viernes, 20 de octubre de 2006

DEPRESIÓN Y BUENAS AMIGAS

Ayer estaba un poco depre y esto es rarísimo en mi. Vosotros me conocéis desde que tengo carnet, y eso es poquito tiempo, pero mi tendencia natural es la del acelere, eso lo he sabido yo de siempre.

Últimamente he empezado a notar cosillas raras, como palpitaciones y similares, así que fui al médico, y ya sabéis como son estas cosas: un médico te lleva a otro, y este a otro y a otro hasta que por fin te mandan a la ventanilla de citas para que tomen nota de tu nombre y te den fecha con el especialista para dentro unos tropecientos meses. Bueno, pues justo hace unos días cumplía el mes tropecientos y como estrenaba Luisi, pensé ¿qué mejor primer viaje que caminito de un hospital? (es que este coche parece normal por fuera, pero de verdad que por dentro es muy raro).

La especialista me inspeccionó por todos los lados posibles, me preguntó toda mi vida y finalmente llegó a la conclusión de que lo que yo tengo es estrés, no ansiedad ni dolencias más concretas ni con más clase, no: ESTRÉS, que digo yo que si para esto tanto y que cómo me lo curo, que si la receta del balneario la cubre la Seguridad Social.

El caso es que a mi tener palpitaciones no me importa mucho porque pasa dentro y no se vé, pero ayer por la mañana me levanté con un sarpullido estupendo en la cara que no me dejaba ni pestañear sin que me escociera, (esto también es por culpa del estrés), y ya os digo, yo por aquí si que no paso, porque poquito a poco y con tenacidad he ido juntando un pequeño capitalito en cremas para hacer que los yas parezcan aun todavías, no puedo consentir que el estrés venga a arruinar mi esfuerzo de esta manera. Estoy dispuesta hasta a dejar de fumar (seguro que me hacen la ola en el patio del colegio de mi hija) y la Coca Cola si hace falta, lo que sea.

Así que yo que me había previsto esa mañana minifaldera, de repente me sentí sin ánimo y acabé echando mano de un abriguillo de punto reconvertido en vestido con capucha, al que tuve mucho aprecio en temporadas pasadas y que descubrí hace un par de semanas guardando la ropa de verano y sacando la de invierno. Yo ya sé de otras vez que esto no debe hacerse nunca, son tres errores de principiante: el primero es que no hay que dejarse llevar por el estado de ánimo a la baja nunca, pero jamás, jamás en temas de armario (ni para salir de él, hacedme caso). Segundo error: modificar la elección de vestuario en el último momento, porque después ya no queda tiempo material para subsanar el desaguisado y te toca apechugar todo el día con lo que te has puesto, y por último el tercero pero el más gordo: si no te has puesto algo en quince años siempre es por una razón buenísima, que los milagros no existen, son milongas, y menos en un trastero, como mucho sale moho, pero eso no es extraordinario ni en un desván ni en mi nevera.

Resumiendo, que o el abrigo había crecido (¡milagro!) o yo he menguado, que ya no me extrañaría, pero de verdad que casi lo arrastraba, y aquí el ejemplo de lo que os contaba: como ha sido una decisión improvisada tomada a última hora, ya no me daba tiempo a cambiarme de nuevo. Así que con la cara abarrotada de granitos rojos, y esta cosa puesta, con mi depre en alza totalmente falta de espíritu enfilé para el trabajo, previa escala habitual en el colegio. Pues, como dijo el sabio (y podría haber sido el de Hortaleza) sabed que todo lo que es susceptible de empeorar, empeora. De manera totalmente imprevista se me vino a sumar a lo mío, la entrada en ese ciclo de días especiales que toda mujer de mi edad (o aledañas) tenemos en el mes. Esto suele ser siempre una magnífica noticia para mi porque implica que no voy ampliar el índice de natalidad de este país, y al fin y al cabo yo ya he hecho mi propia aportación para mi futura pensión, que he puesto a mi hija en el mundo para que dentro de muchos, pero que muchos años yo pueda cobrarla; pero ¿por dios, por qué tiene que manifestarse en un día así?.

Yo aguanté lo que puede, pero al final, dirigiéndome a mi compañera de trabajo, y os juro que no sé por qué, sin embargo amiga, Cruela inicié un spitch de autoestímulo de esos de: “jo, es que hoy estoy bajilla de moral, es que no sé ni como poner la cara para que no me pique, encima creo que he menguado…” pero para eso está ella, dispuesta a no dejar caer a nadie en la autocompasión, cómo un látigo azotando a los infieles para que el espírtu se eleve, y he aquí su considerada sentencia: “es que no me extraña, como diría mi suegra, hoy te ha vestido tu peor enemiga, esto que llevas tíralo, que ya no tiene ni gracia”. Os aseguro que no me puse a llorar, pues porque pa qué, pero no sería por falta de ánimos. Hay días en los que me encantaría salir de la oficina e irme al Caribe, pero como lo trivial no deja sitio para lo importante, me fui dispuesta a subirme a MI COCHE e ir a toda leche a hacerle el seguro a terceros, que todavía era una cuestión pendiente, aunque yo pensaba que tal y como iba el día, era probable que llegara a la aseguradora con el volante marca Luisi de sombrero (de collar imposible, es tan pequeño que la cabeza no me cabe dentro) diciendo, "que no, que nada, que ya no hace me falta". Eso sí, me acompañó la Cruela.

P.D. Aprovecho para enviar un saludillo a mi madre, fiel lectora y bastante responsable de que yo haya salido un poco marciana: Mami, que te quiero mucho pese a lo que me gusta chincharte!. También a mi padre, que es irrepetible, un santo con un puntillo de mala leche. Y a la Cruela por ser tan burra (¡no cambies nunca!). Y mi enhorabuena a mi querida casi hermana Raquela, (¡nena el algodón no sé pero el tarot no engaña!). Agradecimientos a los que me dejáis comentarios, gracias por tomaros la molestia, me encanta leeros y me suponéis siempre un subidón, salvo alguien con nombre Lur, que viene a poner en alto un pensamiento que yo no quiero ni considerar. (¿A que parece que me han dado un Oscar?).

jueves, 19 de octubre de 2006

CUANTO DAÑO HACEN LOS POSTIZOS: LA LUISI

Sí señores míos, vuelvo a ser conductora con herramienta, y esta vez es mía propia, y yo, cual Scarlet O’Hara, a Dios pongo por testigo de que jamás volveré a ser peatona.

Ayer por fin compré y me dieron mi primer coche mío de verdad y no prestado. Cuando me lo pedí hace cuatro meses, (porque no lo pagué hasta ayer), ni se me ocurrió probarlo, fue verlo y quedarme enamoradita de él. Como explicaros, un coche que tiene todos los extras posibles que os podáis imaginar, blanquito total como si fuera ibicenco. Un coche con once años y el look de ayer mismo. Y con matrícula de Madrid, algo que me hace muchísima ilusión porque yo soy de fuera pero llevo ya tantos años aquí, que me apetece mimetizarme con el ambiente, y además quiero salir a cualquier lado y que me tengan miedo y eso sí que lo hace una matrícula con una M (y si además tiene una L como la mía, ni te cuento).

Yo he comprado muchísimo, especialmente ropa y complementos, pero coches, pues jamás de los jamases, así que enfrenté esta compra de una manera absolutamente técnica, y lo más profesional posible, para que se me notara entendida y no intentaran colocarme un cochecito de feria. Es decir, batiendo palmas y diciendo, “mola, mola, mola, ¿y que tiene?” y lo tenía todo (y más que voy apreciando) pero que yo supiera cuando dije, “vale, me lo quedo“: elevalunas eléctrico, cierre centralizado, alarma, asientos forrados en eskay negro, (con los logos de volkswagen, eso sí), radio con frontal extraíble, cristales tintados y un volante deportivo de marca Luisi (¿la conociáis?) que me dejó anonadada.

Lo que pasa siempre después de dar un paso irremediable: empecé a ver más extras con bastante menos gusto (eso pasa cuando das un paso irremediable y cuando tienes a tu lado a una amiga como mi amiga Cruela que es experta en esto): seguros del coche y lavalunas (este nombre técnico lo conozco de mi autoescuela, pero como para mí fue una sorpresa, os explico que son los dos pivotitos que tienes delante sobre la chapa por donde sale agua para lavar el parabrisas) pues en este coche eran como todos pero muy historiados y en cromado, y el tintado de los cristales es de un color azul eléctrico que asusta. Oh! Dios! Mi amiga Cruela me abrió los ojos: “has comprado un coche tuneado y encima por un hortera“, mi amigo (el íntimo) solo dijo: “qué macarra es“.

Y lo peor es que tienen razón. Pero a mi, al fin y al cabo, eso me hacía hasta gracia, porque a mi me encanta lo pintoresco. Empecé a ver encanto en lo hortera y lo macarra, y claro, mi Luisi (ese volante tiene un nombre irresistible) se lleva un premio. Pero no entendí necesario conducirlo: ciento veinte mil kilómetros en once años está genial, me costaba ochocientos euros, que es lo mismo que le daban con el plan renove al propietario, que para más INRI es un amigo, el más que íntimo de mi amiga Esteban (en realidad no es su nombre, pero Cruela y yo la llamamos Belén Esteban porque tienen el mismo desparpajo y la misma apabullante clase, es igual de madre coraje y tampoco se pierde un sarao si puede evitarlo, ahora quiere que vayamos un día a cenar a un japonés, pero como que no la vemos).

El caso es que como yo tenía el carné recien sacado de esa misma mañana, pues me daba mucha cosilla conducirlo, que no me atrevía, que me parecía a mi que lo iba a romper. ¡Y menos mal que no lo cogí en ese momento! Si lo hubiera hecho me hubiera estampado nada más poner la llave en el contacto. Hoy casi me pasa, y ya llevo un mes conduciendo, ¡si soy una experta!. Mi amigo (el otro, el que es más que íntimo de la Esteban) se ofreció a dejarle como salió del concesionario, por ejemplo cambiándole el volante, pero yo dije “¡no, mi volante Luisi ni se toca!” y así se quedó la cosa.

El asunto es que mi coche (qué gusto me da escribirlo), decía que MI COCHE está tuneado de auténticas chorradas visibles, pero ¡ay dios, lo que no se ve!. Os cuento la experiencia: Me dirijo al coche, pulso el botoncito grande del llavero y se suben los seguros después de hacer “chas-chas” (música para mis oídos). Meto la llave en el contacto, y cuando voy a pisar los pedales veo que los tres están pegaditos, pegaditos, quito el freno de mano, y sin mirar echo mano de la palanca de cambios que no encuentro por ninguna parte: resulta que según me contó luego el más que amigo de la Esteban, mi Luisi tiene un modelo de palanca deportivo. O lo que es lo mismo está serrada, y es muchísimo más corta que lo normal, así que mientras conduces vas tan inclinada que parece que estás intentando coger algo que se te ha caído a un lado del asiento. El asiento. El fantástico asiento forrado en eskay negro (con el logo de Volkswagen eso sí), no transpira. Sacad conclusiones de cómo se me van a quedar las nalgas en la terapia exfoliante.

Pese a todo, respiré hondo y giré el volante para sacarlo a la carretera: no podía con él, ¡no tiene dirección asistida! (como dijo Cruela: “y que esperabas, con los años que tiene, acuérdate de mi Fiat, bla, bla, bla”, pues no señor: “JO, TÍA, QUÉ PUTADA”). Y encima es mucho más pequeño que los demás (pregunta: por qué cuando algo es deportivo es mucho más pequeño, y que no falla: Alonso, Pedrosa... La excepción es Sete, él si parece buen mozo, pero claro, deportivo, deportivo, para las tortas de campeonato. En fin que me disperso). Como el volante marca Luisi es más pequeño, hay que girarlo más veces, y eso sin dirección asistida me va a poner los bíceps como los de Brigitte Nielsen. Pese a todo yo conseguí sacar el coche. Entonces me fijo en mi planta al volante, recogidita en un Volkswagen Polo, con las rodillas pegaditas sin que corra el aire, como la Señorita Pepis, que intentaba pisar un pedal con mis botas de agua y pisaba dos, con las manitas bien juntas como si sujetara una galleta, y medio calléndome para un lado cada vez que intentaba cambiar de marcha. Una pena, no os lo podéis imaginar. Por no hablar de que pisar dos pedales a la vez (mayormente freno y acelerador), es como para habernos matado. Después me he enterado de que los pedales también son deportivos (qué curioso, justo esto lo hacen más grande y lo ponen en un coche que es a penas una talla más grande que un micromachine).

Total que he pensado que si todo esto se ha podido poner, también se podrá quitar y he quedado para este domingo con mi amigo (el otro, el que es más que íntimo de la Esteban) para destunearle el deportivo a mi coche y dejarle de andar por casa, empezando por el increíble volante marca Luisi. La próxima vez que me compre un coche voy a empezar por pedir “por favor, dime lo que no tiene”.

miércoles, 18 de octubre de 2006

PEATONA AGAIN: QUE DIFÍCIL SER VALIENTE

Hay dichos que tocan las narices. Por ejemplo: “Siempre llueve cuando no hay escuela”. ¿Quién dijo eso? ¿alguien que no tenía niños?. En el último post os contaba que mi amigo (el Íntimo) había vuelto de las antípodas y que todo había ido sobre ruedas (nunca mejor dicho), que pese a su regreso y a volver a irse de viaje yo seguía siendo de depositaría de ese tesoro con ruedas que es su coche. Bueno, pues eso fue antes de que leyera este blog.

Pero no tiene nada que ver con que se le hayan podido poner los pelos como escarpias conociendo mis habilidades con el freno de mano, o con el hecho de que os haya contado a todos las intimidades que guarda en su coche... Ni siquiera con que se lo haya devuelto frito en su propio aceite requemado, que no le he dejado dentro ni para manchar la varilla, ni sin pastillas de freno (de esto estoy segura, porque no lo supo hasta que puso la llave de contacto para llevárselo). No mi amigo National Geographic es un hombre por encima de lo material: me he quedado sin coche por la casualidad de que le han fallado todas las otras maneras de irse de viaje, vamos, toda una suerte la mía (y la suya, por cierto, que le va a costar un dineral recomponer su coche). Y sí, ya sé que realmente los indicios apuntan a otras causas, que yo he pensado lo mismo que vosotros.

Así que ayer noche volví al triste grado de peatona. Mi amiga Cruela (tiene una blog buenísima aquí al lado con sus crueles pensamientos) y que es cualquier cosa menos sutil y cariñosa, me ha pasado una mano por el lomo y me ha dicho, “no sé por qué te pones así, si ya lo sabías, si el coche no es tuyo, si se va de viaje...” ¡bobadas!. Esa no es manera de consolar a una amiga, se hace frente común y se dice la frase estándar, a saber: “jo, tía, qúe putada”. Con esa dulce voz que se le queda a una cuando no le sale la voz del cuerpo, contesté a la llamada de mi amigo (el Íntimo) diciendo, “no hombre no, no pasa nada, si el coche es tuyo...” ¡qué lagrimones por dentro! ¡qué juramentos no aptos para páginas que pueden leer los niños! (porque los niños llegan a cualquier web de internet). Triste y pesarosa, arrastrando los pies como marine americano por tierras de Irak, me dirigí al que dejaba de ser mi coche a vaciarlo de todas mis pertenencias, y ya sabéis que no eran pocas, no, ¡dos viajes tuve que hacer con mi ropa, neceseres y “por si acasos”, con la sillita adaptada para niños, con mi L arrastras.

Para cuando llegaba al portal de mi casa, empezaban a caer las primeras gotas de lluvia, que yo pensaba que hasta el tiempo se hacía eco de mi ánimo. Una hora más tarde no tenía ni llaves de coche, ¡con lo bonitas que son las llaves de cabecita negra!, así andaba mi moral, y la de mi amigo (el Íntimo) no debía sentirse mejor, porque ni siquiera quiso entrar en casa cuando vino a buscar las llaves (claro que hace muchísimo también el hecho de que mi hija estuviera dentro, los hijos y las blogs pueden ser dos auténticos repelentes de amigos íntimos). Esto me quitó hasta el ánimo de escribir mi post de memorias y parte del sueño, porque a eso de las tres de la mañana, yo seguía despierta repasando mentalmente el camino al cole en autobús y lo que es más importante el estricto horario para no perder turno y evitar llegar tarde al colegio cómo tantas y tantas veces en mis periplos peatonales.

Esa hora era cuando me percaté de que seguía lloviendo pero de una forma exagerada, vale que intentara acompañar mi ánimo, pero francamente, no era para tanto, además estoy a punto de conseguir un coche que tengo apalabrado desde junio (el mismo día en que aprobé el examen práctico), no voy a estar mucho tiempo en este estado, y además mi amigo (el íntimo) es muy majete, y si él dice que no ha podido evitarlo, es cierto del todo, estoy segura, si ya me extrañaba a mi...

A las cuatro seguía lloviendo a mares y a las siete de la mañana, íbamos camino del diluvio y empezaban a verse por las calles parejas de animalitos en fila india camino de algún sitio concreto.

A las siete y cuarto llamé a teletaxi para que vinieran a buscarnos a mi niña y a mi para llevarnos al colegio, porque no sé si habéis oído hablar de los míticos atascos de Madrid cuando caen dos gotas de agua, pues lo que no dicen además es que en esos días de precipitaciones los autobuses desaparecen de las calles, y de vez en cuando una cree ver una alucinación con forma de vehículo grande rojo, borroso entre la cortina de agua, que pasa a toda leche salpicando champlazos de agua y sin detenerse porque ya no pueden alojar dentro ni un alfiler de cabeza reducida (como los jíbaros).

A la hora pactada, el taxi llamaba a mi telefonillo, veinte minutos más tarde afrontábamos la calle del colegio, y para entonces yo ya había tomado una determinación: resuelta, con la mirada firme le dije al taxista, “espéreme aquí dos segundos que vamos a hacer otro trayecto“, y con voz un poco menos firme “¿tendría cambio de cincuenta?” porque yo ya conozco como son los taxista cuando les pillas con billetazo y más si es a primera hora del día, que todavía no han hecho caja. Tuve suerte. Subimos corriendo las escaleras del cole, y más rápido aun las bajé de nuevo y me metí en el taxi, y dije “a la Caixa” (y añadí la dirección del mítico cajero de mi barrio con vistas a la rotonda), cuarenta minutos, treinta kilómetros de vuelta por Madrid eludiendo el atasco ineludible, y una llamada de teléfono al trabajo avisando de que llegaría tarde después, entendía porque al taxista no le preocupaba no tener vueltas para mi billete de cincuenta euros ¡para lo que me iba a sobrar!, pero por fin estaba en el banco.

Entré y dije “Hola Luís, dame ochocientos euros” (snif, mis ahorrillos, que ya sé que no parece mucho, pero como todas las estresadas hago terapia de shopping y además soy divorciada con hipoteca, que no sabéis lo que es eso), se puso a trastear en el ordenador, que parecía que estuviera escribiendo estas memorias, y mientras tanto yo llamé por teléfono al propietario de mi futuro coche, y sacando esa vocecilla dulce que ya he mencionado antes, dije “oye, que aunque no tengas aun coche nuevo y te deje sin él para llevar a tus niñas, una de once años y otra de catorce meses al colegio, ¿te importaría que te pagara hoy el coche y ya me quedara con él? Es que mi amigo (el íntimo) se ha llevado el suyo de viaje, pero oye, que hay confianza, si no te viene bien, tú me lo dices...”.

Y después de eso, cogí mi sobre con el dinero y me fui andando los casi quinientos metros que separan mi Caixa de mi oficina, empapándome bajo la lluvia porque me he dejado en el que hasta ahora fue mi coche y ahora vuelve a ser de mi amigo (el Íntimo), mi paraguas naranja de Pertegaz, el de mi hija de Mickey Mouse, y mi tortuguita rosa (que me tenía que dar mucha suerte).

domingo, 15 de octubre de 2006

ABUELAS, MADRES Y DEMÁS FAMILIARES RUEGAN UNA ORACIÓN POR LA NIÑA

Este viernes de puente del Pilar, fiesta nacional donde las haya, hice mi primer viaje largo conduciendo yo solita.

Llevaba una semana anunciándolo porque el lugar de destino era la casa de mi abuela. Una quiere a los suyos y me pareció una deferencia y una atención para con ella. Sin embargo, la pobre mujer se ha pasado toda la semana sufriendo y yendo a misas a pedir a San Cristóbal (una santo de lo más reclamado por mi familia últimamente) por mi seguridad también, pero principalmente por la de mi retoño, a ojos de todos víctima inocente de su madre. Llegó a ofrecerse a pagarme los billetes de autobús para que me olvidara de la idea del coche, pero buena soy yo.

Así que justo un día después de la aventura del Túnel de lavado, a menos de veinticuatro horas del incidente, volví a la gasolinera de mi barrio, a llenar el depósito, un trámite que domino bastante bien, la verdad, y que en cuanto consiga acordarme de dejar el coche a suficiente distancia como para poder abrir mi puerta hasta el punto de caber yo misma por ella, empezará a merecer hasta una nota diez.

Como una es responsable y muy leída, tenía previsto comprobar la presión de las ruedas, pero como no tenía ni idea de cuanto era lo recomendable y mi amigo (el Íntimo) estaba en el extranjero profundo, le pregunté a mi padre. El reflexionó la regla de tres: “si una furgoneta son 2,5, pues tú tienes que ponerlas a 2,5“. Yo por si acaso las puse un poco menos. Y entré a la zona de pago a abonar mi gasolina. Os juro que no exagero, que cuando me vió entrar el operario festivo a punto de jubilación, de eterno cigarrillo en la comisura de los labios, que estaba acodado en el mostrador echando un ojo al Marca, pegó un brinco y desapareció. Una pena, porque estoy segura de que habría agradecido el gesto que tuve de sacarme la tarjeta “CEPSA porque tú siempre vuelves“, que bonifica con puntos y descuentos hacer gasto siempre en la misma gasolinera y no en otra. O a lo mejor le provoco un infarto qué sé yo, que a esas edades...

Os diré que hice el viaje sin ninguna incidencia, del tirón, y contenta, a una media de cien por hora (es que de verdad que a ochenta no se mueve la carretera), y con todos los vehículos adelantándonos. Mi niña me preguntaba “¿mamá por qué todos los coches van más rápidos que nosotras?”.

Mis padres se habían ido el día anterior de puente, como auténticos expertos: en plena operación salida, yo como novata que soy esperé al día laborable del puente para pillar más desalojada la autovía. Así que nadie estaba pendiente de a qué hora salía ni entraba. Cuando llegué a casa de mi abuela, la noté más pálida y avejentada ("es el trago", me dijo), pero es que ella sufre mucho cuando viajamos en coche, y dice que ya no tiene edad para soportar tanta tensión, porque en dos meses nos hemos sacado el carné mi hermana y yo, y claro, la mujer no puede. Para compensar nos fuimos a comer a un restaurante y nos cascamos mano a mano las dos una botellita de tinto Ribera del Duero, que Virgen Santa, como la devolvió el color y la agilidad de la adolescencia.

Mi retoño, también conocida como hija, es única, (como todos, pensaréis), pero no, ella es única literal: hija única, sobrina única, nieta única y en ambas familias la de su padre y la mía, y ambos, mi ex y yo tenemos unos hermanos absolutamente irresponsables que nos han dejado a nosotros solos la tarea de continuar con nuestra especie, una especie con un futuro cortito, cortito, pero bueno. Así que en cuanto mi padre (abuelo primerizo y entregado donde los haya) supo que estábamos en casa de la abuela, arregló su agenda, y hala comida familiar en toda regla.

A todo esto, mi amigo (el Íntimo) regresó de su viaje del extranjero profundo, y mandó un tímido mensajillo a mi móvil preguntando por su coche. Mi carne es muy débil y después de un mes de dieta sosa, está de lo más necesitada. Así que me apañé para dejar a mi niña única el fin de semana con los abuelos, de paso les dí una alegría a todos porque así la niña no se veía arrastrada por su irresponsable madre a un viaje de lo más incierto. Comí ligerito por aquello de la somnolencia al volante y todo lo que no pude comerme me lo llevé en Tupper Wares (las abuelas cocinan de cine, y la mía más). Y a las cuatro en punto pisaba acelerador saliendo espitada como Superman con necesidades urgentes, caminito de Madrid ("¿será un avión...?"). Mi madre me propuso que la llamara cada ratito por teléfono para que se quedaran tranquilos. Yo miré con una nada disimulada cara de “¿tú te pinchas?” pero solo respondí, “es que si me pillan...” mi abuela se puso a rezar, pero ya os digo yo que como la niña volvía con mis padres, rezaba de corridillo y sin sentimiento. Les requeteprometí a todos que no iba a pasar de ochenta y en menos de hora y media estaba ya en mi casa.

A todo esto mi madre me llamó cuando yo entraba en Madrid y ella calculaba que yo debía andar por Somosierra. El asunto es que según sus cálculos deberían haberme adelantado más o menos a los diez minutos de haber comenzado su viaje, mi coche otra cosa no tiene, pero verse, se ve, no hay muchos como él, (de hecho en el camino de vuelta me adelantó otro coche idéntico modelo y color, que me pitó e hizo señas como si fuéramos de un mismo club. Qué majo). Después de hora y pico les angustiaban las imágenes de mi coche ruedas arriba y yo cual bonito escorzo sin poderme dar la vuelta: ¿cómo explicar sino mi ausencia de la carretera?: tenían que haberme adelantado, seguro. Eso decía mi padre, mi madre aun tuvo esa intuición femenina que las madres tienen y los padres no quieren tener, que la decía que amigo íntimo de vuelta tras un mes de exilio, equivale a ir folladita por las carreteras de España (o casi).

En fin que he sobrevivido a mi primer viaje largo, y mi amigo (el Íntimo) ha mirado muy de reojo su coche, y sin hacer ni ademán de subirse dentro, me preguntó por el aceite, ("ah, el aceite, claro, claro, pues no tengo ni idea", dije yo, que soy como los testigos de Jehová y no sé mentir). Y nos subimos a mi casa, a dedicarnos a lo importante. Por cierto. Esto no se acaba. Mi amigo (el Íntimo) se vuelve a ir mañana de viaje y yo sigo “cuidando” de su coche. Así que no os relajéis en la carretera, que continúo en la brecha.

viernes, 13 de octubre de 2006

LA IMPORTANCIA DE TENERLO LIMPIO

Ya expliqué en otra ocasión lo que llega a molestar la suciedad en un coche, y lo conveniente que es limpiarlo por fuera (e ignorar la suciedad interna en coche ajeno). Bueno, pues más o menos me había ido apañando con la meteorología y el rollo de cocina, posponiendo ese momento crítico del Túnel de Lavado, pero hete aquí que me iba a ir de viaje el fin de semana a más de ciento cincuenta kilómetros de mi casa, y eso ya es una distancia seria para la que conviene ir bien pertrechada, dispuesta a hacer frente ante cualquier coyuntura.

Porque vamos a ver, si uno se pone sobran detonantes para la infracción y el accidente, pero a ver como explico yo

(Yo): - “Mire, señor agente, que me llevé su brazo porque el churretón de mierda del parabrisas me hizo intuir que lo tenía pegado al cuerpo...”
O como le digo a mi amigo (el Íntimo) que le devuelvo solo una chapa de matrícula doblada puesto que todo lo demás está en el desguace porque mi retrovisor opaco no me dejó ver al coche que me estaba adelantando justo cuando decidí cambiar de carril. Se añade también que todos estos días el coche ha dormido en la calle, y mi calle está cuajadita de árboles y de unos pájaros cagones que no sé qué comen, pero sea lo que sea lo retienen poco y de verdad os digo, que han cogido a mi coche como WC (también es cierto que puestos a hacer puntería desde las alturas, mi coche es el blanco sucio más seguro, aunque sólo sea por volumen).

Así que el día del Pilar, festivo en estos lares, le dije a mi hija que tenía plan estupendo para ella:

(Yo): - “Hoy vamos a pasar por un sitio genial donde van a dar una ducha al coche”,

Ella me miró con cara, de “pues vale”, nos montamos en el coche y me fui a mi gasolinera de cabecera que está como a doscientos metros de mi casa. Llegando a destino reduje a primera y me posicioné como debe ser en cabeza del túnel de lavado, justo detrás de otro coche que estaba iniciando el ciclo de prelavado. Así me pude fijar un poquillo en la mecánica. Cuando el coche desapareció entre los rodillos, me puse a la altura del operario de la manguera portador de ese aire festivo que solo tienen los a punto de jubilarse, con su cigarrillo colgado de la comisura de los labios porque a él se la suda que aquello fuera una gasolinera.

Bajé la ventanilla y le pregunté esa pregunta oportuna para romper el hielo:

(Yo): - “¿Le pago ahora o cuando acabe?”
(Él): (Con el gracejo que da trabajar en festivo) - “No señora, mejor la próxima vez que vuelva por Madrid” - (mi coche tiene matricula de provincia externa).
(Yo): “¿Y cuanto cuesta?”
(Él): - “Depende de si quiere lavadillo o lavado a fondo”
(Yo): - “Pues lo más profundo que usted pueda”.

Le pagué la tarifa más cara, y fue terminar de darme las vueltas, con el dinero yo en la mano y ponerse el hombre a lanzar agua y jabón a presión como un energúmeno por esa manguera que llevaba y que está claro que no era de atrezzo. Vamos, que para cuando subí la ventanilla en cero coma segundos, tenía todo mi lateral mío propio profundamente empapado y enjabonado. Cuando terminó, me hizo la seña de que avanzara con el coche, y yo como me había fijado en el coche anterior, lo hice genial, metiendo la rueda en el engranaje de arrastre. En cuanto estuvo dentro, se puso en marcha todo el proceso: la cadena comenzó a tirar del coche, el agua y el jabón a caer de todas partes, como la lluvia de Forrest Gump, desde arriba, desde los lados y desde abajo. Y los rodillos a rodar.
Y allí estaba yo relatándoselo a mi hija para que se riera un poco, cuando oí unos golpes en mi ventana llena de espuma, y ví unos nudillos. Bajé la ventanilla asustada, me empapo aun más, todita entera, y eso no era nada comparado con el poema que representaba el operario festivo a punto de jubilarse con la colilla empapada gritando “¡Señora que no frene, QUE NO FRENE!”, y yo alucinada aun pregunto “¿quito el pie del freno?” el hombre, en lo que me pareció a mi a punto de llorar (o culpa de los litros de jabón que le anegaban los ojos, que también es posible) me gritó “¡PUES CLARO!”. Y solté el freno. Cierto que a partir de ahí el coche fue más ligerito y bajó el nivel de decibelios de túnel una vez que restamos el chirrido, que por lo visto hacía la cadena y el coche resistiéndose a ella.

Tras pasar por todos los rodillos, y el secador, me vi libre del cepo, y afortunadamente, ubicada en la parte trasera de la gasolinera desde donde me pude ir discretamente sin tener que mirar siquiera al operario, que en cuanto yo salí cerró el túnel de lavado y se fue a su casa, supongo que pensando que no le pagan lo suficiente, y que qué mierda de vida, casi jubilado y trabajando cuando todos los domingueros hacemos experimentos.

P.D. El coche quedó bastante limpio, salvo unas cagadas de pájaro en una puerta, que no consiguió quitar ni la presión de la manguera de mi amigo el operario.

miércoles, 11 de octubre de 2006

DE ROTONDAS, SEMÁFOROS, FRENAZOS Y OTRAS HIERBAS

La hora del día en la que yo cojo el coche es esa en la que acaban de poner la calle, la luz del amanecer empieza a ganar terreno a la noche y las farolas siguen encendidas. A esa hora indecente en la que la cafeína todavía no ha hecho efecto, yo me meto en el coche con mi retoño y entre bostezos a coro de ambas, nos vamos al colegio.
Realmente el trayecto es el mismo cada día, a la misma hora y con los semáforos siempre en el mismo estado, el que está abierto siempre lo está y el que está cerrado pues también. Yo diría que hasta el atasco de coches lo hacemos poniéndonos siempre en nuestro propio orden: yo detrás del Megane negro, y delante del Peugeot rojo. Con esto quiero decir que esa es una conducción de lo más rutinaria, que mientras podría incluso, por poner un ejemplo, terminar de colocarme el flequillo con un pelín de laca.

Lo mismo ocurre con el trayecto de vuelta. Según salgo del cole, de la parte cubierta, que no del patio, me enciendo un cigarrillo, desafiando las miradas de educadores, padres ejemplares y niños bien enseñados, porque todos ellos saben que fumar mata, y que yo tengo poquísimas probabilidades de llegar a vieja porque las estadísticas juegan en contra si eres una mujer, estresada, mayor de treinta y sin pareja, ya que como decían en la película de revelador título “Nadie me quiere”: a partir de los treinta es más fácil sufrir un atentado que encontrar pareja, y una piensa, "pues vaya que no sé que prefiero". Como decía, me enciendo el cigarrillo en la puerta misma de las aulas pese a la hostilidad del ambiente, porque si no no me da tiempo a fumarlo, así de claro. Me meto en el coche, y mientras le pongo en marcha aparco mi cigarrillo en el cenicero cuajadito de colillas. El camino de vuelta es otro atasco ordenado, detrás del Megane negro y delante Peugeot rojo día tras día en el que intento encontrar algo en la radio, me como un chicle, pego un par de traguillos a mi botella de medio litro de Coca Cola Light y fumo lo que queda de mi cigarro, mientras voy conduciendo de memoria y sin terminar de despertarme, que eso lo hago más o menos sobre las diez de la mañana, a un par de horas vista de lo que estoy relatando.

El jueves pasado (un día en el que una está casi a ras de agotamiento porque ya lleva cuatro de plena actividad) hice una ligera variación de trayecto porque tenía que pasar por el cajero a sacar dinero. Así que en vez de torcer por donde tuerzo habitualmente seguí la calle hasta la rotonda entre chicle, radio, coca cola y cigarrillo. Entré en la rotonda superando en verde el primer semáforo. El siguiente me tocó en rojo. Esperé prudentemente sin quitar ojo del disco y con la mano en la palanca de cambios, porque mira que odio que me piten por salir lenta, y en cuanto se insinuó el verde salí pitando cambiando a segunda tan lanzada y concentrada en no ser la última que ni vi el semáforo siguiente y me lo salté con pértiga olímpica.

Justo en ese momento observé que de la otra calle con entrada perpendicular a la rotonda, en la cual había otro semáforo en un verde que hacía daño a los ojos, de esa misma, salía más disparado que yo un camión adentrándose temerario dispuesto a interferir cruzándose en mi camino. Como ya he dicho, yo no era consciente de mi salto desemáforo, así que aun menos había visto en qué color estaba (que resulta, por lo que deduje después que estaba en rojo), pero yo alucinando con mis reflejos y soltura pisé el freno a fondo (me sorprendió porque yo despistada y en tensión piso siempre el acelerador, nunca el freno, un vicio que me ha llevado más de una vez a dar gracias sinceras y con los ojos cerrados (otro mal vicio conduciendo, lo sé) a San Cristobal, ¡yo que soy una atea de lo más practicante!. La verdad, no sé como este coche está todavía tan entero).

Semejante frenada pegué que saltó todo lo saltable que tiene el coche de serie, ABS para empezar y medio abecedario más seguidito. Levanté los brazos haciendo gestos al camionero de a ver si miramos y puse cara, de “mira, está bien, porque no ha pasado nada, que si no te ibas a enterar”, el camionero por su parte había frenado con tantos reflejos como yo, y la caja con la carga casi adelantó a la cabina.

Se hizo el silencio en las bulliciosas calles de Madrid en hora punta. Solo se oía el repiqueteo de las pelotillas, duras como piedras, y chiquitinas como cañamones, del pobre camionero rebotando por el asfalto, durante una eternidad de tres o cuatro segundos, en los que de verdad que creo que se paró el mundo. Transcurrido este momento de trance, arranqué mi coche, lancé mi última mirada condescendiente al conductor del camión, seguí veinte metros más, aparqué el coche en doble fila y saqué dinero del cajero mientras me palpaba para asegurarme de que lo que rodaba por el asfalto eran realmente la pelotillas del pobre hombre y no las mías propias.

martes, 10 de octubre de 2006

COLUMNAS DE GARAJE Y OTRAS AGRESIONES EXTERNAS

Hace ya casi un mes que conduzco con regularidad, todos los días un poquito. Cada vez me aventuro un pelín más, y voy internándome en esta jungla de tráfico exuberante que es Madrid. Como las emociones son para los intrépidos, he asumido la máxima de que hasta donde llega el autobús también puedo llegar yo, como diría Buzz Lightyear (por citar a los grandes) “¡Hasta el infinito y mucho más!”.

Hace un par de semanas cobré un dinerillo extra (los atrasos del IPC) y decidí que tratándose de una cantidad pequeña, lo mejor era invertirlo en algo de lo más seguro: en mi. Es decir, me fui de shopping y lo hice a bordo de mi portaaviones con ruedas.

El autobús llega a los mismos sitios que mi coche, pero cambia la mecánica, conforme te acercas a destino, te levantas de tu asiento pulsas el interruptor rojo del timbre, el autobús se para, tú te bajas y a comprar. Con el coche tu sientes que te aproximas, que llegas, que ya estás, que te has pasado, y ningún sitio donde dejar el coche, nuevamente te aproximas, estás, estás... y te has vuelto a pasar. Finalmente no queda más que una posibilidad, ese riesgo que yo no quería asumir, esa aventura para hoy (como los ciegos): el PARKING.
Respirando profundo y acompasado como en las clases de preparación al parto, enfilé la rampa, muy hábil me coloqué a esa distancia justa que deja a dos milímetros de todo el retrovisor, y saqué el ticket sin tener que desabrocharme siquiera el cinturón de seguridad, a dios pongo por testigo, que parecía una profesional. Con las mismas, y con el ticket en la boca (como tantas veces he visto hacer), bajé la rampa y como si fuera magia, resulta que estaba en el sótano dos. Os aseguro que no sé como desapareció el primero. Pero como no hay bien que por mal no venga, atravesé cinco plazas vacías (y podrían haber sido 215) hasta dejarlo en un sitio que consideré adecuado. Me saqué el ticket de la boca, cerré mi coche, y más chula que un ocho me fui a darme mi gustito al cuerpo.

Mi enorme coche tiene un espacio brutal delante de mi asiento, totalmente desaprovechado que sirve para guardar el motor y un espacio brutal también llamado culo, donde cabe toda una planta del Corte Inglés. Un día haciendo cálculos, estimé que podía guardar tres cadáveres de humano medio estirado y con rigor mortis, y cuatro si los ponía doblados. Así que empujando un poquito, conseguí meter todas las bolsas dentro, y hala, de vuelta al hogar. El problema es que mientras yo había estado fuera habían llegado un montón de coches más, que por lo visto, tampoco habían encontrado el sótano primero, y sacar el coche en esas condiciones es otro tomate.

Como yo sé que todos, absolutamente todos han nacido sin coche y sin carnet, no me pongo nerviosa por maniobrar un poco más y un poco más despacio que todo el mundo. Son los demás lo que se estresan. Despacito y con buena letra, saqué el coche de mi plaza. Con las mismas enfilé la rampa, curiosa de saber si podría superarla en segunda o necesitaría cambiar a primera marcha. Qué orgullosa iba aguantando en segunda sin notar olor a quemadillo ni ensordecida por el ruido de las revoluciones, cuando, ¡CIELOS! De improviso, sibilinamente y a traición se me abalanzó encima la columna del garaje. Despacito, haciendo riiiiiiiis, me levanto toda la pintura de mi lateral derecho altura puerta pasajero, y además aboyó la chapa.

Varios conductores de coches próximos, metieron la cabeza entre los hombros, cerraron los ojos y enseñaron los dientes por el ladito de la boca que no tenían apretado. Con muchísima dignidad volví a ponerme el ticket en la boca (da un aire de experimentada en parkings, una imagen de “esta no es mi primera vez”), me hice a un lado, puse freno de mano, me bajé del coche, miré la avería, miré a la columna con cara, de “jó tía que faena, esta vez te perdono”. Consciente de que todo el mundo me miraba, me incorporé a la salida, saqué de nuevo el ticket de la boca, lo metí todo chupado en el tragador correspondiente, y me fui temiendo para mis adentros que mi amigo (íntimo) me vaya a enviar a mí, a la inversión segura, a la África más profunda en cuanto vuelva de sus vacaciones.