucero, libre de multa y claxon. Con las mismas, al salir del coche, él solito intuye si es o no para no volver en un buen rato y se cierra por fuera y por dentro, quedándose parado con sus retrovisores autoplegados, en posición de firmes y a la espera de nueva orden. Con las mismas pone en marcha los limpia parabrisas cuando llueve y las luces al caer el sol. Sin intervención humana ni divina. Y estoy segura de que dedicándoles el tiempo suficiente, estos coches aprenderían a preparar un té con pastas e incluso nos traerían el desayuno a la cama. Mismamente como la zorra de la Esteban en un futuro próximo.

Pero en el mundo en el que yo vivo, los coches son diferentes (que no digo yo peores) y la chapa reluce menos y llevan algún que otro bollo que les otorga carácter y personalidad. En mi mundo, los coches no son nuevos, y se abren con llave y se vuelven a cerrar con llave o con seguro desde dentro. Cuando no se les cuida con suficiente atención y mimo, nuestros coches se ponen enfermos y tosen y se acatarran o se les agarran unas decimillas de aceite que les deja baldados por algunos días e incluso les puede llevar a la muerte.

En este mundo mío y no en el otro, habitan el Grison, el Vernon y mi Luisi. A mi me gusta conducirlos todos, pero especialmente el Grison, que va muy requetebién. Aunque debo deciros que nos ha salido con mucho carácter y no es que esté demostrando tener mucho aguante. Resulta que este viernes pasado, tras un suspiro, se nos ha cruzado de brazos, nos ha hecho un medio corte de mangas y nos ha dejado tirados en la carretera a Boadilla del Monte. Bueno, realmente no nos ha dejado tirados. A mí no. Le ha dejado tirado exclusivamente al Íntimo y esta es una delicadeza que yo le agradezco sobremanera al Grison.

Yo sé que los coches son coches, y no son ni amigos, ni confidentes, ni familiares. Yo sé que encariñarse con un coche no es nada práctico, que lo práctico es verlos como lo que son y utilizarlos para lo que sirven, que es llevar y traer al portador (igual que un talón). Yo sé que ponerles nombres es una ñoñería, pero ¿que queréis?. Yo a mis coches aunque no sean míos, les tengo mucho cariñito, y me da a mi por creer que a ellos les pasa como a las plantas: les gusta escuchar cuando les hablas. Hasta ahora ningún miembro del género vegetal (incluyendo los comas profundos) ha respondido a su propietario regante con el Discurso del Método, pero oye, el padre Mundina y mi exsuegra se comunicaban hasta por los codos con sus propiedades vegetales, y éstas estaban hechas un primor. Pues más o menos a mi me pasa algo así con los coches, todavía no he conseguido que me hablen, pero me devuelven mis atenciones tratándome con mucho amor.


Mi Luisi, por ejemplo, tardamos un poquito en conocernos, pero luego después, jamás me ha dejado tirada, ni con una avería ni con nada. Ni siquiera con esos imponderables que un coche no puede controlar como por ejemplo las heridas en sus extremidades. La única vez que mi pobre Luisi pinchó, tuvo la deferencia de hacerlo en una de esas infrecuentes ocasiones en las que yo cedo su uso a Topí, el canguro de mi hija. Fue a él a quien le tocó ocuparse de cambiar la rueda, de reparar la otra… y a mi nada.

Topí es un pedazo de pan gigante (en sentido lírico y literal) y con un corazón proporcionado, o sea, enorme, pero también es un hombre, práctico y poco sensible al mimo a la chapa. Para él el coche es el coche y ya está. Topí es una de las tres altas torres, junto a la Esteban y a mi misma, que han caído en el curso 2006-2007, cuando los tres, para epate de todo el barrio y nuestros propios entornos, tras años y años de propósitos y fracasos, conseguimos sacarnos el carnet de conducir y conducir incluso. Él lo hace subido a un Ford Fiesta año tropocientos, muy viejo y muy esforzado que le regaló un amigo cuando ya había decidido darlo de baja y llevarlo al reposo de un merecido desguace. A la edad en que otros coches por fin descansan y pasan al retiro, a éste le ha crecido una nueva vida lleno de Topí y de su mujer (de talla muy proporcionada a la de su hombre). Cuando ambos están dentro del coche uno les mira y piensa que están metidos en un bache y si les miras de frente no consigues ver la luneta trasera. Además al coche le han impuesto una sillita infantil y un niño bebé que no ha cumplido aún los dos años, y al que por su tono de piel color miel y su mala leche, los del barrio hemos decidido apodarle cariñosamente “Hamilton” (y también, para qué negarlo, por el nada desestimable hecho de que a su padre le toca las narices muy mucho). Pero el coche es cumplidor, y les lleva y les trae incluso de vacaciones en Levante, y también a las dos niñas de la Calcuta, que como ya os he contado, ha estado de mudanza.

Topí es hombre y práctico como os decía, y no mima ni anima a su coche, ni habla con él exhortándole con frases tipo: “tú puedes campeón” (que es lo que yo les digo a los míos en la cuesta y aceleres). En consecuencia su coche se desgana: solo en estas vacaciones se le ha roto la cerradura del maletero y se le ha pinchado una rueda. La cosa no habría ido a más si no hubiera sido por la sobrecarga en el vehículo, si Topí no hubiera ido despistado compaginando como podía las atenciones a la carretera y a su tropa , y si no hubiera circulado zumbando a 160 km/h, que francamente aun no sé como ha podido el cochecito. El caso es que se produjo el pinchazo, y Topí no se dio cuenta. Reventó la cubierta, y Topí no se dio cuenta. Se deshizo el neumático en diversos látigos y Topí no se dio cuenta. Los latigazos se cargaron la yanta, un piloto, parte del parachoques y un no-se-qué, que no puedo transcribir porque hasta ayer no lo había oído mencionar en mi vida. Y Topí no se dio cuenta hasta que llegó al barrio. Yo le comenté que eso le pasa por llevar a Hamilton dentro (me entenderán los que hayan visto la carrera de Turquía), pero me ha puesto cara de “hoy no hay clima” y no he querido insistir.

Y es lo que yo os digo. A veces hace más una mano izquierda con cariño que una derecha con la herramienta. Algo que va sabiendo el Íntimo. Porque aquí viene otro ejemplo: el Vernon.

A mi el Vernon jamás me ha fallado ni me ha dejado tirada. Es cierto que una vez olvidé cerrar bien la puerta del maletero y le tuve toda la noche con la luz encendida. ¿Y qué hizo él? pues vaciar la batería. Aun así, como sabía que yo lo había hecho sin querer, pese a que el coche estuviera cerrado por dentro en la parte habitáculo de pasajeros con el cierre electrónico centralizado por el cuarto de vuelta en la puerta delantera, y a que ni siquiera podía acceder al interior para abrir el capó y enganchar las pinzas para alimentar de nuevo la batería, y pese a los fracasos de mis intentos de entrar en el coche de cualquiera de las maneras, incluyendo el método de la percha que conoce mi prima Mariví. Pese a todo eso, yo conseguí volver de vacaciones subida al Vernon y en fecha prevista sin pasar siquiera por el taller ni llamar al seguro. (Ya sé que las cosas que me pasan a mi no suelen ser frecuentes, pero he aquí un consejo de máxima utilidad para la gente con vida pintoresca: se puede alimentar la batería desde cualquier lucecilla del coche incluyendo la del maletero: pinza + en borna +, pinza – en borna –).

Sin embargo el íntimo no puede decir lo mismo. El íntimo puede llegar a hablar muchísimo, bien largo y bien extendido, pero a este hombre los mimos verbales (no confundir con los orales) se le caen siempre en negativo con un no bien rotundo por delante. Así que imaginad lo que le ha tenido que escuchar este pobre coche ¡ay, ay! ¡qué estrés mi pobrecito!. Visualizo ahora lo que tuvo que sufrir cuando me le cedió para irse a la África más profunda, el pobre coche sin pegar ojo toda la noche pensando en que al día siguiente y durante un largo mes le iba a conducirle, yo, la agresora de recoletas iglesias románicas… aguantó como pudo. Posiblemente por eso, y por la tensión acumulada, en cuanto el Inti volvió a poner su culo en el asiento del conductor, el Vernon se desinfló y encendió todos los pilotitos del salpicadero. Empezando por el del aceite que estaba todo retorrado.

¿Y qué hizo el Inti? ¿le dio las gracias por los servicios prestados?, ¿le compró una fruslería para el retrovisor de dentro ni para el salpicadero? (como yo, que en estas últimas vacaciones le compré un perrito de los que mueven la cabeza en los Seat Panda), no, señores no. Nada de nada. Y el Vernon, que es muy sentido empezó a defenderse como pudo: dejándole sin frenos un par de veces en la eme cuarenta. Reposando tres meses en el taller mientras le cambiaban el ordenador del ABS... Y vengarse costándole un dineral, pero esta ha sido la cuestión personal.

Y veis, yo jamás he tenido ninguno de esos problemillas.

Ahora llega el Grison, y yo le cojo, le traigo, le llevo, le muevo, le paseo y digo a todo el que me quiera oir lo bien que funciona este coche. Y no nos engañemos, cuando yo le llevo, al coche se le ve contento. Pero este coche no es el Vernon, este nos ha salido con un carácter que me da a mi que no se va a llevar pero que nada bien con el Inti. Cuando la semana pasada lo puso en marcha (y debía ser la cuarta vez que lo hacía) para irse a trabajar (su moto, la fucsia estaba en el taller en lo que él llama mantenimiento, pero vaya usted a saber de qué manera la habrá ofendido) ya empezó el Grison a rezongar encendiendo una lucecita con forma de motor ni más ni menos. El Inti lo comentó en casa sin mostrar demasiada preocupación ni deferencia por la enfermedad de su utilitario y ¿qué es lo que ha hecho éste mismo resentido?. Dejarle tirado un viernes por la tarde en la carretera de Boadilla del Monte.

Así andaba yo en ese momento, preparando unas sopitas de ajo para capear el finde con el estómago entonado y lleno, cuando sonó el teléfono:

(El Inti): - “Hola, ¿qué hacías?”
(Yo): - “Uy, no me hagas contártelo…” – (es que él dice que en el fondo y cuando me encuentro en mi intimidad más íntima, yo disfruto siendo una maruja y no me apetecía argumentar dándole la razón).
(El Inti): - “Ya, pero ¿te aburres?”
(Yo): - “Yo no me aburro casi nunca”
(El Inti): - “Bueno, pero ¿tienes planes?” – (empiezo a darme cuenta lo buenos clientes que somos para cualquier compañía de teléfonos).
(Yo): - “¡Uy!” – emocionada, imaginando un excitante plan nada más arrancar el finde – “¿qué propones?”
(El Inti): - “que si vienes a buscarme a un taller en la calle Virgen de Lluc, que el Grison me ha dejado tirado”
(Yo): - “Vale cojo la Luisi y voy”
(El Inti): - “No, coge el Vernon que en la Luisi no quepo y además, me pican las plumas rosas” – (ya empezamos ofendiendo…)

Así que por el momento nos hemos quedado sin Grison y de nuevo el Vernon ha vuelto al ataque recogiendo el testigo, y demostrando que él será más feo y más viejo, pero mucho más leal. (Nota personal: Cosita, vamos a tener que posponer nuestros planes. Por cierto reina: qué atracón de pollo cocinado en todas las formas posibles, es que ahora veo uno en el Carrefour y me no te digo de que me dan ganas, pero lo puedes imaginar).
Eso sí el Inti ahora conduce callado y cuando cierra la puerta lo hace, yo lo noto, con mucha más suavidad que antes. Estoy segura de que de aquí a nada, y cuando nadie le vea, empezará a hablarle como a una planta.