viernes, 7 de septiembre de 2007

EL CARREFOUR: SETAS Y PESCADOS

Bueno, primer post en mi nueva casa. Ya veis que aun estoy probando colores y esas cosas, porque me veo yo muy naïf con esta decoración, no sé, no sé. Pero desde ya os digo que le estoy cogiendo mucho gustillo a blogger, sobre todo después de las penurias pasadas con Terra. En fin, al meollo y cogollo del asunto.

En mi blog y en mi vida hay personajes fijos que todos conocéis: está la Cruela, que es como el granito de Cindy Crawford, enorme e imposible de esconder pero inesperadamente, atractivo y mítico. Está el Inti, que más que un granito, es una alergia: unas veces se multiplica, otras veces desaparece, pero siempre se queda en forma de virus latente. Está la Esteban, a la que dada su finura y delicadeza, prefiero no posicionar como grano. El Melendi2, al que si posiciono directamente como un grano en mi nuevo trasero quasi brasileño; están mi niña, mis padres, la Calcuta, Cosita… en fin, todos aquellos que me vais añadiendo vidilla a mi misma y a este blog. Y luego está un protagonista discreto aunque constante en el blog, y nada discreto y más que constante en mi vida: el Carrefour de San Blas. Bueno, pues hoy os voy a hablar de él.

Mis veranos se dividen en quincenas alternas: una sí, ejerzo de madre responsable, una no, ejerzo lo mínimo posible porque aprovecho que mi niña disfruta del turno de vacaciones con su padre en compañía de sus abuelos paternos, para comportarme como si la única responsabilidad que tuviera en el mundo fuera la de pagar mi hipoteca (esa también he intentado ignorarla, pero los **%%@@###!!!! del banco tienen mi número de móvil). Así que cuando no tengo a mi niña, reduzco al máximo mis ejercicios no placenteros, y el que primero cae es el de ir al Carrefour. La primera quincena que estuve sin hija, me alimenté gracias a los restos de barbacoa que el Inti cocinaba todas las tardes para merendar en un plató de TV siriviéndose del calorcillo de los focos (la vida del lucero es pintoresca) y me hinché a panceta, choricito frito, morcilla y mucha, muchísima salsa Romescu (empiezo a creer que lo de mi hormonación no va a tener nada que ver con lo de mis nuevas curvas). Por lo tanto no tuve que ir al Carrefour.

Y al poco de irse mi niña por segunda vez con sus abuelos, se celebró un evento nocturno taurino en un pueblo de Guadalajara llamada Brihuega al que el Inti y CQPP (el Lucero del Alma de Cosita) acudieron en condición de luceros a poner las luces. Como el ambiente emanaba aroma a fiestorro y además, había hotel gratis, pues allá que nos fuimos Cosita y yo. Resulta que la Corrida estaba patrocinada por una empresa transformadora de pollos: los bichos entraban por una puerta de cuerpo presente y salían por otra transformados en sanjacobos, nuggets, alitas, delicias a las finas hierbas, mixtos… Como buena patrocinadora, esta empresa plantó en la puerta de la Plaza su furgón refrigerado cargadito con cajas llenas de kits de sus productos y como buenos anfitriones, las distribuyeron entre las autoridades en concepto de gentileza de la casa. Resulta que al final del evento y de la recogida del equipo lucero, aun sobraban un par de las mencionadas cajas polleras, y el Inti que es muy apañado, hizo las gestiones oportunas para derivarlas del furgón refrigerado hasta el maletero del coche Grison. Pues bien, gracias a esto la segunda quincena sin niña he sobrevivido comiendo pollo de manera exhaustiva, y nuevamente gracias a eso, tampoco he necesitado acudir al Carrefour.

Sin embargo mi niña regresa este domingo de nuevo a su casa, a su mamá y a nuestra vida, y en esta su casa, no queda nada de nada, ni gel de baño, que los últimos días he tenido que recurrir al acopie de botecitos recaudados de los hoteles que tienen de todo y lo he dejado muy menguado. Ayer, tras varias sesiones de mentalización profunda y de otras tantas de ejercicios espirituales (la próxima vez me apunto con Mónica a su Vipassana), me subí a mi Luisi y me fui al Carrefour, pero a la parte comida, no a la parte tienditas (a Pepe Jeans ya no entro) ni a la planta de arriba de libros, discos y menaje, no, yo fui a la parte dura.

Coincide además que un día de esta semana pasada estábamos en casa cenando al amor de la TV el Inti y yo. Ambos comíamos unos platitos de pasta aderezada con berenjenas, unas hierbitas, unos huevillos crudos y unas setitas boletus, que yo acaba de vaciar sobre la receta directamente desde una lata de conserva marca Carrefour, sección Productos de Nuestra Tierra (que es el epígrafe pijo bajo el que venden delicatessen a precio señorita de mala vida, pero encima famosa y de salir en TV). A fin de plato mío (altura segundo plato del Inti) troceé una seta boletus demasiado voluminosa para un solo bocado, y me encontré que estas setas en vida disfrutaron de inquilinos: gusanos. A mi una seta con gusanos nunca me ha quitado el apetito, porque a mi parecer solo saben a seta, y como están hervidos, pues además son sanos y están desinfectados. Y para qué engañarnos, porquerías mayores me he comido otras frecuentes veces. Así que yo, a la manera de CSI, cogí una bolsa de plástico (en mi caso de las de congelación) y con muchísimo cuidado, metí dentro la lata (que tuve que recuperar de la basura), un trocito de boletus y tres gusanos en su salsa, que con eso creí yo que habría suficiente), lo metí en la nevera a la espera del día apropiado y me volví al sofá, al amor de la tele y a mi plato a seguir comiendo mi pasta con berenjenas, huevos, especias, boletus y además gusanillos (porque una cosa es que tuviera la intención de reclamar a Carrefour y otra muy diferente que estuviera dispuesta a quedarme sin cenar).

Así que como ayer por la mañana yo ya sabía que me iba a tocar ineludiblemente ir al híper, había hecho la previsión de sacar la lata con los cuerpos del delito de mi nevera forense y meterla en mi bolso. Al terminar mi jornada de trabajo remunerada, y subida en mi Luisi me puse en camino hacia el Carrefour, paisaje de mi vida.

Cogí carro y muy organizada me fui a la sección pescado, a hacerme con un número lo primero de todo, para que me tocara el turno 803 en lugar del 862, que es algo que cuando sucede desmoraliza mucho mentalmente. Efectivamente, me tocó el 803 y no pintaba del todo mal porque el visor de turno informaba de que el pescado en vías de despache iría a parar a manos de la clienta 795. Me puse cómoda acodándome por la derecha en mi carro frenado por el expositor parte bonito a 5 €/kilo y allí que me dispuse a esperar. El cotarro lo atendían tres dependientas, ninguna española, lo que me llevó a calcular mentalmente la mierda de sueldos que debe pagar Carrefour. Dos de ellas eran latinoamericanas y hacían filigranas con sus piezas, una diseccionando una Merluza hasta dejarla convertida en un único filete largo y carente de espinas, y la otra haciendo lo mismo con una trucha. Se les veía hábiles y diligentes, dominadoras del oficio y del bicho entre manos. Frente a mí, la tercera dependienta, de origen africano, inquiría a mi concliente de la izquierda en tono bajito de voz y con un malísimo castellano muy difícil de entender, qué era lo que quería. El hombre con cara de poca paciencia pidió kilos de bonito y ella con parsimonia y tranquilidad procedió a poner su papel plastificado sobre el plato de la balanza y a añadir gordas rodajas. Una tras otra, una a una. ¿A que parece desesperante?. Pues no, resulta que era sedante. Ella, gordita, a primera vista no muy agraciada según el canon de belleza Vogue, resultaba sedante con su cadencia de movimientos suaves, con la delicadeza con la que sujetaba los trozos de pez, con su sonrisa siempre suave e inmutable en la cara, con la proximidad con la que acercaba la bolsa ya cargada al concliente. Volvió a interrogar en voz ya no bajita, si no ahora suave, en un ya no pésimo castellanos, si no exótico, algo que se parecía a un “¿desea algo más?”, y el señor, con los ojos como platos y sin cerrar la boca ni para medio vocalizar, pareciendo directamente lelo, expresó: “una merluza”. Los demás casi aplaudimos. Para cuando ella sujetaba amorosamente con sus dos manos un pedazo merluzón, mano derecha en la agallas, mano izquierda, muy delicada, bajo la cola, mismamente como si de una persona se tratara, el resto de parroquia clienta ya empezaba a arremolinarse en torno a mi carro, a mi misma y a mi concliente pasma’o dejando medio desierta el resto de la pescadería.
La sensual moza procedió con las tijeras, cortando aletas superiores e inferiores, con el desescamador desescamando, con el cuchillo separando cabeza, y con sus propias manos, separando las agallas y vaciando las cuencas de los ojos, dejando la cabeza limpia y bonita, perfecta para un caldo. De nuevo con el cuchillo en mano, marcó altura de corte de cola y miró hacia el concliente sin perder su dulce sonrisa. Éste, tragando saliva de manera notoria y ruidosa, dijo “sí” y nada más. Mientras ella troceaba en rodajas el pescado, la mitad de los presentes desesperaba por cambiarse con el pez difunto acariciado una y otra vez por sus delicadas manos. Tras la merluza, llegaron unos boquerones, y una lubina a la espalda, y unos gallitos de ración para rebozar con harina, y unas rodajas de congrio… que yo pensaba que nos iba a dejar a los demás sin cena. Mientras tanto, las dos compañeras pescaderas habían liquidado (figuradamente hablando, por supuesto) a otras seis clientas (tres cada una) y así llegamos al momento en el que el concliente medio lelo se alejaba con la vista perdida en la nada, dirección cámara de congelados. La hermosa negra, pulsó el botón y se encendió el número 803: ya está mi turno. Yo pedí una ventresca de bonito (que por algo estaba de oferta) a la que no había que hacer nada de nada, salvo meterla en una bolsa, y según la tuve en mi mano, agarré el carro y me largué cual Alonso que intenta rebasar a Hamilton: desesperada, porque con la cosita aquella de la sensualidad de la pescadera y de la voraz pasión marina de mi compañero de carro, yo llevaba ya una hora pegada al hielo de la pescadería. Si debo añadir, que si bien mis piernas se movían raudas, también notaban cierta flojera no respuesta tras la reciente experiencia casi paranormal.

A la altura geles de baño, me llamó el Inti:
(Inti): - “¿Ande andarás?”
(Yo): - “Nel Carrefú”
(Inti): - A carcajada limpia y aparentemente sorprendido (sospecho que este hombre no termina de conocerme) - “¿Con las setas?”
(Yo): - (¡Oño!, ¡las setas! Desde la mañana en que las había metido en el bolso, no había vuelto a acordarme de ellas) – "Bueno, sí, pero las llevo en el bolso, por ahora sólo estoy comprando, cuando salga reclamaré"
(Inti): - “Vale, pues que yo ya estoy en casa” – (había vuelto pronto de trabajar para continuar haciéndolo desde casa con un programa informático que necesitaba, que él no tenía, que yo si tengo, y que por una de esas casualidades desafortunadas, reposaba dentro de mi bolso justo al lado de la lata de setas en lugar de estar en mi casa al ladito de su ordenón o en cualquier otro punto al que él pudiera dirigirse para buscarlo sin requerir el uso de coche ni de moto).

(Yo): - “Pues ponte cómodo y ve descansando, que ahora mismito voy”
(Inti): - “Que ¿dónde está el CD?”
(Yo): - “En mi bolso… pero ya estoy terminando y voy p allá”
(Inti): - “Coño, Irma...”
(Mi Móvil y yo a dúo): - “Tut, tut, tut...”

A toda leche cogí un bote de gel Lactovit tamaño familiar, otro de Champú Johnsons para niños, cuatro botellas de aceite de oliva, cuatro de Coca Cola Light dos litros, un rollo de film transparente 100m y me fui a la caja de la cajera. Mientras ella me cobraba, o lo que es lo mismo yo terminaba de firmar el recibo de mi tarjeta como “Marta Hari” (lo tengo comprobado: no contrastan los nombres, y oye si en una de estas vuelve a subir el Euribor y mi banco deja de poder pagar mis cuentas, yo podré argumentar muy fácilmente que realmente me llamo Irma, que no conozco a esa tal Marta que compra en mi nombre, y que ya que estamos, que me expliquen a mi cómo es posible que una extraña a mi pueda pagar con mi tarjeta). En fin que mientras terminaba de pagar, pregunté discretamente donde debía dirigirme para reclamar por un producto. Discretamente la cajera me indicó la ventanilla de atención al cliente. Allí me fui.

La ventanilla estaba casi vacía por dentro, solo ocupada por un empleado de la especie Jefe, y por fuera cuajada con un montón de viandantes de la especie clientes esperantes. Tras hablar (con malos modos, por cierto), con su walkie y espero que con alguien del otro lado, me miró a mi y con un movimiento de barbilla me hizo saber que era mi momento de expresarme. Muy educadamente y de manera discreta, le expliqué que quería hacer constar mi reclamación sobre un producto adquirido en su establecimiento. Con las mismas, pero con mucha menos educación que yo, volvió a mover su barbilla para hacerme saber que nuevamente debía expresarme. Con la misma educación mía anterior, que no suya ni anterior ni posterior, pero sin ninguna discreción ya tampoco por mi parte, le hice saber que en una de las carísimas latas que vendían en este mismo Carrefour, perteneciente ella a la re-putada marca Carrefour, y pagado al desorbitado precio de “Productos de Nuestra Tierra pero de Oro”, yo había encontrado las setas boletus enunciadas en su etiqueta y un montón de gusanos que no figuraban ni en la composición ni entre los ingredientes, y que para que sirviera de prueba, aquí adjuntaba la lata, una seta y tres gusanos. Dicho y hecho: saqué la lata del bolso y se la planté en el mostrador ante su cara de estupor y la de asco de mis coviandantes clientes esperantes. Tragando saliva él también y me imagino que bilis y que un montón de quina, me dijo que vale, que lo guardara y que cogiera número. Me tocó el 524 y andaban por el 498. Así que guardé mi número (por si me vale para otro día), guardé mi lata y me fui para casa porque ya estaba un poco harta, la verdad y porque el Inti debía llevar ya un buen ratito descansándo y relájándose desesperado por hacerse con el disco y empezar a liquidar trabajo.

A fecha de ahora, la lata duerme en el congelador de mi nevera a la espera de que el Inti (que cada vez que come lo hace muy requetebien), mi niña y yo misma, liquidemos lo que traje ayer de compra y a mi me vuelva a tocar reunir ánimos y fuerzas para volver al Carrefour.

lunes, 3 de septiembre de 2007

¡QUÉ VIVAN LOS NOVIOS! (¡YAJAAAA!)


¡Ay, ay!, querido foro, ¡qué agujetas bailongas tengo!, ¡qué estómago resentío, digiriendo aun los inicios de la cena de boda! (invertí todo el día de ayer en digerir el canapé previo y supongo que para el viernes habré liquidado la tarta). ¡Qué cabeza aun medio lela por la falta de sueño y el consumo de espirituosos…! en fin que ¡qué estado lamentable a dos días del evento!, pero ¡’Gen Santa! ¡qué bien lo hemos pasado!. Cosita: ¡que viva tú, que vivan los Hombres G y que viva el gremio lucero!.

La boda empezó a las doce y media, que fue la hora en la que Dante puso sus manos sobre mi cabeza para dejarme mi look y mi cabello cual leona ondulada entre nubes de laca. Él me advirtió “no te lo toques, que ahora estás muy exagerada, pero a las seis se te habrá caido todo y parecerás Elle McPherson camino de una soirée de Valentino en Ibiza” (¡es tan sofisticado!). A las tres y media tras una cabezadilla ligera en el sofá, comencé la operación glamour, a saber: ducha, hidratación, retoque de laca de uñas de los dedillos de los pies y el momento largamente esperado de vestuario. Lo tenía todo perfectamente coordinado y pensado: al vestido le añadí el fajín de mi smoking negro anudado con un cuco lacito bajo el pecho y también la americana, de aire masculino, contrastando con el aire hiper romántico del vestido lleno de fru frús (y sobre todo muy, muy adecuada para las noches fresquitas que nos estamos gastando este agosto), unas sandalias negras con taconazo, dos tiras finas y pulsera, un collar de varias vueltas de cuentas de seda negra, pendientazos de azabache en lágrimas como una lámpara de cristal de la granja, y un bolsito vintage de verdad, francés, comprado por Ebay en el que no cabe de nada, pero que es de mono… el resto de lo que no cupo iba en la americana del Inti que tiene muchos bolsillos y acabó pareciendo la sahariana de un reportero de guerra. Me imbuí en la operación maquillaje, et… ¡voila! en el tiempo record de una hora, yo ya estaba mona monísima y preparada para subirme en cualquier carroza. Cuatro y media. Desde mi atalaya de la cama, bien sentada, observo la operación de aderece del Inti: pantalones chinos azul marino especial para boda, su camisa beige con líneas cruzadas, especial para boda, sus zapatos negros con cordones, especiales para boda, su americana azul marino más oscuro que el pantalón, especial para boda y su corbata en un bolsillo de la americana, como no, también especial para boda. Todo ello en versión vintage, que en su caso no es de verdad como no lo es en el de Vitorio y Luccino, sino que significa reciclado de otras bodas ajenas, siguiendo la sagrada máxima de su vida, aquella de “menos es más” (sobre todo en inversiones innecesarias, y él necesita tan poco...).

A punto de salir, el Inti no había encontrado todavía el pañuelo negro con el que recoge su melena adquiriendo el mismo sofisticado (¡?) look de Espartaco Santoni en los noventa con esa sabia mezcla justo entre lo pelín hortera y lo pelín macarra y a punto andábamos de rozar la crisis. Sucumbimos en ella cuando me percaté que mi peinado no era simétrico, y que mi lado derecho conservaba intacto su volumen mientras que el izquierdo conservaba intacto la forma del cojín de mi sofá. Humedecí pelo, lo enrollé en medio rulo, lo retuve con horquillas, lo bañé de laca y apliqué secador como para churruscar el pelo. Tuve muchísima suerte (porque mi pelo y yo nos combinamos de forma imprevisible) y en cero coma parecía recién salida de las manos de Dante. El Inti mientras, seguía revolviendo Roma con Santiago y sus cosas con las mías hasta que se resignó a lo inevitable y aceptó que tendría que acudir a la boda con la melena al viento presentando como el mejor Puma de los ochenta.

Pese a todo, y con puntualidad torera, a las cinco en punto (que era la hora pactada) estábamos en el bar de la plazoleta con una jarrita de clarita con limón compartida, reposando el estrés y esperando la llegada de Cosita y su Lucero del Alma, que pasaban a recogernos.

El camino de ida fue ameno amenizado por el Tomtom, entre intentos de ejecución del nudo de la corbata de calidad del Lucero del Alma (CQPP). El Inti, como he dicho, la lleva exclusivamente como complemento de la americana, altura bolsillo de mano por dentro, pero jamás ha hecho ni el ademán de ponérsela. Cosita me confirmó que lo más complicado de resolver en una boda es el peinado, y también tuvo su momento tenso cuando misteriosamente desaparecieron de su casa todos los coleteros y los pasadores para recogidos y moños. Pero iba monísima, con un vestido hiper sexy de escotazo en la espalda hasta casi el borde de la rabadilla y cuello tipo halter, solo apto para su tipín espléndido (¡y comprado por tres euros en Blanco! Lo que demuestra que nosotras somos la panda del ingenio y del a fuerza ahorcan, sin perder glamour en el evento).

Las campanas repicaban justo cuando nosotros rebasábamos el cartelillo con el nombre del pueblo, y tal y como intuíamos, resultó que no era para anunciar nuestra llegada sino para avisar a los rezagados de la entrada a la ceremonia. El caso es que nosotros desembarcamos del coche de los Cositas en el momento en el que el gremio luceros se encaminaba al bar. Como todos hemos recibido una exquisita educación a la altura de lo mejorcito de Camford, nos pareció de muy mal gusto entrar a un espectáculo que ya había comenzado, y obligados por lo imponderable optamos por acompañar a los compañeros a la terracita de la taberna. Eso sí, sin perder de oído las señales acústicas que informaban del transcurso del evento religioso: par de campanadas, otro par de campanadas… y nosotros, ignorantes de lo sacro, intentábamos compararlo con los clarines en las corridas de toros porque si de toros sabemos poco, no os imagináis de misas y bodas: cero patatero. Así que oíamos las primeras e imaginábamos que entraban los picadores, las segunda y banderillas, las terceras y hala ¡a matar!. Cuando sonó Paquito el Chocolatero en tono campana mayor pagamos, enfilamos todos de nuevo el caminito de la iglesia para ver salir a los novios ahora casados y con la esperanza de que presidencia les hubiera premiado la faena con toditos todos los trofeos taurinos (que yo muy intimamente rogaba que conservaran puestos y no en la mano, ya que esto último me habría parecido posiblemente de muy mal gusto). El asunto es que nos pusimos en camino con tiempo suficiente, pero la iglesia estaba al final de una muy cuesta arriba empedrada, y eso con tacones, resultó ser durísimo. Así que de nuevo lo imponderable: otra vez no llegamos ni para el arroz. Fue alcanzar la cima, y descender a base, justo abajo donde los coches. O sea que de la ceremonia religiosa yo no os puedo contar nada de nada, porque la verdad es que sin querer nos lo perdimos.

La siguiente fase fue la del canapé. El canapé tenía lugar en la parte césped con piscina de la Hacienda. Y llegamos, buscamos enclavé entre mesa de bebidas, mesa de ibéricos, plancha de canapé caliente y salida de bandejas, y viendo que la ubicación era inmejorable, yo clavé los tacones en el césped y ya no me moví, con mi altura rebajada en diez centímetros, pero descansada como si llevara chanclas. Yo creía que el canapé era un fruslería de atención para con los invitados, lo que se llama un abreboca, pero ¡anda chá!, por allí desfilaron kilos de tortilla de patata, de huevitos fritos de codorniz, de tapitas pequeñas de pan y volovans de todo tipo; de gildas de encurtidos, de albondiguitas, de chistorra, de tempuras varias de verduras, de samosas hindúes, de rollitos chinos y hasta un jamón pata negra entero… ¡y yo que no sé decir que no!. Se hizo de noche dándole al diente y para cuando me quise sentar en la mesa, el vestido hiperamplio ya empezaba a ceñirme.

La cena debo decir que resultó un poquito sosa. Pero esto hay que achacarlo a dos factores:

Factor A: Los comensales estábamos tan cebados de canapés, que con lo único que podíamos era con una siesta.
Factor B: La única música que calma a una fiera lucera es la que ejecutan sus acompañantes féminas en concepto bolso de boda con la caída de ojos suplicante que alterna entre el “por dios chato no me hagas pasar vergüenza” y el “ya hablaremos en casa” . Salvo en el caso de mi Íntimo, que no tiene vergüenza y sabe más que de sobra que yo tampoco (y bastante poco que nos importa, todo sea dicho, la vergüenza ajena que pase otro).

Así que los “viva lo que sea” solo empezaron a aparecer y muy, muy tímidos a la altura varias botellas de vino blanco y unas cuantas ya de tinto. El Inti en las bodas es original, que no silencioso, y nunca grita “viva los novios” porque él no cree en eso. Así, por ejemplo en la de mi amiga Ra, gritaba “Athleti” algo muy bien acogido, porque el novio ahora marido, era del Bilbao y nunca se enteró que el Inti alentaba al de Madrid. En esta eligió algo más neutro, el siempre versátil “YAJAAAA” que sirve para tó, desde azuzar ganado hasta pedir otra ronda. Fue bastante aplaudido, y debo decir que si bien casi nos deja sordos a los de nuestra mesa, mayormente a Cosita y a mi que estábamos una a cada lado, también es cierto que puso un poco de colorcillo a aquella cena.

Y por fin la parte discoteque. La parte discoteque fue sorprendente. A estas alturas yo ya no podía con mis tacones, pero previsora que es una, los abandoné en el maletero del Cositamóvi, cambiándolos por mis básquet converse pistachos, que me iban muy bien con el nazareno de mi estilismo. Me hice un recogido de la cola del vestido pillándolo con el fajín y dejando a la vista parte de mis capas de fru frú, y hala a la pista a desgastar las suelas. Primer tercio: horteradas varias, tipo Julio Iglesias, sevillanas, pasodobles… Segundo tercio: parte temazos del año, con momento Tortura de Shakira y todo. Acabada esta los luceros con novia, que resultaron más sosos que una mata de habas, se fueron a continuar la fiesta en otra parte y a poder ser en horizontal. Debo destacar la respuesta inadecuada que me espetó uno de ellos cuando yo, afable, inquirí en el motivo de tan raudo abandono. Lucero X, desde aquí te digo que no era necesario ser tan grosero. Transcribo diálogo:

(Yo): - “¿Ya os vais? ¿tan prontito?”
(Lucero X): - “Si algunos esperamos hacer más cosas esta noche” - (arqueando las cejas varias veces en clarísimo significado de “tú ya me entiendes”).
(Yo): -“Bueno pero la noche es larga y deja tiempo para todo”
(Lucero X): - “Sí, pero algunos somos más jóvenes que otros y aguantamos muchísimo más tiempo. Tú puedes quedarte” - (arqueando las cejas varias veces en clarísimo significado de “tú ya me entiendes”).

Pues no, no te entiendo, no sé a qué te refieres, y espero tardar muchísimo en saberlo. Hala, queda dicho.

Los luceros sin novia iban tajaos, tajaos y se largaron todos juntos a una discoteque heavy de Aluche. Nosotros, decidimos invertir en el sarao bodorrio. Y en cuanto nos quedamos cuatro comenzó lo bueno. El tercer tercio: los no curtidos en ampollas, abandonaron los zapatos en el centro de la pista, y allí nos lanzamos todos a la ejecución de los temazos de Ska-P, Estopa… y vaya si la gozamos, todo lo que pudimos con exaltaciones de la amistad al novio, y especies de ese tipo, hasta que la novia, dijo que sí, que vale, que ella también nos quería mucho, pero que desde ese mismo momento nos quisiéramos cada uno en nuestra casa. Y punto.

Que no final, porque caminito del coche, oímos musiquilla en otro jardín y resulta que los muy ladinos de la Hacienda nos habían mentido ¡había otra boda! Y para allá que nos fuimos. Yo que soy muy educada, como mi madre sabe, y jamás pierdo mi facilidad de palabra, me dirigí a la novia explicando que nosotros éramos buena gente, que ante todo enhorabuena, y que no pensábamos gorronear ni nada por el estilo, solo pedíamos autorización para discretamente seguir bailando. Los novios, de Guadalajara, eran encantadores y al final de la noche hasta cambiamos los números de móvil para llamarnos cuando volvieran de su luna de miel. Unos cielazos. Gracias chicos. Deseo de todo corazón que disfrutéis muchísimo en Nueva York.

Y acabada esta boda, ya sí, recogimos al Inti al que habíamos dejado dormido en la parte césped sin luz de al lado, tendido cual largo es, pero bien escondido y discreto, en medio de lo negro y sin roncar ni nada. Le metimos en el coche, le atamos con el cinturón de seguridad para asegurar que no se iba para los lados ni para el frente y nos volvimos a Madrid, cantando a voz en grito la selección de los mejores temas de los Hombres G, porque el coche de CQPP, el Lucero del Alma, es un coche preparado como dios manda para cualquier evento y contingencia.

Lo dicho que gen santa que aun me duele todo por el esfuerzo, pero siglos hacía que no lo pasaba tan bien.

Agradecimientos: a Cosita por todo, para qué especificar. A CQPP, por llevarnos y traernos y por ser tan requetemajo, a Paco, por aguantar como un señor con su camisita por dentro y su corbata, bailando como un descosido y por compartir el cubata birlado al Íntimo comatoso. Al Inti, por ser amigo del novio y por sus exquisitos espaguettis con bonito del día después con su cebollita, su quesito y su tomate, a los que solo tuve que añadir unos champiñones y mi apetito. Y por todo lo demás.

P.D.: Dante, devuélveme el dinero. En ningún momento me parecí a Elle MacPherson, pasé de parecer una loca de las Baccará a tener un único nudo enredón que he terminado de deshacer hoy a la hora aperitivo. El resultado se asemejó demasiado a mi look Atapuerca recién salida de la ducha, y yo por eso no pago.

jueves, 30 de agosto de 2007

EL BODORRIO

Me han invitado a una boda. En realidad no me han invitado a mi, le han invitado al Íntimo y a su accesorio, que resulta que soy yo. A mi a estas alturas de mi vida, figurar como accesorio en ningún lado, me da muchísima pereza. Yo ya quiero ser prenda, mucho más que lacito. Pero este bodorrio al que me acoplo de pegadillo en concepto acompañante fémina, no me lo perdería por nada del mundo, porque si una boda es pintoresca de por sí, no podéis imaginaros una producida dentro del gremio lucero: puede ser salvaje.

El novio casante se ha dedicado hasta hace dos día a boxear y entrenar boxeadores, y además con renombre y relumbrón. Y desde hace dos días a trabajar en este gremio nuestro de la iluminación que se monta y se desmonta y pone luz y colorcillo al evento cultural y patronal. Esto significa que en la boda va a haber tres tipos de invitados:

A) Los de la novia
B) Los amigos boxeadores del novio
C) Los amigos luceros del novio

El evento se celebra en una hacienda con tres salones para tres bodas simultáneas, pero en este caso los hacendados han tenido la deferente precaución de dejarnos todo el espacio para nosotros solos y que no nos moleste nadie. Y esto ha sido de lo más sensato, porque yo ya me imaginaba al borracho A de la boda A, cruzándose con los codos pa’fuera, con el borracho B de nuestra boda B, e iniciando el habitual diálogo:

(Borracho A, suyo de los otros): - “¿y tú queg lo que miras?”
(Borracho B, propio de los nuestros): - “¡Uy lo que m’adicho! ¡a mi la legión!”

Y ya está: montada la de San Quintín, que ya sé yo que no habría otra opción. De verdad que en este mundo nuestro los boxeadores llevarán la fama, pero en cuanto a bestias, yo os digo, que en el gremio lucero lleno de individuos acostumbrados a cargar y descargar equipos de tonelada y media, romperse la crisma u otras partes anatómicas contra trusses y escenarios, todo ello de empalmada golfa, y maldurmiendo archivados como sardinas en autobuses durante meses, soportando y adaptados a todos los vicios de la farándula… en este gremio señores, se carda pero que muy bien la lana. Si en esta boda se vieran implicados civiles ajenos a ella podría resultar muy peligroso, vamos que soy yo parte y mitad de los casantes y ni reservaría habitación para la noche de boda, ni nada. Directamente pediría cita con el abogado en el cuartelillo para eso de las once.

A parte del añadido de emoción que supone un comedor con dos mesas enteras de invitados luceros sabiamente combinadas con otras dos mesas de invitados boxeadores, a parte de esto, debo confesar aquí y en público con un pelín de rubor, que yo voy encantada porque es que a mi y en el fondo las bodas me gustan mucho.

Ya sé que no es lo habitual, que lo frecuente es que te llegue la invitación, que empieces a pensar en el qué te pones, en el regalo, en la fecha que siempre coincide con un fin de semana inoportuno, en los asistentes incluyendo a parientes petardos y en los paripés que toca hacer, y todo a una, como en Fuente Ovejuna, comienzan los recuerdos a la parentela difunta del invitante. Sin embargo, yo no, yo soy una invitada agradecida y las cuatro veces (cuatro, ninguna más, y dos de ellas en concepto de bolso de mi ex) que me han invitado a bodas en mis treinta y cuatro años de vida, las he celebrado hasta dando palmas.

Yo sé de sobra que cada uno cubre las carencias como puede y mi afición a las bodas es mi manera de compensar la falta de glamour de que adolece mi vida. Yo me alegro muchísimo de poder trabajar con vaquero y bambas y de no tener que estar supeditada al tacón y al traje gris en cada uno de mis días. Pero a mi me hace mucha ilusión también eso de poder disfrazarme de princesa por un día, y claro, no lo voy a hacer para ir al Carrefour.

Nunca he envidiado a la novia que va de blanco ni tampoco he ambicionado jamás ese puesto. A mi lo que me gusta de verdad es el de invitada de tiros largos. En realidad lo que me colmaría es que alguien me llamara de vez en cuando para asistir a un mega estreno de cine y acudir acompañada del brazo (y de todo lo demás, estaría bueno), pues no sé, vamos a poner que de George Clooney, por ejemplo. Ahí me veo yo, bajando del mega coche lustroso del otro mundo que os contaba ayer y pisando con garbo y salero la alfombra roja mientras GC me brinda su punto de apoyo en la palma de su mano abierta con los dedillos un pelín doblados y con la espalda un pelín inclinada (¡Ay! Suspiro). Pero, como todavía no he descubierto muy bien donde hay que apuntarse para que a una la inviten a esto, me voy apañando de momento con los fiestorros de las bodas.

Yo como toda mujer de mi edad con cierta previsión de vida social, incluyo en mi fondo de armario (en el caso del mío es más bien en el abismo) un par de vestiditos de fiesta como para acudir a cualquier sarao Jet de lo más propia y oportuna. Por si acaso el acto requiere una presencia más pía y recatada, como por ejemplo un entierro, cuento con un smoking corte clásico aunque con hechuras femeninas, que me resuelve mucho en lo nocturno, en lo invernal y, por lo negro, en lo difunto. Todo pensadísimo. Lástima que en mi entorno la gente se case tan poco (y tampoco quiero que ahora empiecen a morirse, no, no), que ‘Gen Santa lo que me está costando amortizarlos.

Así que cuando me llegó esta quinta invitación en ciernes, a mi me dió un vuelco al corazón y no me importó lo más mínimo que fuera ni en concepto de bolso ni de riñonera, que a mi se me salieron para fuera las palmas esas que os decía antes. A continuación procedí a desempolvar mis modelitos, pero ¡o dioses del destino! ¡qué sois unos pedorros, más que pedorros!. Resulta que gracias a las hormonas prescritas, que no proscritas por mi médica (esta brutal diferencia de una letra me la ha descubierto mi amiga Teresita una filósofa magistral de la vida, escritora de talento con un sentido del humor hilarante. Nena, voy a crear la plataforma “QTPY” (Que Te Publiquen Ya)). Decía antes de dispersarme imprescindiblemente, que gracias a estas hormonas, hemos conseguido lo que yo no había conseguido nunca antes: que me brote un pecho y un culazo que sí, serán espléndidos, (yo creo que este último si fuera más turgente desde luego que pasaba por brasileño) pero que no me caben en ningún sitio.

Yo he intentado ser creativa y he cambiado impresiones con Cosita, que además de creativa es modista, pero ya me ha dicho ella “hija, aunque no te lo creas, en este caso cuesta mucho menos meter que sacar”. Así que tras semanas negando la evidencia, ayer ya tuve que admitir que tenía que invertir de nuevo mi dinero ya invertido en hipoteca y buscar un modelito apto para mi nueva talla.

Esto parece que no viene al caso, pero ya veréis luego como si. Cuando uno no conduce idealiza mucho la idea de conducir, y va creando en su cabeza imágenes de momentos futuros donde la protagonista es una misma y su coche. Mi hermana me contaba que para ella el éxtasis era visualizarse con el mando electrónico del coche, apretando el botón, haciendo pip-pip y entrando ante todo el mundo observante a sentarse en el asiento ante el volante.

Pues para mi, el momento glorioso imaginado, era aquel en el que yo iría con mi Luisi (aunque en el momento imaginativo, yo aun ni la conocía ni tenía nombre) a recoger a mi madre (que no ha conducido nunca y sigue sin hacerlo) allá donde estuviera para irnos las dos juntitas de parranda a cualquier Factory de la faz de Madrid. Para el que no lo sepa los Factory son centros comerciales donde te venden todo Outlet, o lo que es lo mismo fuera de temporada. Todo ropa de firma pero muchísimo más barata de lo habitual. En mis ensoñaciones, las dos nos íbamos solas, sin hombres, sin padre, solo las chicas. Porque mi padre es un santo que no solo no se queja si le toca Factory, si no que hasta es capaz de encontrar divertimento buscando la mejor oferta de calcetines dentro de la tienda Punto Blanco, pero yo sé que esto no es lo frecuente y que además la tienda se le acaba a él mucho antes que a nosotras las ganas de seguir mirando y probandonos ropa.

Pues mentira parece, pero desde que me he sacado el carnet un año largo hace ya, todavía no había encontrado ese hueco de agenda para irnos las dos juntillas en momento Luisi y momento tiendas. Y ayer, con la excusa de la boda y del rematísimo final de rebajas, y de recoger un trocito de la exquisita tarta de ciruelas claudias que ejecuta mi madre, fue el día.

Ayer me agarré mi Luisi y me fui a buscar a mi madre de mis amores para irnos ambas juntas al Village de Las Rozas, que dentro de los Outlet es lo más más, y hasta tiene tiendas de Versace y Carolina Herrera…

El objetivo en mente era encontrar algo apropiado que yo me pudiera poner para el evento sin deslucir mi particular estilo, que fuera espectacular a ser posible a la par que discreto y adecuado, y que me hiciera sentir cómoda como en una segunda piel absolutamente natural en mi. Quedaban por tanto excluidos todos los modelitos tipo baile de graduación de película americana de los años ochenta, y los de hermana u otra familiar próxima de la novia (¡lo de parecer su madre ni me lo planteo!), que no sé por qué, pero nunca quedan de mucho gusto. Vamos, que el objetivo básico era vestirme para el estreno con GC y no para una boda en compañía del I. Otro objetivo igual de básico era el de gastarme lo menos posible, mucho mejor si no llegaba a las tres cifras.

Por tanto la tarea era difícil. Pero nosotras, inasequibles al desaliento y muy bien entrenadas, llegamos a las cinco y media y empezamos a trabajarnos nuestros puntos de mayor interés: cualquier tienda susceptible de tener dentro un vestido no de sport. A las ocho y media me había probado dos modelitos potables, tropocientos indecentes (¡por dios qué risas en Vitorio y Luccino!, ¡qué eufemismo ese de vintage para denominar lo viejo!) y andábamos ya derrengadas, con los pies doloridos: era el momento de decidir, y la decisión fue comprar el más barato que además era el que “más así” me había parecido (y ya sabéis como es algo “más así”: no está mal pero no es lo perfecto). Nos dirigimos a la tienda de Jesús del Pozo.

Pero justo al entrar a mi me abandonaron las fuerzas y me agarré del brazo de la dependienta (¿o me eché sobre sus hombros?) a vaciarle mi alma desesperada llenita de ampollas y a dos segundos de llorar y le expuse que era lo que yo realmente quería: “mire, yo solo quiero ir espectacular sin ser hortera, como Ana Belén” (para que me entendiera, que yo sé que es muy musa de J del P y la viste gratis). Y añadí, que me había probado aquel vestido (señalándole), pero que estaba empezando a considerar que quizá una falda espectacular y ya le acoplaría yo algo… Allí fue mi madre quien perdió fuerzas y presencia y casi se pone no a llorar, porque no es su estilo, pero si a agarrarme de mi larga melena para sacarme de la tienda. Sin embargo la dependienta, pese a estar a punto de cerrar, me miró con ojos tiernos, mentón firme y seguro y empezó a mostrarme faldas y más faldas espectaculares todas y larguísimas, llenas de cancanes y fru frús. Yo casi deliraba y ya me había vuelto la sangre al cuerpo y la color a la cara. Imbuída de aquel frenesí quasi Pretti Woman (y digo quasi porque se percibe una diferencia brutal: donde ella cobra yo no veo un duro y donde ella no paga yo me dejo una lana, ya veis que tontería, y esto sin mencionar a Richard Gere). En fin, que en este despiporre, yo ya no recuerdo si fue ella o fui yo la que sugirió probar una falda a modo de vestido, y dicho y hecho, falda altura pecho palabra de honor (el escote, no mi pecho, aunque también es muy íntegro y fiable) y fular bajo pecho anudado con cuco lacito a modo de corte imperio. Oye, espectacular: la falda de dos tallas más a la mía para que entrara a aquella altura, me quedaba como un vestido largo hasta los pies que por delante apenas dejaba asomar la puntita de mis Converses fucsias y por detrás tenía una pequeña cola que arrastraba apenas, lo justo para imponer dignidad sin que a una la fueran pisando. Yo correteaba por la tienda ya sin clientas, recogiendo los refajillos que crujían e imaginando mis tacones de cristal cual Cenicienta a puntito de perderlos, y para que intentar ser fina: flipaba conmigo misma.

Ni me lo pensé. Pagué el importe y doblamos y redoblamos aquello hasta conseguir meter tanto volumen en una bolsa.

Hoy antes de irme a trabajar he vuelto a deleitarme viéndola colgada en mi armario y todo lo que la encuentro son virtudes: desde las dos tallas más grandes, que van a eternizarla junto a mi y a mis diversos estados corporales, hasta la imposibilidad de encontrarme con el mismo modelito de vestido dentro de la boda. Y finalmente y lo mejor: sus holguras que me estilizan sin impedirme ponerme morada comiendo, sin oprimir y sin marcar ni una tripilla ni un inadecuado volumen, que es el objetivo que tamibén me he propuesto cumplir en esta boda. Ese y el de echarme un millón de risas con Cosita, que también viene a este evento.

P.D.: Mami, que un besito y muchas gracias. La tarta de campanillas, como siempre.

martes, 28 de agosto de 2007

TOMÉMONOS DOS SEGUNDOS PARA HABLARLES A LAS PLANTAS

Yo sé que existe un mundo paralelo al mío propio donde habitan los coches nuevos de colores relucientes que aun llevan las etiquetas colgando y que tienen matrículas con cuatro números delante y tres letras detrás. En ese mundo, los coches no necesitan llave y se abren cuando te acercas a la puerta por obra y magia de un sensor. Se ponen en marcha al pulsar un botón y tienen unos chivatos traseros y delanteros que pitan incrementando su frecuencia conforme uno se aproxima a un obstáculo O. También cuentan con una limitación de velocidad inteligente que hace que cuando el conductor (sea su amo o el chófer de) se excede pisando el acelerador, el solito y paulatinamente sin que apenas se note para no ofender a nadie, reduzca hasta la buena velocidad de crucero, libre de multa y claxon. Con las mismas, al salir del coche, él solito intuye si es o no para no volver en un buen rato y se cierra por fuera y por dentro, quedándose parado con sus retrovisores autoplegados, en posición de firmes y a la espera de nueva orden. Con las mismas pone en marcha los limpia parabrisas cuando llueve y las luces al caer el sol. Sin intervención humana ni divina. Y estoy segura de que dedicándoles el tiempo suficiente, estos coches aprenderían a preparar un té con pastas e incluso nos traerían el desayuno a la cama. Mismamente como la zorra de la Esteban en un futuro próximo.

Pero en el mundo en el que yo vivo, los coches son diferentes (que no digo yo peores) y la chapa reluce menos y llevan algún que otro bollo que les otorga carácter y personalidad. En mi mundo, los coches no son nuevos, y se abren con llave y se vuelven a cerrar con llave o con seguro desde dentro. Cuando no se les cuida con suficiente atención y mimo, nuestros coches se ponen enfermos y tosen y se acatarran o se les agarran unas decimillas de aceite que les deja baldados por algunos días e incluso les puede llevar a la muerte.

En este mundo mío y no en el otro, habitan el Grison, el Vernon y mi Luisi. A mi me gusta conducirlos todos, pero especialmente el Grison, que va muy requetebién. Aunque debo deciros que nos ha salido con mucho carácter y no es que esté demostrando tener mucho aguante. Resulta que este viernes pasado, tras un suspiro, se nos ha cruzado de brazos, nos ha hecho un medio corte de mangas y nos ha dejado tirados en la carretera a Boadilla del Monte. Bueno, realmente no nos ha dejado tirados. A mí no. Le ha dejado tirado exclusivamente al Íntimo y esta es una delicadeza que yo le agradezco sobremanera al Grison.

Yo sé que los coches son coches, y no son ni amigos, ni confidentes, ni familiares. Yo sé que encariñarse con un coche no es nada práctico, que lo práctico es verlos como lo que son y utilizarlos para lo que sirven, que es llevar y traer al portador (igual que un talón). Yo sé que ponerles nombres es una ñoñería, pero ¿que queréis?. Yo a mis coches aunque no sean míos, les tengo mucho cariñito, y me da a mi por creer que a ellos les pasa como a las plantas: les gusta escuchar cuando les hablas. Hasta ahora ningún miembro del género vegetal (incluyendo los comas profundos) ha respondido a su propietario regante con el Discurso del Método, pero oye, el padre Mundina y mi exsuegra se comunicaban hasta por los codos con sus propiedades vegetales, y éstas estaban hechas un primor. Pues más o menos a mi me pasa algo así con los coches, todavía no he conseguido que me hablen, pero me devuelven mis atenciones tratándome con mucho amor.


Mi Luisi, por ejemplo, tardamos un poquito en conocernos, pero luego después, jamás me ha dejado tirada, ni con una avería ni con nada. Ni siquiera con esos imponderables que un coche no puede controlar como por ejemplo las heridas en sus extremidades. La única vez que mi pobre Luisi pinchó, tuvo la deferencia de hacerlo en una de esas infrecuentes ocasiones en las que yo cedo su uso a Topí, el canguro de mi hija. Fue a él a quien le tocó ocuparse de cambiar la rueda, de reparar la otra… y a mi nada.

Topí es un pedazo de pan gigante (en sentido lírico y literal) y con un corazón proporcionado, o sea, enorme, pero también es un hombre, práctico y poco sensible al mimo a la chapa. Para él el coche es el coche y ya está. Topí es una de las tres altas torres, junto a la Esteban y a mi misma, que han caído en el curso 2006-2007, cuando los tres, para epate de todo el barrio y nuestros propios entornos, tras años y años de propósitos y fracasos, conseguimos sacarnos el carnet de conducir y conducir incluso. Él lo hace subido a un Ford Fiesta año tropocientos, muy viejo y muy esforzado que le regaló un amigo cuando ya había decidido darlo de baja y llevarlo al reposo de un merecido desguace. A la edad en que otros coches por fin descansan y pasan al retiro, a éste le ha crecido una nueva vida lleno de Topí y de su mujer (de talla muy proporcionada a la de su hombre). Cuando ambos están dentro del coche uno les mira y piensa que están metidos en un bache y si les miras de frente no consigues ver la luneta trasera. Además al coche le han impuesto una sillita infantil y un niño bebé que no ha cumplido aún los dos años, y al que por su tono de piel color miel y su mala leche, los del barrio hemos decidido apodarle cariñosamente “Hamilton” (y también, para qué negarlo, por el nada desestimable hecho de que a su padre le toca las narices muy mucho). Pero el coche es cumplidor, y les lleva y les trae incluso de vacaciones en Levante, y también a las dos niñas de la Calcuta, que como ya os he contado, ha estado de mudanza.

Topí es hombre y práctico como os decía, y no mima ni anima a su coche, ni habla con él exhortándole con frases tipo: “tú puedes campeón” (que es lo que yo les digo a los míos en la cuesta y aceleres). En consecuencia su coche se desgana: solo en estas vacaciones se le ha roto la cerradura del maletero y se le ha pinchado una rueda. La cosa no habría ido a más si no hubiera sido por la sobrecarga en el vehículo, si Topí no hubiera ido despistado compaginando como podía las atenciones a la carretera y a su tropa , y si no hubiera circulado zumbando a 160 km/h, que francamente aun no sé como ha podido el cochecito. El caso es que se produjo el pinchazo, y Topí no se dio cuenta. Reventó la cubierta, y Topí no se dio cuenta. Se deshizo el neumático en diversos látigos y Topí no se dio cuenta. Los latigazos se cargaron la yanta, un piloto, parte del parachoques y un no-se-qué, que no puedo transcribir porque hasta ayer no lo había oído mencionar en mi vida. Y Topí no se dio cuenta hasta que llegó al barrio. Yo le comenté que eso le pasa por llevar a Hamilton dentro (me entenderán los que hayan visto la carrera de Turquía), pero me ha puesto cara de “hoy no hay clima” y no he querido insistir.

Y es lo que yo os digo. A veces hace más una mano izquierda con cariño que una derecha con la herramienta. Algo que va sabiendo el Íntimo. Porque aquí viene otro ejemplo: el Vernon.

A mi el Vernon jamás me ha fallado ni me ha dejado tirada. Es cierto que una vez olvidé cerrar bien la puerta del maletero y le tuve toda la noche con la luz encendida. ¿Y qué hizo él? pues vaciar la batería. Aun así, como sabía que yo lo había hecho sin querer, pese a que el coche estuviera cerrado por dentro en la parte habitáculo de pasajeros con el cierre electrónico centralizado por el cuarto de vuelta en la puerta delantera, y a que ni siquiera podía acceder al interior para abrir el capó y enganchar las pinzas para alimentar de nuevo la batería, y pese a los fracasos de mis intentos de entrar en el coche de cualquiera de las maneras, incluyendo el método de la percha que conoce mi prima Mariví. Pese a todo eso, yo conseguí volver de vacaciones subida al Vernon y en fecha prevista sin pasar siquiera por el taller ni llamar al seguro. (Ya sé que las cosas que me pasan a mi no suelen ser frecuentes, pero he aquí un consejo de máxima utilidad para la gente con vida pintoresca: se puede alimentar la batería desde cualquier lucecilla del coche incluyendo la del maletero: pinza + en borna +, pinza – en borna –).

Sin embargo el íntimo no puede decir lo mismo. El íntimo puede llegar a hablar muchísimo, bien largo y bien extendido, pero a este hombre los mimos verbales (no confundir con los orales) se le caen siempre en negativo con un no bien rotundo por delante. Así que imaginad lo que le ha tenido que escuchar este pobre coche ¡ay, ay! ¡qué estrés mi pobrecito!. Visualizo ahora lo que tuvo que sufrir cuando me le cedió para irse a la África más profunda, el pobre coche sin pegar ojo toda la noche pensando en que al día siguiente y durante un largo mes le iba a conducirle, yo, la agresora de recoletas iglesias románicas… aguantó como pudo. Posiblemente por eso, y por la tensión acumulada, en cuanto el Inti volvió a poner su culo en el asiento del conductor, el Vernon se desinfló y encendió todos los pilotitos del salpicadero. Empezando por el del aceite que estaba todo retorrado.

¿Y qué hizo el Inti? ¿le dio las gracias por los servicios prestados?, ¿le compró una fruslería para el retrovisor de dentro ni para el salpicadero? (como yo, que en estas últimas vacaciones le compré un perrito de los que mueven la cabeza en los Seat Panda), no, señores no. Nada de nada. Y el Vernon, que es muy sentido empezó a defenderse como pudo: dejándole sin frenos un par de veces en la eme cuarenta. Reposando tres meses en el taller mientras le cambiaban el ordenador del ABS... Y vengarse costándole un dineral, pero esta ha sido la cuestión personal.

Y veis, yo jamás he tenido ninguno de esos problemillas.

Ahora llega el Grison, y yo le cojo, le traigo, le llevo, le muevo, le paseo y digo a todo el que me quiera oir lo bien que funciona este coche. Y no nos engañemos, cuando yo le llevo, al coche se le ve contento. Pero este coche no es el Vernon, este nos ha salido con un carácter que me da a mi que no se va a llevar pero que nada bien con el Inti. Cuando la semana pasada lo puso en marcha (y debía ser la cuarta vez que lo hacía) para irse a trabajar (su moto, la fucsia estaba en el taller en lo que él llama mantenimiento, pero vaya usted a saber de qué manera la habrá ofendido) ya empezó el Grison a rezongar encendiendo una lucecita con forma de motor ni más ni menos. El Inti lo comentó en casa sin mostrar demasiada preocupación ni deferencia por la enfermedad de su utilitario y ¿qué es lo que ha hecho éste mismo resentido?. Dejarle tirado un viernes por la tarde en la carretera de Boadilla del Monte.

Así andaba yo en ese momento, preparando unas sopitas de ajo para capear el finde con el estómago entonado y lleno, cuando sonó el teléfono:

(El Inti): - “Hola, ¿qué hacías?”
(Yo): - “Uy, no me hagas contártelo…” – (es que él dice que en el fondo y cuando me encuentro en mi intimidad más íntima, yo disfruto siendo una maruja y no me apetecía argumentar dándole la razón).
(El Inti): - “Ya, pero ¿te aburres?”
(Yo): - “Yo no me aburro casi nunca”
(El Inti): - “Bueno, pero ¿tienes planes?” – (empiezo a darme cuenta lo buenos clientes que somos para cualquier compañía de teléfonos).
(Yo): - “¡Uy!” – emocionada, imaginando un excitante plan nada más arrancar el finde – “¿qué propones?”
(El Inti): - “que si vienes a buscarme a un taller en la calle Virgen de Lluc, que el Grison me ha dejado tirado”
(Yo): - “Vale cojo la Luisi y voy”
(El Inti): - “No, coge el Vernon que en la Luisi no quepo y además, me pican las plumas rosas” – (ya empezamos ofendiendo…)

Así que por el momento nos hemos quedado sin Grison y de nuevo el Vernon ha vuelto al ataque recogiendo el testigo, y demostrando que él será más feo y más viejo, pero mucho más leal. (Nota personal: Cosita, vamos a tener que posponer nuestros planes. Por cierto reina: qué atracón de pollo cocinado en todas las formas posibles, es que ahora veo uno en el Carrefour y me no te digo de que me dan ganas, pero lo puedes imaginar).
Eso sí el Inti ahora conduce callado y cuando cierra la puerta lo hace, yo lo noto, con mucha más suavidad que antes. Estoy segura de que de aquí a nada, y cuando nadie le vea, empezará a hablarle como a una planta.

miércoles, 22 de agosto de 2007

LA ESTEBAN Y SUS ESPECIES

Yo de mayor quería ser escritora, pero no de las de Internet, no, yo de las de Premio Planeta para arriba. Lo que pasa es que la vida es muy caprichosa y la mía además se empeña en plantarme ante todo tipo de retos que me distraen de la obra cumbre. Así mientras yo tenía previsto hablaros hoy del sentido etéreo de la vida y la transcendencia del ser sobre el estar (o cualquier otra fruslería por el estilo, vaya), me veo obligada a dedicar este post, a mi querida amiga y convecina, la inigualable, la sin par Esteban, o mejor dicho, a hablaros de:

LA ZORRA DE LA ESTEBAN

Y no, no es que yo quiera insultarla ni dar aquí pábulo a sus aficiones horizontales. Para nada, que ella tiene vida formal y casta de mujer casada y madre de jornada completa. Ella es leona y gladiadora del hogar, y eso la deja muy poco tiempo para ejercer otros nobles artes. Os explico.

El verano se va acabando y con ello las vacaciones de mis convecinos y sin embargo amigos de esta la República Independiente del Barrio en el que vivo. Así el lunes la plazoleta ya contaba con la presencia del Blas más Blas, que ha regresado de un Rave en Almería que le ha durado mes y medio. Y ayer mismo, altura media mañana sonó mi teléfono oficinero y me encontré ni más ni menos que con la voz de la mitica Esteban inquiriendo al otro lado:

(La Esteban): - “Oye Irma, que si tú que dominas Internet conoces alguna página web donde me puedan decir como domesticar una zorra”

(Yo): - “¿Pero qué ha hecho ahora el Melendi2?. No sé nena, si estás pensando empezar a currar a estas altura de tu vida, yo creo que podrías empezar pensando primero en otras opciones. Además, yo creo que más que domesticar, como mucho consigues que te hagan precio…

(La Esteban): - “Que no imbécil, que es que mi suegro y yo hemos adoptado una zorrita pequeña y gris más mona, pero se pasa todo el día gruñendo y atacando… que, mira, el Melendi no vuelve hasta las siete, bajo a las tres y te lo cuento”.

A las tres suena el teléfono oficinero mostrando el número de móvil de La Esteban.

(La Esteban): - “Que si jarrita o bote, que ya estoy en el bar”
(Yo): - “Clarita, que me estoy recuperando del finde”

Y bajé al bar a abrir mi consultorio de barra altura taburete frente a bandeja de patatas bravas.

La cuestión es la que sigue: el padre del Melendi2 (también conocido como el suegro de La Esteban o El Indio) tiene una profesión muy liberal y una mente absolutamente hippy. A sus tentaytantos años donde le veis, en llegando la fiesta patronal y el evento cultural, se recoge su melena cana en una larga coleta, se enfunda en sus mallas ajustadas y sus capas siglo décimo y se larga al mercadillo medieval a vender su arte en forma de bisutería y achiperris varios. De mercadillo en mercadillo y de feria en feria como el titiritero, el padre el Melendi2 y suegro de La Esteban va coincidiendo con todos sus colegas, con los que a fuerza de compartir época va trabando confianzas y amistades. Así este año está plantando su puesto al lado del de un artesano peletero que vende accesorios realizados con colas y pieles de zorros.

La Esteban que tiene un perro y dos niñas, una de ella de corta edad, y mucho tiempo pero ninguna gana de quedarse dentro de casa, se apunta a cualquier bombardeo. En cuanto el Melendi2 libra y surge feria, ella sugiere:

(La Esteban): -“Nene, que estoy pensando que podíamos ir con las niñas a ver a tus padres, que hace días que no disfrutan de sus nietas.”

Y claro, el Melendi2 no puede decir que no. Allí en ese mercadillo La Esteban se siente una reina, porque ella tiene todo un talento para la venta en puesto. Y para la compra. Y una caridad humana para con los bichos que no la cabe en el cuerpo.

El Melendi2 como ha podido ha puesto cierto orden en el zoo que es la casa donde viven y ahora cuentan con vacantes para cubrir plazas de animal doméstico o exótico, pero cuando llegó a ella, a parte de a La Esteban y a su hija mayor, vino a encontrar: un Pastor Alemán, un Schnauzer mediano, un azul ruso (gato) y un gato callejero. Una iguana, varios peces y mil canarios. Con la inestimable ayuda del Topi, canguro de mi hija y bonachón oso de tres cuerpos de armario de alto por cinco de ancho, los gatos encontraron mejor alojamiento en mejor vida. Por mediación del Melendi2 que es pequeñito de aspecto pero un pedazo fiera por fuera con un carácter que válgame dios, el Pastor Alemán huyo a otro hogar o gasolinera, para no volver jamás, aunque como el Melendi2 además de muy fiero por fuera también es muy cachito de pan por dentro, no pudo con la pena de ver a su churri deshecha y compungida y le compró otro Pastor Alemán mejor, aunque como dice La Esteban:

(La Esteban): - “Si, si, mejor, pero monórquido” (que para quien no lo sepa significa que no tiene dos testículos, sino que solo le ha bajado un huevo al animalito).

El Schnauzer mediano, que era precioso pero insoportable pilló una enfermedad incompatible con la infancia y fue desterrado a la finca de los suegros de la Esteban, padres del Melendi2, donde el padre tiene su terrenillo para sus expansiones y mucho hueco desde que se deshicieran de la Luisi que dormía allí hasta que yo la adopté.

De la Iguana se encargó toda la familia a coro: todos juntos la mataron y ella sola se murió. No sabemos si de vieja o de estrés cuando nació Lulú, el bicho pasó a mejor vida. Los peces van sobreviviendo con bajas que inmediatamente se reemplazan. Los pájaros no, los pájaros se mantienen cantarines y ponedores, y además La Esteban los mima con primor, que hasta se les ha llevado de vacaciones a la playa de Bolonia en Cádiz dentro de la furgona familiar.

Pero claro, en los cuatro años o por ahí que lleva el Melendi2 habitando ese zoo el número de fieras se ha reducido de cinco y muchos pequeños accesorios, al perro y él, y eso para La Esteban es una carencia de las gordas, rayando la tragedia.

Así que pegando hebra con el vecino de puesto en la Feria Medieval, La Esteban se enteró de que cuando no vende pieles, las cría y ahí fue cuando ella vió la luz y se le salió para fuera la Noé que lleva dentro. Agarró al suegro por banda y comenzó la conspiración:

(La Esteban): - “Indio, necesito tu apoyo porque al Melendi2 le puede dar algo y a tu mujer ni te cuento, pero que estoy pensando que nos podríamos llevar a casa un zorrito salvándole de una muerte segura y un futuro de bolso de pelo vuelto, con la ilusión que le haría a Lulú. Primero te quedas tú con él en la finca mientras yo voy ablandando al Melendi2, y cuando tenga el terreno preparado tú dices que es incompatible con la casa y con mi suegra, y yo te juro que me lo traigo a casa. Las niñas ya estarán encariñadas, el animalito dócil y el Melendi2 ya sabes que grita mucho, pero nos queremos tanto que no sabrá decirme que no”.

El suegro de La Esteban que es igual de hortera y exótico que ella, lo visualizó: su casita, su terrenín, su corralillo… y por todo allí correteando, un zorrito rojo de la tierra. Lo vió e ipso facto comenzó la negociación con su colega. El viaje de vuelta lo hicieron todos callados en medio de un ambiente que se podía cortar con una motosierra, y con una jaula enorme de gallinas que guardaba dentro una bola de pelo gris (que resultó ser hembra) y que gruñía como si fuera el perro Grim de Harry Potter.

Ahora no se atreven a sacarlo de la jaula. La Esteban hizo un intento y le mordió la mano, la suegra ha puesto el grito en el cielo, diciendo que ha aguantado de todo, que hasta ahora no se ha divorciado, porque mira, más cornás da el hambre, pero que como se les ocurra meter una zorra en casa, vamos que si se va. Y el Melendi2 ya ha dicho que churri, a mi ni me mires que yo contigo ya tengo bastante.

Y en esas estamos, intentando domesticar al animalito vía virtual, para que tenga alguna gracia reconocida y vaya ganando su huequito en el hogar donde cohabita el Melendi2.

Ahora, que no se me ocurre mejor manera de terminar este post que con las propias palabras de La Esteban:

(La Esteban): - “Tía quien me lo iba a decir, pero es que de repente me han entrado unas ganas de ir al pueblo de mis suegros…si al final lo que no ha conseguido mi suegra, lo va a conseguir la zorra de mi suegra”.

Y dicho esto nos despedimos, yo camino de mi siesta y de mi casa y ella del Carrefour para comprar el collar, la correa y todo el kit necesario en rosa para hacer de su animalito una Barbie zorrita.

Pues eso.

jueves, 16 de agosto de 2007

¡QUE MALA ES LA DISLEXIA CUANDO UNA TIENE PRISA!

El inti tiene un amigo del alma que es el Pin de su Pon. Un amigo único con quien cohabitó y vivió únicas experiencias (heterosexuales todas, quede dicho) durante meses allá por las antípodas, cuando a los dos y de un día para otro les dió un arrebato de "que me largo y que le den dos duros al mundo", y ¡vaya si se largaron los dos con dos duros menos!. Este gran amigo del alma, vive en una casa estupenda con piscina y con vistas al lago Manzanares y a la sierra de Cercedilla. Aprovechando que la semana pasada contaba con prefiesta y fiesta de la Virgen Despaña (quince de agosto), el Inti y él se habían marchado improvisando una cuchipandi por Valladolid, ciudad de origen de Pin, y yo me había quedado en los madriles más sola que la una porque es bien sabido que Madrid en agosto está todito todo cerrado por vacaciones de sus habitantes que se esfuman para invadir el resto Despaña. Como estaría la cosa de deshabitada que llamé a mi amiga la Calcuta para ofrecerme como pinche en la mudanza de su casa (¡en un festivo impar a media semana!), pero ni siquiera ella estaba operativa.

Así que ese día festivo y sin otros grandes planes en vistas, yo lo comencé permitiendome el lujo de perezosear en casa y en mi cama, una actividad no muy trepidante a la que estoy cogiendo muchísimo gusto utlimamente, sobre todo desde que me pego estos madrugones para venir a trabajar con la jornada intensiva de verano. Pero hete aquí que mi querida (y nunca tan anhelada) Cristina está de vacaciones invadiendo también ella Laspaña y por eso ha dejado de venir a asear mi casa sacando todos los pelusos y lo que no son pelusos de debajo de mi cama hasta dejarlo todo como “si fuera un altarcito” y tomarnos juntas de paso y con la excusa, una coca cola bien reída y conversada. Yo tan escrupulosa no soy, la verdad, ya me conformo con que no parezca un corral y lo cierto es que últimamente empezaba a no ser fácil lo de encontrar las siete diferencias. Así que tras siestear hasta las once de la mañana dando vueltas en la cama, reuní el valor suficiente y me auto eché fuera de ella, agarré los útiles de aseo y me imbuí en la tarea esa que siempre pospongo de dejar mi habitat eventual como una patena.

En esas andaba yo altura catorce horas, en camisón y chancleta, con el pelo recogido en pañuelo y apaño-moño, entonando a voz en grito a la Piquer (me estimula mucho en esta tarea, ella y el mítico Raphael) deteniendome de vez en cuando para un sentido solo de fregona, cuando sonó el teléfono con la voz del íntimo al otro lado:

(El Inti): - "Oye que ya hemos regresado, que si te vienes a casa de Pin a comer y hacer un día de piscina", y sin que terminara de hablar, a mi ya se me había caido la bayeta como si diera alergia. Respondí, "ya estoy saliendo" y "yo llevo las brochetas que tengo como quince kilos congeladas" (en mi familia sentimos pánico a la nevera vacía).

Pero no era cierto, claro, porque para poder estar saliendo aun tenía que rematar un poco lo estaba limpiando, como mínimo recoger lo barrido, y luego tenía que destender una colada, tender otra colada y poner aun otra colada más (empiezo a creer que estoy obsesionada con mi lavadora). Y después debía asearme a mi misma y quitarme ese look mucama y todo el polvo que había levantado de mi suelo para quedárseme pegada a mi misma, que soy como un paño atrapa polvo (ejem, sin coñas marineras). Al final lo del "ya estoy saliendo" me llevó hora y media más. A eso de las tres y poco el inti volvía a llamar preguntando que donde estaba. "Saliendo de casa", mentí yo descaradamente. Y añadí, "anda, dime como se llega que ya lo apunto".

Él tiene talento para las explicaciones, luego se desorienta con facilidad, pero indicar indica muy bien:

(El Inti) - “Coges la eme 40 dirección aeropuerto y vas siguiendo los carteles con dirección a Colmenar Viejo que es la ene 607. Sigues siempre esa dirección, y cuando pasas Colmenar empiezas a seguir las indicaciones de Soto del Real. Pronto empezarás a ver las que te llevan a Manzanares del Real. - (que era mi destino) - Una vez en Manzanares sigues dirección patatín y te metes por la calle patatán - (no daremos más indicaciones por respeto a la intimidad de Pin, y porque su casa está muy bien situada pero no es muy grande y todo puede ser que con esta discreción tan detallada que yo me gasto, se le empiece a llenar la casa los fines de semana de blogosferos y dejemos de caber nosotros).

Yo, que siempre he sido muy buena con los apuntes, lo apunté todo tal cual y sin dejarme ni un suspiro transcrito como coma.

Al poco ratito ya había salido de casa y enfilaba con el Grison la eme 40 dirección Colmenar Viejo, nombre que no viene en ningún cartel hasta que no estás casi llegando, pero como yo tengo una memoria privilegiada, recordaba la numeración 607 de la ene (como el Peugeot) y eso si que viene en todos los carteles y recuadrado en naranja. Todo era perfecto: la carretera casi vacía, el Grison acelerando y cogiendo las curvas suaves, sin revolucionarse ni un poquito ni hacer como que se va pa'lla (algo que si hacía el Vernon, que más que holgura de dirección tenía cuatro tallas de sobra), las brochetas se desconjelaban en el maletero según previsto, y la música toda a mi gusto tronaba en el MP3, a la vez yo leía toditos todos los carteles sin que se me escapara ni uno y el aire entraba por la ventanilla bajada secando mi cabello recién duchado mientras el solito calentaba mi brazo izquierdo apoyado como si fuera una profesional del motor. Estaba contenta y además tenía un presentimiento que henchía mi ego y me decía que, esta vez si, iba a llegar en un plis, yo solita y sin perderme (je, je).

En seguida se me echó encima el desvío a Colmenar Viejo y yo lo esquivé muy habilmente, consciente de que ese no era mi camino, no: yo debía esperar al cartelón que anunciara la dirección a Hoyo de Manzanares. Y este también llegó muy rapidito, anúnciando primero el desvío a 1000 metros, luego a 750 metros y finalmente a 500 metros. Yo puse mi intermitente y luego reduje primero a cuarta, luego a tercera... y ahí que me adentré en Colmenar mismo siguiendo rotonda tras rotonda sin perder ni una sola vez la dirección Hoyo de Manzanares. Estaba pletórica saboreando mi éxito, gracias a esa mi privilegiada memoria tantas otras veces despistada. En saliendo de Colmenar y enfilando otra ene cuya numeración no recuerdo, pero que me suena a 618, me saltó un chip tardío que debía estar echándose la siesta, y pensé “Hoyo de Manzanares, Hoyo de Manzanares... Irma, ¿tú estás segura de que era Hoyo de Manzanares?” y ¡zas!, tras un vistacillo de reojo al cuaderno de apuntes que reposaba sobre el asiento de copiloto, abierto por la página "Cómo No Perderse", se hizo la luz: “¡ERA SOTO DEL REAL!”. Un poco apurada y cayéndoseme los mecágüenes a borbotones, aparqué malamente en un huequillo de aquella carretera, le pusé al Grison a guiñar todos los ojos, y llamé al Inti:

(Yo): - “Inti que por una de esas cosas inexplicables que pasan, estoy llegando a Hoyo de Manzanares ¿Cómo hago para llegar desde allí a Manzanares del Real?”

El Inti, preparado para esta llamada y otras quince como ella, sin alterarse ni un pelo me respondió

(El Inti) - “Dando la vuelta”.

Apesadumbrada y cabreada como una mona, colgué el teléfono y di la vuelta, dispuesta a retomar la ene 607, que curiosamente sigue dos direcciones: una que lleva a la sierra y otra que vuelve a Madrid. Esta última es la que yo tomé, naturalmente. Llevaba ya un ratito entregada a mi conducción cuando me percaté de que era un poco sospechoso que las torres del Real Madrid cada vez se vieran más cerca y delante, en lugar de más lejos y detrás de mi. Se me cayeron otro par más de mecágüenes, y me dispuse a tomar el cambio de sentido en Tres Cantos. Os cuento que tras mi experiencia en este pueblo, pienso investigar si el alcalde de Tres Cantos es pariente próximo de nuestro Gallardoncíííííísimo, porque al igual que su primo, tiene obsesión por cubrir y cortar todo lo imprescindible con muy inoportunas obras. No sé ni como me ví en el centro del pueblo dando vueltas y más vueltas sin encontrar ningún cartel interesante ni conseguir llegar a ningún otro lado que no fuera la Avenida de La Industria. Cuando ya estaba a punto de vomitar por el mareo paré en una gasolinera, sin cerrar el coche, ni subir las ventanillas, ni coger siquiera el bolso, corrí al mostrador a preguntar a una Tricantina del Cono Sur de América como volver a la ene 607 especificando "dirección Colmenar Viejo". La Tricantina, ambilísima, me indicó como y yo volví a encontrarme dentro del coche ante otra incorporación cortada por otras obras. Tras otro par de mecágüenes más y cienes y cienes de vueltas acabando siempre en la Avenida de la Industria, llamé al Inti para decirle que fueran comiendo el primero, que no me esperaran, porque yo llegaría en breve con las brochetas practicamente cocinadas. Eran las cuatro y media. Paré en otra gasolinera donde otro Tricantino también natural del Cono Sur de América, y también ambilísimo, me indicó otro camino para salir a la ene 607 y esta vez ¡oh milagro! no estaba cortado por obras.

Pero yo ya estaba herida en mi orgullo propio (y también de bastante mal yogourt). Enfilé dirección Colmenar Viejo haciendo caso omiso de las limitaciones de velocidad impuestas en una carretera sin más vehículos que el mío y otro de la Guardia Civil de Tráfico que encontré circulando pachón y sereno por el carril de la derecha. Tal y como procede yo les revasé vista y no vista por mi carril de la izquierda.

Al poco se me avalanzó de nuevo la dichosa salida esa de Hoyo de Manzanares y yo la ignoré haciéndola una pedorreta. Un kilómetro más allá me encontré la salida hacia Soto del Real. Y esto también es mala leche, porque si hubieran puesto esta salida la primera, yo nunca me habría confundido: Hoyo y Soto se parecen (dos sílabas, las dos con "O") y Manzanares no se parece en nada a Real, claro, salvo cuando vas a Manzanares del Real. (Esto no es nada, yo soy un hacha con las asociaciones ilícitas de ideas: una vez pedí en un bar un vino tinto Ribera del Duero de marca Torrespaña, en lugar de Prado Rey, que era el nombre bueno. Creo que todavía se está riendo el barman).

Pues nada, que ahí seguí yo cual Carlos Sainz que hubiera conseguido arrancar el coche y ahora sí y en un plis encontré el pueblo, la calle y la casa, y volví a llamar esta vez notificando que las brochetas y yo ya habíamos llegado. El Inti, su amigo y la novia de este (aunque ella menos, que es bien maja y estaba impresionada con que yo hubiera encontrado la casa a la primera) no podían con el recochineo, pero cuando blandí amenazadoramente las brochetas chorreantes, consideraron mucho más interesante dejarme en paz y comenzar a cocinarlas, que al fin y al cabo ya eran las cinco de la tarde y yo estaba manchando el suelo…

Ahora estoy acojonada pensando en lo cara que me va a costar a mi esa comida de media tarde, porque me cagüen la leche la de multas que le van a llegar al inti por culpa de mi dislexia.

Eso sí, y con permiso del Vernon, el Grison un campeón. ¡Como me gusta este coche!.

P.D.: Cuelgo este post a traición y sibilinamente a unas horillas escasas de retomar el Grison e irme en busca de Cosita que también tiene acceso a los hoteles gratis que tienen de todo gracias a su alianza íntima con CQPP (Cosita Que Pierde Perros). Nos vamos las dos de finde gorrón a las fiestas de no sé qué pueblo de no sé dónde (pero no pasa nada porque llevo mapa del MOPU). Así que cosita, reina:
cuando leas este post ya estarás de vuelta y tú y yo habremos encontrado el pueblo a la primera, habremos llegado a hora prudente y no se habrán terminado todavía las fiestas. Y si no es así, siempres puedes dejarme tu reclamación pública a la vuelta en forma de comentario.

Besitos a todos y buen fin de semana. Especialmente a Luís: espero que no te toque ejercer de pigmalión automovilístico.

ANCHA ES CASTILLA Y NO ME CABE ENTRE LOS BRAZOS

Mi amiga Olgui está haciendo el camino de Santiago a plazos, en etapas y veranos distintos. Ahora se está planteando andar desde León hasta la Compostela, porque lo anterior lo tiene caminado de hace algunos años. Comentando sus planes, yo evocaba un viaje reciente por aquella zona, y le conté mis impresiones, convencida de que es una parte del camino preciosa, llena de paisajes que sobrecogen y de pueblitos con historias que beben un poco de esa magia gallega vecina que nadie ha visto aunque haberla la halla. Ella estaba de acuerdo conmigo, y cree que las partes más bonitas del camino son la de Roncesvalles y la llegada a Galicia. Y añadía, “no como Castilla, ese secarral plano, lleno de días de treinta kilómetros bajo el sol de torrarse, viendo paja cortada seca y nada más”.

Esto lo cuento y aprovecho para congraciarme con los murcianos. Hace un par de meses escribí un post contando mis días de asueto en la región de Murcia-Qué-Hermosa-Eres, y comentaba que me había parecido un secarral sin encanto. Entonces hubo naturales de Murcia que no estuvieron de acuerdo con mi apreciación y en aquel momento yo expliqué que lo de la belleza y su aprecio es algo bien subjetivo que siempre depende del ojo que mira. Pues he aquí el ejemplo claro:

Yo soy de ese otro secarral plano, lleno de días de treinta kilómetros bajo el sol de torrarse viendo paja cortada. Y eso que a mi amiga Olgui le saturó los pies y el alma hasta hartarle más que muy mucho, a mi todavía me emociona y me conmueve. Yo es que veo una llanura amarilla segada y se me hincha el pecho de viento y sol a la hora de la siesta, de baños en los ríos, y de merendolas de chuletillas en las bodeguitas al caer el sol.

Olgui añadía que no sabe como a Machado los famosos campos de Castilla le dieron como para escribir tanto libro y poema, que a ella le sobró desde el segundo vistazo. Yo no quise sumar más, porque noté que no había mucho clima dispuesto al aprecio del terruño, pero estuve por contarle que además, Miguel Delibes (vallisoletano de pro) opinaba que no se puede entender a las personas sin ver el entorno en el que viven, que el paisanaje siempre está unido a su paisaje hasta resultar casi mimético, y que la gente de castilla es como su tierra: seca, árida y muy dura por fuera aunque luego guarde el calor del verano y el agua de la nieve del invierno muy, muy dentro, bajo la capa quemada o congelada.

Pero Delibes tiene razón. En mi tierra, Castilla La Vieja, no somos muy dados a la efusividad en la demostración de afectos. Se nos dan mejor los cantos regionales. En mi familia todos somos Castellanos Viejos, pero por parte de madre yo creo que tenemos raigambre judía, porque desde los ancestros que podemos recordar encontramos el gen itinerante, desde los tatarabuelos carreteros, pasando por los bisabuelos errantes que no tuvieron dos hijas en la misma ciudad y por mi abuelo que recorrió toda España tendiendo la línea telefónica. Así hasta mi propia familia de padre, madre, hermana y yo misma, que hemos cambiado de ciudad más de cinco veces, esto todos juntos o por cuenta ajena. Donde otros nacen, crecen, se reproducen y quedan hasta morir, nosotros tenemos un baúl de la Piquer lleno de pegatinas de muchos lugares, cuajadito de recuerdos, nombres de calles y números de portales y de teléfonos con prefijos diferentes. Así que sí somos muy castellanos, pero también muy mediterráneos, y muy vascos y muy andaluces, y madrileños, y catalanes… Supongo que si investigáramos encontraríamos un ancestro gallego de culo inquieto (¡por dios, que no sea Fraga!).

Pues este fin de semana pasada estuve yo empapándome de mi Castilla querida, visitando el pueblito donde nació mi padre, por donde los judíos pasaron un poquito y de visita. Para mi hija y para mí este lugar es como un parque temático, en el que ella se mueve sin vigilancia de adulto de casa en casa, de corral en corral, donde cada gallina, pollito, paloma, conejo y hasta ratón de campo o infame topillo la conoce y la teme. Dispone de toneladas de tierra bien distribuida por cualquier parte para hacer comiditas, y ensuciarse hasta el cogotillo, un divertimento que cualquier niño del mundo disfruta infinitamente más que la última versión de una video consola. Y yo me solazo a solas o con ella (dependiendo de sus planes y agenda) en merendolas, conversaciones a la fresca y paseíllos por el campo y el río, con la compañía de los familiares y amigos que siempre nos reciben alegrándose de vernos. Un gustazo para mis ojos, mi corazón y mis pies de madrileña adoptada.

Llegar a este pueblo de la Castilla que entronca directamente con el Cid y sus parientes, siempre arrastra una ceremonia de besos y saludos que a mi se me antoja bastante divertida por lo pintoresca que resulta, pero que estoy segura que a cualquier otro ajeno le dejaría desconcertado.

Es aparcar el coche (Grison), desembarcar mi retoño y yo misma y dirigirnos tres pasos más allá hasta donde mis familiares y otros parientes toman el vermutillo y los aperitivos resguardados en la sombra que les proporciona la casa de Isidora. Comienza la ceremonia del beso:

- Hombre Uno: “no, no a mi no me plantes besos que esas cosas no me gustan”.

Lo resuelvo ofreciéndole muy pomposa mi mano derecha y en eso se queda el saludo. Los otros hombres, animados por la ruptura de hielo del de más edad, se apuntan “a mi tampoco, a mi tampoco…”: así que más manos pomposas con mis risillas por dentro. Las mujeres somos distintas, y aceptamos los besos con más gusto, aunque mi tía siempre da un respingo cuando me siento a su lado y le toco el hombro para llamar su atención y comenzar la conversación. Decididamente los castellanos como concepto no somos gente de contacto físico.

Pero yo que tengo todos los genes de la sensibilidad y el sentimiento, si soy cariñosa y abrazona. A mi me encantan los besillos, los abrazos y los mimos, todo lo que no se me cae fácilmente de palabra, se me cae de gesto. A mi niña le doy unos achuchones que parecen tornados (en uno reciente tiramos un par de vasos y el plato de panchitos de una mesa), y los saludos a mi hermana y otras amigas a las que veo tras tiempo de ausencia, exceden el roce en las mejillas y se eternizan en baterías de sonoros besotes de abuela y abrazos de osa. Pero aprecio que esta inclinación de la familia mía no es algo que se estile demasiado en los tiempos que corren.

Yo últimamente ando dando vueltas a la cabeza con posibles negocios que me saquen de asalariada y pobre (esto último es obra y gracia de mi hipoteca, como ya os he contado abundantemente), y reflexioné sobre el tema de los abrazos. En Madrid, zona Preciados y Puerta del Sol, algunos sábados se puede encontrar a gente con cartelones anunciando “SE DAN ABRAZOS GRATIS”, y yo alguna vez he hecho uso del servicio porque me parece divertido, y me encanta que haya gente por el mundo con ese sentido del humor.

Pensando, pensando he estado echando cuentas: Una mujer de treinta y tantos años, (como yo misma), con vida liadísima, (como yo misma), viviendo sola (como yo misma) sin un íntimo próximo (lo cual tampoco garantiza siempre el abrazo, que les hay muy parcos para estas cosas) y con cierto apuro para reclamar abrazos (ese no es mi caso porque a mi no me importa nada ser un poco plasta), ¿con cuantos abrazos se encuentra a lo largo del año? Y digo abrazos de esos de los sentidos de verdad, no de los de saludo ceremonioso. Veamos: Navidades, Año Nuevo, tal vez cumpleaños y/o enhorabuena/desgracia notable. Vamos un erial.

Y empecé a creer que no era mal negocio el del afecto a domicilio. No estoy hablando de ese otro “afecto” de hotel y apartamento con visa o efectivo, no, señores, estoy hablando del “TELE AMIGA”, de esa que llega a echarse unas risas, a ver una peli de llorar a moco tendido sin racanear lagrimones, de poner a parir al ex traicionero hablando de lo pequeña que la tenía y lo mal que la usaba (esto es un secreto a voces, todas sabemos que es una fase de la ruptura por la que se pasa casi siempre salvo contadísimas excepciones como el de las ex de Nacho Vidal) de contar inquietudes penas, incertidumbres, y arreglarlo con sesiones de “nenas tu vales mucho” y unos abrazos bien hermosos.

Yo creo que la vida se las apaña siempre para irnos soltando momentos de esos de hipersensibilidad y melancolía. Yo misma he tenido días adolescentes en los que mi madre me preguntaba si me había acordado de comprar el pan, y yo con el olvido patente y las manos vacías me ponía a llorar como una magdalena diciendo que no, que se me había olvidado y para cuando conseguía dejar de hipar ya no había quien me consolara.

Pues ya está, es que me parece el negocio del siglo. Todavía estoy investigando en que parte de terruño lo planto, porque haciendo caso a Delibes, la cosa funcionaría allá por el Amazonas, y me da por pensar mucho eso de que lo únicos TELES que de verdad funcionan aquí Enespaña son los TELEPIZZAS y los TELECINCOS. No sé, no sé, yo creo que algo se me está escapando…

P.D.: Como es obvio sigo sin saber como dejar mis propios mensajillos en mi propio blog, así que sigo con la técnica de los post datas.

P.D.1: Cosita reina, que yo creo que si hablamos con el Inti hasta te deja el Vernon, porque está empezando a percatarse de que este coche es muy conocido en éste mi barrio y no hay nadie dispuesto a adoptarlo. Dice que no estaría mal moverlo un poco para lucir el cartelillo. Yo si quieres te voy tramitando las gestiones, y ya tendremos cuidado que Cosita Que Pierde Perros (CQPP) no se entere de estos nuestros movimientos.

P.D.2: Si señor, Luís, lo tuyo si que es de campanillas. Y dime, ¿superaste el infarto?, ¿estresaste a la novel?, ¿te sigue hablando?, ¿y el padre, te habla?. Piensa que podría ser peor: el coche podría haber sido el tuyo, y tú no sabes lo sibilinas que llegan a ser la iglesias románicas y las columnas de garage...
De todos modos, desconfía, los padres somos muy listos... (je, je)

Besitos a todos.