¿Habéis visto esas cortinillas del canal Cuatro en las que se cuentan los minideseos de gente?. Yo sí, y ya que se da la circunstancia de que de deseos ando sobrada, y además de todas las tallas, desde la maxi, hasta la mini, aprovecho este forillo con todo el morro, para dar salida a uno que me corroe por estas fechas.
Allá va:
Señores fabricantes de juguetes, señores administradores de la Marvel, por favor, por caridad, un poquito de dignidad a la hora de hacer dinero. Dejen de jugar con las ilusiones de los adultos y en adelante, cuando diseñen sus herramientas para materializar vilmente las ilusiones de los niños, tengan en cuenta las de sus padres: No pueden ustedes imaginar, elaborar y poner en las estanterías de los supermercados muñequitos de peluche cabezones que mal simulan viriles, fornidos, agerridos y siempre valientes Spidermans, cantando canciones infantiles del pelo de "En la granja de Pepito, ia, ia, ó". Resulta denigrante e insufrible y yo personalmente ando todavía reponiéndome del shock de este descubrimento, que aun no soy capaz de mirar a los ojos a mi Spider de mi mesilla de la izquierda sin sentir cierto prurito de vergüenza ajena. Pues hala, ya está dicho.
Y para que la cosa no quede breve, que ya sabeis mi fobia a los espacios en blanco, aquí añado un par de frases míticas de la película a Good Wooman, (la disfruté el otro día mientras sesteaba en mi sofá):
- "Si siempre nos guiamos por las opiniones ajenas, ¿para qué tenemos las propias?". Helen Hunt la pérfida bala perdida a la cándida e ingenua Scarlett Johanson.
- "..Y he aquí un ejemplo del triunfo de la esperanza sobre la experiencia" (afortunadamente, añado yo). Lord Cínico y Añoso Forrado 1 a Lord Cínico y Añoso Forrado 2, cuando este último le comunica al primero su intención de contraer nupcias con la esplénida y deseada Helent Hunt, propietaria de tan sólo dos únicos bienes: una total desvergüenza y una reputación imperdonable.
Y os dejó aquí otra cuestión que me tiene intrigada, a ver si es posible que alguien ilumine la oscuridad de esta duda en la que me hallo inmergida:
- Si todo el mundo está de acuerdo en afirmar que la práctica del sexo acarrea beneficiosos efectos sobre el cutis, que se relaja, suaviza y tersa, ¿por qué las féminas practicantes de órdenes religiosas (monjas), célibes ellas, tienen todas cutis finos finísimos como el caolín?.
Que Felices Fiestas a todos, y hala, a beber con moderación, que vale que sólo uno mismo es responsable y víctima de sus propios ridículos, pero que un poquito de consideración con las buenas personas dispuesta a arrastrar a dichos propietarios titulares hasta sus casas y hacer lo imposible por sacarles del coma profundo, que los que no bebemos, aunque sea por prescripción médica, a estas alturas andamos pelín perplejos, amén de extenuados de conducir a las tantas mil por las desiertas calles de Madrid (me cachis con el "hoy por tí...", ¡el día que llegue mañana va os vais a enterar todos!).
P.D.: ¿Habéis visto? ¡POR FIN HE SIDO BREVE!
miércoles, 26 de diciembre de 2007
lunes, 24 de diciembre de 2007
OTRO AÑO MÁS, EN ESTAS FECHAS, LA REINA Y YO...
Ya estamos en capilla, hoy es la noche N, ya hemos perdido a la lotería como cada año, comido todas las comidas de grupo, bebido todo lo bebible (yo sin alcohol, que resulta que es mucho más dañino que el con, porque me diréis que otro líquido se puede consumir sin reventar durante doce horas continuadas, que yo todavía ando eructando el sarao de hace dos días), y ya estamos todo lo preparados que podemos, con todas la gestiones preceptivas hechas bien dispuestos para la celebración de marras.
Yo este año celebro las fiestas en recogimiento y familia (porque Noche Vieja es otra cosa) con mi niña a mi vera como novedad (el año pasado mi niña las celebró a la vera paterna y yo a la irlandesa) y se me ha contagiado la ilusión de sus ojitos infantiles convencida de que los niños lo viven de otra manera. Así que ingenua, con mis ideas preconcebidas sobre la paz y la ilusión que inundan los corazones de los niños, me he convertido en otra para disfrutar desde la nueva perspectiva estas celebraciones que a mis treinta y tantos ya me pillan un pelín trillada y descreída. Hasta me he comprado un metrobús para inmergirme en la ciudad (que resulta impracticable con coche en estas fechas) y no perderme ni una lucecita, ni un cortilandia ni un nada de nada. Y debo deciros que hoy os escribo desde la cama, agotada, intentando reponerme para la fecha señalada porque los preparativos y mi tratamiento hormonal han estado casi a punto de acabar conmigo y dejarme fuera de juego para el cocktail de gambas, el canapé y el marisquiño.
Primero diré que, creo, sospecho, intuyo, que los niños del mundo son mucho más listos de lo que nosotros pensamos, y que ya no es que sepan todos que los Reyes son los padres (¿sería más preciso decir las madres?), es que les importa menos que cero quienes ejecuten el reparto de regalitos sobre los zapatos, lo que quieren son el Arca de Noé de Play Móvil en la fecha pactada, a la hora pactada en el lugar de entrega establecido. Punto. Porque claro, ¿cuantas veces al año le caen a un niño de golpe y porque sí, una media que va desde cuatro hasta tropocientos regalos, todos juntos y de importe superior cada uno a los sesenta eurazos?. Pues una o ninguna. ¡Como para ponerse exquisito con el nombre del dealer!. Si diré que, por si acaso y esta es toda una señal de inteligencia, mi niña últimamente anda prestando exquisita atención a todos los vejetes venerables miembros de esa prolífica generación que es la tercera edad, sobre todo a aquellos que portan luengas barbas, (lo que reduce la población casi exclusivamente a los excluidos sociales, que tanto pululan en los pórticos de los centros comerciales de obligado cumplimiento en estos días; y al Inti que no se en que momento se ha hecho muy mayor y que además últimamente ha dejado de afeitarse, no sé, le miro y últimamente se me da un aire al difunto Fernán Gomez, ¡qué caprichoso el subconsciente!). Y ella los mira, y me mira, y los mira, y me pregunta si no les daríamos algo, como mil euros, porque debe de andar acongojada pensando que ya pueden ser buenos magos ya, y desprendidos, porque si no, como que no le salen las cuentas. También anda interpelando a todo quisqui que se encuentra por la calle, y esto no es lo nuevo, porque ella siempre ha sido de lo más sociable, lo que es nuevo es que ha cambiado su saludo estándar de “hola” por otro de “Felices Fiestas” que me está haciendo pensar si no debería pedirle a Gallardón que me la subvencione, porque parece elemento propio de la campaña navideña puesta por el ayuntamiento.
En fin que estos mis nuevos ojos y voluntad me han hecho apreciar las cosas desde otra perspectiva, y también introducirme en un mundo al que hasta ahora no había prestado la suficiente atención. Así por ejemplo soy capaz de establecer un ranking de los peores trabajos del mundo por estas fechas.
Por ejemplo el viernes pasado, día veintiuno y de entrega de libertad condicional a todos los retoños del mundo para disfrutar de sus veinte días de vacaciones, mi hermana y yo, nos levantamos temprano para ultimar las gestiones tales que una infante de seis, casi siete años, no puede percibir en directo. Tras dejarla en el colegio hecha un pincho para asistir a su sarao (algo así como la comida de empresa o colegas, en versión infantil, concertada y pija), nos dirigimos prestas al Corte Inglés, sección perfumería, a liquidar las gestiones destinadas a los elementos femeninos de más edad de nuestra troupe familiar. Allí tras aguantar horas de cola, empezamos a compadecernos de las señoritas impecablemente maquilladas y sonrientes que nos rociaban una y otra vez con todos los aromas del amor y el lujo con las que las firmas de relumbrón orean al mundo entero. Las que no portaban los tarros de las esencias, escuchaban pacientes y mostraban y mostraban distintas versiones con distintas formas y poquitas variaciones del mismo líquido. Y luego lo guardaban, y luego lo envolvían con tanta delicadeza y parsimonia, que unas ochocientas veces vine a recordar yo al dependiente Mr. Beam de la película Love Actually. Cuando finalmente ponían la pegatina “Felices Fiestas El Corte Inglés” lo que fuera que una (no existían los unos en esta planta, qué cosas) hubiera adquirido se había transformado en una obra de arte, digno atrezo de cualquier película fina. Esto lo liquidamos. Y nos fuimos al Carrefour, pensando yo ingenua, que qué trabajo tan sacrificado el de dependienta amable del Corte Inglés.
Pero el Carrefour si resultó dantesco. Allí fuimos a liquidar el asunto paterno, único miembro masculino de mi familia (porque mi gato no cuenta, que no es de sangre). Descubrí anonadada que este año los jamones buenos traen una especie de funda que parece de raqueta, con sus asas y todo que te permiten portarlos con toda comodidad. A lo mejor este accesorio no es nuevo, pero es que ya me gustaría a mi estar mucho más documentada sobre el apasionante mundo del cinco jotas, que hete aquí que lamentablemente no es el caso. En fin, en el Carrefour y para no sufrir más de lo necesario, nos dirigimos al tiro hecho: a la planta de informática para agenciarnos una mochila porta portátil. Quedaban tres, dos fosforitas y una de discretos tonos negros. Conteniendo mis impulsos, nos hicimos con esta, más apropiada para una reunión de empresa de un gestor comercial respetable, que no sé por qué razón, las otras. El objeto en cuestión carecía de funda, bolsa ni etiquetas, pero no nos importó, porque la cosa está chunga este año en el tema mochilas de portátil y hasta se habían acabado en el CI, no estábamos como para poner demasiadas pegas. Fuimos a caja, casi nos dormimos mientras esperábamos a que nos tocara. Nos tocó. Y no podían cobrarla porque carecía de código de barras. La majísima cajera llamó a la encargada de línea de cajas, en sus patines ella, que con muy buena disposición intentó localizar al “informático”. Ella hablaba por el intercom, y nada, respondían de todas partes pero no del departamento solicitado. Tres cuartos de hora después yo había subido a planta, había localizado una fosforita, idéntico modelo con diferente color, la patinadora había deducido que los precios eran distintos, el informático seguía sin aparecer, la cola de la caja de nuestra amable cajera andaba prácticamente organizada para montar el piquete y estaban a punto de localizar una valla de obra para tirarla sobre la cinta transportadora. Cuando la sangre estaba en un tris de llegar al río, solo entonces, es cuando apareció el informático que confirmó que sí, que la de colores discretos era más cara y desapareció con la excusa de ir a buscar la referencia del producto. Otro cuarto de hora después, cuando yo misma, que ya sí que sí me he convertido en la persona más zen del mundo, estaba al borde del colapso con los ojos inyectados en sangre, reapareció el informático, con unos genitales que yo juzgué del tamaño de los del mítico caballo de Espartero, porque no llevaba escolta ni nada, tiró el papelote sobre la caja y con las mismas se piró. La cajera pasó el código por el lector, apareció el mismo precio de la móchila fosforita, y hala, nos fuimos espitadas mi hermana y yo hacia el coche porque ya llegábamos tarde a la entrega de retoños en el colegio de mi hija. Pero este trabajo si que me pareció chungo, chungo y no el del Corte Inglés que de pronto parecía un balneario.
Ignorantes a los avisos de radar y a las límitaciones de velocidad que están puestas de espaldas al pueblo, sobre todo en las vías circundantes a los colegios, donde son más reducidas que en otras calles, como si no supieran que los coches con niños llegan siempre más tarde que los que solo llevan adultos, pilotando la menda misma como si fuera una Raikonen al volante de un taxi camino de un aeropuerto, llegamos no solo en hora si no que un poquito antes, cuando las puertas aun estaban cerradas y los padres y abuelos (que proliferan mucho más en estas fechas) parecíamos un toro resabiado astillando el asta contra la puerta de toriles. El pobre bedel observaba desde la puerta acristalada tragando saliva, calándose la montera, mordiendo el piquito de la muleta y reuniendo todo el valor del mundo para acercarse hasta la verja y abrirla. Finalmente, encomendándose a la virgen y a todos los santos, procedió, culminó la faena y hala, todos recogimos a nuestros herederos que salían cuajaditos de trabajos manuales, regalos del amigo invisible y llenitos de morgueras por el turrón de chocolate.
Nosotras, originales como todos, decidimos que ya que era el primer día de vacaciones, y ya que mi niña estaba de fiesta por vacaciones, y sobre todo también, ya que era la hora que era, que estábamos derrengadas y que no teníamos ni pizca de ganas de trabajar ni un poquito más, nos íbamos al Burguer King (al McDonalds tardaré en volver, tan infausto es mi recuerdo) y liquidábamos el asunto vianda. ERROR, desde aquí os lo digo, EL PEOR ERROR DEL MUNDO.
Resulta que el día veintiuno no solo dan las vacaciones a los niños infantes, no, también a los adolescentes, y como Gallardón a cerrado ese lúdico templo de recreo que es la Plaza Mayor al tráfico de adolescentes, y ha puesto a toda la policía municipal controlando el no ejercicio de botellón, ¿pues donde estaban todos? ¿eh? ¿Dónde?. En el Burguer King de la calle Goya, que desde aquí ya reivindico yo la vuelta del botellón y del destrozo de mobiliario urbano como doble favor a los ciudadanos de cierta edad de estos madriles. Por cierto. Yo vivo en un barrio de los que se dice popular, aquí las adolescentes visten todas como Bratz, que yo creo que más o menos ya imagináis todos como es eso. Pero resulta que existe otro modelo en los barrios pijos, que es el Charlotte Casiraghi (excusas, ahora mismo no ubico bien la hache y no tengo ganas de documentarme para una chorradilla así). El Burguer King estaba a revosar de Carlotas y de Andreas, todos ellos en a fila de a uno y pidiendo a razón de a uno, que digo yo, si van en grupo, ¿no pueden pedir todo lo de todos a la vez?. Pues no, porque el tema de la paga semanal no está unificado, y les hay que pueden pedirse el Big Menú con todo, hasta con reloj, y otros que no pasan de los Tenders y del vaso de agua pero de grifo, que después de invertir en Tommy Hilfiger no queda ni para extra de patatas. El panorama era desolador, pero a ver quien es el guapo que saca a una niña de seis años de un antro de comida basura cuando ya ha traspasado las puertas. Yo no, no soy tan fuerte.
Total que ahora sí estoy en condición de deciros que la lista de peores trabajos del mundo en vísperas navideñas son:
1.- Auxiliar de mostrador del Burguer King
2.- Auxiliar de caja del Carrefour
3.- Auxiliar de perfumería del Corte Inglés.
Lo que me lleva a pensar que hay que desconfiar siempre de cualquier trabajo que se enuncie comenzando en Auxiliar. Dicho lo cual, os diré que si bien me solidarizo con todos ellos, peor aun me parece el suplicio de ser cliente de todos y cada uno de ellos, en riguroso orden inverso y todo en el mismo día.
En fin, que Felices Fiestas para todos y para todo el año, y desde aquí, mis mejores deseos para el mundo el mundial. Nos vemos a la vuelta.
Yo este año celebro las fiestas en recogimiento y familia (porque Noche Vieja es otra cosa) con mi niña a mi vera como novedad (el año pasado mi niña las celebró a la vera paterna y yo a la irlandesa) y se me ha contagiado la ilusión de sus ojitos infantiles convencida de que los niños lo viven de otra manera. Así que ingenua, con mis ideas preconcebidas sobre la paz y la ilusión que inundan los corazones de los niños, me he convertido en otra para disfrutar desde la nueva perspectiva estas celebraciones que a mis treinta y tantos ya me pillan un pelín trillada y descreída. Hasta me he comprado un metrobús para inmergirme en la ciudad (que resulta impracticable con coche en estas fechas) y no perderme ni una lucecita, ni un cortilandia ni un nada de nada. Y debo deciros que hoy os escribo desde la cama, agotada, intentando reponerme para la fecha señalada porque los preparativos y mi tratamiento hormonal han estado casi a punto de acabar conmigo y dejarme fuera de juego para el cocktail de gambas, el canapé y el marisquiño.
Primero diré que, creo, sospecho, intuyo, que los niños del mundo son mucho más listos de lo que nosotros pensamos, y que ya no es que sepan todos que los Reyes son los padres (¿sería más preciso decir las madres?), es que les importa menos que cero quienes ejecuten el reparto de regalitos sobre los zapatos, lo que quieren son el Arca de Noé de Play Móvil en la fecha pactada, a la hora pactada en el lugar de entrega establecido. Punto. Porque claro, ¿cuantas veces al año le caen a un niño de golpe y porque sí, una media que va desde cuatro hasta tropocientos regalos, todos juntos y de importe superior cada uno a los sesenta eurazos?. Pues una o ninguna. ¡Como para ponerse exquisito con el nombre del dealer!. Si diré que, por si acaso y esta es toda una señal de inteligencia, mi niña últimamente anda prestando exquisita atención a todos los vejetes venerables miembros de esa prolífica generación que es la tercera edad, sobre todo a aquellos que portan luengas barbas, (lo que reduce la población casi exclusivamente a los excluidos sociales, que tanto pululan en los pórticos de los centros comerciales de obligado cumplimiento en estos días; y al Inti que no se en que momento se ha hecho muy mayor y que además últimamente ha dejado de afeitarse, no sé, le miro y últimamente se me da un aire al difunto Fernán Gomez, ¡qué caprichoso el subconsciente!). Y ella los mira, y me mira, y los mira, y me pregunta si no les daríamos algo, como mil euros, porque debe de andar acongojada pensando que ya pueden ser buenos magos ya, y desprendidos, porque si no, como que no le salen las cuentas. También anda interpelando a todo quisqui que se encuentra por la calle, y esto no es lo nuevo, porque ella siempre ha sido de lo más sociable, lo que es nuevo es que ha cambiado su saludo estándar de “hola” por otro de “Felices Fiestas” que me está haciendo pensar si no debería pedirle a Gallardón que me la subvencione, porque parece elemento propio de la campaña navideña puesta por el ayuntamiento.
En fin que estos mis nuevos ojos y voluntad me han hecho apreciar las cosas desde otra perspectiva, y también introducirme en un mundo al que hasta ahora no había prestado la suficiente atención. Así por ejemplo soy capaz de establecer un ranking de los peores trabajos del mundo por estas fechas.
Por ejemplo el viernes pasado, día veintiuno y de entrega de libertad condicional a todos los retoños del mundo para disfrutar de sus veinte días de vacaciones, mi hermana y yo, nos levantamos temprano para ultimar las gestiones tales que una infante de seis, casi siete años, no puede percibir en directo. Tras dejarla en el colegio hecha un pincho para asistir a su sarao (algo así como la comida de empresa o colegas, en versión infantil, concertada y pija), nos dirigimos prestas al Corte Inglés, sección perfumería, a liquidar las gestiones destinadas a los elementos femeninos de más edad de nuestra troupe familiar. Allí tras aguantar horas de cola, empezamos a compadecernos de las señoritas impecablemente maquilladas y sonrientes que nos rociaban una y otra vez con todos los aromas del amor y el lujo con las que las firmas de relumbrón orean al mundo entero. Las que no portaban los tarros de las esencias, escuchaban pacientes y mostraban y mostraban distintas versiones con distintas formas y poquitas variaciones del mismo líquido. Y luego lo guardaban, y luego lo envolvían con tanta delicadeza y parsimonia, que unas ochocientas veces vine a recordar yo al dependiente Mr. Beam de la película Love Actually. Cuando finalmente ponían la pegatina “Felices Fiestas El Corte Inglés” lo que fuera que una (no existían los unos en esta planta, qué cosas) hubiera adquirido se había transformado en una obra de arte, digno atrezo de cualquier película fina. Esto lo liquidamos. Y nos fuimos al Carrefour, pensando yo ingenua, que qué trabajo tan sacrificado el de dependienta amable del Corte Inglés.
Pero el Carrefour si resultó dantesco. Allí fuimos a liquidar el asunto paterno, único miembro masculino de mi familia (porque mi gato no cuenta, que no es de sangre). Descubrí anonadada que este año los jamones buenos traen una especie de funda que parece de raqueta, con sus asas y todo que te permiten portarlos con toda comodidad. A lo mejor este accesorio no es nuevo, pero es que ya me gustaría a mi estar mucho más documentada sobre el apasionante mundo del cinco jotas, que hete aquí que lamentablemente no es el caso. En fin, en el Carrefour y para no sufrir más de lo necesario, nos dirigimos al tiro hecho: a la planta de informática para agenciarnos una mochila porta portátil. Quedaban tres, dos fosforitas y una de discretos tonos negros. Conteniendo mis impulsos, nos hicimos con esta, más apropiada para una reunión de empresa de un gestor comercial respetable, que no sé por qué razón, las otras. El objeto en cuestión carecía de funda, bolsa ni etiquetas, pero no nos importó, porque la cosa está chunga este año en el tema mochilas de portátil y hasta se habían acabado en el CI, no estábamos como para poner demasiadas pegas. Fuimos a caja, casi nos dormimos mientras esperábamos a que nos tocara. Nos tocó. Y no podían cobrarla porque carecía de código de barras. La majísima cajera llamó a la encargada de línea de cajas, en sus patines ella, que con muy buena disposición intentó localizar al “informático”. Ella hablaba por el intercom, y nada, respondían de todas partes pero no del departamento solicitado. Tres cuartos de hora después yo había subido a planta, había localizado una fosforita, idéntico modelo con diferente color, la patinadora había deducido que los precios eran distintos, el informático seguía sin aparecer, la cola de la caja de nuestra amable cajera andaba prácticamente organizada para montar el piquete y estaban a punto de localizar una valla de obra para tirarla sobre la cinta transportadora. Cuando la sangre estaba en un tris de llegar al río, solo entonces, es cuando apareció el informático que confirmó que sí, que la de colores discretos era más cara y desapareció con la excusa de ir a buscar la referencia del producto. Otro cuarto de hora después, cuando yo misma, que ya sí que sí me he convertido en la persona más zen del mundo, estaba al borde del colapso con los ojos inyectados en sangre, reapareció el informático, con unos genitales que yo juzgué del tamaño de los del mítico caballo de Espartero, porque no llevaba escolta ni nada, tiró el papelote sobre la caja y con las mismas se piró. La cajera pasó el código por el lector, apareció el mismo precio de la móchila fosforita, y hala, nos fuimos espitadas mi hermana y yo hacia el coche porque ya llegábamos tarde a la entrega de retoños en el colegio de mi hija. Pero este trabajo si que me pareció chungo, chungo y no el del Corte Inglés que de pronto parecía un balneario.
Ignorantes a los avisos de radar y a las límitaciones de velocidad que están puestas de espaldas al pueblo, sobre todo en las vías circundantes a los colegios, donde son más reducidas que en otras calles, como si no supieran que los coches con niños llegan siempre más tarde que los que solo llevan adultos, pilotando la menda misma como si fuera una Raikonen al volante de un taxi camino de un aeropuerto, llegamos no solo en hora si no que un poquito antes, cuando las puertas aun estaban cerradas y los padres y abuelos (que proliferan mucho más en estas fechas) parecíamos un toro resabiado astillando el asta contra la puerta de toriles. El pobre bedel observaba desde la puerta acristalada tragando saliva, calándose la montera, mordiendo el piquito de la muleta y reuniendo todo el valor del mundo para acercarse hasta la verja y abrirla. Finalmente, encomendándose a la virgen y a todos los santos, procedió, culminó la faena y hala, todos recogimos a nuestros herederos que salían cuajaditos de trabajos manuales, regalos del amigo invisible y llenitos de morgueras por el turrón de chocolate.
Nosotras, originales como todos, decidimos que ya que era el primer día de vacaciones, y ya que mi niña estaba de fiesta por vacaciones, y sobre todo también, ya que era la hora que era, que estábamos derrengadas y que no teníamos ni pizca de ganas de trabajar ni un poquito más, nos íbamos al Burguer King (al McDonalds tardaré en volver, tan infausto es mi recuerdo) y liquidábamos el asunto vianda. ERROR, desde aquí os lo digo, EL PEOR ERROR DEL MUNDO.
Resulta que el día veintiuno no solo dan las vacaciones a los niños infantes, no, también a los adolescentes, y como Gallardón a cerrado ese lúdico templo de recreo que es la Plaza Mayor al tráfico de adolescentes, y ha puesto a toda la policía municipal controlando el no ejercicio de botellón, ¿pues donde estaban todos? ¿eh? ¿Dónde?. En el Burguer King de la calle Goya, que desde aquí ya reivindico yo la vuelta del botellón y del destrozo de mobiliario urbano como doble favor a los ciudadanos de cierta edad de estos madriles. Por cierto. Yo vivo en un barrio de los que se dice popular, aquí las adolescentes visten todas como Bratz, que yo creo que más o menos ya imagináis todos como es eso. Pero resulta que existe otro modelo en los barrios pijos, que es el Charlotte Casiraghi (excusas, ahora mismo no ubico bien la hache y no tengo ganas de documentarme para una chorradilla así). El Burguer King estaba a revosar de Carlotas y de Andreas, todos ellos en a fila de a uno y pidiendo a razón de a uno, que digo yo, si van en grupo, ¿no pueden pedir todo lo de todos a la vez?. Pues no, porque el tema de la paga semanal no está unificado, y les hay que pueden pedirse el Big Menú con todo, hasta con reloj, y otros que no pasan de los Tenders y del vaso de agua pero de grifo, que después de invertir en Tommy Hilfiger no queda ni para extra de patatas. El panorama era desolador, pero a ver quien es el guapo que saca a una niña de seis años de un antro de comida basura cuando ya ha traspasado las puertas. Yo no, no soy tan fuerte.
Total que ahora sí estoy en condición de deciros que la lista de peores trabajos del mundo en vísperas navideñas son:
1.- Auxiliar de mostrador del Burguer King
2.- Auxiliar de caja del Carrefour
3.- Auxiliar de perfumería del Corte Inglés.
Lo que me lleva a pensar que hay que desconfiar siempre de cualquier trabajo que se enuncie comenzando en Auxiliar. Dicho lo cual, os diré que si bien me solidarizo con todos ellos, peor aun me parece el suplicio de ser cliente de todos y cada uno de ellos, en riguroso orden inverso y todo en el mismo día.
En fin, que Felices Fiestas para todos y para todo el año, y desde aquí, mis mejores deseos para el mundo el mundial. Nos vemos a la vuelta.
jueves, 13 de diciembre de 2007
DE BASURILLAS Y RECICLAJES
Es un hecho que lo que uno (o una) deshecha, otro (u otra) lo aprovecha. ¿Cuántas veces se nos han puesto los ojos como platos tras sacudirnos con alivio un rollete y/o pareja que nos parecía de lo más petardo y descubrir la cantidad de voluntarios (y/o voluntarias) que se brindan a pegar gustosos los cachitos del destrozo y a ser el clavo que saque el anterior?. Yo misma he recogido unas cuantas basurillas ajenas (en sentido metafórico y literal, pero con mucho afecto y respeto, eso sí, a la dejante aliviada y al nuevo cogido, como no), y yo misma he dejado disponibles otras cuantas de lo mismo.
En fin. El caso es que últimamente y sin yo pretenderlo, me he visto en la tesitura de tener que revolver entre varias basuras, desde el tamaño unifamiliar propio, hasta el tamaño industrial del McDonalds y en todos los casos me he sorprendido un mundo de lo que llegamos a tirar. ¡Qué menospreciados están los restos desechados! ¡si con todo lo que digan, a uno no se le conoce tanto por sus actos como por su íntima basura! .
La primera ocasión de revisión de restos ya me pasó en mi propia casa, que por cierto, últimamente anda elástica, y para mi regocijo, resulta que en ella cabe todo el mundo. Porque diga lo que diga la Caixa, resulta que si que es cierto que donde habitualmente comemos una y media, en estas fechas cabemos hasta doce adultos a cenar, y que donde habitualmente dormimos una grande y una pequeña, pueden dormir hasta tres grandes, uno muy grande y una pequeña. Mi salón se ha transformado en una República Independiente donde se alojan mi hermana y mi casi otra hermana Olgui, con su colchón hinchable vía red eléctrica, con su cesta enorme de mimbre a rebosar de chuches de todo tipo, semejante cesta, que ni la mismísima Caperucita (un poner) podría arrastar hasta la casa de su abuelita sin la ayuda de un remolque y un cartel que la señalizara como Vehículo Longo pero que tiene a mi niña y a mi gato levitando en su entorno por el salón en éxtasis constante. Ellas, con sus horas indecentes de sueño y de insomnio que combaten pegadas al canal de Gran Hermano y a unos porrillos que lejos de atontarlas les llevan a prolongar la charleta hasta las tantas de la madrugada. Ellas con sus minúsculas ropitas de talla 36, que me hacen parecer a mi de otra escala. Tan cielotas ellas, cobertura pa’ tó.
El caso es que mi casa elástica ha cambiado su ritmo, y ahora tenemos turnos de ducha, repartos de tareas y satisfacciones del tipo que al llegar a casa, una encuentre un rico couscous cocinado (ya no como de Tuper frío, de pie, pegada a la encimera) y conversación y risas en el sofá. También tenemos miles de botes de gel y champús variopintos, mil cremitas, cepillos de dientes de todos los colores y un ritmo constante de llenado de bolsas de basura que va a frecuencia de una mínimo y rebosando al día.
Pero en la vida hay otras cosas que no son tan fáciles de resolver y coordinar ni ofrecen tantas satisfacciones. Una de ellas es la de sacar punta a los lápices de ojos. Parecen que estos lápices tienen un único uso, porque los compras, los usas, te comes la punta, y los rebañas hasta casi sacarte los ojos. Llegando a este punto, ya puedes tirarlos. La otra opción que sería intentar sacarlos punta es mucho más desesperante, porque lo metes en la maquinilla, procedes a girarlo, y antes de llegar a la longitud aceptable de mina se ha roto, se ha quedado dentro del sacapuntas y ya no hay manera de quitarla de ahí, porque parece pegada con loctite. O sí, consigues sacarla del cacharrillo después de tres cuartos de hora y quince utensilios diversos, y sigues dando vueltas a la pinturilla emperrada ella en dejarse la punta dentro y tú en comerte las virutas. Al final tienes que tirar todo el lápiz pero ahora del tamaño de centímetro y medio, y también el sacapuntas.
Sin embargo esto ocurre menos con los lápices caros y de marca (porque por lo visto los caros incluyen en el precio un cursillo previo que les enseña a comportarse), como por ejemplo los de Christian Dior, que vienen con un sistema sofisticadísimo de sacapuntas lleno de piecitas y gadgets que aprietan al rebelde contra la cuchilla y que sacan la punta osada del cacharrín en el hipotético caso de que se atreviera a dejarla dentro, y todo ello sin soltar apenas rebabas. Yo solo tengo un sacapuntas de estos y lo conservo bajo siete llaves y con todo mi cariño y agradecimiento, para que mi niña no pueda cometer el terrible y comprensible error de utilizarlo con sus ceras Manley.
El caso es que el jueves puentero de la semana pasada estaba casi sacándome el ojo con un lápiz de los baratos, cuando me decidí a arriesgarme a sacarle punta. Saqué de su cajita el sacapuntas sagrado y me encaminé al cubo de la basura a proceder, ya arregladita y mona, muy bien aviada para salir de jarana en cuanto liquidara el asunto ojo. Abrí la tapa del cubo, y ejecutando muy limpiamente saqué a la luz una punta fantástica. Satisfecha, revisé mi joyita afiladora y ¡oh, Lénines! observé restos de mina y viruta pegadas en la sagrada cuchilla. Solté el lápiz sobre la encimera y con delicadeza procedí a desarmar el utensilio limpiador que pertinaz, se empeñaba en no salir. Ya con mucha menos delicadeza forcé el asunto hasta hacer saltar el cacharrito en cuestión y todos los ochocientos achiperris minúsculos de tamaños de agujas de bordar que componen el complejo mecanismo del sacapuntas (¡) que fueron a caer sin ninguna compasión repartidos entre las dos bolsas de basura a rebosar: la de plásticos y metales y la de material orgánico (porque a una la importan bien poco los pingüinos de los polos, que ni se comen ni dan plumas, pero pese a todo, recicla). Ahí que me quedé yo pasmada hasta que mis propios lagrimones me sacaron de mi mismo ensimismamiento (es que estoy en fase hormonal y ando de lo más sensible).
Dispuse las bolsas usadas y dos nuevas sobre el suelo de mi cocina y procedí a trasvasar mierdita por mierdita hasta dar con cada una de las piezas cochinas para así poder lavarlas y remontarlas en su casita sacapuntas. En esta experiencia descubrí que en mi familia-casa bebemos muchííííísimo (yo no, que mi medicación no me lo permite), que fumamos muchííííísimo (yo no, que mi medicación no me lo permite), que comemos muchíííííísimo (eso sí) y que estrenamos muchísimo porque la bolsa estaba repleta de etiquetas y tickets de compra (confieso que mi medicación es absolutamente compatible con este deplorable y perjudicial vicio). También me percaté de que nadie tiene del todo claro si las colillas de los cigarros son material orgánico o plástico y/o metales.
En fin, que una hora más tarde, oliendo a jabón tras lavarme hasta los codos y con mi ralla bien pintada, enfilaba yo dirección Retiro con mi niña, con mi syster, con mi Olgui y con otras dos niñas de la edad de la mía que Olgui misma se había agenciado. El plan era el de pasar un día de infancia imbuidas en el espíritu navideño de estas fechas, o lo que yo llamo un completo: guiñoles y barquitas en el Retiro, Mc Donalds y cine infantil.
Pero ¡ay! ¡qué distintos resultan los planes de cuando se diseñan a cuando se consuman!. De entrada el Retiro estaba a rebosar, y la cola para montar en las barquitas llegaban casi casi hasta Móstoles. Así que nos saltamos ese plan comiendo pipas y adelantamos un poquito el siguiente, el del McDonalds. Allí tras veinticinco colas más, la primera de ellas para pedir el básico, las otras veinticuatro para cambiar el Danonino por la gelatina, el agua por la coca cola sin nada (sin calorías, sin cafeína), para pedir otra pajita que la anterior se ha caído, para pedir más ketchup que con lo que nos ha dado no llega, para pedir mostaza… hora y media después, poníamos orden apilando restos y restos y más restos sobre las seis bandejas, dispuestas a otros tantos viajes al contenedor. Para esto también hace falta experiencia, técnica y disponer de una buena estrategia. La nuestra fue, Olgui con las niñas, con los abrigos, con las bolsas, con los bolsos y cubriendo la retaguardia. Yo con los viajes a razón de uno por bandeja y con todo abandonado sobre la mesa, entre otras cosas mi prensa del día y mi teléfono móvil Bisbal. Entre el segundo y tercer viaje las niñas se deshacían en porfas para obtener el permiso de acudir a la piscina de bolas. Entre el tercero y el cuarto Olgui ojeaba ojo avizor unas veces el periódico, otras las bolas (las de la piscina, que yo sepa), entre el cuarto y el quinto Olgui hacía hueco a una señora que amablemente pedía sitio para posar su bandeja y comerse su hamburguesa sentada en silla. Entre el quinto y el último mi móvil Bisbal había desaparecido.
Y cuando ya fue obvio que no estaba ni en bolso ni en bolsillo alguno, ni en entorno próximo que se pudiera escuchar cuando mi Olgui me llamaba, acepté lo que era la más obvia obviedad: que lo había tirado a la basura junto al restante contenido de alguna de las bandejas.
Tras hacer cola frente al mostrador de Mc Donalds por vez veintiséis, advertí a una amable señorita que allí trabajaba, de que por error junto a los restos miles de nuestra viandas, servidora, que es pelín desatenta, había vertido en la bolsa contenedor tamaño comunidad de vecinos, su propio teléfono móvil modelo Bisbal, y que si no suponía mucha molestia, a servidora mismo de nuevo, le complacería mucho cualquier esfuerzo que se pudiera realizar con objeto de recuperarlo. La amable señorita, me miró me sonrió, me acompañó a la bolsa contenedor de basura tamaño comunidad de vecinos, y sonriendo aun más (por no decir conteniendo la carcajada) me indicó la bolsa, y dijo: “puede buscarlo usted misma”.
Ahí estaba yo, un jueves de puente, en el McDonalds de Atocha a rebosar en hora punta, revolviendo la basura común de casi todo Madrid con el objeto de encontrar mi móvil. Saqué hamburguesas a medio comer, patatas, bebida, muñequitos abeja del Happy Meal protagonistas del film Bee Movie (uno de ellos sirvió para reponer el que mi niña había perdido), hasta pañales… papel albal de bocadillo, un bote de ketchup de los grandes de casa… Cualquier cosa inimaginable, menos mi móvil. (Snif, snif, “quien me iba a decir” a mi que iba a acabar echando de menos a Bisbal).
Total, y por no alargarme, que Señores del Mc Donalds, en cualquier momento que ustedes consideren oportuno, pueden cuestionarme que yo me brindo a ofrecerles una estadística completa de los productos que más y menos éxito tienen entre su variada oferta, todo ello en función de lo que los clientes desechan tras deglutirlos enteramente o más bien a medias. Amigos míos del alma, podéis ir llamándome cuando os apetezca y tengáis un ratito para que yo pueda ir recuperando todos vuestros números de teléfono que ahora reposan en manos de algún caco desaprensivo.
Y a todos los demás, os ruego que seáis atentos y cuidadosos con lo que arrojáis a las basuras, porque con la racha que llevo, tarde o temprano, a mi me tocará revisarlo.
P.D.1: Gracias al amable viandante de a pie (que no de andamio, ni aparentemente lucero) que ayer, mientras yo transitaba por la plaza de Lavapiés tras regresar de un entierro, tuvo a bien espetarme un piropo grosero, de esos bien ejecutados que incluyen cabeza vuelta y doloroso estampe frontolateral contra chirimbolo papelera. Tan agradecida estoy, que este acontecimento lo he anotado yo en mi diario con cariño, por si acaso fuera el último, que oye, nunca se sabe y la menda ya no volverá a cumplir los treinta.
P.D.2: Gracias a los demás que os habéis seguido interesando por este mi blog pese a mi periodo de ausencia.
P.D.3: Besitos a Olgui, a Ada, a Mónica, a Maite (‘pañera!), a Cosita (ra, ra, rá) y a Teresita, cariño, que te queremos muchos, y yo más.
En fin. El caso es que últimamente y sin yo pretenderlo, me he visto en la tesitura de tener que revolver entre varias basuras, desde el tamaño unifamiliar propio, hasta el tamaño industrial del McDonalds y en todos los casos me he sorprendido un mundo de lo que llegamos a tirar. ¡Qué menospreciados están los restos desechados! ¡si con todo lo que digan, a uno no se le conoce tanto por sus actos como por su íntima basura! .
La primera ocasión de revisión de restos ya me pasó en mi propia casa, que por cierto, últimamente anda elástica, y para mi regocijo, resulta que en ella cabe todo el mundo. Porque diga lo que diga la Caixa, resulta que si que es cierto que donde habitualmente comemos una y media, en estas fechas cabemos hasta doce adultos a cenar, y que donde habitualmente dormimos una grande y una pequeña, pueden dormir hasta tres grandes, uno muy grande y una pequeña. Mi salón se ha transformado en una República Independiente donde se alojan mi hermana y mi casi otra hermana Olgui, con su colchón hinchable vía red eléctrica, con su cesta enorme de mimbre a rebosar de chuches de todo tipo, semejante cesta, que ni la mismísima Caperucita (un poner) podría arrastar hasta la casa de su abuelita sin la ayuda de un remolque y un cartel que la señalizara como Vehículo Longo pero que tiene a mi niña y a mi gato levitando en su entorno por el salón en éxtasis constante. Ellas, con sus horas indecentes de sueño y de insomnio que combaten pegadas al canal de Gran Hermano y a unos porrillos que lejos de atontarlas les llevan a prolongar la charleta hasta las tantas de la madrugada. Ellas con sus minúsculas ropitas de talla 36, que me hacen parecer a mi de otra escala. Tan cielotas ellas, cobertura pa’ tó.
El caso es que mi casa elástica ha cambiado su ritmo, y ahora tenemos turnos de ducha, repartos de tareas y satisfacciones del tipo que al llegar a casa, una encuentre un rico couscous cocinado (ya no como de Tuper frío, de pie, pegada a la encimera) y conversación y risas en el sofá. También tenemos miles de botes de gel y champús variopintos, mil cremitas, cepillos de dientes de todos los colores y un ritmo constante de llenado de bolsas de basura que va a frecuencia de una mínimo y rebosando al día.
Pero en la vida hay otras cosas que no son tan fáciles de resolver y coordinar ni ofrecen tantas satisfacciones. Una de ellas es la de sacar punta a los lápices de ojos. Parecen que estos lápices tienen un único uso, porque los compras, los usas, te comes la punta, y los rebañas hasta casi sacarte los ojos. Llegando a este punto, ya puedes tirarlos. La otra opción que sería intentar sacarlos punta es mucho más desesperante, porque lo metes en la maquinilla, procedes a girarlo, y antes de llegar a la longitud aceptable de mina se ha roto, se ha quedado dentro del sacapuntas y ya no hay manera de quitarla de ahí, porque parece pegada con loctite. O sí, consigues sacarla del cacharrillo después de tres cuartos de hora y quince utensilios diversos, y sigues dando vueltas a la pinturilla emperrada ella en dejarse la punta dentro y tú en comerte las virutas. Al final tienes que tirar todo el lápiz pero ahora del tamaño de centímetro y medio, y también el sacapuntas.
Sin embargo esto ocurre menos con los lápices caros y de marca (porque por lo visto los caros incluyen en el precio un cursillo previo que les enseña a comportarse), como por ejemplo los de Christian Dior, que vienen con un sistema sofisticadísimo de sacapuntas lleno de piecitas y gadgets que aprietan al rebelde contra la cuchilla y que sacan la punta osada del cacharrín en el hipotético caso de que se atreviera a dejarla dentro, y todo ello sin soltar apenas rebabas. Yo solo tengo un sacapuntas de estos y lo conservo bajo siete llaves y con todo mi cariño y agradecimiento, para que mi niña no pueda cometer el terrible y comprensible error de utilizarlo con sus ceras Manley.
El caso es que el jueves puentero de la semana pasada estaba casi sacándome el ojo con un lápiz de los baratos, cuando me decidí a arriesgarme a sacarle punta. Saqué de su cajita el sacapuntas sagrado y me encaminé al cubo de la basura a proceder, ya arregladita y mona, muy bien aviada para salir de jarana en cuanto liquidara el asunto ojo. Abrí la tapa del cubo, y ejecutando muy limpiamente saqué a la luz una punta fantástica. Satisfecha, revisé mi joyita afiladora y ¡oh, Lénines! observé restos de mina y viruta pegadas en la sagrada cuchilla. Solté el lápiz sobre la encimera y con delicadeza procedí a desarmar el utensilio limpiador que pertinaz, se empeñaba en no salir. Ya con mucha menos delicadeza forcé el asunto hasta hacer saltar el cacharrito en cuestión y todos los ochocientos achiperris minúsculos de tamaños de agujas de bordar que componen el complejo mecanismo del sacapuntas (¡) que fueron a caer sin ninguna compasión repartidos entre las dos bolsas de basura a rebosar: la de plásticos y metales y la de material orgánico (porque a una la importan bien poco los pingüinos de los polos, que ni se comen ni dan plumas, pero pese a todo, recicla). Ahí que me quedé yo pasmada hasta que mis propios lagrimones me sacaron de mi mismo ensimismamiento (es que estoy en fase hormonal y ando de lo más sensible).
Dispuse las bolsas usadas y dos nuevas sobre el suelo de mi cocina y procedí a trasvasar mierdita por mierdita hasta dar con cada una de las piezas cochinas para así poder lavarlas y remontarlas en su casita sacapuntas. En esta experiencia descubrí que en mi familia-casa bebemos muchííííísimo (yo no, que mi medicación no me lo permite), que fumamos muchííííísimo (yo no, que mi medicación no me lo permite), que comemos muchíííííísimo (eso sí) y que estrenamos muchísimo porque la bolsa estaba repleta de etiquetas y tickets de compra (confieso que mi medicación es absolutamente compatible con este deplorable y perjudicial vicio). También me percaté de que nadie tiene del todo claro si las colillas de los cigarros son material orgánico o plástico y/o metales.
En fin, que una hora más tarde, oliendo a jabón tras lavarme hasta los codos y con mi ralla bien pintada, enfilaba yo dirección Retiro con mi niña, con mi syster, con mi Olgui y con otras dos niñas de la edad de la mía que Olgui misma se había agenciado. El plan era el de pasar un día de infancia imbuidas en el espíritu navideño de estas fechas, o lo que yo llamo un completo: guiñoles y barquitas en el Retiro, Mc Donalds y cine infantil.
Pero ¡ay! ¡qué distintos resultan los planes de cuando se diseñan a cuando se consuman!. De entrada el Retiro estaba a rebosar, y la cola para montar en las barquitas llegaban casi casi hasta Móstoles. Así que nos saltamos ese plan comiendo pipas y adelantamos un poquito el siguiente, el del McDonalds. Allí tras veinticinco colas más, la primera de ellas para pedir el básico, las otras veinticuatro para cambiar el Danonino por la gelatina, el agua por la coca cola sin nada (sin calorías, sin cafeína), para pedir otra pajita que la anterior se ha caído, para pedir más ketchup que con lo que nos ha dado no llega, para pedir mostaza… hora y media después, poníamos orden apilando restos y restos y más restos sobre las seis bandejas, dispuestas a otros tantos viajes al contenedor. Para esto también hace falta experiencia, técnica y disponer de una buena estrategia. La nuestra fue, Olgui con las niñas, con los abrigos, con las bolsas, con los bolsos y cubriendo la retaguardia. Yo con los viajes a razón de uno por bandeja y con todo abandonado sobre la mesa, entre otras cosas mi prensa del día y mi teléfono móvil Bisbal. Entre el segundo y tercer viaje las niñas se deshacían en porfas para obtener el permiso de acudir a la piscina de bolas. Entre el tercero y el cuarto Olgui ojeaba ojo avizor unas veces el periódico, otras las bolas (las de la piscina, que yo sepa), entre el cuarto y el quinto Olgui hacía hueco a una señora que amablemente pedía sitio para posar su bandeja y comerse su hamburguesa sentada en silla. Entre el quinto y el último mi móvil Bisbal había desaparecido.
Y cuando ya fue obvio que no estaba ni en bolso ni en bolsillo alguno, ni en entorno próximo que se pudiera escuchar cuando mi Olgui me llamaba, acepté lo que era la más obvia obviedad: que lo había tirado a la basura junto al restante contenido de alguna de las bandejas.
Tras hacer cola frente al mostrador de Mc Donalds por vez veintiséis, advertí a una amable señorita que allí trabajaba, de que por error junto a los restos miles de nuestra viandas, servidora, que es pelín desatenta, había vertido en la bolsa contenedor tamaño comunidad de vecinos, su propio teléfono móvil modelo Bisbal, y que si no suponía mucha molestia, a servidora mismo de nuevo, le complacería mucho cualquier esfuerzo que se pudiera realizar con objeto de recuperarlo. La amable señorita, me miró me sonrió, me acompañó a la bolsa contenedor de basura tamaño comunidad de vecinos, y sonriendo aun más (por no decir conteniendo la carcajada) me indicó la bolsa, y dijo: “puede buscarlo usted misma”.
Ahí estaba yo, un jueves de puente, en el McDonalds de Atocha a rebosar en hora punta, revolviendo la basura común de casi todo Madrid con el objeto de encontrar mi móvil. Saqué hamburguesas a medio comer, patatas, bebida, muñequitos abeja del Happy Meal protagonistas del film Bee Movie (uno de ellos sirvió para reponer el que mi niña había perdido), hasta pañales… papel albal de bocadillo, un bote de ketchup de los grandes de casa… Cualquier cosa inimaginable, menos mi móvil. (Snif, snif, “quien me iba a decir” a mi que iba a acabar echando de menos a Bisbal).
Total, y por no alargarme, que Señores del Mc Donalds, en cualquier momento que ustedes consideren oportuno, pueden cuestionarme que yo me brindo a ofrecerles una estadística completa de los productos que más y menos éxito tienen entre su variada oferta, todo ello en función de lo que los clientes desechan tras deglutirlos enteramente o más bien a medias. Amigos míos del alma, podéis ir llamándome cuando os apetezca y tengáis un ratito para que yo pueda ir recuperando todos vuestros números de teléfono que ahora reposan en manos de algún caco desaprensivo.
Y a todos los demás, os ruego que seáis atentos y cuidadosos con lo que arrojáis a las basuras, porque con la racha que llevo, tarde o temprano, a mi me tocará revisarlo.
P.D.1: Gracias al amable viandante de a pie (que no de andamio, ni aparentemente lucero) que ayer, mientras yo transitaba por la plaza de Lavapiés tras regresar de un entierro, tuvo a bien espetarme un piropo grosero, de esos bien ejecutados que incluyen cabeza vuelta y doloroso estampe frontolateral contra chirimbolo papelera. Tan agradecida estoy, que este acontecimento lo he anotado yo en mi diario con cariño, por si acaso fuera el último, que oye, nunca se sabe y la menda ya no volverá a cumplir los treinta.
P.D.2: Gracias a los demás que os habéis seguido interesando por este mi blog pese a mi periodo de ausencia.
P.D.3: Besitos a Olgui, a Ada, a Mónica, a Maite (‘pañera!), a Cosita (ra, ra, rá) y a Teresita, cariño, que te queremos muchos, y yo más.
viernes, 26 de octubre de 2007
HE VUELTO (SANA Y SALVA)
Siglos ha que no escribía o eso al menos me parecía a mi. Esto se ha debido a una serie de arrechuchos en batería que he ido pillando y me han dejado momentáneamente fuera de juego, el más serio ha sido un trancazo de no te menees que a me ha tenido tal cual: sin menearme ni un poquito del sofá con mantita o de la cama con edredones. Vamos, una vacación convaleciente, que no era ni mucho menos de morirse, pero si pesada que te cagas. Por eso he estado ausente.
Por eso y porque me he requete enganchado al libro “El Corazón Helado” de Almudena Grandes, que es un novelón de novecientas todas páginas de purito ejercicio de Memoria Histórica (ahora que está tan de moda), que desde aquí ya os recomiendo. Hasta que no lo terminé ayer tarde no he sido capaz de dedicar mi ocio intelectual a otra cosa que devorar sus páginas y debo confesar que hasta he llorado y todo en un par de pasajes, aunque no descartaría yo la influencia de la hormona revuelta en esta mi nueva etapa de sensibilidad hiperactiva… Ahora acabo de empezar otro libro, esta vez de Punset, que se titula “El Viaje al Amor”, y miedo me da su influencia en mi ya de por sí cínico y raquítico romanticismo, si ya soy poco florida yo con ese asunto, no quiero visualizarme con argumentos del tipo filosófico-científico. Por si acaso os recomiendo que os aproximéis con precaución a mis próximos post que en este mi estado actual soy incapaz de preverme…
En fin, que como estoy como estoy últimamente, que no dejo pasar ni una, mi médica me ha rectado unos análisis de sangre con el fin de ejecutarme una ITV a fondo y elaborar un mapa completito de mis carencias y de las piezas que me van caducando por dentro. Así que esta mañana me he levantado quince minutos más tarde de lo habitual (que no parece mucho, pero que en horizontal y en una cama da para muchísimo, como vosotras todas bien sabéis) y he escatimado este tiempo en activo habitual que dedico a llevar a mi retoño al cole, porque hoy de eso se ocupaba su abuelo y padre mío.
Por lo tanto he disfrutado de uno de esos inusuales despertares relajaditos y con el cutis lisito y suave (es que últimamente me despierto con la misma cara que Cassius Clay tras su pelea con George Foreman y tengo que hacer esfuerzos sobre naturales para despegar los párpados y atisbar el mundo). Me ha dado tiempo a hacer mi cama con mimo y esmero, a dar un repasillo a mi manicura, otro repasillo a los pelines despendolados de las cejas para dibujar nítidamente estas importantes armas de expresión facial, a ducharme con tranquilidad y a depilarme muy requete bien con cuidado y minuciosidad esas otras importantes armas de expresión corporal (que no deja de ser viernes, oye, y yo siempre deposito grandes esperanzas en estos días). Tras secarme me he aplicado la cremita nutritiva, me he vestido con calma escogiendo un poquito la ropa que me ponía, me he maquillado un pelín con el kit completo de sombra, khol, rimel, brush y pintalabios, y he podido salir de mi casa con tiempo más que suficiente.
Porque en mi rutina del día a día yo me levanto, estiro el edredón nórdiko (así, con K), hago el desayuno de mi niña, preparo su almuerzo, estiro su nórdiko (también con K), preparo su ropa, me ducho, me visto, me pinto los morros y un poco de colorete, cojo el bolso y a mi niña, y hala, haciendo rally hasta el cole, que llegamos siempre por los pelos, y a veces hasta tarde. Pero hoy, era todo como un anuncio de “hoy me siento Flex” o de “Actimel” en la parte con color en la que ya se han tomado el “Actimel”. Me he subido en la Luisi, y he llegado al centro de salud en cero coma y relajada.
En el mostrador de recepción para extracciones, he entregado mis veinticinco folios con el listado de mi médica de todo lo que me tenían que analizar, para que tomaran nota y quedara constancia de mi presencia, y acto seguido me han devuelto los veinticinco folios acompañados de ochocientos tarritos de cristal y un montón de pegatinas. Y a hacer cola hasta que me tocara mi turno. Que me ha tocado, cómo no. Al llegar a mi mesa, mi ATS especializado en extracciones ha levantado su titulado culo de su funcionaria silla y en su lugar se ha sentado otro culo similar al suyo, pero aun sin titular. Mi ATS especializado en extracciones ha animado al culo sin título con un: “hala, ahora tú”. Y hala sí, entre los dos han cogido mi brazo despejado que aun olía a crema reafirmante Dove, entre los dos han puesto la gomita en dicho brazo y han tenido que sujetarla porque se escurría gracias a mi hidratación y firmeza, y entre los dos me han palpado a la búsqueda de la venita (o arteria, que no sé muy bien que es lo que usan). Eso sí el pinchazo ha sido cosa del culo sin titular a solas. Me ha pinchado pero en hueso. Ha repinchado, pero más pa’llá. Y luego ha repinchado, pero más pa’cá, todavía no en su sitio. Me ha echado una bronca (“¡es que te mueves!”), que yo ya le he respondido que todavía no he llegado a ese grado zen en el que no necesito ni siquiera respirar, pero que estoy en ello y tengo la impresión de que en breve lo conseguiré, posiblemente para la próxima visita. Y ha vuelto a pincharme, y esta vez si, con la inestimable ayuda del culo titulado que ha soltado la goma y ha buscado la venita o arteria hasta encontrarla, sin necesidad siquiera de volver a sacar la aguja.
A esas alturas yo estaba, ya no medio mareada, sino gagá del todo y notablemente escorada para un lado. Me han resecado rellenando los ochocientos botes, me han puesto un algodoncillo que se quedaba solo pegado sin necesidad de celo obra y gracia del pringue de mi cremita Dove reafirmante, y como despedida, me han gritado al oído un “¡SIGUIENTE!” que es lo que a mi me ha hecho reaccionar y desplazar mi propio culo (titulado o sin titular depende en qué, porque no viene al caso) fuera de la salita.
Yo después de un análisis salgo del cuartillo a todo correr como alma que le lleva el diablo, y voy incluso vistiéndome por el camino, que vengo a terminar de ponerme la chaqueta más o menos cuando aparco mi Luisi al final de mi trayecto de vuelta, y hasta la fecha nunca me había visto en la necesidad de invertir ese par de minutillos recomendados en un reposo sujetando el algodoncillo del brazo. Pero hoy sí, hoy he necesitado cinco minutos catatónica desparramada en una silla (que casi eran dos) y es ahora mismo que os estoy escribiendo a una única mano, porque la otra, la derecha, la tengo inutilizada al final de mi dolorido brazo.
Cuando me he montado en mi Luisi aun estaba lela (de hecho sigo un poco así así), y he arrancado enfilando la calle siendo aun poco consciente, tan poco, que cuando he girado en un ceda el paso no he observado la presencia de un camión de la basura que vaciaba contenedores, y casi me estampa contra una pared mientras maniobraba en su marcha atrás, algo que tampoco he visto. Si no fuera por los diligentes operarios del servicio de limpieza que han puesto el grito en el cielo, yo hubiera perecido arrollada por un camión de la basura, que es una manera tan magnífica como otra cualquiera de morir, pero falta de todo glamour, no me digáis que no.
A la altura casi oficina yo solo soñaba con un cafetito con leche (descafeinado, que si no me altero) con cuatro churros (en lugar de los tres habituales), mientras mi mente elaboraba una bonita oda al churro madrileño y a la suerte de vivir en una ciudad que pone los churros en los bares antes que las calles mismas en la misma calle.
A la altura primer churro me he encontrado con una amiga que también iba a avituallarse con su cafetillo. Esta amiga, cuyo nombre no puedo mencionar para preservar la intimidad de su retoño, es madre de niña artista y la niña artista está a puntito de perpetrar el estreno de una película infantil patrocinada entre otros por Disney. Un mítico estreno que desde hace más de un año su madre y las amigas de su madre, llevamos predisfrutando mentalmente con los vestiditos de fiesta sacados del tinte y colgados en nuestros armarios y/o vestidores (yo iba a reciclar el mío que usé en el bodorrio), con los taconazos afilados preparados con su horma y con la cita reservada con codazos en la pelu de Dante para ser las primeras beneficiadas antes de que a Dante se le caiga la inspiración dejando hueco exclusivamente a su mala leche.
Bueno, pues a medio segundo churro, ha tenido la desfachatez de comunicarme, que el evento este social del sigo, al final se ejecuta mañana en unos multicines del extrarradio de Madrid, todo niños y sin casi adultos y que el atuendo recomendado por las productoras Disney y Buenavista es un disfraz de Halloween. O sea, que para una vez que me invitan a un estreno de cine, no solo no voy de la mano de George Clooney, que voy de la de mi niña, no solo no es a las once de la noche, si no que es a las once de la mañana, y no solo no voy de Zac Posen, sino que voy de Calabaza. Pues si que. Lo que os dije yo y lo que os dijo Dina, ojito con lo que deseáis… ¡por Lenin, que empeño que se toma Disney en chafarme mi día a día!.
En fin que encaminada a la oficina, reconfortada por mi tentempié, y especialmente sensibilizada por lo lela que me ha dejado la absorción de sangre, he flipado con un gorrioncillo gordo y descomunal (¿sería un buitre?) que intentaba levantar el vuelo y a penas ha conseguido subir más allá del césped que le rozaba la panza, y no sé por qué me he acordado de mi gato Machín, tal vez por lo gordo, o por lo que hubiera disfrutado el animalito de semejante aperitivo. Y luego al encender el ordenón he flipado un poco más con la campaña del ‘SOE de “NO HAGAS CASO A TU PRIMO”. Es alucinante, como este partido puede tener un equipo tan mediocre para casi todo y tan eficaz para lo de la publicidad creativa, no termina Rajoy de estampar su última chorrada (y mira que tiene facilidad este hombre para resuperarse a sí mismo) y ya tienen los del ‘SOE un video publicitario alegórico, que estoy por creer que le roban los guiones al candidato por la noche antes aun de que los perpetre. Ahora entiendo que no les de tiempo a otras cosas, si todas las energías se les va en idear ingeniosas campañas. Que por cierto, ¿alguien las ha visto en algún sitio distinto de You Tube…? yo en la tele no, solo en You Tube, en la Ser y en El País (ahora sí, con tilde y de color azul) lo que me lleva a pensar que tal vez You Tube pertenezca al grupo PRYSA.
En fin, que he vuelto. A ver si me da tiempo a contaros próximamente mi experiencia con el Grison, su empeño en no arrancar, el trajín de empujarlo hasta una plaza de aparcamiento con la ayuda inestimable de mi amiga Vicky y de Jesús Quintero (Loco de la Colina), y la cara de alucine del pobre hombre de la grúa cuando le estampamos que venía un hombre a reemplazarnos porque nosotras teníamos que regresar a casa a ocuparnos con alegría de nuestras tareas del hogá antes de volver a nuestros trabajos el lunes, que luego le preguntó al Inti a qué nos dedicábamos nosotras exactamente... Pero esto será en otro post…
Por eso y porque me he requete enganchado al libro “El Corazón Helado” de Almudena Grandes, que es un novelón de novecientas todas páginas de purito ejercicio de Memoria Histórica (ahora que está tan de moda), que desde aquí ya os recomiendo. Hasta que no lo terminé ayer tarde no he sido capaz de dedicar mi ocio intelectual a otra cosa que devorar sus páginas y debo confesar que hasta he llorado y todo en un par de pasajes, aunque no descartaría yo la influencia de la hormona revuelta en esta mi nueva etapa de sensibilidad hiperactiva… Ahora acabo de empezar otro libro, esta vez de Punset, que se titula “El Viaje al Amor”, y miedo me da su influencia en mi ya de por sí cínico y raquítico romanticismo, si ya soy poco florida yo con ese asunto, no quiero visualizarme con argumentos del tipo filosófico-científico. Por si acaso os recomiendo que os aproximéis con precaución a mis próximos post que en este mi estado actual soy incapaz de preverme…
En fin, que como estoy como estoy últimamente, que no dejo pasar ni una, mi médica me ha rectado unos análisis de sangre con el fin de ejecutarme una ITV a fondo y elaborar un mapa completito de mis carencias y de las piezas que me van caducando por dentro. Así que esta mañana me he levantado quince minutos más tarde de lo habitual (que no parece mucho, pero que en horizontal y en una cama da para muchísimo, como vosotras todas bien sabéis) y he escatimado este tiempo en activo habitual que dedico a llevar a mi retoño al cole, porque hoy de eso se ocupaba su abuelo y padre mío.
Por lo tanto he disfrutado de uno de esos inusuales despertares relajaditos y con el cutis lisito y suave (es que últimamente me despierto con la misma cara que Cassius Clay tras su pelea con George Foreman y tengo que hacer esfuerzos sobre naturales para despegar los párpados y atisbar el mundo). Me ha dado tiempo a hacer mi cama con mimo y esmero, a dar un repasillo a mi manicura, otro repasillo a los pelines despendolados de las cejas para dibujar nítidamente estas importantes armas de expresión facial, a ducharme con tranquilidad y a depilarme muy requete bien con cuidado y minuciosidad esas otras importantes armas de expresión corporal (que no deja de ser viernes, oye, y yo siempre deposito grandes esperanzas en estos días). Tras secarme me he aplicado la cremita nutritiva, me he vestido con calma escogiendo un poquito la ropa que me ponía, me he maquillado un pelín con el kit completo de sombra, khol, rimel, brush y pintalabios, y he podido salir de mi casa con tiempo más que suficiente.
Porque en mi rutina del día a día yo me levanto, estiro el edredón nórdiko (así, con K), hago el desayuno de mi niña, preparo su almuerzo, estiro su nórdiko (también con K), preparo su ropa, me ducho, me visto, me pinto los morros y un poco de colorete, cojo el bolso y a mi niña, y hala, haciendo rally hasta el cole, que llegamos siempre por los pelos, y a veces hasta tarde. Pero hoy, era todo como un anuncio de “hoy me siento Flex” o de “Actimel” en la parte con color en la que ya se han tomado el “Actimel”. Me he subido en la Luisi, y he llegado al centro de salud en cero coma y relajada.
En el mostrador de recepción para extracciones, he entregado mis veinticinco folios con el listado de mi médica de todo lo que me tenían que analizar, para que tomaran nota y quedara constancia de mi presencia, y acto seguido me han devuelto los veinticinco folios acompañados de ochocientos tarritos de cristal y un montón de pegatinas. Y a hacer cola hasta que me tocara mi turno. Que me ha tocado, cómo no. Al llegar a mi mesa, mi ATS especializado en extracciones ha levantado su titulado culo de su funcionaria silla y en su lugar se ha sentado otro culo similar al suyo, pero aun sin titular. Mi ATS especializado en extracciones ha animado al culo sin título con un: “hala, ahora tú”. Y hala sí, entre los dos han cogido mi brazo despejado que aun olía a crema reafirmante Dove, entre los dos han puesto la gomita en dicho brazo y han tenido que sujetarla porque se escurría gracias a mi hidratación y firmeza, y entre los dos me han palpado a la búsqueda de la venita (o arteria, que no sé muy bien que es lo que usan). Eso sí el pinchazo ha sido cosa del culo sin titular a solas. Me ha pinchado pero en hueso. Ha repinchado, pero más pa’llá. Y luego ha repinchado, pero más pa’cá, todavía no en su sitio. Me ha echado una bronca (“¡es que te mueves!”), que yo ya le he respondido que todavía no he llegado a ese grado zen en el que no necesito ni siquiera respirar, pero que estoy en ello y tengo la impresión de que en breve lo conseguiré, posiblemente para la próxima visita. Y ha vuelto a pincharme, y esta vez si, con la inestimable ayuda del culo titulado que ha soltado la goma y ha buscado la venita o arteria hasta encontrarla, sin necesidad siquiera de volver a sacar la aguja.
A esas alturas yo estaba, ya no medio mareada, sino gagá del todo y notablemente escorada para un lado. Me han resecado rellenando los ochocientos botes, me han puesto un algodoncillo que se quedaba solo pegado sin necesidad de celo obra y gracia del pringue de mi cremita Dove reafirmante, y como despedida, me han gritado al oído un “¡SIGUIENTE!” que es lo que a mi me ha hecho reaccionar y desplazar mi propio culo (titulado o sin titular depende en qué, porque no viene al caso) fuera de la salita.
Yo después de un análisis salgo del cuartillo a todo correr como alma que le lleva el diablo, y voy incluso vistiéndome por el camino, que vengo a terminar de ponerme la chaqueta más o menos cuando aparco mi Luisi al final de mi trayecto de vuelta, y hasta la fecha nunca me había visto en la necesidad de invertir ese par de minutillos recomendados en un reposo sujetando el algodoncillo del brazo. Pero hoy sí, hoy he necesitado cinco minutos catatónica desparramada en una silla (que casi eran dos) y es ahora mismo que os estoy escribiendo a una única mano, porque la otra, la derecha, la tengo inutilizada al final de mi dolorido brazo.
Cuando me he montado en mi Luisi aun estaba lela (de hecho sigo un poco así así), y he arrancado enfilando la calle siendo aun poco consciente, tan poco, que cuando he girado en un ceda el paso no he observado la presencia de un camión de la basura que vaciaba contenedores, y casi me estampa contra una pared mientras maniobraba en su marcha atrás, algo que tampoco he visto. Si no fuera por los diligentes operarios del servicio de limpieza que han puesto el grito en el cielo, yo hubiera perecido arrollada por un camión de la basura, que es una manera tan magnífica como otra cualquiera de morir, pero falta de todo glamour, no me digáis que no.
A la altura casi oficina yo solo soñaba con un cafetito con leche (descafeinado, que si no me altero) con cuatro churros (en lugar de los tres habituales), mientras mi mente elaboraba una bonita oda al churro madrileño y a la suerte de vivir en una ciudad que pone los churros en los bares antes que las calles mismas en la misma calle.
A la altura primer churro me he encontrado con una amiga que también iba a avituallarse con su cafetillo. Esta amiga, cuyo nombre no puedo mencionar para preservar la intimidad de su retoño, es madre de niña artista y la niña artista está a puntito de perpetrar el estreno de una película infantil patrocinada entre otros por Disney. Un mítico estreno que desde hace más de un año su madre y las amigas de su madre, llevamos predisfrutando mentalmente con los vestiditos de fiesta sacados del tinte y colgados en nuestros armarios y/o vestidores (yo iba a reciclar el mío que usé en el bodorrio), con los taconazos afilados preparados con su horma y con la cita reservada con codazos en la pelu de Dante para ser las primeras beneficiadas antes de que a Dante se le caiga la inspiración dejando hueco exclusivamente a su mala leche.
Bueno, pues a medio segundo churro, ha tenido la desfachatez de comunicarme, que el evento este social del sigo, al final se ejecuta mañana en unos multicines del extrarradio de Madrid, todo niños y sin casi adultos y que el atuendo recomendado por las productoras Disney y Buenavista es un disfraz de Halloween. O sea, que para una vez que me invitan a un estreno de cine, no solo no voy de la mano de George Clooney, que voy de la de mi niña, no solo no es a las once de la noche, si no que es a las once de la mañana, y no solo no voy de Zac Posen, sino que voy de Calabaza. Pues si que. Lo que os dije yo y lo que os dijo Dina, ojito con lo que deseáis… ¡por Lenin, que empeño que se toma Disney en chafarme mi día a día!.
En fin que encaminada a la oficina, reconfortada por mi tentempié, y especialmente sensibilizada por lo lela que me ha dejado la absorción de sangre, he flipado con un gorrioncillo gordo y descomunal (¿sería un buitre?) que intentaba levantar el vuelo y a penas ha conseguido subir más allá del césped que le rozaba la panza, y no sé por qué me he acordado de mi gato Machín, tal vez por lo gordo, o por lo que hubiera disfrutado el animalito de semejante aperitivo. Y luego al encender el ordenón he flipado un poco más con la campaña del ‘SOE de “NO HAGAS CASO A TU PRIMO”. Es alucinante, como este partido puede tener un equipo tan mediocre para casi todo y tan eficaz para lo de la publicidad creativa, no termina Rajoy de estampar su última chorrada (y mira que tiene facilidad este hombre para resuperarse a sí mismo) y ya tienen los del ‘SOE un video publicitario alegórico, que estoy por creer que le roban los guiones al candidato por la noche antes aun de que los perpetre. Ahora entiendo que no les de tiempo a otras cosas, si todas las energías se les va en idear ingeniosas campañas. Que por cierto, ¿alguien las ha visto en algún sitio distinto de You Tube…? yo en la tele no, solo en You Tube, en la Ser y en El País (ahora sí, con tilde y de color azul) lo que me lleva a pensar que tal vez You Tube pertenezca al grupo PRYSA.
En fin, que he vuelto. A ver si me da tiempo a contaros próximamente mi experiencia con el Grison, su empeño en no arrancar, el trajín de empujarlo hasta una plaza de aparcamiento con la ayuda inestimable de mi amiga Vicky y de Jesús Quintero (Loco de la Colina), y la cara de alucine del pobre hombre de la grúa cuando le estampamos que venía un hombre a reemplazarnos porque nosotras teníamos que regresar a casa a ocuparnos con alegría de nuestras tareas del hogá antes de volver a nuestros trabajos el lunes, que luego le preguntó al Inti a qué nos dedicábamos nosotras exactamente... Pero esto será en otro post…
lunes, 8 de octubre de 2007
PARECE QUE HOY VA A HACER BUENO… EL ASCENSOR
Si hay un lugar común y vulgar que fomenta el comportamiento pintoresco, ese es el ascensor. Yo vivo en un cuarto piso sin tecnología punta, así que a mi no me queda otra opción más que la de transportarme a mi misma y mis compras, mudanzas, y equipajes a pie o a gatas (dependiendo de la hora de arribada y del combustible que me corra a mi por dentro…).
Este esfuerzo ímprobo de mi vida actual me lleva a recordar con nostalgia y mucho cariño la época reciente de mi vida anterior en la que me desplazaba siempre desde el portal en la planta baja hasta mi morada en la planta primera dentro de la cajita metálica de metro y medio por metro y medio, con capacidad para seis personas o 400 kilos de carga.
Allí compartía la ausencia de espacio con mis vecinos superiores (debajo de mí solo vivían los coches), los del segundo be: dos adultos y cuatro niños con aficiones marianas que nos adornaban el bloque por fuera con banderas vaticanas en cada visita del Papa Wojtila a España. La vecina del ático con su perro labrador, viejo, pachón y gordo, y con su inagotable verborrea (la de ella, no la del perro que siempre parecía muy cansado)… El vecino del tercero be, con su apellido gallego y su profesión de contable, que fumaba Ducados como yo pero él en las afueras de su balcón dos plantas sobre el mío y que tenía una puntería única y certera plantando siempre sus colillas humeantes entre los pensamientos de mis jardineras (los vegetales, no las elucubraciones). Cuando yo llevaba un año en este bloque, el hombre contable y gallego se casó con una colombiana que cumplió los veinte años en España y que no parecía nada feliz, como fuimos sabiendo todos puntualmente día a día, y corroboramos otro día más tarde en el que hizo su equipaje y le dejó plantado para no regresar jamás …
Como habéis observado tras esta breve semblanza, la vida en los bloques de vecinos sucede de puertas y tabiques para dentro. Pero el trámite hasta la puerta P a la hora H y en la compañía C, sucede siempre expuesto a los ojos vecinales. Y la intimidad íntima I de la vida propia permanece tan solo defendida por unos tabiques ínfimos absolutamente permeables a la contaminación acústica. Vamos, que de intimidad intima I no queda casi nada.
Aquella anterior casa mía traía además de serie una especie de intercom por tecnología de danones muy curioso (que no será tecnología punta, pero que es eficaz que te cagas) que nos mantenía a todo el bloque bien comunicado. Resulta que la cañería del gas, que subía (o bajaba, según se mire) por la pared izquierda de mi cocina pegadita al fregadero, no debía de estar lo suficientemente aislada y/o cerrada, y si bien nunca sufrimos ninguna baja gaseada ni nos quedamos medio lelos por ningún escape, si que ahorramos muchísimas pilas al no necesitar aparatos de radio. Porque tú te plantabas frente a la pila, estropajo y fairy en manos, y hala, con que te mantuvieras un poco calladita, te enterabas de todas las conversaciones culinarias del bloque que venían deslizándose por el tubillo de cobre (un gran conductor este metal, eso está claro) para servirte en bandeja, sobre la encimera y en tiempo real todas las novedades del bloque. Un lujazo mucho más eficaz que radio patio.
Así que tú llegabas hasta tu casa a la hora H, con la compañía C, posiblemente en estado E (embriagada o embriagadora) y en el mejor de los casos se habría producido de forma discreta y sigilosa, sin haberte cruzado con ningún convecino de cuerpo presente (aunque posiblemente algún ojo indiscreto te habría visto atravesar las zonas ajardinadas desde las ventanas de sus casas orientadas a la zona de esparcimiento comunitario).
Y ya estabas dentro de tu intimidad i minúscula, en el terreno de lo privado. Pero tampoco podías bajar la guardia, porque al día siguiente todo el mundo conocía perfectamente qué era lo que habías estado cocinado dentro (gracias al intercomunicador ese de yogurt) y hasta qué horas indecentes de la madrugada habías estado moviendo cacharros entre tus cuatro tabiques de cuatro centímetros escasos de espesor incluyendo yesos, gotelés y enlucidos. En las caras de los vecinos de ascensor podías leer con absoluta nitidez la amplitud de sus conocimientos a cerca de tu intimidad.
¡Qué tiempos aquellos y qué nostalgias! Yo estoy segura de que mis vecinos de ahora deben de saber lo mismo que sabían los anteriores (a juzgar por mis propios conocimientos), pero yo ya no dispongo de esos tres minutillos de incomodidad compartidos en el ascensor, haciendo que nadie sabe nada de nadie, mientras entablamos fluidas conversaciones en las que alardeamos de nuestros conocimientos sobre meteorología, sobre el cambio climático y sobre la dificultad para secar la ropa en el tendedero con la que está cayendo en ésta húmeda estación.
Pero si hay unos ascensores que sí sigo trabajando y que me reportan experiencias de lo más estimulantes (y si no que se lo pregunten al Inti, que ve uno y se le ponen los pelos como escarpias), son los ascensores de los hoteles.
Como sabéis yo disfruto de una escuálida economía de post guerra, así que cuando le toca a mi bolsillo costear un viaje y las estancias fuera de casa, siempre lo hago apelando a la generosidad de mis familiares y amigos o pertrechada de mi tienda de campaña. Pero las economías de las empresas que llevan y traen al Inti currante si son muy dignas y le llevan siempre a hoteles que tienen de todo (a veces hasta cinco estrellas). Y yo que soy de la de sumar placeres, procuro no perderme ni uno.
Así el Inti se va cualquier punto de la geografía española, y en llegando el fin de semana que mi niña pasa con su padre y el final de la hora de trabajo, yo me subo al Vernon o al Grison (el que no esté en el taller) y pego mi zapatilla de basket al pedal sin levantarlo casi hasta la plaza de toros, polideportivo u otro lugar de sarao que se tercie, donde recojo la llave del hotel y allá que me voy a esperar a mi anfitrión mientras voy gorroneando lujillos.
A uno de esos hotelitos, allá por mayo y por León, me fui yo coincidiendo con el cierre de la campaña electoral de ZP en su tierra. El evento vino a coincidir también y a su vez con un partido de semifinales para ascenso a la liga ACB que jugaba el equipo local, el Climalia de León, contra el visitante CAI de Zaragoza. ¿Y donde se alojaban los bigardos de más de dos metros del CAI? Sí señor, en mi hotel de pegadillo, que es que hay hoteles que parecen enchufados.
Yo, ya he aprendido a deslucir lo menos posible en los hoteles de copetines, pero no por eso me voy a liar a hacer gasto en la parte no pagada, ¡al precio que está! Así que viajo con una mochila de imprescindibles para cubrir cualquier necesidad que pueda surgir durante mi estancia, desde bocatas y picoteo hasta coca-colas, una botellita de medio litro fontvella con un poquito de espirituoso para un cubatilla predescanso y alguna cervecilla por si apetece de pre-rocanroll, eso además de mi bolsón de viaje de floripondios. Esto significa, que yo a estos hoteles llego cargada como una mula, y con un cartel enorme y fosforito que me señaliza como Vehiculo Longo.
Pues con todo ese equipaje estaba yo bien relajada dentro de mi ascensor leonés para mi sola, con la mochila apoyada en una de sus paredes para aligerar el peso y con mi cuerpo mismo desplazado por el volumen de la misma hasta el centro del coso elevador, cuando las puertas prácticamente cerradas del habitáculo que me llevaría a mi solita hasta mi planta se abrieron de golpe obra y gracia de una zapatilla deportiva descomunal que consiguió colarse dentro haciendo cuña. Frente a mi aparecieron cuatro Pivotes más altos aun que el Empire State Building (centímetro arriba o abajo) y todos ellos entraron dentro.
Yo educada y para hacer hueco, me desplacé hasta una esquinilla del ascensor que empezaba a parecer tan de juguete como yo misma, y en esa operación fui rebañando con mi mochila todos los cartelillos que colgaban en las paredes por dentro: el que indicaba el peso y el número de personas máximas, otro con el número de teléfono al que llamar en caso de avería y otro más que prohibía fumar en el recinto. En un único movimiento conseguí tirarlos todos. Mientras y a la vez intentaba aproximar mi bolsón de floripondios hasta mis pies. Al agacharme para engancharlo por una esquinilla, casi me vence el peso de la mochila que se abalanzó hacia delante sobre mi cabeza, haciéndome perder un equilibrio que afortunadamente recuperó uno de los pívot al sujetarme y devolverme a la posición de vertical. Mientras los otros tres se entretenían en recoger los carteles del suelo alfombrado e intentar repegarlos. Todo ello sin espacio apenas para movernos ninguno, que parecía que estábamos jugando al “Enredo”.
Volví a encontrármelos a la mañana siguiente, cuando bajaba a desayunar, y solo se atrevieron compartir conmigo descenso cuando constataron que no llevaba más aderezo que lo puesto y ningún equipaje, ni siquiera bolso. Les deseé mucha y muy sincera suerte para su partido, que no sé si llegaron a ganar o no, la verdad.
Bueno pues este finde he estado en Zaragoza, en el fantástico hotel Boston de cinco estrellas, que tiene todo electrónico, hasta el cartelito de Do Not Disturb y cuando pasas por delante de las puertas de las habitaciones puedes interpretar con bastante precisión la vida interior que sucede en las mismas gracias a la información que ofrecen los leds encendidos o apagados, y se puede adivinar donde se está celebrando una fase disturbios, quien no ha aparecido todavía a dormir y son las tantas…
En esta ocasión nuestra habitación se encontraba en la planta octava, y eso significaba que por muy rápido que fuera el ascensor los viajes iban a dar para bastante. Era muy prometedor.
En una de las ocasiones en que yo regresaba al hotel tras darme un garbeo por la ciudad en fiestas, me colé en el ascensor que ya ocupaban tres maromos de la especie familia bien, que se distingue por la media melena a lo Ánsar ligeramente humedecida, como si siempre estuvieran recién peinados nada más salir de la ducha (más que dominio, arte el que tienen con la gomina), por las camisas y polos Tommy Hilfiger y por la altura de más de metro ochenta bien alimentados que lucen todos (que se nota que ya por los años setenta tenían acceso a los alimentos de importación y comían otra cosa distinta al bocadillo de choped nacional).
Los tres o no me ven o deciden ignorarme y yo hago lo que hago siempre en estos trances, que es imbuirme en mis variados pensamientos mientras observo el movimiento de las manecillas de mi reloj, los iconos de mi móvil o directamente el techo del ascensor, en este caso muy interesante porque fingía un cielito estrellado con lucecillas de esas pequeñitas de árbol de Navidad. Y entonces los tres hombres inician una conversación:
(Pijo 1): - “Jo, no imagináis la situación”
(Pijos 2 y 3): (Asienten con expectación)
(Pijo 1): - “Me llama su mujer y me pregunta: ¿está contigo Luís?. Y yo respondo, mira Patricia son las siete de la mañana y no son horas. No, no está conmigo Luis, no le veo desde las dos de la mañana que fue cuando yo le dejé…”
Y entonces se abre la puerta de la planta cuarta y se van los tres llevándose su conversación sin tener ni pizca de consideración conmigo. Porque para entonces yo ya no disimulaba nada y tenía la oreja pegada y el gesto atentísimo como si yo misma fuera el pijo número cuatro. Puse la mano en la célula fotoléctrica de la puerta para evitar que se cerrara, asomé medio cuerpo esperando que se acordaran de mi y a punto estuve de saltar del ascensor y gritarles que no se podían ir ahora, que tenían que contarme donde estaba Luís y con quien, si le había pillado Patricia, si alguno de ellos era el Luis de marras…
Así que dos días después de la conversación y desde este foro hago un llamamiento público a estos amigos de Luis y Patricia que estuvieron en Zaragoza el sábado 6 de octubre, alojados en la planta cuarta del hotel Boston, para que se comuniquen conmigo a través de este blog y me cuenten el final de la historia, que estoy venga a imaginarme de todo y me va a dar un algo.
P.D.: Haciendo caso a mis críticos literarios, en este caso el Inti, he intentado interlinear abundantemente para que al asomaros a mis post no os de un infarto de lo condensado que me queda.
Este esfuerzo ímprobo de mi vida actual me lleva a recordar con nostalgia y mucho cariño la época reciente de mi vida anterior en la que me desplazaba siempre desde el portal en la planta baja hasta mi morada en la planta primera dentro de la cajita metálica de metro y medio por metro y medio, con capacidad para seis personas o 400 kilos de carga.
Allí compartía la ausencia de espacio con mis vecinos superiores (debajo de mí solo vivían los coches), los del segundo be: dos adultos y cuatro niños con aficiones marianas que nos adornaban el bloque por fuera con banderas vaticanas en cada visita del Papa Wojtila a España. La vecina del ático con su perro labrador, viejo, pachón y gordo, y con su inagotable verborrea (la de ella, no la del perro que siempre parecía muy cansado)… El vecino del tercero be, con su apellido gallego y su profesión de contable, que fumaba Ducados como yo pero él en las afueras de su balcón dos plantas sobre el mío y que tenía una puntería única y certera plantando siempre sus colillas humeantes entre los pensamientos de mis jardineras (los vegetales, no las elucubraciones). Cuando yo llevaba un año en este bloque, el hombre contable y gallego se casó con una colombiana que cumplió los veinte años en España y que no parecía nada feliz, como fuimos sabiendo todos puntualmente día a día, y corroboramos otro día más tarde en el que hizo su equipaje y le dejó plantado para no regresar jamás …
Como habéis observado tras esta breve semblanza, la vida en los bloques de vecinos sucede de puertas y tabiques para dentro. Pero el trámite hasta la puerta P a la hora H y en la compañía C, sucede siempre expuesto a los ojos vecinales. Y la intimidad íntima I de la vida propia permanece tan solo defendida por unos tabiques ínfimos absolutamente permeables a la contaminación acústica. Vamos, que de intimidad intima I no queda casi nada.
Aquella anterior casa mía traía además de serie una especie de intercom por tecnología de danones muy curioso (que no será tecnología punta, pero que es eficaz que te cagas) que nos mantenía a todo el bloque bien comunicado. Resulta que la cañería del gas, que subía (o bajaba, según se mire) por la pared izquierda de mi cocina pegadita al fregadero, no debía de estar lo suficientemente aislada y/o cerrada, y si bien nunca sufrimos ninguna baja gaseada ni nos quedamos medio lelos por ningún escape, si que ahorramos muchísimas pilas al no necesitar aparatos de radio. Porque tú te plantabas frente a la pila, estropajo y fairy en manos, y hala, con que te mantuvieras un poco calladita, te enterabas de todas las conversaciones culinarias del bloque que venían deslizándose por el tubillo de cobre (un gran conductor este metal, eso está claro) para servirte en bandeja, sobre la encimera y en tiempo real todas las novedades del bloque. Un lujazo mucho más eficaz que radio patio.
Así que tú llegabas hasta tu casa a la hora H, con la compañía C, posiblemente en estado E (embriagada o embriagadora) y en el mejor de los casos se habría producido de forma discreta y sigilosa, sin haberte cruzado con ningún convecino de cuerpo presente (aunque posiblemente algún ojo indiscreto te habría visto atravesar las zonas ajardinadas desde las ventanas de sus casas orientadas a la zona de esparcimiento comunitario).
Y ya estabas dentro de tu intimidad i minúscula, en el terreno de lo privado. Pero tampoco podías bajar la guardia, porque al día siguiente todo el mundo conocía perfectamente qué era lo que habías estado cocinado dentro (gracias al intercomunicador ese de yogurt) y hasta qué horas indecentes de la madrugada habías estado moviendo cacharros entre tus cuatro tabiques de cuatro centímetros escasos de espesor incluyendo yesos, gotelés y enlucidos. En las caras de los vecinos de ascensor podías leer con absoluta nitidez la amplitud de sus conocimientos a cerca de tu intimidad.
¡Qué tiempos aquellos y qué nostalgias! Yo estoy segura de que mis vecinos de ahora deben de saber lo mismo que sabían los anteriores (a juzgar por mis propios conocimientos), pero yo ya no dispongo de esos tres minutillos de incomodidad compartidos en el ascensor, haciendo que nadie sabe nada de nadie, mientras entablamos fluidas conversaciones en las que alardeamos de nuestros conocimientos sobre meteorología, sobre el cambio climático y sobre la dificultad para secar la ropa en el tendedero con la que está cayendo en ésta húmeda estación.
Pero si hay unos ascensores que sí sigo trabajando y que me reportan experiencias de lo más estimulantes (y si no que se lo pregunten al Inti, que ve uno y se le ponen los pelos como escarpias), son los ascensores de los hoteles.
Como sabéis yo disfruto de una escuálida economía de post guerra, así que cuando le toca a mi bolsillo costear un viaje y las estancias fuera de casa, siempre lo hago apelando a la generosidad de mis familiares y amigos o pertrechada de mi tienda de campaña. Pero las economías de las empresas que llevan y traen al Inti currante si son muy dignas y le llevan siempre a hoteles que tienen de todo (a veces hasta cinco estrellas). Y yo que soy de la de sumar placeres, procuro no perderme ni uno.
Así el Inti se va cualquier punto de la geografía española, y en llegando el fin de semana que mi niña pasa con su padre y el final de la hora de trabajo, yo me subo al Vernon o al Grison (el que no esté en el taller) y pego mi zapatilla de basket al pedal sin levantarlo casi hasta la plaza de toros, polideportivo u otro lugar de sarao que se tercie, donde recojo la llave del hotel y allá que me voy a esperar a mi anfitrión mientras voy gorroneando lujillos.
A uno de esos hotelitos, allá por mayo y por León, me fui yo coincidiendo con el cierre de la campaña electoral de ZP en su tierra. El evento vino a coincidir también y a su vez con un partido de semifinales para ascenso a la liga ACB que jugaba el equipo local, el Climalia de León, contra el visitante CAI de Zaragoza. ¿Y donde se alojaban los bigardos de más de dos metros del CAI? Sí señor, en mi hotel de pegadillo, que es que hay hoteles que parecen enchufados.
Yo, ya he aprendido a deslucir lo menos posible en los hoteles de copetines, pero no por eso me voy a liar a hacer gasto en la parte no pagada, ¡al precio que está! Así que viajo con una mochila de imprescindibles para cubrir cualquier necesidad que pueda surgir durante mi estancia, desde bocatas y picoteo hasta coca-colas, una botellita de medio litro fontvella con un poquito de espirituoso para un cubatilla predescanso y alguna cervecilla por si apetece de pre-rocanroll, eso además de mi bolsón de viaje de floripondios. Esto significa, que yo a estos hoteles llego cargada como una mula, y con un cartel enorme y fosforito que me señaliza como Vehiculo Longo.
Pues con todo ese equipaje estaba yo bien relajada dentro de mi ascensor leonés para mi sola, con la mochila apoyada en una de sus paredes para aligerar el peso y con mi cuerpo mismo desplazado por el volumen de la misma hasta el centro del coso elevador, cuando las puertas prácticamente cerradas del habitáculo que me llevaría a mi solita hasta mi planta se abrieron de golpe obra y gracia de una zapatilla deportiva descomunal que consiguió colarse dentro haciendo cuña. Frente a mi aparecieron cuatro Pivotes más altos aun que el Empire State Building (centímetro arriba o abajo) y todos ellos entraron dentro.
Yo educada y para hacer hueco, me desplacé hasta una esquinilla del ascensor que empezaba a parecer tan de juguete como yo misma, y en esa operación fui rebañando con mi mochila todos los cartelillos que colgaban en las paredes por dentro: el que indicaba el peso y el número de personas máximas, otro con el número de teléfono al que llamar en caso de avería y otro más que prohibía fumar en el recinto. En un único movimiento conseguí tirarlos todos. Mientras y a la vez intentaba aproximar mi bolsón de floripondios hasta mis pies. Al agacharme para engancharlo por una esquinilla, casi me vence el peso de la mochila que se abalanzó hacia delante sobre mi cabeza, haciéndome perder un equilibrio que afortunadamente recuperó uno de los pívot al sujetarme y devolverme a la posición de vertical. Mientras los otros tres se entretenían en recoger los carteles del suelo alfombrado e intentar repegarlos. Todo ello sin espacio apenas para movernos ninguno, que parecía que estábamos jugando al “Enredo”.
Volví a encontrármelos a la mañana siguiente, cuando bajaba a desayunar, y solo se atrevieron compartir conmigo descenso cuando constataron que no llevaba más aderezo que lo puesto y ningún equipaje, ni siquiera bolso. Les deseé mucha y muy sincera suerte para su partido, que no sé si llegaron a ganar o no, la verdad.
Bueno pues este finde he estado en Zaragoza, en el fantástico hotel Boston de cinco estrellas, que tiene todo electrónico, hasta el cartelito de Do Not Disturb y cuando pasas por delante de las puertas de las habitaciones puedes interpretar con bastante precisión la vida interior que sucede en las mismas gracias a la información que ofrecen los leds encendidos o apagados, y se puede adivinar donde se está celebrando una fase disturbios, quien no ha aparecido todavía a dormir y son las tantas…
En esta ocasión nuestra habitación se encontraba en la planta octava, y eso significaba que por muy rápido que fuera el ascensor los viajes iban a dar para bastante. Era muy prometedor.
En una de las ocasiones en que yo regresaba al hotel tras darme un garbeo por la ciudad en fiestas, me colé en el ascensor que ya ocupaban tres maromos de la especie familia bien, que se distingue por la media melena a lo Ánsar ligeramente humedecida, como si siempre estuvieran recién peinados nada más salir de la ducha (más que dominio, arte el que tienen con la gomina), por las camisas y polos Tommy Hilfiger y por la altura de más de metro ochenta bien alimentados que lucen todos (que se nota que ya por los años setenta tenían acceso a los alimentos de importación y comían otra cosa distinta al bocadillo de choped nacional).
Los tres o no me ven o deciden ignorarme y yo hago lo que hago siempre en estos trances, que es imbuirme en mis variados pensamientos mientras observo el movimiento de las manecillas de mi reloj, los iconos de mi móvil o directamente el techo del ascensor, en este caso muy interesante porque fingía un cielito estrellado con lucecillas de esas pequeñitas de árbol de Navidad. Y entonces los tres hombres inician una conversación:
(Pijo 1): - “Jo, no imagináis la situación”
(Pijos 2 y 3): (Asienten con expectación)
(Pijo 1): - “Me llama su mujer y me pregunta: ¿está contigo Luís?. Y yo respondo, mira Patricia son las siete de la mañana y no son horas. No, no está conmigo Luis, no le veo desde las dos de la mañana que fue cuando yo le dejé…”
Y entonces se abre la puerta de la planta cuarta y se van los tres llevándose su conversación sin tener ni pizca de consideración conmigo. Porque para entonces yo ya no disimulaba nada y tenía la oreja pegada y el gesto atentísimo como si yo misma fuera el pijo número cuatro. Puse la mano en la célula fotoléctrica de la puerta para evitar que se cerrara, asomé medio cuerpo esperando que se acordaran de mi y a punto estuve de saltar del ascensor y gritarles que no se podían ir ahora, que tenían que contarme donde estaba Luís y con quien, si le había pillado Patricia, si alguno de ellos era el Luis de marras…
Así que dos días después de la conversación y desde este foro hago un llamamiento público a estos amigos de Luis y Patricia que estuvieron en Zaragoza el sábado 6 de octubre, alojados en la planta cuarta del hotel Boston, para que se comuniquen conmigo a través de este blog y me cuenten el final de la historia, que estoy venga a imaginarme de todo y me va a dar un algo.
P.D.: Haciendo caso a mis críticos literarios, en este caso el Inti, he intentado interlinear abundantemente para que al asomaros a mis post no os de un infarto de lo condensado que me queda.
jueves, 4 de octubre de 2007
DEJAD QUE MI COCHE ESTÉ COCHINO, POR FAVOR
Al principio de mi inexperiencia como conductora yo pensaba que era importantísimo que el coche estuviera limpio, porque eso era lo que a mi me habían explicado en la autoescuela y yo siempre he sido una alumna muy aplicada. Pero entonces el Inti me dejó su coche Vernon que estaba bien guarrete, (él es uno de esos especimenes humanos que cree firmemente que lavar un coche lo encoje), y yo me dispuse a acondicionarle por dentro y por fuera, como una atención especial con él, y una manera de proteger mi salud: limpiando por fuera para evitar los inevitables accidentes que provoca la conducción en braille y limpiando por dentro para evitar la inevitable infección por culpa de cualquiera de los virus fauna que allí dentro se hubieran sentido tan a gusto como en mi nevera cuando yo regreso de vacaciones. El momentazo ese túnel de lavado os lo conté en otro post y a mi todavía me provoca pesadillas. El momento recogida de achiperris interiores me puso al día de detalles de la vida privada del Inti por la parte de península esa en la que no le había acompañado yo. Y en lugar de sentirme bien que te cagas por ejecutora del detalle y la buena acción, me sentí más bien cotilla e indiscreta asumiendo tareas que desde luego no eran cosa mía. Vamos, casi como si le hubiera leído el diario.
Pero pensé que eso me pasaba por limpiar el coche ajeno y aprendí la lección sabiendo que no debería volver a hacerlo nunca más y punto, que el coche es de su amo y tiene que ser él quien se ocupe de mimarlo.
Entonces llegó mi coche propio, mi Luisi, cochina también que te mueres después de haber acogido durante meses al ecosistema de la Esteban y su fauna variada, y como mi Luisi no era ajena, que era mía, me volqué tranquilamente en dejarla reluciente con el estropajo, la toallita y el mini aspirador a pilas. Sin percatarme me dejé la radio conectada y sin volumen todo un fin de semana, consecuentemente agoté tooooda la batería y el lunes siguiente tuve que llevar a mi hija al cole en taxi. Así que de esa segunda experiencia aprendí, que por dentro jamás de los jamases, never del todo, se debe limpiar un coche por dentro, ni propio ni ajeno, y si te descuidas, ni siquiera de atrezzo.
Y no he vuelto a hacerlo nunca más.
Ayer tenía que hacer una visitilla profesional (mía de mi profesión) a una hora tempranísima en la que no me daba tiempo ni a pasar por la oficina, así que dejé a mi retoño en el cole y arranqué mi Luisi en dirección a casa del cliente. Llovía a mares y la radio avisaba de atascos y balsas de agua por todas partes incluso por la mía, pero nada, a mi me gusta conducir, y me pareció un reto más como otro cualquiera. A los dos segundos no veía ni torta porque todo estaba empañado. Activé el chorro de aire caliente para la luneta, que en otros coches (Vernon, Grison) no tengo ni idea de donde está, pero en la mía y a estas alturas, pues sí. Pero yo seguía sin ver ni torta. Pasé la mano por el parabrisas por dentro (obviamente) para hacerme una ventanita y la mano se me quedó negra tizona que luego no sabía donde ponerla. Pasé una esponja gris de estas antivaho y la esponja siguió gris aunque más oscuro y el cristal siguió igual de cochino. Finalmente tuve que conducir con las ventanillas bajadas (las dos) porque ni el barro de dentro ni el de fuera me dejaban ver los carteles, y no sé ni como, porque no puedo especificar ni qué cartel ni en qué punto no ví, sin darme cuenta acabé metida en plena M30 (nunca más lejos de mi objetivo) a medio kilómetro por hora durante una hora de reloj que es lo que tardé en recorrer un trayecto que debía a ver sido de cuarto de. Finalmente decidí que mejor llegar calada a mi objetivo que a Baracaldo por ejemplo (que oye, tiene que ser un lugar precioso, pero que no era el día para ir porque ya tenía yo otros planes…).
Esta mañana el Inti no estaba motorizado, y tras dejar a mi niña en el cole (el reparto habitual) he continuado con el reparto extraordinario hasta su casa. Y nuevamente no veía ni torta, unas veces por culpa del sol, y otras por el vaho del frío y el barrillo ese que mi Luisi lleva por dentro. Pero como yo a esto ya me he acostumbrado más o menos, si no llueve como que ni me importa. Pero el Inti, el de la teoría de que lavar encoge los vehículos no está acostumbrado a tanta tensión recién levantado, y tras deformarme la maneta de la puerta por la presión incontrolada de sus dedos, me ha recomendado muy seriamente que por Lenin lo lavara. Pero ya os digo yo que ni por esas pienso hacerlo.
Porque hace unos días, el Inti también, dejó el Vernon (que sigue durmiendo aquí en mi calle con sus ojitos tristones) como vehículo de sustitución a un compañero lucero que tenía su coche propio malito e ingresado en un taller. El compañero lucero lo usó y pensó lo mismísimo que yo cuando el Inti me lo prestó a mi por primera vez: que lo prudente para su salud era limpiarlo. Pero este compañero se ve que es mucho más experto que yo, y decidió dejarlo en manos de profesionales muchísimo más asépticos al no conocer detalles de la vida del propietario (dios, lo que habrá visto esta gente en tantos y tantos coches, no quiero imaginarlo…). Así que cuando un par de días después volvió a dejarlo aparcado donde estaba, en mi barrio, el coche relucía tanto, que yo misma pasando delante de él tardé tres días en verle.
El caso es que el domingo pasado, bajé a la tienda de la Rosi, (un colmao de mi barrio que abre todos los días y tiene de todo, como una tienda de chinos, pero gestionada por una mujer de la patria, mayormente de Vicálvaro) a buscar pan rallado y pan sin rallar para un cocidito familiar que se celebraba en un par de horas en mi casa (el pan rallado es para el relleno, que a mi me sale muy rico). Y la Rosi que siempre tiene de todo, resulta que esta vez tenía falta. No hice crisis: revisé en mis bolsillos, me encontré la llave del Vernon, y pensé, “bueno, mira, le doy una vueltilla y me acerco a la gasolinera que siempre tiene de todo”.
Distraída y pensando en mis cosas me aproximé al coche. Metí la llave en la cerradura. Hizo chas, chas. Abrí la puerta, puse el primer pié (y era el derecho) dentro del coche y como el Vernon que es amplísimo, no tiene alfombrilla en el suelo del conductor porque siempre se desplazaba y se enrollaba con los pedales, pues pegué una patinada bestial que me hizo improvisar un espagar brutal y alucinante que casi me saca por la otra puerta del copiloto. Afortunadamente estaba cerrada y eso me retuvo. Pero por Lenin el golpe que me dí.
Y es que resulta que los profesionales disponen de un spray oleaginoso que sirve para dejar las superficies plásticas brillantes como nuevas y oliendo a limpio, y se vé que estos profesionales eran de los concienzudos y lo aplicaron por todas las partes plásticas del Vernon sin dejarse ni una, que es tanto como decir, todo el coche salvo tapicería.
Total que yo hoy tengo una visitilla rutinaria al ginecólogo y no me siento ni capaz de separar las piernas para ponerlas en el potro: ¡virgen santa! la distensión que tengo en la parte donde las piernas se unen obra y gracia de mi brusca filigrana al entrar al coche. Y a ver como le explico yo a mi ginecóloga que mi lesión no es fruto de mis alardes ociosos sino culpa y requeteculpa de un coche hiperlimpio, porque aunque yo bien sé más que de sobra y tengo bien tatuado en mi subconsciente ya para los restos, que los coches no se deben de limpiar jamás por dentro, hay un montón de ignorantes que todavía no lo han descubierto.
(¡ps!, José B, este texto no llega a dos páginas).
Pero pensé que eso me pasaba por limpiar el coche ajeno y aprendí la lección sabiendo que no debería volver a hacerlo nunca más y punto, que el coche es de su amo y tiene que ser él quien se ocupe de mimarlo.
Entonces llegó mi coche propio, mi Luisi, cochina también que te mueres después de haber acogido durante meses al ecosistema de la Esteban y su fauna variada, y como mi Luisi no era ajena, que era mía, me volqué tranquilamente en dejarla reluciente con el estropajo, la toallita y el mini aspirador a pilas. Sin percatarme me dejé la radio conectada y sin volumen todo un fin de semana, consecuentemente agoté tooooda la batería y el lunes siguiente tuve que llevar a mi hija al cole en taxi. Así que de esa segunda experiencia aprendí, que por dentro jamás de los jamases, never del todo, se debe limpiar un coche por dentro, ni propio ni ajeno, y si te descuidas, ni siquiera de atrezzo.
Y no he vuelto a hacerlo nunca más.
Ayer tenía que hacer una visitilla profesional (mía de mi profesión) a una hora tempranísima en la que no me daba tiempo ni a pasar por la oficina, así que dejé a mi retoño en el cole y arranqué mi Luisi en dirección a casa del cliente. Llovía a mares y la radio avisaba de atascos y balsas de agua por todas partes incluso por la mía, pero nada, a mi me gusta conducir, y me pareció un reto más como otro cualquiera. A los dos segundos no veía ni torta porque todo estaba empañado. Activé el chorro de aire caliente para la luneta, que en otros coches (Vernon, Grison) no tengo ni idea de donde está, pero en la mía y a estas alturas, pues sí. Pero yo seguía sin ver ni torta. Pasé la mano por el parabrisas por dentro (obviamente) para hacerme una ventanita y la mano se me quedó negra tizona que luego no sabía donde ponerla. Pasé una esponja gris de estas antivaho y la esponja siguió gris aunque más oscuro y el cristal siguió igual de cochino. Finalmente tuve que conducir con las ventanillas bajadas (las dos) porque ni el barro de dentro ni el de fuera me dejaban ver los carteles, y no sé ni como, porque no puedo especificar ni qué cartel ni en qué punto no ví, sin darme cuenta acabé metida en plena M30 (nunca más lejos de mi objetivo) a medio kilómetro por hora durante una hora de reloj que es lo que tardé en recorrer un trayecto que debía a ver sido de cuarto de. Finalmente decidí que mejor llegar calada a mi objetivo que a Baracaldo por ejemplo (que oye, tiene que ser un lugar precioso, pero que no era el día para ir porque ya tenía yo otros planes…).
Esta mañana el Inti no estaba motorizado, y tras dejar a mi niña en el cole (el reparto habitual) he continuado con el reparto extraordinario hasta su casa. Y nuevamente no veía ni torta, unas veces por culpa del sol, y otras por el vaho del frío y el barrillo ese que mi Luisi lleva por dentro. Pero como yo a esto ya me he acostumbrado más o menos, si no llueve como que ni me importa. Pero el Inti, el de la teoría de que lavar encoge los vehículos no está acostumbrado a tanta tensión recién levantado, y tras deformarme la maneta de la puerta por la presión incontrolada de sus dedos, me ha recomendado muy seriamente que por Lenin lo lavara. Pero ya os digo yo que ni por esas pienso hacerlo.
Porque hace unos días, el Inti también, dejó el Vernon (que sigue durmiendo aquí en mi calle con sus ojitos tristones) como vehículo de sustitución a un compañero lucero que tenía su coche propio malito e ingresado en un taller. El compañero lucero lo usó y pensó lo mismísimo que yo cuando el Inti me lo prestó a mi por primera vez: que lo prudente para su salud era limpiarlo. Pero este compañero se ve que es mucho más experto que yo, y decidió dejarlo en manos de profesionales muchísimo más asépticos al no conocer detalles de la vida del propietario (dios, lo que habrá visto esta gente en tantos y tantos coches, no quiero imaginarlo…). Así que cuando un par de días después volvió a dejarlo aparcado donde estaba, en mi barrio, el coche relucía tanto, que yo misma pasando delante de él tardé tres días en verle.
El caso es que el domingo pasado, bajé a la tienda de la Rosi, (un colmao de mi barrio que abre todos los días y tiene de todo, como una tienda de chinos, pero gestionada por una mujer de la patria, mayormente de Vicálvaro) a buscar pan rallado y pan sin rallar para un cocidito familiar que se celebraba en un par de horas en mi casa (el pan rallado es para el relleno, que a mi me sale muy rico). Y la Rosi que siempre tiene de todo, resulta que esta vez tenía falta. No hice crisis: revisé en mis bolsillos, me encontré la llave del Vernon, y pensé, “bueno, mira, le doy una vueltilla y me acerco a la gasolinera que siempre tiene de todo”.
Distraída y pensando en mis cosas me aproximé al coche. Metí la llave en la cerradura. Hizo chas, chas. Abrí la puerta, puse el primer pié (y era el derecho) dentro del coche y como el Vernon que es amplísimo, no tiene alfombrilla en el suelo del conductor porque siempre se desplazaba y se enrollaba con los pedales, pues pegué una patinada bestial que me hizo improvisar un espagar brutal y alucinante que casi me saca por la otra puerta del copiloto. Afortunadamente estaba cerrada y eso me retuvo. Pero por Lenin el golpe que me dí.
Y es que resulta que los profesionales disponen de un spray oleaginoso que sirve para dejar las superficies plásticas brillantes como nuevas y oliendo a limpio, y se vé que estos profesionales eran de los concienzudos y lo aplicaron por todas las partes plásticas del Vernon sin dejarse ni una, que es tanto como decir, todo el coche salvo tapicería.
Total que yo hoy tengo una visitilla rutinaria al ginecólogo y no me siento ni capaz de separar las piernas para ponerlas en el potro: ¡virgen santa! la distensión que tengo en la parte donde las piernas se unen obra y gracia de mi brusca filigrana al entrar al coche. Y a ver como le explico yo a mi ginecóloga que mi lesión no es fruto de mis alardes ociosos sino culpa y requeteculpa de un coche hiperlimpio, porque aunque yo bien sé más que de sobra y tengo bien tatuado en mi subconsciente ya para los restos, que los coches no se deben de limpiar jamás por dentro, hay un montón de ignorantes que todavía no lo han descubierto.
(¡ps!, José B, este texto no llega a dos páginas).
miércoles, 3 de octubre de 2007
EL BAILE DEL PAÑUELO
Edición extra del Irmangston Post. Estoy un poco desconcertada porque no sé si a mi se me escapa algo o es que yo soy especialmente torpe.
Me estoy desayunando estos días (que es la hora a la que yo escucho los informativos vía radio) con la noticia de la niña musulmana expulsada del colegio por llevar el velo islámico y con las sucesivas tertulias de todos los que opinan sobre su reciente readmisión.
Se supone que la razón es que este es un país aconfesional, con una educación aconfesional (por Lenin que me troncho) y que por lo tanto los niños deben asistir aconfesionales ellos al colegio sin signos religiosos exteriores que les marque. Algo así como una perenne jornada de reflexión electoral en la que no se puede hacer alarde del partido a votar por el personal.
Yo no entiendo muy bien que la niña no pueda asistir al cole con un velo islámico que le cubre la cabeza, pero que cienes y cienes de colegios de toda España estén gestionados por mujeres (en su caso monjas) con la cabeza cuebierta por tocas cristianas, o por señores con hábitos católicos si son frailes o alzacuellos o sotanas directamente si son curas.
Vaaaale, aceptando barco, me creo que es que en este país tenemos libertad de elegir el cole al que asisten nuestros hijos, y que si esta niña quiere hacer alarde de su religión que se vaya a un cole musulmán y no a uno público. Pero veamos, en este país no hay apenas coles musulmanes, y los que hay están en Ceuta, Melilla o las grandes capitales. En este país los coles se constuyen bajo licencia, y todavía me acuerdo del macrobarrio moderno y pijo donde yo vivía antes de cambiar mi estatus civil y económico, que no tenía ni un sólo ambulatorio, ni un solo cole, y que cuando diez años después de su construcción, plantaron un colegio para todo un distrito, resulta que fue uno gestionado por los Guerreros de Cristo Rey gracias a la mediación de nuestro anterior alcalde el ursulino Álvarez de Manzano.
Yo no sé como estará lo de la educación por otras zonas, pero en Madrid el cole público es el pudridero al que asisten todos aquellos que no pueden costear una educación un poco mejor, y está cuajadito de inmigrantes multicolores cada uno de una nacionalidad y algunos con escaso o nulo dominio del castellano. En uno de estos coles situado en Lavapiés, el año pasado había niños enfermitos de inanición porque los padres no tenían para pagar el gasto de comedor ni tampoco tiempo para recogerlos de doce y media a tres que es la hora a la que comen nuestros niños escolares en la capi, y alimentarles en su casa. En conclusión estos niños NO COMÍAN DE LUNES A VIERNES. La comida del colegio podía sobrar y tirarse a la basura, pero los niños NO PODÍAN COMER, porque no se podía hacer un agravio comparativo y dar de comer a unos niños cobrando y a otros gratis. Claaaaro, que iba a ser eso, un despiporre, no señor, igualdad para todos, que es lo importante en democracia. Pues no, en todas partes, incluida España, las diferencias y las igualdades las marca la potencia económica desde siempre.
Este país es aconfesional, por eso la niña no puede asistir a clase con velo islámico. Pero hasta este mismo año los colegios públicos han estado ofreciendo clase de religión católica. Que la clase de ética fuera una opción ya fue una batalla con las esferas religiosas de este país (religión en España = católica). Que este año se ofrezca educación para la ciudadanía está siendo otra batalla mediática que para qué.
Mientras tanto, este país a confesional celebra misas de Estado retransmitidas por la Televisión Española, sea una boda real (del próximo Jefe de Estado si nada lo remedia, el representante de este pueblo aconfesional...) a un funeral de estado por los soldados muertos en acto de servicio....
He oido eso de que es obligación de los inmigrantes integrarse con el país de acogida, pero por más que yo pienso que viva la diversidad y la variedad de colores y sabores, creo que aquí lo que hay sobre todo es un doble rasero. Si la niña musulmana acudiera con un crucifijo de esos de pared colgado al cuello, ni si quiera nadie se habría vuelto a mirarla. No, creo que igual de paranoico es el que pide volver a convertir España en un Al-Andalus, que los que piden otra reconquista, y vamos, que no me toquen las narices con eso de que el velo es denigrante y descriminativo para la mujer, porque virgen santa (y nunca mejor traída) que para iguales iguales y bien tratadas, ante dios sobre todo, las monjas cristianas, y no he oído a nadie quejarse de ello, ni sorprenderse, ni indignarse, ni pedirles que se quiten la toca ni siquiera cuando van a la facultad pública aconfesional a estudiar magisterio. Y es que a demás puestos a resolver desigualdades y ofensas, mejor concentrarse en cuestiones más de fondos que en quitar o poner pañuelos o reivindicar si lo que hay pegando al madroño es un oso o una osa... Me indigna mucho más la falta de libertad que tienen algunas mujeres sin pañuelo para decidir su propio futuro profesional, personal, sentimental, sexual... En fin, que alucino un poco.
Me estoy desayunando estos días (que es la hora a la que yo escucho los informativos vía radio) con la noticia de la niña musulmana expulsada del colegio por llevar el velo islámico y con las sucesivas tertulias de todos los que opinan sobre su reciente readmisión.
Se supone que la razón es que este es un país aconfesional, con una educación aconfesional (por Lenin que me troncho) y que por lo tanto los niños deben asistir aconfesionales ellos al colegio sin signos religiosos exteriores que les marque. Algo así como una perenne jornada de reflexión electoral en la que no se puede hacer alarde del partido a votar por el personal.
Yo no entiendo muy bien que la niña no pueda asistir al cole con un velo islámico que le cubre la cabeza, pero que cienes y cienes de colegios de toda España estén gestionados por mujeres (en su caso monjas) con la cabeza cuebierta por tocas cristianas, o por señores con hábitos católicos si son frailes o alzacuellos o sotanas directamente si son curas.
Vaaaale, aceptando barco, me creo que es que en este país tenemos libertad de elegir el cole al que asisten nuestros hijos, y que si esta niña quiere hacer alarde de su religión que se vaya a un cole musulmán y no a uno público. Pero veamos, en este país no hay apenas coles musulmanes, y los que hay están en Ceuta, Melilla o las grandes capitales. En este país los coles se constuyen bajo licencia, y todavía me acuerdo del macrobarrio moderno y pijo donde yo vivía antes de cambiar mi estatus civil y económico, que no tenía ni un sólo ambulatorio, ni un solo cole, y que cuando diez años después de su construcción, plantaron un colegio para todo un distrito, resulta que fue uno gestionado por los Guerreros de Cristo Rey gracias a la mediación de nuestro anterior alcalde el ursulino Álvarez de Manzano.
Yo no sé como estará lo de la educación por otras zonas, pero en Madrid el cole público es el pudridero al que asisten todos aquellos que no pueden costear una educación un poco mejor, y está cuajadito de inmigrantes multicolores cada uno de una nacionalidad y algunos con escaso o nulo dominio del castellano. En uno de estos coles situado en Lavapiés, el año pasado había niños enfermitos de inanición porque los padres no tenían para pagar el gasto de comedor ni tampoco tiempo para recogerlos de doce y media a tres que es la hora a la que comen nuestros niños escolares en la capi, y alimentarles en su casa. En conclusión estos niños NO COMÍAN DE LUNES A VIERNES. La comida del colegio podía sobrar y tirarse a la basura, pero los niños NO PODÍAN COMER, porque no se podía hacer un agravio comparativo y dar de comer a unos niños cobrando y a otros gratis. Claaaaro, que iba a ser eso, un despiporre, no señor, igualdad para todos, que es lo importante en democracia. Pues no, en todas partes, incluida España, las diferencias y las igualdades las marca la potencia económica desde siempre.
Este país es aconfesional, por eso la niña no puede asistir a clase con velo islámico. Pero hasta este mismo año los colegios públicos han estado ofreciendo clase de religión católica. Que la clase de ética fuera una opción ya fue una batalla con las esferas religiosas de este país (religión en España = católica). Que este año se ofrezca educación para la ciudadanía está siendo otra batalla mediática que para qué.
Mientras tanto, este país a confesional celebra misas de Estado retransmitidas por la Televisión Española, sea una boda real (del próximo Jefe de Estado si nada lo remedia, el representante de este pueblo aconfesional...) a un funeral de estado por los soldados muertos en acto de servicio....
He oido eso de que es obligación de los inmigrantes integrarse con el país de acogida, pero por más que yo pienso que viva la diversidad y la variedad de colores y sabores, creo que aquí lo que hay sobre todo es un doble rasero. Si la niña musulmana acudiera con un crucifijo de esos de pared colgado al cuello, ni si quiera nadie se habría vuelto a mirarla. No, creo que igual de paranoico es el que pide volver a convertir España en un Al-Andalus, que los que piden otra reconquista, y vamos, que no me toquen las narices con eso de que el velo es denigrante y descriminativo para la mujer, porque virgen santa (y nunca mejor traída) que para iguales iguales y bien tratadas, ante dios sobre todo, las monjas cristianas, y no he oído a nadie quejarse de ello, ni sorprenderse, ni indignarse, ni pedirles que se quiten la toca ni siquiera cuando van a la facultad pública aconfesional a estudiar magisterio. Y es que a demás puestos a resolver desigualdades y ofensas, mejor concentrarse en cuestiones más de fondos que en quitar o poner pañuelos o reivindicar si lo que hay pegando al madroño es un oso o una osa... Me indigna mucho más la falta de libertad que tienen algunas mujeres sin pañuelo para decidir su propio futuro profesional, personal, sentimental, sexual... En fin, que alucino un poco.
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