martes, 20 de marzo de 2007

EL HOMBRE DE MI VIDA

El inti y yo nos decimos las lindezas en negativo. Por ejemplo, el me dice con ojos tiernos, “no te quiero nada” y yo le respondo aun más tierna “pues yo a ti menos, y tres madalenas”. Y luego nos suspiramos los dos porque nos hemos quedado más anchos que largos. El otro día me espetó emocionado que yo no era la mujer de su vida, que no quería casarse conmigo ni tampoco ser el padre de mis hijos, y eso si que me supo a gloria bendita. Porque ya sabéis que yo mi vena maternal la tengo muy cortita y con arterioesclerosis, y vamos que con mi niña soy más que feliz y estoy más que realizada, no estoy dispuesta a llenar mi futuro de más niños, no señor. Y después de lo que me ha costado separarme, como para casarme de nuevo ¡JA!. Pero vamos, lo que de verdad está a años luz es lo de ser la mujer de su vida, eso seguro, segurísimo que aunque me empeñara, no podría serlo.
Porque hace nada también, Cruela en su alegato antifeminista y pro-práctico, me dijo que ella no quería convertirse en un hombre (y le faltó añadir el "como tú"). En aquel momento no leí entre sus líneas, pero luego he ido reflexionando, y claro, ella me ve desde sus ojos, y la información le llega nítida. De hecho soy su recurso mas recurrido y el de todas mis amigas y familiares en ausencias de sus Ces. Cuando sus Ces (de churris) faltan, me llaman a mi corriendo para tareas tan cualificadas como: " que tengo que ir a buscar a mi suegra a la residencia, vente y así yo llevo su maletín y tu la tele de veintiocho pulgadas que pesa un quintal", o "mi hija necesita una segueta ¿le podrías dejar la tuya?", y sumo y sigo "que no me funciona la lámpara", "que hay que limpiar cinco kilos de mejillones"… Y es que yo femenina, femenina, lo soy un poquito y solo en la intimidad, para todo lo demás, como Master Card, yo empiezo a pensar que soy muy hombre. Por ejemplo. El domingo mañanero tras la operación de escarbe entre las ascuas a la búsqueda y captura de mis fotos indiscretas, y después de que mi hermana me hiciera notar el desperdicio del empeño, nos metimos en la Luisi y nos fuimos al centro comercial Principe Pío, que es el único que abre todos toditos los domingos dentro de la city. Mi hermana vive en medio de la naturaleza bucólica y, claro cuando viene a verme llega al borde y más que necesitada de chute de tiendas y glamour. Ella se compró de todo, y yo me metí en una tienda de lencería (lo de mis adicciones) pero lo que compré fue una sexy, excueta y rojo-reventona prenda interior para el inti (de esas que ningún hombre que se precie de serlo confesaría usar) que la dependienta me preparó en una exquisita bolsa con funda para lavar en lavadora evitando que la prenda en cuestión destiña y vuelva rosa el resto de la colada. Esto terminado en un atadillo ejecutado con un monísimo lacito de raso rojo también. La dependienta acababa de terminar dos segundos antes esta mismísima operación para un hombretón de tipo novio, ruborizado hasta la coronilla y más allá, que había excogido un minúsculo tanguilla para la chica de su vida y no veía el momento de que la solícita empleada terminara y así el pudiera salir de aquel antro de puntillas (también con n) antes de que le viera un conocido o muchísimo peor: su madre. En fin, yo estaba orgullosa porque me parecía que mi regalito era de un gusto perfecto y seguro, seguro, iba a acertar de pleno con mi inti. Pero después en el coche, pensaba en alto (yo en el coche pienso mucho, para matar el tiempo), comentando con mi hermana, que estos regalos son un poco absurdos, porque claro o lleva la sexy prenda, excueta y rojo-reventona bajo la ropa, y no lo ves, o se quita la ropa, y entonces si que no quieres verla. Y ahí, mi hermana me miró con ojos como platos, y me dijo, “joder hija, es lo que me dice siempre me churri cuando le critico por no apreciar mis conjuntillos”. Ese fue otro indicio de que tengo el nivel de testosterona un poco subido. Más ejemplos. El otro día reflexionaba en alto y con cierta nostalgia, que se me estaba pasando el momento de operarme y ponerme unos senos redondos y turgentes de esos que frenan la circulación vial, porque claro una no puede tener las tetas de escándalo y el culo caído, no va a conjunto, tiene que ponerse el escándalo cuando todo acompaña, porque si no acaba pareciéndose a la Obregón. El inti miró al cielo y luego a mi misma en un gesto que solo podía significar "qué dios nos ampare" y sugirió que casi mejor me olvidara de la idea, porque con mi carácter me pasaría todo el tiempo partiendo caras a inoportunos que se acercaran mirándome al escote. Y tiene razón, que es que esa es otra. Yo lo de que me entren los hombres pa' sacarme partido, lo llevo fatal. Ayer sin ir más lejos, me fui al Carrefour de mi vida a hacer la compra del mes y en el mismísimo rellano del parking me cogió por banda un pedazo bigardo italiano llamado Renato, que quitaba el hipo y con la castísima intención de encuestarme. Yo es que no pude resistirme y tuve que pararme a responderle. La primera pregunta fue si estaba casada y respondí “no”, la siguiente si tenía pareja y respondí “no”, y él transparente como el agua de mi grifo después de dejarla correr en contra de las recomendaciones de la CAM, me espetó un “¿pero ni un apaño?” (oye, como que le sorprendió). Total que siguió encantadorcísimo con la encuesta que era para una agencia de viajes. A cambio de mi voluntaria colaboración, me harían el honor de meterme en el bombo de un sorteo para una escapadilla a las Canarias acompañada de mi apaño (ya me imaginaba yo girando y girando agarrada a los alambres), pero eso sí, antes tendría que ir a tragarme una charla promocional de noventa minutos que sería compensada con creces con un regalo de incalculable valor consistente en un juego de bolsas de viaje de plastiqué… El caso es que el Renato preguntaba y preguntaba, y anotaba y anotaba y la hojita se iba acabando. Finalmente, llegó a la pregunta peligrosa: mi número de teléfono, (que oye, el mozo daba como para una reflexión), pero nada qué hacer, a mi me salió la respuesta estándar esa que llevo muy dentro y le dije “casi mejor me das tú número y te llamo yo”. El pobre se deshizo en explicaciones, que si necesitaba la encuesta con número para que la agencia de viajes pudiera llamarme y citarme para la charla, que es que si no no se lo pagaban, y a mi me dio penilla y solté la cifra, pero vamos que me costó. Me he convertido en un espécimen de los de “te llamaré”. Si yo creo que tengo relaciones de milagro. Al íntimo tardé en hablarle toda una cena entera en el que ni me digné a mirarle, solo porque era hombre o sosospechoso de serlo, y sabe dios con que deshonestas intenciones. Te digo yo que así no se puede.Pero bueno, al final con eso del ejercicio del roce, (que mira, sí que hace el cariño) resulta que el íntimo tiene una carta en mi casa que si no es blanca del todo, si es bastante claruchi, y hasta un cepillo de dientes y eso (qué le vamos a hacer). Pero sabe muy bien que fregar le toca a él y muy probablemente lo del guisoteo también. Yo le doy palmadas en el culo y le digo “chato traéme una cerveza” mientras miro la tele repantingada en el sofá con los pies apoyados en la mesa. Y es que realmente yo soy un hombre muy hombre encerrado en un cuerpo de mujer. Por eso no me extraña nada que yo no sea la mujer de la vida de mi íntimo, él no lo sabe aún, pero yo lo que de verdad quiero ser de mayor es el hombre de MI vida, muchísimo más interesante y práctico que ser la mujer de la suya o que él sea el macho de la mía. No sé que tal va a llevarlo, porque a los chicos que se creen hetéros les cuesta muchísimo salir del armario. A mi ya no, yo he salido de mi vestidor y me admito muy gay, que me he comprado un triple CD con los grandísimos éxitos de Barbra Streisand, que incluye hasta el "Guilty Pleasures", a duet con Barry Gib, el guapo de los Bee Gees (y eso que guapo y Bee Gee, es difícil de encajar)) y no cabe duda, tengo bien exteriorizadas las plumas rosas de las boas de mi Luisi.

lunes, 19 de marzo de 2007

EL CUERPO DE BOMBEROS Y OTROS CUERPOS DEL PECADO

La semana pasada fue intensa, intensa, entre otras cosas porque he vuelto a estudiar y eso se bebe las dos gotillas de energía que me quedaban sin consumir al final del día. Era solo martes y yo ya andaba pidiendo a gritos que llegara el viernes. Se junta además que desde hace un par de semanillas estoy sin íntimo, que se ha ido a la bonita Marina D’Or (ciudad de vacaciones) con las misses, llevado por su trabajo en el gremio del artisteo. Así que el finde que me esperaba era de ensueño, de solita solipandis (que en los últimos tiempos mis fines de semana son muy ajetreados con esto de mi doble vida), sin más plan ni otras ganas que meterme en mi casita y colgar en la puerta un cartelito de esos de los hoteles de “NO MOLESTEN” que yo tengo varios en casa (cuando voy a un hotel de los de más de sesenta eurazos, procuro amortizarlo del todo y creo que sólo me falta un grifo en el que ponga NH).
Y es que todos necesitamos dedicarnos un poquillo de tiempo a nosotros mismos como mínimo de vez en cuando, pero con estas vidas y jornadas que nos traemos, una se coloca el piloto automático, y al final acaba haciendo sólo lo urgente y dejando para otros momentos que no llegan nunca lo importante.
Yo llevaba una racha larga dedicada a ser eficaz curranta, amante hija, amante madre y amante amante y la verdad es que el cuerpo me pedía a gritos una desconexión del mundo, así que para este finde de íntimo cubriendo misses y de hija con su padre, tenía previstas dos actividades principales: organización de los cajones de mi cómoda de cabecera (está al lado de mi cama) que guarda mis lencerías finas, y darme gustillo tras gustillo al cuerpo. Y en esto llegó el viernes, terminé de trabajar y me fui a corriendo a la pelu (aprovechando que no estoy en crisis como la Brinnnnie) para hacerme un retoquillo a los reflejos y empezar mi sacrosanto finde de la mejor de las maneras. Pero cuando llegué Dante ya estaba echando el cierre (mi gozo en un pozo) y eso si que es innegociable. Ahora, que en un gesto de magnanimidad (u horrorizado por mis greñas, que él para la greña es muy sensible) me dio cita para el sábado a las nueve y media antes de que llegaran sus clientas legales con cita (está claro que está viviendo una luna de miel con su Troy). Así que compuesta y con mi primer plan fallido me volví a mi casa y me metí de lleno en mis cajones. Como sabéis yo soy una mujer de múltiples adicciones, además de las que ya os he ido contando, otra que tengo también muy desarrollada es la debilidad por los conjuntitos de lencería fina, pero claro la seda resbala y es dificilísimo mantenerla ordenada y en su sitio. Este viernes he contado todos los conjuntos buenos y festivos de guardar que tengo y suman como para no repetir ni braga ni tanga ni culot en un mes completo. Juzgad vosotros mismos. Yo un día saco a subasta los accesorios de mi vida en ebay y me hago de oro. Y otra debilidad adicta que también tengo es la de hacer fotos con mi cámara polaroid. Ahora con las cámaras digitales la cosa es distinta, pero en los tiempos en los que yo empecé a aficionarme a la fotografía, una tenía que llevar los carretes a revelar a manos extrañas, y claro, eso limitaba muchísimo el arte a poner en las fotos. Después aprendí a revelar yo misma, pero solo sabía en blanco y negro, y era un trajín. Y de repente cuando tenía veintipocos años, va y sale al mercado una cámara polaroid instantánea súper compacta en color azul pastel que vino a fomentar y desarrollar mi pasión por el arte. Así que yo ya no voy a ningún sitio sin mi polaroid en el bolso, y claro tengo fotos como para venderlas por kilos. Entre ellas alguna de mucho mucho arte (una manía mía que según el íntimo, un día me va a costar un disgusto). Bueno pues mis fotos artísticas las guardo en mis cajones mezcladas con mis rasos y puntillas (con n), por aquello de que ambas cosas son muy íntimas. Pero coincide que desde hace un mes más o menos, viene a ayudarme con el aseo y la intendencia del hogar una mujer majísima que se encarga de dejarme la casa como los chorros de oro (el primer día que vino, mi hija creía que yo había comprado una bañera nueva, y os aseguro que yo la limpiaba una vez por semana y que jamás en su vida ha cogido una infección por usarla, pero es que esta mujer saca brillo hasta al lado feo del albal). El caso es que de repente ha entrado en el sancto sanctorum de mi hogar donde sólo entramos mi hija y yo y a quienes nosotras invitamos siempre con fecha de entrada y de salida y de forma controlada, una mujer a la que pago por remover hasta debajo de los muebles y encontrar todos mis trapos sucios para meterlos en lejía y los dejarlos inmaculados. Y como ya habíamos tenido un par de episodios espectaculares pelín azarosos que no contaré aquí por pudorcillo, decidí que era oportuno hacer recogida de mis objetos íntimos y si no liquidarlos, por lo menos dejarlos perfectamente ordenados para no parecer una cochina en el más amplio sentido de la palabra. Así que recogiendo y ordenando mis cajones de sastre me encontré con unas fotillos mías de otras vidas donde la artistaza en cuestión era yo, y sin duda anteriores a mi lectura de un consejo de Valeria Maza que recomienda posar siempre con una sonrisa que enseñe un poquito los dientes, que como todo el mundo sabía menos yo, es la sonrisa más dulce y natural, (esto ha mejorado quilates mi fotogénica, hacedme caso). El asunto es que aquellas fotos eran como si se las hubieran hecho a la mismísima Kate Moss en un mal día con la prensa. Y yo, que lo guardo casi todo, hasta mi primer chupete (soy una sentimental) decidí que esas merecían irse directamente a la basura. En mi barrio hay que pensarse muchísimo lo de tirar nada y donde, porque yo en una de mis anteriores mudanzas (cuando me fui del barrio por el plazo de uno año largo para casarme y reproducirme en otra ciudad distinta) tiré a la basura un diario de adolescencia que a mi vuelta me re-regaló la Esteban porque se lo había encontrado “en la calle” y le parecía a ella que no se podía tirar a la basura algo escrito con tanto sentimiento (creo que fue un betseller en mi barrio y en mi ausencia). Pero otro ejemplo en mis cannnnes: Cruela y su C vivieron durante unos años alquilados en una casa con algunos muebles de la propietaria legítima, entre ellos un armario. Dentro de ese armario encerrado bajo siete llaves había un niño jesús de escayola con un corderito que también pertenecía a la legítima y que ellos tenían allí castigado sin postre porque les daba muy mal royo (ellos también son otros pedazos de ateos). Cuando por fin compraron su piso actual y se mudaron del anterior alquilado, la dueña legítima hizo limpieza generala para realquilarlo de nuevo. El caso es que un día bajando la basura, abrí el contenedor y me encontré sobre todas las bolsas, y como una aparición mariana, a este niño jesús con su corderito degollado (literal, porque se le había roto la cabeza) mirándome con una carita... que me dio muchísima pena (porque una es atea pero muy sensible a la desdicha ajena) y lo saqué del contenedor, me lo metí en el bolso y lo llevé a la oficina para ponerlo al lado del fax y oye, que entraran muchos pedidos. Cuando llegaron la Cruela y su C a trabajar y se lo encontraron allí casi les dió un infarto porque era una mezcla entre un castigo y un recochineo divino, estaban acojonados. Después cuando se aclaró el asunto, nos entró la risa, pero nos pareció a todos una señal, y dicidimos quedárnoslo y bautizarle como Asdrúbal de Jesús (era la época del pedazo de maromo novio de la Bibí Anderson) y todavía le tenemos ahí, pero ahora pegadito al router de internet. Le veneramos mucho. El caso es que me parecía arriesgadísimo deshacerme de esas fotos polaroid en mi propio barrio, la operación exigía por lo menos que las rompiera previamente con unas tijeras y emigrara a otro distrito a tirarlas en muchas, muuuuuchas papeleras. Pero en fin, de momento las dejé en la montaña de reciclaje de papel para tirar (que cuando se hace limpieza siempre acaba surgiendo una pequeña cordillera llena de Evereses domésticos), me puse una cervecilla (¡que viva St. Patrick!) y musiquita de Madonna y hala a doblar lencería y ordenar fotos. Me dieron las tantas y yo tenía que madrugar para mi cita con Dante, así que organizados los tres cajones y dispuestos como para una exposición, metí los sintéticos en una bolsa y los papeles en otra y a dormir. Por la mañana medio lela, con la capucha en la cabeza para tapar las greñas y con el piloto automático conectado, cogí mis bolsas crucé la calle y tiré los plásticos en el contenedor amarillo y el papel en el de papel (que una con la luz es una descocada, pero para lo demás, muy respetuosa con el medio ambiente), y a toda leche a la pelu porque manda narices mi amor por el riesgo, hacer madrugar a Dante y llegar tarde.
La cosa es que yo me levanto a una hora, pero me despierto un par de ellas más tarde, y hasta ese momento en el que ya ha empezado a hacerme efecto la coca cola sobrevivo y me desenvuelvo gracias a la inercia. Por ejemplo, yo siempre me ducho en el mismo orden porque me sale sin pensarlo y prolongo un poco más el descanso mental, esto es: lavado de cabeza (a diario), aclarado de cabeza (obviamente, también a diario), acondicionador de cabeza para evitar en lo posible el efecto mujer de atapuerca, lavado/masaje con manopla exfoliante para retrasar la celulitis, maquinilla depilante si ha lugar y aclarado de acondicionador. Pero como sabemos todas y algunos todos, para el tema de los tintes, el pelo cuanto menos limpio esté (dentro de lo razonable) pues mejor. Así que no podía lavarme la cabeza. Y a mi me sacas del guión, y me pierdo. Total que ya no me duché con la alcachofa sobre cabeza como hago siempre sino con otra regulable que normalmente permanece en reposo a altura rodillas y que situé a altura hombros y no más arriba para evitar mojarme el pelo. Puse atención en saltarme la primera parte del proceso, pero hecho estó volví a desconcentrarme para lo siguiente que era igual que todos los días: el lavado/masaje con manopla exfoliante y el proceso de apagado, que también es rutinario y siempre el mismo: doy a la manivela que cambia de alcachofa sobre cabeza a alcachofa rodilla (también cambia en el otro sentido, naturalmente) para que la siguiente vez que abra el grifo no me salga fría sobre toda yo misma sino sobre mis pies estratégicamente retirados. Y por último cierro los grifos. Pero claro, hice el movimiento a la manivela y el agua salió por la alcachofa sobre cabeza inesperadamente, así que me sobresalté por la impresión, me lié con la cortina y tiré la barra, un desaguisado el baño empapado y otro desaguisado intentar colocar la barra. Porque tardé en reaccionar lo mío que estaba grogui todavía. Así que cuando resolví todo aquel lío y me vestí ni me quedaba tiempo para peinarme con lo tardisimo que llegaba a donde Dante. Luego pasa lo que pasa, que a él, con ese carácter que me gasta, le entra la necesidad de degollarme para vengarse y hasta tendría excusa, que le diría tranquilamente al juez que se le había escapado la tijera sin querer porque le había vencido un poquito el sueño por culpa del madrugón. No hay que arriesgarse con alguien armado y peligroso. A la altura pastelería, que es camino medio entre mi casa y la pelu, me percaté del desastre: las fotos en el contenedor del papel. Pero ya estaba hecho e intenté tranquilizarme pensando que iban en una bolsa (de papel de Pepe Jeans, naturalmente) y que había que ser delincuente muy fino para conseguir recuperarlas con esa entrada de papel tan estrechita. Aun así, no andaba yo nada tranquila... En fin que me lié con las dos horas largas de cotilleos con Dante que me puso al día con los pormenores de nuestras vidas y las de nuestros conocidos (Cruela que sepas que Dante también cree que te pusiste pelín agresiva cuando dejaste de fumar, y que de hecho mira a su Madonna, que no ha vuelto a ser la misma, yo no le saqué de la duda, aunque te diré que él piensa que ya has vuelto a tu ser y más desde que alternas tus chicles de nicotina con las caladas a nuestros cigarros, que lo sepas. Dice que habías llegado a ser de una "crueldad intolerable" (se nota que a los dos nos tiene locos el Clooney)), nos fumamos unos cigarritos en la calle con las placas solares sobre mi cabeza (los albales para los reflejos, que digo yo que qué malo es esto del tabaco, yo ocultando mi pelo sucio y despeinao con la capucha para andar dos calles cuando todo el barrio duerme y luego salgo a la calle de esa guisa cuando todos van a por el pan. Íntimo en un tris estuve de hacerme unas fotos para inspirarte mientras estudias) y entre todo eso, y que a partir de ahí me lié con lo mío y con salir de la pelu monísima para meterme con la Luisi por la mismísima Gran Vía camino de la mítica tienda de lanas El Gato Negro para comprarme unas madejillas con las que confeccionarme una mantita de ganchillo para el sofá en esos ratillos en los que disfruto de los ilustrativos documentales del Discovery Channel y así no aburrirme estando mano sobre mano sin otra cosa que hacer más que fijar la vista y el entendimiento en la tele (tiendo a la hiperactividad, qué le vamos a hacer), pues con todo eso y con tanto trajín conseguí que se me fuera pasando el desasosiego por lo de las fotos. Y hete aquí que ya era de noche, que estaba esperando en mi casita a mi hermana que venía de un viajecito luna de miel por san quiero y por las Canarias con su maromo, pero que tras unas diferencias de opinión con el mismo, le había dicho “tú vete donde quieras que yo hoy duermo con mi hermana” (porque ellos no tienen casa en Madrid, pero sus familias sí y esa es su manera sofisticada de decirle “que te aguante tu madre“). Yo hacía ganchillo en la gloria bendita mientras veía la quinta temporada completa de Sexo en Nueva York por vez quince mil (como suspira mi madre: ¡para eso una se mata a educarme progre!). Y de repente, suena una sirena a todo decibelio que se acerca y se acerca, y se acerca hasta detenerse bajo mi balcón y dejarme el ruido metido en el salón mismo. Me asomo a la ventana (eres la chica de ayer) y me encuentro con los bomberos y el contenedor de papel ardiendo espectacular como el Windsor. Los bomberos de una eficacia pasmosa (observen la instantánea que adjunto tomada desde mi ventana mientras trago amarguísima saliva), enganchan la manguera en la boca de riego y en dos segundos apagan todo aquello sin poder salvar el contenedor pero milagrosamente, salvando casi todo el contenido del mismo (ejemplo claro de que el plástico está hecho con petróleo y el petróleo arde mejor que el papel, y muchísimo mejor, años luz, que las fotos polaroid). Para más INRI, y para que no quedaran rescoldos traicioneros, un bombero removía con un mazo enorme los papeles y el otro los regaba. Yo ya estaba de los nervios. Y finalmente los bomberos terminaron su trabajo perfectamente ejecutado y se fueron dejando la calle empapada, los pisos apestando a humo y todos los papeles y entre ellos mis fotos polaroid desperdigados en medio de la acera a acceso de todo público, sin rastro alguno del contenedor que se había derretido del todo todito todo. Por la mañana a primera hora indecente convencí a mi hermana de que bajara conmigo a la calle antes de que se levantara el barrio y me ayudara a revolver entre los restos para ver si encontrábamos las fotos y podíamos recuperarlas, pero la verdad es que parecía complicado y mi hermana decía que iba a estar poco tiempo en Madrid (se fue esa misma tarde con su maromo perdonado) y que aquello no iba a tocarlo nadie ni harto grifa (que poco conoce a mi barrio), que mañana llegarían los de la limpieza, se llevarían todo y a correr. Me resigné a sus palabras y a la doble esperanza de que A) hubieran ardido B) si A fallaba, me quedara el consuelo de la tonta regla de oro de que si no las encontrábamos nosotras, no las encontraría nadie. Hoy la cosa ha conseguido superarse así misma, porque como sabéis ha entrado por el norte una corriente de viento polar que ha hecho que soplara un casi huracán en Madrid en general y en mi barrio en particular. Esta mañana recién levantada, cuando he salido al balcón a por comida para mi gato me le he encontrado inundado por restos de papeles chamuscados, y de la montaña de papeles que había en la acera solo quedaba el equivalente a un periódico mál abandonado: todos se los había llevado el viento. Y digo yo, puesto a llenarme el balcón de papeles inútiles, que le hubiera costado al viento devolverme mis fotos polaroid que sin lugar a dudas habrán ido a caer al balcón propio del presidente de esa nuestra comunidad donde trabajo, que queda justo enfrente del mío y que yo sé que me mira mucho, tanto que hasta puse cortinas dobles en mi salón. Y es que como dijo la mítica Marisol, va a ser verdad lo de que la vida es una tómbola.

jueves, 1 de marzo de 2007

YO DE LUCES VOY SOBRADA

En mi último post os contaba que yo soy polizofrénica y madre. Bueno pues también soy adicta-compulsiva. Esto es, yo tengo una pasión y la desarrollo pero a lo bestia. Por poner unos ejemplos: me encantan las zapatillas de basket, las artistas antes llamadas John Smith y ahora conocidas como Converses. Bueno pues (mamá, esto no lo leas) tengo nueve pares de todos los colores y tejidos. También me encanta Spiderman y tengo dos en el trabajo, uno en la Luisi y siete en mi casa. Veis lo que os quiero decir.
Pues otra cosa que también me pirra (qué bonitos términos los de antaño), son las luces. Me encantan las luces y sus mecanismos, sus temperaturas en grados Kelvin, sus tonillos del verde al naranja que el ojo humano no detecta, pero que los míos cuajaditos de dioptrías distinguen hasta parpadeando. Es así. Trabajo en un gremio relacionado con el asunto, y por poner un ejemplo, en mi casa de dos habitaciones, salón, cocina-comedor todo junto y baño minúsculo infinitamente más pequeño que mi armario, (total casa: cinco estancias) tengo veintitrés interruptores que activan de forma independiente otros tantos conjuntos de lámparas. Tres de ellos son reguladores. Imposible contar el número de lámparas y de bombillas, y debo decir que ninguna es de bajo consumo (lo siento Al Gore, no sientas remordimientos por no dedicarme tus Oscars) y entono el mea culpa, pero es que las de bajo consumo dan una luz muy flojilla para mis expectativas. Nunca he encendido todas a la vez, eso es cierto, me imagino que si lo hicera saldría de mi casa un chorro de luz de tropecientos mil watios derechita al universo que dejaría lelo al mismísimo Meteosat.
Bueno, pues hoy os voy a contar en versión Luisi, que para ser conductora nóvel, hay que ver los siglos que hace que no le dedico ni un triste post.
Cuando yo me compré la Luisi me dediqué a invertir tiempo y dinero en lo que más le urgía: cositas de limpieza. Después la di mi toque personal: que si un espiderman por aquí, que si una boa de plumas rosas por allá... por aquello de sentirme cómoda dentro. Después, como les pasa a los niños, se me ha ido poniendo malita, y con cada catarrillo que me cogía yo le aplicaba una medicina: que si una batería nueva, que si un filtro del aceite, el aceite en sí, un filtro del aire (el aire en sí no, que afortunadamente todavía es gratis), el cambio del barro del radiador (ya no era ni agua), los discos y las pastillas de freno, cuatro neumáticos con sus yantas (porque es lo que tiene el tunning, una chulería que pa' qué, y resulta que las ruedas de camión que me traía mi modesto polillo no están homolgadas, y claro no me pasaba la ITV...). Un pastón, que hay que ver cómo se suben al guindo las farmacéuticas. Pero después de todo lo hecho, que era lo urgente, y tras la aprobación de mi padre (¡santo varón!) que me dijo el sábado que hasta el motor empieza a sonar diferente, he decidido que ya era el momento de dedicarme a mis otras pasiones: como por ejemplo las luces.
Porque quien lo iba a decir, pero mi Luisi de luces va muy cortita. De hecho con las cortas propiamente dicho, no ilumino ni la pared del parking del Carrefour cuando estoy pegada, pero bueno, eso es porque apuntán con estrabismo y hacia abajo. En el habitáculo de pasajeros tenía una linterna (de leds, eso sí) porque la luz de encima del retrovisor no es que estuviera muerta, no, es que hasta la funda de plástico protectora con difusor estaba negra del reventón que debió dar la lamparita en su momento. Ahora, que en el portaequipajes llevo una serie de azules que ratean al ritmo de la música, y que son una pasada. Lástima que el loro no funcione, pero bueno. Para la siguiente carta a los reyes.
Total, que hace un mes me iba a ir al campo sección montaña y coincidió justo con la semana esa que en toda 'Paññññña nevó a lo bestia, así que previsora que es una, me fui a comprar las cadenas para mi Luisi. A mi en las tiendas me pasa como con las patatas Matutano, que una solo no da pá ná. Aprovechando que el comercio era del ramo, me puse a pensar que otras fruslerías necesitaba mi coche. Y me acordé: ¡las luces de repuesto!. Coincide encima que no con motivo de mi cumple sino de un san-quiero, el íntimo me regaló una lámpara de defensa ajena. Me explico. Esta bombillita en cuestión se debe poner en el piloto de la marcha atrás. Cuando una acciona la palanca de cambios y la mueve a la posición mencionada, se enciende (hombre qué menos, diréis), pues sí, pero además y aquí esta lo bueno, emite una señal acústica de ciento quince decibelios (también conocida como pitido) que alerta a los chavales de los institutos que me circundan, casi siempre distraidos en sus propios y elevados pensamientos, de que la Irma está al volante de la Luisi, y además conduciendo con el cogote. Esto era necesario.
El mismo día en que el íntimo me la dió pero a altura mañana por la mañana, me agarré mi multiherramienta Leatherman (la de los veinte años de garantía, imprescindible para el profesional del metal y el mercenario en Irak) que me encanta y la uso poco, y me fui para mi coche. Abrí el portaequipajes, quité el carrito de la limpieza y desmonté el faro izquierdo todo entero con sus veinticinco pilotitos (ya sabeis que es tunneado). Y entonces me di cuenta de que no tenía ni idea de cual de ellos era la luz de marcha atrás. No hay problemas. Me monté en la Luisi, encendí el contacto, pisé el embrague, metí la marcha e hice el ademán de bajar del coche para ver la luz, pero claro, en cuanto moví el pie del pedal (que es lo que tengo, que el pie lo llevo pegado) aquello se caló y todo pa'bajo. Era evidente, pero no lo pensé, que yo siempre voy un pensamiento por delante y ya estaba yo por la organización de la cena de mi niña.
Eché un ojo a ver si pasaba alguien por la calle que me pudiera decir qué luz se encendía, pero nada, por allí no pasaba ni el atracador del chándal (inciso: según mis últimas informaciones ya le han detenido, y por cierto al final ya huía en coche y no corriendo. Lógico, debía estar matao, porque nos ha dejado a todas las madres de los blases peladitas). Así que remonté el faro, coloque el carrito en su sitio, cerré la Luisi y me fuí a currar.
Pero este finde, mi padre me confirmó que la luz de la marcha atrás de mi coche se encuentra en el faro derecho (no di ni una) en la parte más inferior. Y después el íntimo, que para la técnica es un rápido, la cambió en un abrir y cerrar de ojos mientra yo aun rebuscaba en mi bolso mi multiherramienta Leatherman (la de los veinte años, etc, etc). Así que una cosita hecha. Y da gloria bendita oirlo, que al principio la tentación era de ir siempre de culo a todas partes (mira, como en la vida misma). Pero aun me quedaba el temilla de la luz interior, que la tenía apagadilla (la del coche, la mía propia anda como mi piso, a tutiplén de watios). Y el domingo, después de comer fuera de casa (que hay días que cualquier cosa es mejor que cocinar y fregar después la cocina), comentando la carencia de luz, el íntimo aportó una serie de consideraciones: A) ¿la luz no se enciende solo cuando pulsas el interruptor o tampoco cuando abres la puerta? (Yo ni idea, abrí la puerta. No se encendía tampoco). B) ¿Está fundida o es un problema eléctrico? (Yo ni idea, desmonté el farillo. Fundida no. Negra como un tizón y rebentá). C) ¿El juego de repuesto que compraste el otro día incluye esta bombilla? (Yo ni idea, saqué el juego de la guantera. Et voilà, allí estaba la picarona).
Total que ya tengo todas mis luces puestas.
Bueno, pues no os imagináis lo que me ha complicado esto la vida. Esta mañana dejo a mi niña en su piji-cole, enfilo camino pa'l curro, y milagro milagrito, todos los semáforos en verde y ni un solo coche en mi carril. En dos minutos estaba en mi barrio, frotándome las manos mentales imaginando el tiempo que me iba a quedar para dedicarme a mis asuntillos propios de ordenador antes de empezar el curro. Para más gloria aparqué justo en frente de la mismísima puerta de mi casa (y eso sí que es un evento extraordinario), altura puerta de entrada del gimnasio de Troy y con un espectador oriental (yo diría chino) observando mis evoluciones con el volante. Me bajo estupenda (la primavera y el buen tiempo me ponen como una moto), abro el portaequipajes y compruebo que una bolsa de la compra despistada que no apareció ayer en la encimera de mi cocina está en el coche y no olvidada en la caja del Carrefour, suspiro tranquila y cierro el portaequipajes primero con la llave y luego el coche con el mando (si no se hace así salta la alarma muda de la Luisi). Doy toda la vuelta a la mazana para ir a mi trabajo (porque mi casa está enfrente, pero no existe un acceso en línea recta) y cuando ya estoy en la puerta miro a mi Luisi y la veo parpadeando calladita, pero con todas las luces ahora sí ahora no. Cierro la puerta de la ofi, vuelvo rodeando toda la manzana. Abro el coche con el mando (si no, no puedo desactivar la alarma muda), desactivo la alarma muda, abro y cierro el portaequipajes con la llave (pensando que por eso parpadeaba, porque antes no había hecho bien todo el proceso), cierro con el mando el resto del coche y vuelvo otra vez manzana pa'rriba camino de nuevo a la oficina. Llego a la puerta. Miro la Luisi, y ahí está la muy cabrona parpadeando otra vez. Me cago en todo lo que recuerdo, vuelvo a bajar la calle, vuelvo abrir el coche con el mando, a desactivar la alarma, a comprobar el portaequipajes, a cerrarlo todo. Me quedo un rato mirando, y aquello apagado. Manzana de vuelta y otra vez a la oficina. Miro desde allí y la tía otra vez con las luces a guiños. Casi me da algo: manzana pa'bajo (que parecía la madrastra de Blancanieves), miro al chino con cara de como seas tú te capo (por si acaso, oye), y en estas sale Troy del gimnasio.
En vez de un cortés buenos días, a mi lo que me ha salió del alma, fue un "es que este coche me tiene harta", y el me pregunta "¿A pero es tuyo?" y le digo humildemente, "Si, es mío y una mierda" (lo siento Luisi, estaba mosqueada). Me dice él, "Joder, pues ayer te dejaste la luz de dentro dada y todos los intermintentes puestos. Pensé que era de uno del gimnasio y entré a preguntar, pero claro no salió nadie. Como para haberte quedado sin batería tía" intimamente pensé que era normal que creyera que era de uno de sus pupilos, porque mi coche y ellos comparten look... pero justo entonces se me encendió mi propia lucecilla y se me ocurrió comprobar la de dentro: efectivamente, estaba dada. Y ahora a mi se me ocurre que vale que en lo de pensar a veces yo coloco el piloto automático, pero el hermano del Melendi2, tampoco anda muy sobrado porque vamos a ver: poner una alarma que enciende todas las luces con retardo cuando se te olvida la de dentro dada, para que así no se gaste la batería, ¿no es un poco contradictorio y arriesgado?, es como si se te declarara un incendio y buscaras un líquido para apagarlo: hasta ahí es lógico. Y que eligieras gasolina para apagarlo porque es líquida: ya no es lógico. Pues eso.
Y esto me pasó porque ayer tarde le enseñé a la Cruela que fíjate que pasada, ya se enciende la luz de dentro. Pero entre que mis pensamientos van con el desfase de unos quince por delante, ayudado por lo que os decía antes de mi piloto automático, y que las dos enseguida nos enrollamos a hablar como persianas, pues ni me di cuenta de apagarla.
Total, que como os decía antes, esta semana en mi vida, yo de luces voy sobrada.

miércoles, 21 de febrero de 2007

PLACER SOLITARIO

Queridos bloggeros míos, ¡cómo anda el patio!. Adviertóos a todos que ando con la sensibilidad maternal a flor de piel. Porque una es muchas cosas (yo soy polizofrénica, y al paso que voy, cada día más) pero entre otras fruslerías, al final lo que más soy es madre (me ocupa muchas horas al día) y estoy descubriendo yo, que pa'l mundo mundial esta es mi parte chunga.
A mi antes me quería mucho mundo (salvo dos o tres, que de todo tiene que haber en el supermercado del señor) porque soy de esos especímenes tirando a tranquilos que grita poco y deja vivir, pero de pronto me he dado cuenta que a mi ya no me quiere ni dios (este es uno de los dos o tres que os decía antes). O me quieren pero con peros. Siendo concretos, me quieren sin mi niña.
A esta conclusión no he ido llegando poco a poco a fuerza de notar sutiles indicios. No, yo esto lo sé porque me he encontrado con argumentos del barquero espetados tranquilamente en un momento tan relajado y cotidiano como es el cepillado de dientes. Frases del tipo: "si no viniera tu hija, no dudes que me quedaba". Y yo esos comentarios me los trago frecuentemente, como si tal cosa, asintiendo con la barbilla, mirando de reojo el calibre del paquete (que no me digáis que no hay que tener huevos para soltar semejante fresca a una madre) y pensando vale chato, yo que tú me llevaba el cepillo a casa, porque en cuanto te vayas voy a limpiar el baño y no se me ocurre mejor herramienta.
Pero la verdad es que enseguida se me pasa, porque entiendo a todos aquellos que nunca han querido tener niños y han decidido que su vida debe transcurrir sin ellos. Y entiendo a mis amigas que no quieren tratar con los niños ajenos porque bastante tienen con los propios (yo soy una de ellas), y que solo vienen a visitarme cuando o mi niña está con su padre o está durmiendo. Y entiendo hasta a los abuelos que dicen que los hijos son de sus padres, que ellos ya criaron a los suyos, que trabajan mucho entre semana y que cuando llega el finde ellos también quieren descansar. Yo es que soy de izquierdas y lo entiendo y tolero todo (mmmmm, o casi).
Porque para Mac Guffin, el que nos venden a las mujeres con lo de tener niños (al loro con lo del Mac Guffin, me encanta esa frase y más desde que sé lo que significa).
Está claro que todas las madres que tenemos hijos adoramos a nuestros retoños, desde el nivel: dos días sin mi niña y para casi todo pienso en ella, hasta el grado sumum: no sin mi hija. Yo me confieso del primer grupo. No conozco a ninguna madre que por muy agobiada que esté no quiera a sus hijos hasta el punto de no poder imaginarse en adelante la vida sin ellos. Pero no conozco tampoco a ninguna que me haya sabido dar una respuesta coherente argumentando buenas razones para tenerlos, y me incluyo yo misma. Con los hombres hay de todo y muchísimo de "yo, porque se empeñó ella". Cobardes: o ahora por echarle la culpa a ella o antes por no decir claro que no querías (dí que sí íntimo, tú hazte la vasectomía, que me han dicho que no duele y si hace falta yo te pongo el vetadine en los puntos, que ya lo he hecho antes con los gatos).
Y es que ahora mismo no se me ocurre ninguna razón para tener un hijo. El mundo es una mierda (aunque le caben cosas maravillosas), eso es obvio, y ya no lo digo por los conflictos entre oriente y occidente, ni por el calentamiento global, que hasta consigue un par de Oscars. Es que uno se siente feliz muchísimas menos veces que como mínimo cansado, ya no diré agobiado o dudando si dejarse las venas largas. Y la posibilidad de vivir una vida excitante y estupenda es muy, muy pequeña, por cada vida extraordinaria que te encuentras (de tipos no siempre felices) te encuentras mil entre grises y patéticas. O sea, que por generosidad nuestra y para que ellos sean felices sabemos que no es, eso está claro.
Vale, los padres tenemos hijos por purito egoísmo. Pero las mujeres en concreto es que somos tontas de remate. Según la estadística de los casos y casos que yo conozco, la abrumadora mayoría me dice que actualmente y en los tiempos que corren, cuando un hombre tiene hijos descubre otras maneras de pasar los fines de semana, de viajar e irse de vacaciones, si te descuidas hasta de comer (y esto no significa que todos disfruten con el cambio). A una mujer que tiene hijos, le cambia todo eso, y además y antes que nada, su vida y expectativas profesionales.
Ante todo diré que yo soy feminista con mucho orgullo y a mucha honra, porque así, haciendo repasillo rápido es el -ISMO que encuentro que menos conviene perder de vista. Para todos aquellos que aún no lo sepan, la definición literal que da el diccionario de la RAE para los téminos feminismo y machismo son los siguientes:
FEMINISMO (Del lat. femina, mujer, hembra, e -ismo). 1. m. Doctrina social favorable a la mujer, a quien concede capacidad y derechos reservados antes a los hombres. 2. m. Movimiento que exige para las mujerse iguales derechos que para los hombres.
MACHISMO 1. m. Actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres.
Esto es lo que hay. Sin embargo existe una definición extraoficial que equipara feminismo a machismo (Actitud de prepotencia de las mujeres respecto de los varones) y hace que muchísimas personas inteligentes y con dos dedos de frente repudien abominablemente del primero aceptando menos ofendidas el segundo. O por lo menos una ofensilla menos militante. Declararse feminista en los tiempos que corren es casi una osadía y la mejor manera de que a una le tachen de radical y extrema (casi hasta de violenta).
Sin embargo yo no entiendo que todavía halla quienes no están de acuerdo en concedernos a las mujeres esa capacidad y esos derechos reservados antes sólo a los hombres y que no exija para las mujerse iguales derechos. Aceptemos barco y que en nuestra 'Pañññña ya hemos llegado a esa igualdad de derechos legales. Vale, aceptemos portaaviones y que las instituciones y la vida social en masa aplica esos derechos como norma y de forma escrupulosa. Aceptemos las opiniones de miles de personas que como mi Cruela agradecen muchísimo lo que han hecho por ella las feministas, pero nos piden que no hagamos más, que ya va servida y que a ella le encanta como están así las cosas, que no quiere convertirse en un hombre (¿el feminismo lleva a eso?). Por continuar con su alegato al sentido práctico, os diré lo mismo que me dice ella: "Irma empieza a entender como es el mundo, acéptalo y serás mucho más feliz" (que ya lo soy mucho para lo que es la media). Yo lo de entenderlo lo entiendo (vamos, que por lo menos no me engaño con lo que hay), pero lo de aceptarlo ¡una mierda!.
Porque a la hora de la verdad, las mujeres estamos discriminadas, no por nuestros hombres que nos rodean, ni por la mala fé de nadie, ni por unas leyes que han evolucionado que da gusto (y no lo digo con coña)... A nosotros nos discrimina la sociedad de mercado y del bienestar, tremendamente competitiva, brutalmente capitalista y siempre al servicio de ganar una pela para tener una comodidad nueva. Desde que nacemos y nos sueltan en la guarde empezamos a prepararnos para ser los más-más y estar mejor preparados que nadie para ganarnos las lentejas y el monovolumen. Y cuando completamos la formación empezamos a currar más que nadie para tener lo mismo que todo el mundo: la hipoteca, la play station, las vacaciones, el mundo que enseña National Geographic y la vida que enseña el cine que mola (no el de Stephen Frears). Queremos vivir comoda e intensamente para compensar lo intensamente que trabajamos para vivir cómoda e intensamente... Pertenecemos a una manada constituída por especímenes sobradamente preparados de entre los que se selecciona con minuciosidad quien es el que número uno y se nos somete a test psicotécnicos y pruebas miles y modernísimas que vienen a detectar e intuir a quienes esconden dentro a una futura rana de la empresa. Se desechan a virtuosos por ser sospechosos de nos ser lo suficientemente competitivos o rentables. Y para rana, rana indisimulables las mujeres.
Nosotras somos una inversión nefasta, porque absolutamente todas somos susceptibles de convertirnos en madres. Y qué ocurre entonces con la inversión: pues que de entrada se va a pasar nueve meses muy delicaditas, que va a faltar a trabajar por miles de visitas al tocólogo (buen nombre, si señor) y por miles de indisposiciones. Tendrá mareos y desfallecimientos, vómitos, estará pesada, se moverá con torpeza y tendrá las piernas y las manos hinchadas como botas. Y eso yendo todo bien y culminando con un parto que se produzca un día al salir de trabajar. Porque puede pasar también que la madre en ciernes de con un médico marxista-leninista que le ponga de baja antes de cumplir las cuarenta y un semanas laborables exigibles. Las que no son eludibles son las dieciséis semanas de baja maternal que llegan después.
Durante este tiempo no se detiene la ley de la oferta y la demanda y el pez grande sigue desayunándose por kilos a los peces chicos. Así que los empresarios deben subsanar la baja en el equipo encontrando un remplazo que impepinablemente tardará un tiempo en rendir al máximo tal y como rendía la trabajadora ahora convertida en madre. Seguramente ese tiempo requerido sérá el mismo que ella pase ocupándose de su retoño absolutamente ajena a las evoluciones del mercado y justo cuando todo funcionaba de nuevo en la empresa, ella volvera reclamando su derecho de reincorporarse. Y la ley obliga a devolver a ese puesto a alguien que no puede rendir al nivel que rindió antes de ser madre, no inmediatamente. Porque son inevitables el desfase por culpa de los meses de parón profesional, la falta de energía por las noches en blanco amamantando de una forma u otra a su retoño, y aceptémoslo, la escala de prioridades de la trabajadora habrá cambiado, y su puesto de trabajo será una fruslería comparada con toda la preocupación y dedicación que ella vuelca en el pequeño mamoncete. Durante un tiempo, y puede ser mucho, la trabajadora va a estar perdida para la causa de la empresa.
No estará disponible para viajar, ni va a tener disponibilidad absoluta para lidiar con sus responsabilidades y clientes, ni va a defender su trabajo más allá de la estricta jornada y a veces ni siquiera, porque en este mundo global uno podría pasarse las horas de toda su vida seguidas una tras otra negociando con una u otra parte del mundo sin necesidad de parar por culpa del descanso común. Hace muchísimo que el mundo ya no duerme.
Esta falta de disponibilidad se traduce en reducción de sueldo: empiezan a desaparecer los complementos y las dietas, las comisiones que rellenan los sueldos hasta hacerlos dignos o golosos. Esa parte más facilmente no declarable.
Si el niño crece en equipo, se subsiste con el sueldo del padre, que no ha variado ni un pelo porque tampoco se ha resentido su capacidad profesional. Este sueldo pasa a ser el que debe defenderse a toda costa. Y aquí empieza el sentido común: faltar al trabajo con frecuencia aunque sea de forma justificada es un riesgo, ¿qué trabajo se arriesga? el que aporta menos ingresos. La mujer se pondrá enferma a la vez que el niño, asistirá a las reuniones del colegio, cogerá vacaciones las decenas de veces que los niños celebran santo tomases de aquino...
A lo mejor incluso debe reducir la jornada para poder ocuparse de su hijo cuando salga del colegio, total para lo que cobra... E incluso echando cuentas resulte más rentable ahorrarse los gastos de los campamentos de verano, de los canguros y las extraescolares pese a prescindir del escueto sueldo de la mujer. Muchas veces acaba por dejar de trabajar, ni los horarios de los colegios, ni las vacaciones, nada es compatible con la vida de los padres. Y es mucho más importante un hijo que un trabajo. Se reordenan las prioridades. A partir de ahora ella también depende del sueldo del padre de su hijo y ya está en la delicada tesitura de confiar ciegamente en que esa relación no se vaya nunca al carajo, porque no podría costearse ni su propia vida, menos aun la de su hijo. Y a esa edad y con su antecedente profesional jamás volverá a encontrar un trabajo compajinable con su estado de madre (no existe ni para las que tienen mejor curriculum) ni un sueldo que pueda pagar la calidad de vida que desea para ella y sus retoños. Y sí existen las pensiones compensatorias que pagan los maridos a las ex que no trabajan, pero no son realista, en este país ¿qué sueldo medio decente puede costear dos hipotecas, las necesidades de dos adultos, y los gastos de unos hijos...? muy poquitos. El juzgado de familia no puede obligar a ninguna persona a endeudarse por encima del umbral de supervivencia, consecuentemente serían dos adultos con ciertas comodidades obligándose a perderlas a cambio de vivir con muchísimas carencias, y lo que es peor, condenando a sus hijos a unos barrios de mierda, con unas compañías de mierda y dejándolos en unos colegios de mierda que no les prepararán nunca para vivir otra vida más que esa de mierda, porque llegarán los niños de los colegios privados con estudios en el extranjero y becas y masters de prestigiosas universidades de nombres rimbombantes que les dejarán en la cuneta con solo mirarles y encontrar las ochocientas diferencias. Pocos padres, y menos madres suelen aceptar ese trato y ya están metidas en la vida El Lute: camina o revienta.
Pero puede ser que la mujer conserve su trabajo, y que encima se le haya presentado una crisis irresoluble de pareja que la lleva a convertirse en madre solatera (algo que muy pocas prevemos cuando tomamos la decisión de tener un hijo). Tenemos nuestro sueldo por hache o por be inferior del que tuvimos antes de ser madres con el que ahora debemos cubrir como mínimo los mismos gastos que cuando los ingresos eran el doble, pero absolutamente a solas. Nos volcamos a trabajar como burras con la esperanza de ganar más, y no arriesgamos ni un pelo el trabajo que ahora sí vuelve a ser prioridad (e imprescindible). Nos convertimos en unas expertas en despertar a nuestros hijos una hora antes cuando está enfermo para darle Apiretal (el equivalente a la aspirina infantil, para los no documentados) con suficiente margen como para entregarle en la puerta del colegio fresco como una lechuga obra y gracia de la química y apagadito como una vela ahogada en cera. Allí le dejamos sintiéndonos fatal pero rezando todo lo que sabemos para que el móvil no suene por lo menos hasta el medio día y no tanto porque el niño pueda encontrarse mal por la subida de fiebre, como por la situación difícil en que nos pondría abandonar el trabajo para ir a ocuparnos de él. Y etcétera, etcétera, etcétera hasta no acabar nunca.
¿Pero así como narices vamos a ser competitivas? Yo monto mi pequeña empresita y vamos si me pienso lo de contratar a una mujer en edad reproductiva o ya reproducida. Los empresarios solo pueden hacer dinero, no caridades, sino jodida iba la cosa, ni comían ellos ni los empleados, la vida no da como para muchas bobadas, que salir adelante es una cosa muy, muy seria. ¿Ves Cruela como sí me entero?.
Cómo no voy a entender a mis amigos y amigas que deciden conscientemente no tener jamás hijos, que no los quieren para no pagar estos precios, para no perderse nada de tanto y tan excitante como ofrece el mundo y a lo que renunciamos en nuestros mejores años los que nos decidimos a ser padres.
Todos estamos cansados, y los niños cansan y molestan. Nadie quiere cerca en un viaje, ni en las vacaciones, ni en los restaurantes, ni en ningún lado a los niños ajenos. Se han convertido en la caca que sólo le huele bien a su autor. Son legión mis buenos amigos que sólo están conmigo en las ocasiones que mi hija no está presente.
Tengo una doble vida. Una socialmente activa, divertida, llena de adultos interesantes con planes interesantes y que me quieren facilmente. Y otra que sucede a solas en un mundo infantil llen¡o de niños (porque mi hija si tiene vida social cuando está conmigo) y de padres que no necesariamente son amigos, sino aliados por el bien de nuestros hijos. Y esta es la que disfruto cuando está mi hija: mi placer solitario. No soy peor cuando está ella, es un hecho constatado. De hecho soy mejor porque soy más generosa y entregada, bebo menos o nada, me río mucho más, soy más ingeniosa y soy capaz de sentir más ternura. Pero para la mayoría del medio me convierto en alguien un poco peor, menos disfrutable, menos fácil, menos interesante. Yo valgo, pero con mi hija es un coñazo. Las relaciones humanas las establecemos esos miembros de la manada sometidos a esa presión tan competitiva. Y ya no sabemos comportarnos de otra manera que de la hedonista que exige el máximo placer y satisfación con la mínima inversión de esfuerzo. ¿Es que acaso no hacemos ya suficientes otros esfuerzos?, por dios que el placer por lo menos sea fácil.
No, no puedo reprocharlo. Pero me niego a ser realista y dejar que la aceptación de estas reglas empiece a quitarme las ganas de vivir lo que ahora no vivo. No acepto conformarme con comer cualquier hueso de los que nos va hechando el mundo. ¡Gracias idealistas por tirar del carro!.
En cualquier caso, chicas, por no ponernos dramáticas: ¡hagamos huelga de úteros caídos! ¡una mierda a la maternidad!, que demasiado curramos ya, y al fin y al cabo esto son solos dos días: a vivirla y a correr, viajemos, vayamos a todas las fiestas posibles, salgamos los fines de semana con nuestros amigos, veamos documentales con nuestros churris en el sofá leyendo el periódico los domingos, que le den dos duros al futuro, que total ya es una mierda, si hasta Al Gore paga un pastón de luz. ¡Que se vaya al pedo la humanidad!.
A tomar por saco. Todo. Que tengan los hijos otros. O no.
P.D.1: Conozo a un montón de mujeres encantadas de la suerte de no tener que trabajar para vivir porque ya lo hace su pareja, y de poder disfrutar de muchísimo de todo lo que los demas no podemos disfrutar, empezando por los hijos. A otras encantadas de ser madres como lo que más y casi lo único que les realiza en la vida. Otras que hacen magia y son felices con su vida de pareja de madre y de profesional. Otras que no han sentido nunca la necesidad de desarrollarse profesionales ni quieren las responsabilidades que tienen muchos hombres. Otras que el mejor negocio de su vida fue casarse y sobre todo separarse. Hombres valientes y excepcionales, feministas y con una pasión tremenda por la vida que jamás quisieron perderse nada y que siempre supieron apreciar que lo mejor del mundo no son los lugares sino las personas que encuentran en ellos, mágicas a cualquier edad: así es mi padre (el auténtico héroe de mi vida), Conozco a hombres vapuleados por mujeres que les arruinaron la vida sin ningún tipo de escrúpulos. Es así, por supuesto porque no es una cuestión de género sino de personas.
P.D.2: Este post militante se lo dedico a mi niña, la verdadera estrella de mi vida, la que todos los días me hace sentirme feliz nada más verla por la mañana con el corazoncito dormido. Y que es alucinante, pero es mi mejor cura para cualquier tentación de sentirme triste.
P.D.3: A Estrella, la gladiadora del hogar.
P.D.4: Lo siento. No he podido hacerlo más corto. Este si que era de si me callo reviento.

martes, 20 de febrero de 2007

A MI QUE NO ME TOQUEN NI UN PELO

Hay una terapia que a mi no me ha fallado nunca en ninguna de mis crisis existenciales: la del shopping. Será inmadura, descerebrada, imprudente y letal para la VISA, pero es mágica: salgo de casa hecha una braga Bridget Jones y vuelvo cargadita hasta las pestañas L'Oreal de bolsas y bolsones, pero convertida en un tanguilla de las de puntilla y raso (que va usted a comparar).
Sin embargo hay otra tentación del momento de flojera que hay que evitar a toda costa, es peligrosa, irremediable y no sólo no te cura el ánimo, sino que entras creyéndote la braga de Bridget Jones y sales sintiéndote la faja color carne con ballenas de tu ex-suegra: LA PELUQUERÍA.
Dante no tiene escrúpulos ni un cuerpo para el pecado (es como Boris Izaguirre, siempre haciendo eses al borde de la peligrosa curva que separa el vientre mullidito de la panza monda y oronda, y no os cuento desde que ha regresado de Marruecos, ya no es que ande por el borde profundo del arcén, no, es que se nos ha despeñado por el precipicio de la grasa abdominal poniéndose morado a couscous y pastelillos de almendra y miel). Eso si, igual que Troy tiene una mente privilegiada para los negocios. Él se lo explicó muy claramente a la Cruela: "nena, no hay nada más rentable ni seguro que la histeria de la mujer, en cualquier momento de su vida va a caber una crisis de las de ¡y yo con estos pelos!".
Y ahí Dante tiene toda la razón. No falla, porque una se siente fondona y con el culo caído y vale que podría ponerse a dieta e ir al gimnasio (donde también haría negocio Troy) pero esa es una inversión muy seria de capital, tiempo y sudores, no, lo que una hace es ir a la pelu con la firme intención de someterse a un cambio de look que le afile el rostro y proporcione un conjunto óptico estilizado. O una puede llevar una racha de las de no levantar cabeza y caerse de la cama todos los días y encontrarse frente al espejo del baño paliducha, ojerosa, deslavada y con el pelo como que le hubiera lamido una vaca (algo así como en el anuncio del Actimel justo antes del Actimel) y esto también se cree una que lo arregla la pelu. Mi novio ya no me mira: pelu. Me agobio en el curro: pelu. No llego a fin de mes: pelu.
Y no chicas, hacedme caso, ese es un error así de gordo. Jamás hay que ir a la pelu cuando una está en crisis: ¡NEVER!. Porque estás confusa, dispuesta a hacerte cualquier cosa, lo que sea, a agarrarte a cualquier clavo ardiendo y remedio mágico, incluyendo la crema de baba de caracol o ¿por qué os creéis que pueden pagar sus anuncios en hora punta y canal internacional? pues porque siempre seremos legión las mujeres desesperadas dispuestas a probarlo todo con tal de no ir al gimnasio, de no decidirnos a dejar al patán alojado en nuestra vida, de no hacer terapia de "nena tu vales mucho" ni de empezar a soltar un poco del peso del mundo que llevamos todas sobre nuestros hombros y dejar de ser todas Superwoman, narices que para eso Superman se promociona y cobra muchísimo más, pues que curre un poco (y esa es otra, vamos a ver por qué Superman cobra infinitamente más que Superwoman, que solo salva el mundo de vez en cuando y si hay cámaras delante, y mirad a Superwoman, salvando el mundo exactamente igual, sin salir nunca en la tele, y cuando llega a casa todavía se pone con los niños, la comida, la plancha... y seguro, seguro que además de vez en cuando le hace trabajillos a Superman, que ya hay que tener ganas, porque si todavía fuera Spiderman).
Pero lo dicho, cualquier cosa nos vale, y la pelu la primera. Así una entra debilucha, con su abrigo de punto Benetton que debería haber tirado hace evos, cubierta hasta los pies (porque está comprobado que en los momentos de crisis una mengua), sin fuerzas casi para empujar la puerta y se encuentra con Dante que ya estaba esperando a su presa, dientes afilados, ojos brillantes, tijera en ristre y diciéndote: "¡Uy nena, pero cómo me vienes hoy, si estás abandonadita del todo, con lo mona que puedes ser tú!. Ven a mis manos que cuando acabe contigo no te va a conocer ni tu madre!". Y no miente. No te conoce ni tu madre, ni tu misma cuando por fin te enfrentas al espejo con la obra de arte culminada. Allí estás aderezada con un nuevo corte Llongueras desfilado hacia aquí a diferentes alturas, absolutamente asimétrico todo, que pareces el malo de Mazinguer Z, te miras de un perfil y eres una mujer macarra, y luego del otro y eres una loca absoluta, pero ninguna es la mujer que tu recuerdas y desde luego ahí no hay dudas, de los dos perfiles ninguno es bueno. Por no hablar de los colores, esas mechas hipernaturales en rojo y fucsia que no se reprducen en ningún otro ser vivo de la naturaleza (salvo en el Japón manga y en la parte hortera de los USA).
Esta es la opción sofisticada que yo llamo "el Completo", porque cuando van a cobrarte no hay papel en el ticket para apuntar todo lo que te han hecho: extensiones, tinte, permanente, baño de hidratante y de color, papeles albal... que a una la cogen floja y sin caracter y no sabe decir a nada que no (de polvos de esos, la vida llena). La otra opción no menos peligrosa y que igualmente te deja a puntito de llorar a gritos es la que yo más me he trabajado y es la de "quiero ser práctica así que hazme algo que se me note mucho, pero que luego no tenga que pasarme tres horas peinándome para que me quede como tú lo dejas". Aquí si que líbrenos señor de Dante y de este abandono capilar. Y si no que se lo digan a Brinnnnie (¡Brinnnnie te queremos!).
Porque ya habíamos comentado que la Brinnnnie nos llevaba una mala racha, con esa desastrosa salida de año, la aun peor entrada y el suma y sigue que no ha mejorado ni un pelo (nunca mejor dicho). A las últimas fotos me remito: La Brinnnnie vomitando sobre su acompañante (al final va a cumplir lo de estar sin sexo en los primeros seis meses, que si le sale así cuando la cogen de la mano, no quiero ni pensar con otros alardes...). La Brinnnnie cabreada como una mona en la puerta de la Ópera, porque no le dejan pasar después de haberse mosqueado con la Paris que ha dejado dicho que si entra esa ordinaria ella se larga. Yo creo que estábamos todos cronomentrando la cuenta atrás al cambio de look, que se masticaba en el ambiente. La imagino perfectamente sentada modosita en la butaca de una suite internacional de L.A., con su gabinete asesor asesorándola: "Brinnnnie cariño, que estás cansada, muy cansada. Que necesitas reponerte, y hemos encontrado una clínica mega pija y olé que es todo glamour, ya verás como de aquí a nada ingresan también a la Paris y os lo pasáis chupi compartiendo cuarto (y mitad de gramo) y recreos...". Y ella que sólo quiere mejorar les hizo caso. Entró el lunes, vió el panorama, dijo "jó que rollo, me voy a la pelu" et voilà. Puedo imaginar a Dante, diente brillante, tijera en ristre, diciendo: "tú tranquila, Princesa, que cuando acabe contigo no tendrás ni que tocar un peine". Como si lo hubiera vivido en mis cannnnes.

jueves, 8 de febrero de 2007

LA SECRETA O EL MISTERIO DEL ATRACADOR DEL CHANDAL

Hoy iba a contaros mis venturas y desventuras de esta semana, acosada por los chicles sin nicotina de la Cruela que ha dejado de fumar, por los mails de mi jefe contándome que la Coca-Cola es el complemento perfécto para el mecánico de coches porque este polivalente elixir se come la grasa, la corrosión de las baterías, despega la tuerca soldada... (ya sabéis que yo siempre llevo una botellita en mi Luisi) y por mi idiosincrasia particular que me hace enviar correos electrónicos íntimos a los clientes más serios y formales de mi trabajo.
Pero no, esta semana no voy a hablar de mi misma porque voy a contaros el misterio que nos tiene acogotados en el barrio donde yo vivo: EL MISTERIO DEL ATRACADOR DEL CHÁNDAL.
Empezaré por ubicaros contándoos que mi barrio son sólo las cuatro calles que actúan de decorado de toooooooda mi vida. Aquí está la oficina donde yo trabajo, el carrefour donde me pierdo aun menos que en mi casa, y aquí viven también un montón de conocidos y sin embargo amigos, la Cruela, la Esteban, el Melendi2, el canguro de mi hija...
El caso es que este barrio, más que barrió es un pueblín, y más que un pueblín una república independiente. Y lo que sucede aquí dentro siempre parece sacado de una película que según a qué generación afecte, podría haber firmado el Berlanga de la Escopeta Nacional, el Bigas Luna de La Juani, o el Almodóvar de cualquier momento.
En los bajos comerciales de mi bloque se encuentra el gimnasio que regenta Pelayo. Pelayo es como la Melannie Griffith de la película Armas de Mujer, que tenía un cuerpo para el amor y una cabeza para los negocios. Yo no sé si el cuerpo de Pelayo da para mucho amor (no nos fiemos de lo que dice Dante) pero vive dios que da para unos cuantos ejercicios acrobáticos (dios, que musculamen) y desde luego que su brillante cabeza si da para los negocios muy bien llevados, y de hecho en la puerta de este gimnasio yo me he encontrado con conocidos míos que habitan y se reproducen en cualquier otro punto de Madrid. Y es que es de lo más completo y ofrece todo tipo de servicios deportivos: spinning, gym jazz, aerobic, pilates, sauna, fisioterapia... y por supuesto dos complementos básicos imprescindibles para el culturizado en cuerpo: ropa hiperajustada de lycra y tatuajes.
Curro, el tatuador de cabecera que trabaja para Pelayo, es un chico popular en el barrio por dos razones: porque es nuestro tío bueno oficial y porque es la cabeza pensante de la panda del barrio, también conocida como la de "Los Blases". Los blases son unos doce maromos hechos y derechos, que obra y gracia de su beneración al Curro, están tatuados hasta las cejas. No se pierden si un sarao, viajan juntos de rave en rave y de sarao en sarao, desde Cádiz hasta Ibiza, pasando por Berlín o por Galicia. Todo les vale y conocen Amsterdam tan bien como estas calles y como yo mi Carrefour. Obviamente ninguno trabaja, o por lo menos no se les conoce oficio legal (de los otros no sabría qué decir), y pasan sus tardes en la plazoleta que separa mi balcón del cuarto sin ascensor, de la ventana del bajo donde se encuentra mi oficina. Allí ellos hablan de sus cosas, lo divino y lo humano, se toman unas cervecillas al amor de nuestro bar que tiene gafe y pasa de mano en mano como la falsa moneda y ninguno se lo queda, y se fuman sus sustancias naturistas naturales todas del norte de África. Este es el núcleo duro de los blases. La periferia de la panda lo constituyen todos los demás que compartimos franja de edad y que sin estar tatuados hasta las cejas, también han pasado de una manera u otra por las manos del Curro (la variación del modo depende del género en gran medida). De ahí que mi barrio cuente con la mayor densidad de tatuados por metro cuadrado de acera del mundo mundial.
Un poquito más al norte se encuentra el bar del Yulius. En este bar se concentran todas las tardes-noches los padres, tíos y demás familiares de avanzada edad de los blases. Por fuera tiene pinta de mesón castellano y por dentro no se sabe muy bien porque no se ve a penas entre las tupidas nubes de humo de los Farias y la mugre de evos que decora uniformemente cualquier detallito del lugar. El Yulius es el propietario que da nombre al garito y si bien es muy buena gente, todos sabemos que está absolutamente contraindicado para la salud (de ahí que todo el que entre pida siempre brebajes que nunca bajan de los 40º pa'rriba). Entre fichazo y fichazo de dominó en la mesa, el Yulius distribuye sus canapés caseros, y todos tienen la misma consistencia que las piezas del dominó (de hecho no es la primera vez que un jugador se casca un trozo de tocino beteado en el centro de la mesa convencido que es un doble nada, y si los demás no se fijan bien hasta cuela, porque el ruido y la consistencia viene a ser la misma que los de la ficha original). Pero que sus tapas estén todas duras y caducadas, es la consecuencia de su responsabilidad con el medio ambiente y su militancia con el reciclaje: él saca la tapa a la mesa, nadie se la come, él se la lleva y la coloca en otra mesa... así eternamente. En ese bar hay patatas fritas que tienen la edad de mi hija.
Los padres, tíos y demás familiares de los blases tienen también centro de reunión de día, y este es el quiosco del Tatchenko. El nombre real del Tatchenko es un misterio para todo el barrio y desde siempre le conocemos por el apodo que es fruto de la inspiración y la mala leche de la gente de nuestro barrio. Este hombre bajito, bajito, más que Dani de Vito, no llega a penas a la ventanilla del quiosco y esto subido a un cajón de Coca-Cola dado la vuelta. De pequeño sufrió una de estas enfermedades infeciosas que no te dejan tocado en lo importante pero te dejan marcado para la vida social el resto de tu vida. El Tatchenko se encarga de suministrar las noticias oficiales vía prensa nacional, y las extraoficiales vía arte oral. Su quiosco emplazado en la calle ancha del barrio y frente a dos institutuos, uno de FP y el otro no, es la atalaya perfecta para enterarse de todo lo que se cuece paredes afuera y paredes adentro de nuestras propias casas. Muchas veces te enteras de lo que vas a hacer mucho antes de pensarlo.
Pero todos hacemos uso de su información sin ningún rubor. Los institutos del barrios (el de FP y el que no) están cuajaditos de adolescentes ñetas y lating kings, dos bandas urbanas que según el gobierno de esta nuestra comunidad no existen en ningún sitio, pero a los de aquí que no existen, la policía los visita día sí, día también. Y no tanto para proteger a los alumnos como para defender a los profesores. En fin, que cuando en la oficina oímos sirenas, nos echamos a cara o cruz a quien nos toca salir a indagar al quiosco del Tatchenko, que basta con acercarse, pegar la oreja a la tertulia de parientes de los blases y empezar a empaparse de todo lo que se cuece, todo lo que se dice, todo lo que se sabe.
Esta es la vida que hacen los hombres de edad de nuestro barrio. Las mujeres de edad son los parientes femeninos de los blases (madres, tías... demás familiares) y se distinguen también muy facilmente porque a la hora en que abren los colegios y las tiendas ellas se echan a la calle adornadas siempre, siempre por uno de estos tres complementos indispensables: el nieto de la mano, el carrito de la compra a rastras o una bolsa del carrefour colgada del brazo (a veces incluso llevan los tres a la vez). Ellas se recogen todas a la hora de hacer la comida, pero cayendo la tarde, se calzan las zapatillas de andar, y caminín caminito, en grupos de a una o en formación de varias, vuelven a salir de paseo porque se lo ha recomendado el médico de cabecera para bajar el colesterol y mejorar la circulación (la propia, no la de la calle).
Pues este, bloggeros, es nuestro barrio. Y últimamente anda un poco descuadrado porque tenemos un nuevo y misterioso inquilino: EL ATRACADOR DEL CHÁNDAL.
El Atracador del Chándal llega siempre haciendo footing, se planta sibilino frente a su víctima y sin parar de mover las piernas, dando saltitos para no quedarse frío, le conmina a soltar todas las pelas. Cuando la víctima (generalmente pariente femenina de un blas) suelta la mosca, el Atracador del Chándal sale pitando como un gamo en la San Silvestre (hasta se le ha visto saltar agilmente una tapia) y desaparece. Corre tanto, es tán rápido que todavía nadie ha conseguido verle detenidamente y aun no existe una descripción muy clara del sujeto. Por no saber, no sabemos si el chándal es de Adidas o de Nike.
Ni que decir tiene que las madres de los blases andan asustadísimas y muy revueltas, porque según se dice y se cuenta, ya han caído tres, y a una de ellas hasta le ha rajado la mano con un pedazo de navaja asín de grande. A una pareja de jóvenes les atracaron con absoluta desfachatez al lado mismo de la pastelería, y en el bar del Plátano han serrado los barrotes de la verja y se han llevado la recaudación de las máquinas. En un garaje han quitado los gepeeses de catorce coches (que nivel tenemos!)... y es unánime y general que esto no puede seguir así.
El quiosco del Tatchenko ya no da abasto, así que según sus últimas informaciones, la policía ha decidido enviar un par de secretas a velar discretamente y desde su posición anónima por la seguridad de nuestro barrio. Y tienen la cosa jodida, porque obra y gracia del gimnasio de los bajos de mi bloque, a la hora en que cae la tarde y el humano medio termina de trabajar, nuestras calles se llenan de jóvenes deportivos vestidos con chándal (de Adidas y de NIke, de los dos) y con camisetas prietas de lycra en su interior íntimo. Y porque la última vez que nos enviaron secretas al barrio, los blases andaban medio paranóicos, desconfiando de las caras extrañas, y a veces de las propias, vamos que casi quiebra la peluquería de Dante porque ninguno nos atrevíamos a hacernos un cambio de look.
De hecho casi linchan a un par de comerciales que vinieron a visitarnos a nuestra oficina con su muestrario de ferretería, tan trajeaditos ellos. Y sólo porque los muy osados se tomaron una cañita en el bar de Yulius tras el trabajo bien hecho (ay! ¿se comerían la tapa?). De pronto el bar empezó a llenarse, y a llenarse, todos tatuados, todos mirando con ojos de o te piras o te acuerdas... y no se armó la de san quintín, pues por los pelos, y porque los comerciales se acojonaron y se fueron pitando. No volvimos a verles claro (pero ahora que lo pienso, eso va a ser porque al final si que se comieron la tapa...). Y es que en este barrio no se sabe que gusta menos, si el delincuente tonto que hace pis apuntando al cielo, o los que vienen a detenerlos.
Afortunadamente, en un par de días lograremos identificar a los sopechosos de secretas, y disimularemos todos en el barrio. Las noticias se despacharán en le quiosco de una en una y sin tertulia, el Yulius esconderá sus tapas. Y los que peor lo pasarán, como la otra vez, serán los blases obligados a quedarse en casa sin poder dar rienda suelta a sus pasiones, acompañados encima por sus madres que no se atreven a salir a la calle hasta que no detengan al delincuente, (al del chándal, no a su hijo).
Pero luego todo volverá a su cauce. Los secretas a su casa y el Atracador del Chándal a otro barrio. Nosotros dejaremos de silbar por la calle, volverá a llenarse la plazoleta, la acera a la altura del quiosco del Tatchenco y las tapas del Yulius resonarán sobre la mesa movidas como ficha por algún vivales tramposo. Las madres de los blases volverán a pasear sin miedo con más ahínco para bajar el colesterol retenido, y poquito a poco, y como siempre, volveremos a recuperar nuestra forma de La República Independiente que somos.
P.D.: Con todo mi cariño para el Melendi2, al que su suegra, de mala leche y aburrida en casa, le ha regalado una bandera con el escudo de España (el constitucional eso sí, pero porque ya no se encuentran tan facilmente de las otras), que le sobró de la manifa del sábado pasado convocada por Rajoy... digo por el Foro de Ermua. Melendi2 chato, tú contente y no seas Miura, que sólo quiere provocarte, no vayas a entrar a ese trapo. Ah! y que ya le he dado el DNI de tu hermano a tu madre, que me la encontré en el Carrefour.

miércoles, 31 de enero de 2007

MIS MEMÉS

Por petición popular, aquí van mis memés, aunque ya os digo que ni son inconfesables y que no los oculto ni un pelo, porque una es como es, y a mi se me ven a la legua.
1.- Soy una intensa de narices. Yo me pienso las cosas como todo el mundo, llego a una conclusión y si se da el caso, la expongo. Hasta aquí todo correcto. Lo que ocurre es que después me quedo a sola con mis reflexiones y sigo dándoles vueltas a los axiomas hasta hacerme veinticinco teoremas distintos todos ellos de quince pizarras de extensión. Barajo todas las posibilidades, del tipo "pero y si..." y adiós, ni sé de donde vengo ni adonde voy, que yo solita me pierdo. Si dieran premios peñazo por pensar yo sería de cum laude en cuanto a las conclusiones marcianas que se pueden obtener por indicios de lo más sosos. Esto se agrava muchísimo por el hecho de que me encanta comunicarme, que es mi segundo memé.
2.- Soy una plasta. O lo dejamos en comunicativa a secas. Cruela no, Cruela lo deja en plasta. El íntimo que me trata con más mimo, dice que hace tiempo que decidió prescindir de la radio en su coche, que ya hablo yo, y como ni siquiera necesita contestarme... pero que os voy a contar a vosotros, que me leeis.
3.- Me encanta el cine. Soy cinéfila de las adictas a las pelis que también le gustan a Garci, así que me se diálogos, cotilleos de rodajes, directores y productores, en fin esas cosas.
4.- Soy una ignorante de las cosas relevantes de la culturilla general, pero no lo hago a posta, es que se me olvidan. Sin embargo soy una erudita en gilipolleces intrascendentes del tipo que Pat Garret fue el que se cargo a William Cody (conocido en su casa como Billy The Kid) esto y mi memé tres me convierten en una contrincante temible al Trivial para los quesitos petardos que no son ni geografía ni historia ni arte ni literatura.
5.- Soy como Hermida con las citas, no sé hablar sin citar una frase famosa, pero yo sólo cito las tiras de Mafalda. Me sé todas de memoria (y tampoco lo hago a posta, es esa habilidad para quedarme solo con lo irrelevante, que debe de ser lo que de verdad le interesa a mi subconsciente), e incluso hago combates de Mafaldas con mi padre, otro adicto, él empieza la tira y yo la acabo, y ambos dos lo hacemos todo de memoria.
Y ahí queda todo, el resto es lo que veis, hijas, ya me dice el horóscopo que me reserve un poquillo más de misterio. (Coño, otro memé: hago muchísimo caso al horóscopo, pero una fruslería comparado a la biblia de mis días que son las cartas de la Cruela).