miércoles, 21 de febrero de 2007

PLACER SOLITARIO

Queridos bloggeros míos, ¡cómo anda el patio!. Adviertóos a todos que ando con la sensibilidad maternal a flor de piel. Porque una es muchas cosas (yo soy polizofrénica, y al paso que voy, cada día más) pero entre otras fruslerías, al final lo que más soy es madre (me ocupa muchas horas al día) y estoy descubriendo yo, que pa'l mundo mundial esta es mi parte chunga.
A mi antes me quería mucho mundo (salvo dos o tres, que de todo tiene que haber en el supermercado del señor) porque soy de esos especímenes tirando a tranquilos que grita poco y deja vivir, pero de pronto me he dado cuenta que a mi ya no me quiere ni dios (este es uno de los dos o tres que os decía antes). O me quieren pero con peros. Siendo concretos, me quieren sin mi niña.
A esta conclusión no he ido llegando poco a poco a fuerza de notar sutiles indicios. No, yo esto lo sé porque me he encontrado con argumentos del barquero espetados tranquilamente en un momento tan relajado y cotidiano como es el cepillado de dientes. Frases del tipo: "si no viniera tu hija, no dudes que me quedaba". Y yo esos comentarios me los trago frecuentemente, como si tal cosa, asintiendo con la barbilla, mirando de reojo el calibre del paquete (que no me digáis que no hay que tener huevos para soltar semejante fresca a una madre) y pensando vale chato, yo que tú me llevaba el cepillo a casa, porque en cuanto te vayas voy a limpiar el baño y no se me ocurre mejor herramienta.
Pero la verdad es que enseguida se me pasa, porque entiendo a todos aquellos que nunca han querido tener niños y han decidido que su vida debe transcurrir sin ellos. Y entiendo a mis amigas que no quieren tratar con los niños ajenos porque bastante tienen con los propios (yo soy una de ellas), y que solo vienen a visitarme cuando o mi niña está con su padre o está durmiendo. Y entiendo hasta a los abuelos que dicen que los hijos son de sus padres, que ellos ya criaron a los suyos, que trabajan mucho entre semana y que cuando llega el finde ellos también quieren descansar. Yo es que soy de izquierdas y lo entiendo y tolero todo (mmmmm, o casi).
Porque para Mac Guffin, el que nos venden a las mujeres con lo de tener niños (al loro con lo del Mac Guffin, me encanta esa frase y más desde que sé lo que significa).
Está claro que todas las madres que tenemos hijos adoramos a nuestros retoños, desde el nivel: dos días sin mi niña y para casi todo pienso en ella, hasta el grado sumum: no sin mi hija. Yo me confieso del primer grupo. No conozco a ninguna madre que por muy agobiada que esté no quiera a sus hijos hasta el punto de no poder imaginarse en adelante la vida sin ellos. Pero no conozco tampoco a ninguna que me haya sabido dar una respuesta coherente argumentando buenas razones para tenerlos, y me incluyo yo misma. Con los hombres hay de todo y muchísimo de "yo, porque se empeñó ella". Cobardes: o ahora por echarle la culpa a ella o antes por no decir claro que no querías (dí que sí íntimo, tú hazte la vasectomía, que me han dicho que no duele y si hace falta yo te pongo el vetadine en los puntos, que ya lo he hecho antes con los gatos).
Y es que ahora mismo no se me ocurre ninguna razón para tener un hijo. El mundo es una mierda (aunque le caben cosas maravillosas), eso es obvio, y ya no lo digo por los conflictos entre oriente y occidente, ni por el calentamiento global, que hasta consigue un par de Oscars. Es que uno se siente feliz muchísimas menos veces que como mínimo cansado, ya no diré agobiado o dudando si dejarse las venas largas. Y la posibilidad de vivir una vida excitante y estupenda es muy, muy pequeña, por cada vida extraordinaria que te encuentras (de tipos no siempre felices) te encuentras mil entre grises y patéticas. O sea, que por generosidad nuestra y para que ellos sean felices sabemos que no es, eso está claro.
Vale, los padres tenemos hijos por purito egoísmo. Pero las mujeres en concreto es que somos tontas de remate. Según la estadística de los casos y casos que yo conozco, la abrumadora mayoría me dice que actualmente y en los tiempos que corren, cuando un hombre tiene hijos descubre otras maneras de pasar los fines de semana, de viajar e irse de vacaciones, si te descuidas hasta de comer (y esto no significa que todos disfruten con el cambio). A una mujer que tiene hijos, le cambia todo eso, y además y antes que nada, su vida y expectativas profesionales.
Ante todo diré que yo soy feminista con mucho orgullo y a mucha honra, porque así, haciendo repasillo rápido es el -ISMO que encuentro que menos conviene perder de vista. Para todos aquellos que aún no lo sepan, la definición literal que da el diccionario de la RAE para los téminos feminismo y machismo son los siguientes:
FEMINISMO (Del lat. femina, mujer, hembra, e -ismo). 1. m. Doctrina social favorable a la mujer, a quien concede capacidad y derechos reservados antes a los hombres. 2. m. Movimiento que exige para las mujerse iguales derechos que para los hombres.
MACHISMO 1. m. Actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres.
Esto es lo que hay. Sin embargo existe una definición extraoficial que equipara feminismo a machismo (Actitud de prepotencia de las mujeres respecto de los varones) y hace que muchísimas personas inteligentes y con dos dedos de frente repudien abominablemente del primero aceptando menos ofendidas el segundo. O por lo menos una ofensilla menos militante. Declararse feminista en los tiempos que corren es casi una osadía y la mejor manera de que a una le tachen de radical y extrema (casi hasta de violenta).
Sin embargo yo no entiendo que todavía halla quienes no están de acuerdo en concedernos a las mujeres esa capacidad y esos derechos reservados antes sólo a los hombres y que no exija para las mujerse iguales derechos. Aceptemos barco y que en nuestra 'Pañññña ya hemos llegado a esa igualdad de derechos legales. Vale, aceptemos portaaviones y que las instituciones y la vida social en masa aplica esos derechos como norma y de forma escrupulosa. Aceptemos las opiniones de miles de personas que como mi Cruela agradecen muchísimo lo que han hecho por ella las feministas, pero nos piden que no hagamos más, que ya va servida y que a ella le encanta como están así las cosas, que no quiere convertirse en un hombre (¿el feminismo lleva a eso?). Por continuar con su alegato al sentido práctico, os diré lo mismo que me dice ella: "Irma empieza a entender como es el mundo, acéptalo y serás mucho más feliz" (que ya lo soy mucho para lo que es la media). Yo lo de entenderlo lo entiendo (vamos, que por lo menos no me engaño con lo que hay), pero lo de aceptarlo ¡una mierda!.
Porque a la hora de la verdad, las mujeres estamos discriminadas, no por nuestros hombres que nos rodean, ni por la mala fé de nadie, ni por unas leyes que han evolucionado que da gusto (y no lo digo con coña)... A nosotros nos discrimina la sociedad de mercado y del bienestar, tremendamente competitiva, brutalmente capitalista y siempre al servicio de ganar una pela para tener una comodidad nueva. Desde que nacemos y nos sueltan en la guarde empezamos a prepararnos para ser los más-más y estar mejor preparados que nadie para ganarnos las lentejas y el monovolumen. Y cuando completamos la formación empezamos a currar más que nadie para tener lo mismo que todo el mundo: la hipoteca, la play station, las vacaciones, el mundo que enseña National Geographic y la vida que enseña el cine que mola (no el de Stephen Frears). Queremos vivir comoda e intensamente para compensar lo intensamente que trabajamos para vivir cómoda e intensamente... Pertenecemos a una manada constituída por especímenes sobradamente preparados de entre los que se selecciona con minuciosidad quien es el que número uno y se nos somete a test psicotécnicos y pruebas miles y modernísimas que vienen a detectar e intuir a quienes esconden dentro a una futura rana de la empresa. Se desechan a virtuosos por ser sospechosos de nos ser lo suficientemente competitivos o rentables. Y para rana, rana indisimulables las mujeres.
Nosotras somos una inversión nefasta, porque absolutamente todas somos susceptibles de convertirnos en madres. Y qué ocurre entonces con la inversión: pues que de entrada se va a pasar nueve meses muy delicaditas, que va a faltar a trabajar por miles de visitas al tocólogo (buen nombre, si señor) y por miles de indisposiciones. Tendrá mareos y desfallecimientos, vómitos, estará pesada, se moverá con torpeza y tendrá las piernas y las manos hinchadas como botas. Y eso yendo todo bien y culminando con un parto que se produzca un día al salir de trabajar. Porque puede pasar también que la madre en ciernes de con un médico marxista-leninista que le ponga de baja antes de cumplir las cuarenta y un semanas laborables exigibles. Las que no son eludibles son las dieciséis semanas de baja maternal que llegan después.
Durante este tiempo no se detiene la ley de la oferta y la demanda y el pez grande sigue desayunándose por kilos a los peces chicos. Así que los empresarios deben subsanar la baja en el equipo encontrando un remplazo que impepinablemente tardará un tiempo en rendir al máximo tal y como rendía la trabajadora ahora convertida en madre. Seguramente ese tiempo requerido sérá el mismo que ella pase ocupándose de su retoño absolutamente ajena a las evoluciones del mercado y justo cuando todo funcionaba de nuevo en la empresa, ella volvera reclamando su derecho de reincorporarse. Y la ley obliga a devolver a ese puesto a alguien que no puede rendir al nivel que rindió antes de ser madre, no inmediatamente. Porque son inevitables el desfase por culpa de los meses de parón profesional, la falta de energía por las noches en blanco amamantando de una forma u otra a su retoño, y aceptémoslo, la escala de prioridades de la trabajadora habrá cambiado, y su puesto de trabajo será una fruslería comparada con toda la preocupación y dedicación que ella vuelca en el pequeño mamoncete. Durante un tiempo, y puede ser mucho, la trabajadora va a estar perdida para la causa de la empresa.
No estará disponible para viajar, ni va a tener disponibilidad absoluta para lidiar con sus responsabilidades y clientes, ni va a defender su trabajo más allá de la estricta jornada y a veces ni siquiera, porque en este mundo global uno podría pasarse las horas de toda su vida seguidas una tras otra negociando con una u otra parte del mundo sin necesidad de parar por culpa del descanso común. Hace muchísimo que el mundo ya no duerme.
Esta falta de disponibilidad se traduce en reducción de sueldo: empiezan a desaparecer los complementos y las dietas, las comisiones que rellenan los sueldos hasta hacerlos dignos o golosos. Esa parte más facilmente no declarable.
Si el niño crece en equipo, se subsiste con el sueldo del padre, que no ha variado ni un pelo porque tampoco se ha resentido su capacidad profesional. Este sueldo pasa a ser el que debe defenderse a toda costa. Y aquí empieza el sentido común: faltar al trabajo con frecuencia aunque sea de forma justificada es un riesgo, ¿qué trabajo se arriesga? el que aporta menos ingresos. La mujer se pondrá enferma a la vez que el niño, asistirá a las reuniones del colegio, cogerá vacaciones las decenas de veces que los niños celebran santo tomases de aquino...
A lo mejor incluso debe reducir la jornada para poder ocuparse de su hijo cuando salga del colegio, total para lo que cobra... E incluso echando cuentas resulte más rentable ahorrarse los gastos de los campamentos de verano, de los canguros y las extraescolares pese a prescindir del escueto sueldo de la mujer. Muchas veces acaba por dejar de trabajar, ni los horarios de los colegios, ni las vacaciones, nada es compatible con la vida de los padres. Y es mucho más importante un hijo que un trabajo. Se reordenan las prioridades. A partir de ahora ella también depende del sueldo del padre de su hijo y ya está en la delicada tesitura de confiar ciegamente en que esa relación no se vaya nunca al carajo, porque no podría costearse ni su propia vida, menos aun la de su hijo. Y a esa edad y con su antecedente profesional jamás volverá a encontrar un trabajo compajinable con su estado de madre (no existe ni para las que tienen mejor curriculum) ni un sueldo que pueda pagar la calidad de vida que desea para ella y sus retoños. Y sí existen las pensiones compensatorias que pagan los maridos a las ex que no trabajan, pero no son realista, en este país ¿qué sueldo medio decente puede costear dos hipotecas, las necesidades de dos adultos, y los gastos de unos hijos...? muy poquitos. El juzgado de familia no puede obligar a ninguna persona a endeudarse por encima del umbral de supervivencia, consecuentemente serían dos adultos con ciertas comodidades obligándose a perderlas a cambio de vivir con muchísimas carencias, y lo que es peor, condenando a sus hijos a unos barrios de mierda, con unas compañías de mierda y dejándolos en unos colegios de mierda que no les prepararán nunca para vivir otra vida más que esa de mierda, porque llegarán los niños de los colegios privados con estudios en el extranjero y becas y masters de prestigiosas universidades de nombres rimbombantes que les dejarán en la cuneta con solo mirarles y encontrar las ochocientas diferencias. Pocos padres, y menos madres suelen aceptar ese trato y ya están metidas en la vida El Lute: camina o revienta.
Pero puede ser que la mujer conserve su trabajo, y que encima se le haya presentado una crisis irresoluble de pareja que la lleva a convertirse en madre solatera (algo que muy pocas prevemos cuando tomamos la decisión de tener un hijo). Tenemos nuestro sueldo por hache o por be inferior del que tuvimos antes de ser madres con el que ahora debemos cubrir como mínimo los mismos gastos que cuando los ingresos eran el doble, pero absolutamente a solas. Nos volcamos a trabajar como burras con la esperanza de ganar más, y no arriesgamos ni un pelo el trabajo que ahora sí vuelve a ser prioridad (e imprescindible). Nos convertimos en unas expertas en despertar a nuestros hijos una hora antes cuando está enfermo para darle Apiretal (el equivalente a la aspirina infantil, para los no documentados) con suficiente margen como para entregarle en la puerta del colegio fresco como una lechuga obra y gracia de la química y apagadito como una vela ahogada en cera. Allí le dejamos sintiéndonos fatal pero rezando todo lo que sabemos para que el móvil no suene por lo menos hasta el medio día y no tanto porque el niño pueda encontrarse mal por la subida de fiebre, como por la situación difícil en que nos pondría abandonar el trabajo para ir a ocuparnos de él. Y etcétera, etcétera, etcétera hasta no acabar nunca.
¿Pero así como narices vamos a ser competitivas? Yo monto mi pequeña empresita y vamos si me pienso lo de contratar a una mujer en edad reproductiva o ya reproducida. Los empresarios solo pueden hacer dinero, no caridades, sino jodida iba la cosa, ni comían ellos ni los empleados, la vida no da como para muchas bobadas, que salir adelante es una cosa muy, muy seria. ¿Ves Cruela como sí me entero?.
Cómo no voy a entender a mis amigos y amigas que deciden conscientemente no tener jamás hijos, que no los quieren para no pagar estos precios, para no perderse nada de tanto y tan excitante como ofrece el mundo y a lo que renunciamos en nuestros mejores años los que nos decidimos a ser padres.
Todos estamos cansados, y los niños cansan y molestan. Nadie quiere cerca en un viaje, ni en las vacaciones, ni en los restaurantes, ni en ningún lado a los niños ajenos. Se han convertido en la caca que sólo le huele bien a su autor. Son legión mis buenos amigos que sólo están conmigo en las ocasiones que mi hija no está presente.
Tengo una doble vida. Una socialmente activa, divertida, llena de adultos interesantes con planes interesantes y que me quieren facilmente. Y otra que sucede a solas en un mundo infantil llen¡o de niños (porque mi hija si tiene vida social cuando está conmigo) y de padres que no necesariamente son amigos, sino aliados por el bien de nuestros hijos. Y esta es la que disfruto cuando está mi hija: mi placer solitario. No soy peor cuando está ella, es un hecho constatado. De hecho soy mejor porque soy más generosa y entregada, bebo menos o nada, me río mucho más, soy más ingeniosa y soy capaz de sentir más ternura. Pero para la mayoría del medio me convierto en alguien un poco peor, menos disfrutable, menos fácil, menos interesante. Yo valgo, pero con mi hija es un coñazo. Las relaciones humanas las establecemos esos miembros de la manada sometidos a esa presión tan competitiva. Y ya no sabemos comportarnos de otra manera que de la hedonista que exige el máximo placer y satisfación con la mínima inversión de esfuerzo. ¿Es que acaso no hacemos ya suficientes otros esfuerzos?, por dios que el placer por lo menos sea fácil.
No, no puedo reprocharlo. Pero me niego a ser realista y dejar que la aceptación de estas reglas empiece a quitarme las ganas de vivir lo que ahora no vivo. No acepto conformarme con comer cualquier hueso de los que nos va hechando el mundo. ¡Gracias idealistas por tirar del carro!.
En cualquier caso, chicas, por no ponernos dramáticas: ¡hagamos huelga de úteros caídos! ¡una mierda a la maternidad!, que demasiado curramos ya, y al fin y al cabo esto son solos dos días: a vivirla y a correr, viajemos, vayamos a todas las fiestas posibles, salgamos los fines de semana con nuestros amigos, veamos documentales con nuestros churris en el sofá leyendo el periódico los domingos, que le den dos duros al futuro, que total ya es una mierda, si hasta Al Gore paga un pastón de luz. ¡Que se vaya al pedo la humanidad!.
A tomar por saco. Todo. Que tengan los hijos otros. O no.
P.D.1: Conozo a un montón de mujeres encantadas de la suerte de no tener que trabajar para vivir porque ya lo hace su pareja, y de poder disfrutar de muchísimo de todo lo que los demas no podemos disfrutar, empezando por los hijos. A otras encantadas de ser madres como lo que más y casi lo único que les realiza en la vida. Otras que hacen magia y son felices con su vida de pareja de madre y de profesional. Otras que no han sentido nunca la necesidad de desarrollarse profesionales ni quieren las responsabilidades que tienen muchos hombres. Otras que el mejor negocio de su vida fue casarse y sobre todo separarse. Hombres valientes y excepcionales, feministas y con una pasión tremenda por la vida que jamás quisieron perderse nada y que siempre supieron apreciar que lo mejor del mundo no son los lugares sino las personas que encuentran en ellos, mágicas a cualquier edad: así es mi padre (el auténtico héroe de mi vida), Conozco a hombres vapuleados por mujeres que les arruinaron la vida sin ningún tipo de escrúpulos. Es así, por supuesto porque no es una cuestión de género sino de personas.
P.D.2: Este post militante se lo dedico a mi niña, la verdadera estrella de mi vida, la que todos los días me hace sentirme feliz nada más verla por la mañana con el corazoncito dormido. Y que es alucinante, pero es mi mejor cura para cualquier tentación de sentirme triste.
P.D.3: A Estrella, la gladiadora del hogar.
P.D.4: Lo siento. No he podido hacerlo más corto. Este si que era de si me callo reviento.

martes, 20 de febrero de 2007

A MI QUE NO ME TOQUEN NI UN PELO

Hay una terapia que a mi no me ha fallado nunca en ninguna de mis crisis existenciales: la del shopping. Será inmadura, descerebrada, imprudente y letal para la VISA, pero es mágica: salgo de casa hecha una braga Bridget Jones y vuelvo cargadita hasta las pestañas L'Oreal de bolsas y bolsones, pero convertida en un tanguilla de las de puntilla y raso (que va usted a comparar).
Sin embargo hay otra tentación del momento de flojera que hay que evitar a toda costa, es peligrosa, irremediable y no sólo no te cura el ánimo, sino que entras creyéndote la braga de Bridget Jones y sales sintiéndote la faja color carne con ballenas de tu ex-suegra: LA PELUQUERÍA.
Dante no tiene escrúpulos ni un cuerpo para el pecado (es como Boris Izaguirre, siempre haciendo eses al borde de la peligrosa curva que separa el vientre mullidito de la panza monda y oronda, y no os cuento desde que ha regresado de Marruecos, ya no es que ande por el borde profundo del arcén, no, es que se nos ha despeñado por el precipicio de la grasa abdominal poniéndose morado a couscous y pastelillos de almendra y miel). Eso si, igual que Troy tiene una mente privilegiada para los negocios. Él se lo explicó muy claramente a la Cruela: "nena, no hay nada más rentable ni seguro que la histeria de la mujer, en cualquier momento de su vida va a caber una crisis de las de ¡y yo con estos pelos!".
Y ahí Dante tiene toda la razón. No falla, porque una se siente fondona y con el culo caído y vale que podría ponerse a dieta e ir al gimnasio (donde también haría negocio Troy) pero esa es una inversión muy seria de capital, tiempo y sudores, no, lo que una hace es ir a la pelu con la firme intención de someterse a un cambio de look que le afile el rostro y proporcione un conjunto óptico estilizado. O una puede llevar una racha de las de no levantar cabeza y caerse de la cama todos los días y encontrarse frente al espejo del baño paliducha, ojerosa, deslavada y con el pelo como que le hubiera lamido una vaca (algo así como en el anuncio del Actimel justo antes del Actimel) y esto también se cree una que lo arregla la pelu. Mi novio ya no me mira: pelu. Me agobio en el curro: pelu. No llego a fin de mes: pelu.
Y no chicas, hacedme caso, ese es un error así de gordo. Jamás hay que ir a la pelu cuando una está en crisis: ¡NEVER!. Porque estás confusa, dispuesta a hacerte cualquier cosa, lo que sea, a agarrarte a cualquier clavo ardiendo y remedio mágico, incluyendo la crema de baba de caracol o ¿por qué os creéis que pueden pagar sus anuncios en hora punta y canal internacional? pues porque siempre seremos legión las mujeres desesperadas dispuestas a probarlo todo con tal de no ir al gimnasio, de no decidirnos a dejar al patán alojado en nuestra vida, de no hacer terapia de "nena tu vales mucho" ni de empezar a soltar un poco del peso del mundo que llevamos todas sobre nuestros hombros y dejar de ser todas Superwoman, narices que para eso Superman se promociona y cobra muchísimo más, pues que curre un poco (y esa es otra, vamos a ver por qué Superman cobra infinitamente más que Superwoman, que solo salva el mundo de vez en cuando y si hay cámaras delante, y mirad a Superwoman, salvando el mundo exactamente igual, sin salir nunca en la tele, y cuando llega a casa todavía se pone con los niños, la comida, la plancha... y seguro, seguro que además de vez en cuando le hace trabajillos a Superman, que ya hay que tener ganas, porque si todavía fuera Spiderman).
Pero lo dicho, cualquier cosa nos vale, y la pelu la primera. Así una entra debilucha, con su abrigo de punto Benetton que debería haber tirado hace evos, cubierta hasta los pies (porque está comprobado que en los momentos de crisis una mengua), sin fuerzas casi para empujar la puerta y se encuentra con Dante que ya estaba esperando a su presa, dientes afilados, ojos brillantes, tijera en ristre y diciéndote: "¡Uy nena, pero cómo me vienes hoy, si estás abandonadita del todo, con lo mona que puedes ser tú!. Ven a mis manos que cuando acabe contigo no te va a conocer ni tu madre!". Y no miente. No te conoce ni tu madre, ni tu misma cuando por fin te enfrentas al espejo con la obra de arte culminada. Allí estás aderezada con un nuevo corte Llongueras desfilado hacia aquí a diferentes alturas, absolutamente asimétrico todo, que pareces el malo de Mazinguer Z, te miras de un perfil y eres una mujer macarra, y luego del otro y eres una loca absoluta, pero ninguna es la mujer que tu recuerdas y desde luego ahí no hay dudas, de los dos perfiles ninguno es bueno. Por no hablar de los colores, esas mechas hipernaturales en rojo y fucsia que no se reprducen en ningún otro ser vivo de la naturaleza (salvo en el Japón manga y en la parte hortera de los USA).
Esta es la opción sofisticada que yo llamo "el Completo", porque cuando van a cobrarte no hay papel en el ticket para apuntar todo lo que te han hecho: extensiones, tinte, permanente, baño de hidratante y de color, papeles albal... que a una la cogen floja y sin caracter y no sabe decir a nada que no (de polvos de esos, la vida llena). La otra opción no menos peligrosa y que igualmente te deja a puntito de llorar a gritos es la que yo más me he trabajado y es la de "quiero ser práctica así que hazme algo que se me note mucho, pero que luego no tenga que pasarme tres horas peinándome para que me quede como tú lo dejas". Aquí si que líbrenos señor de Dante y de este abandono capilar. Y si no que se lo digan a Brinnnnie (¡Brinnnnie te queremos!).
Porque ya habíamos comentado que la Brinnnnie nos llevaba una mala racha, con esa desastrosa salida de año, la aun peor entrada y el suma y sigue que no ha mejorado ni un pelo (nunca mejor dicho). A las últimas fotos me remito: La Brinnnnie vomitando sobre su acompañante (al final va a cumplir lo de estar sin sexo en los primeros seis meses, que si le sale así cuando la cogen de la mano, no quiero ni pensar con otros alardes...). La Brinnnnie cabreada como una mona en la puerta de la Ópera, porque no le dejan pasar después de haberse mosqueado con la Paris que ha dejado dicho que si entra esa ordinaria ella se larga. Yo creo que estábamos todos cronomentrando la cuenta atrás al cambio de look, que se masticaba en el ambiente. La imagino perfectamente sentada modosita en la butaca de una suite internacional de L.A., con su gabinete asesor asesorándola: "Brinnnnie cariño, que estás cansada, muy cansada. Que necesitas reponerte, y hemos encontrado una clínica mega pija y olé que es todo glamour, ya verás como de aquí a nada ingresan también a la Paris y os lo pasáis chupi compartiendo cuarto (y mitad de gramo) y recreos...". Y ella que sólo quiere mejorar les hizo caso. Entró el lunes, vió el panorama, dijo "jó que rollo, me voy a la pelu" et voilà. Puedo imaginar a Dante, diente brillante, tijera en ristre, diciendo: "tú tranquila, Princesa, que cuando acabe contigo no tendrás ni que tocar un peine". Como si lo hubiera vivido en mis cannnnes.

jueves, 8 de febrero de 2007

LA SECRETA O EL MISTERIO DEL ATRACADOR DEL CHANDAL

Hoy iba a contaros mis venturas y desventuras de esta semana, acosada por los chicles sin nicotina de la Cruela que ha dejado de fumar, por los mails de mi jefe contándome que la Coca-Cola es el complemento perfécto para el mecánico de coches porque este polivalente elixir se come la grasa, la corrosión de las baterías, despega la tuerca soldada... (ya sabéis que yo siempre llevo una botellita en mi Luisi) y por mi idiosincrasia particular que me hace enviar correos electrónicos íntimos a los clientes más serios y formales de mi trabajo.
Pero no, esta semana no voy a hablar de mi misma porque voy a contaros el misterio que nos tiene acogotados en el barrio donde yo vivo: EL MISTERIO DEL ATRACADOR DEL CHÁNDAL.
Empezaré por ubicaros contándoos que mi barrio son sólo las cuatro calles que actúan de decorado de toooooooda mi vida. Aquí está la oficina donde yo trabajo, el carrefour donde me pierdo aun menos que en mi casa, y aquí viven también un montón de conocidos y sin embargo amigos, la Cruela, la Esteban, el Melendi2, el canguro de mi hija...
El caso es que este barrio, más que barrió es un pueblín, y más que un pueblín una república independiente. Y lo que sucede aquí dentro siempre parece sacado de una película que según a qué generación afecte, podría haber firmado el Berlanga de la Escopeta Nacional, el Bigas Luna de La Juani, o el Almodóvar de cualquier momento.
En los bajos comerciales de mi bloque se encuentra el gimnasio que regenta Pelayo. Pelayo es como la Melannie Griffith de la película Armas de Mujer, que tenía un cuerpo para el amor y una cabeza para los negocios. Yo no sé si el cuerpo de Pelayo da para mucho amor (no nos fiemos de lo que dice Dante) pero vive dios que da para unos cuantos ejercicios acrobáticos (dios, que musculamen) y desde luego que su brillante cabeza si da para los negocios muy bien llevados, y de hecho en la puerta de este gimnasio yo me he encontrado con conocidos míos que habitan y se reproducen en cualquier otro punto de Madrid. Y es que es de lo más completo y ofrece todo tipo de servicios deportivos: spinning, gym jazz, aerobic, pilates, sauna, fisioterapia... y por supuesto dos complementos básicos imprescindibles para el culturizado en cuerpo: ropa hiperajustada de lycra y tatuajes.
Curro, el tatuador de cabecera que trabaja para Pelayo, es un chico popular en el barrio por dos razones: porque es nuestro tío bueno oficial y porque es la cabeza pensante de la panda del barrio, también conocida como la de "Los Blases". Los blases son unos doce maromos hechos y derechos, que obra y gracia de su beneración al Curro, están tatuados hasta las cejas. No se pierden si un sarao, viajan juntos de rave en rave y de sarao en sarao, desde Cádiz hasta Ibiza, pasando por Berlín o por Galicia. Todo les vale y conocen Amsterdam tan bien como estas calles y como yo mi Carrefour. Obviamente ninguno trabaja, o por lo menos no se les conoce oficio legal (de los otros no sabría qué decir), y pasan sus tardes en la plazoleta que separa mi balcón del cuarto sin ascensor, de la ventana del bajo donde se encuentra mi oficina. Allí ellos hablan de sus cosas, lo divino y lo humano, se toman unas cervecillas al amor de nuestro bar que tiene gafe y pasa de mano en mano como la falsa moneda y ninguno se lo queda, y se fuman sus sustancias naturistas naturales todas del norte de África. Este es el núcleo duro de los blases. La periferia de la panda lo constituyen todos los demás que compartimos franja de edad y que sin estar tatuados hasta las cejas, también han pasado de una manera u otra por las manos del Curro (la variación del modo depende del género en gran medida). De ahí que mi barrio cuente con la mayor densidad de tatuados por metro cuadrado de acera del mundo mundial.
Un poquito más al norte se encuentra el bar del Yulius. En este bar se concentran todas las tardes-noches los padres, tíos y demás familiares de avanzada edad de los blases. Por fuera tiene pinta de mesón castellano y por dentro no se sabe muy bien porque no se ve a penas entre las tupidas nubes de humo de los Farias y la mugre de evos que decora uniformemente cualquier detallito del lugar. El Yulius es el propietario que da nombre al garito y si bien es muy buena gente, todos sabemos que está absolutamente contraindicado para la salud (de ahí que todo el que entre pida siempre brebajes que nunca bajan de los 40º pa'rriba). Entre fichazo y fichazo de dominó en la mesa, el Yulius distribuye sus canapés caseros, y todos tienen la misma consistencia que las piezas del dominó (de hecho no es la primera vez que un jugador se casca un trozo de tocino beteado en el centro de la mesa convencido que es un doble nada, y si los demás no se fijan bien hasta cuela, porque el ruido y la consistencia viene a ser la misma que los de la ficha original). Pero que sus tapas estén todas duras y caducadas, es la consecuencia de su responsabilidad con el medio ambiente y su militancia con el reciclaje: él saca la tapa a la mesa, nadie se la come, él se la lleva y la coloca en otra mesa... así eternamente. En ese bar hay patatas fritas que tienen la edad de mi hija.
Los padres, tíos y demás familiares de los blases tienen también centro de reunión de día, y este es el quiosco del Tatchenko. El nombre real del Tatchenko es un misterio para todo el barrio y desde siempre le conocemos por el apodo que es fruto de la inspiración y la mala leche de la gente de nuestro barrio. Este hombre bajito, bajito, más que Dani de Vito, no llega a penas a la ventanilla del quiosco y esto subido a un cajón de Coca-Cola dado la vuelta. De pequeño sufrió una de estas enfermedades infeciosas que no te dejan tocado en lo importante pero te dejan marcado para la vida social el resto de tu vida. El Tatchenko se encarga de suministrar las noticias oficiales vía prensa nacional, y las extraoficiales vía arte oral. Su quiosco emplazado en la calle ancha del barrio y frente a dos institutuos, uno de FP y el otro no, es la atalaya perfecta para enterarse de todo lo que se cuece paredes afuera y paredes adentro de nuestras propias casas. Muchas veces te enteras de lo que vas a hacer mucho antes de pensarlo.
Pero todos hacemos uso de su información sin ningún rubor. Los institutos del barrios (el de FP y el que no) están cuajaditos de adolescentes ñetas y lating kings, dos bandas urbanas que según el gobierno de esta nuestra comunidad no existen en ningún sitio, pero a los de aquí que no existen, la policía los visita día sí, día también. Y no tanto para proteger a los alumnos como para defender a los profesores. En fin, que cuando en la oficina oímos sirenas, nos echamos a cara o cruz a quien nos toca salir a indagar al quiosco del Tatchenko, que basta con acercarse, pegar la oreja a la tertulia de parientes de los blases y empezar a empaparse de todo lo que se cuece, todo lo que se dice, todo lo que se sabe.
Esta es la vida que hacen los hombres de edad de nuestro barrio. Las mujeres de edad son los parientes femeninos de los blases (madres, tías... demás familiares) y se distinguen también muy facilmente porque a la hora en que abren los colegios y las tiendas ellas se echan a la calle adornadas siempre, siempre por uno de estos tres complementos indispensables: el nieto de la mano, el carrito de la compra a rastras o una bolsa del carrefour colgada del brazo (a veces incluso llevan los tres a la vez). Ellas se recogen todas a la hora de hacer la comida, pero cayendo la tarde, se calzan las zapatillas de andar, y caminín caminito, en grupos de a una o en formación de varias, vuelven a salir de paseo porque se lo ha recomendado el médico de cabecera para bajar el colesterol y mejorar la circulación (la propia, no la de la calle).
Pues este, bloggeros, es nuestro barrio. Y últimamente anda un poco descuadrado porque tenemos un nuevo y misterioso inquilino: EL ATRACADOR DEL CHÁNDAL.
El Atracador del Chándal llega siempre haciendo footing, se planta sibilino frente a su víctima y sin parar de mover las piernas, dando saltitos para no quedarse frío, le conmina a soltar todas las pelas. Cuando la víctima (generalmente pariente femenina de un blas) suelta la mosca, el Atracador del Chándal sale pitando como un gamo en la San Silvestre (hasta se le ha visto saltar agilmente una tapia) y desaparece. Corre tanto, es tán rápido que todavía nadie ha conseguido verle detenidamente y aun no existe una descripción muy clara del sujeto. Por no saber, no sabemos si el chándal es de Adidas o de Nike.
Ni que decir tiene que las madres de los blases andan asustadísimas y muy revueltas, porque según se dice y se cuenta, ya han caído tres, y a una de ellas hasta le ha rajado la mano con un pedazo de navaja asín de grande. A una pareja de jóvenes les atracaron con absoluta desfachatez al lado mismo de la pastelería, y en el bar del Plátano han serrado los barrotes de la verja y se han llevado la recaudación de las máquinas. En un garaje han quitado los gepeeses de catorce coches (que nivel tenemos!)... y es unánime y general que esto no puede seguir así.
El quiosco del Tatchenko ya no da abasto, así que según sus últimas informaciones, la policía ha decidido enviar un par de secretas a velar discretamente y desde su posición anónima por la seguridad de nuestro barrio. Y tienen la cosa jodida, porque obra y gracia del gimnasio de los bajos de mi bloque, a la hora en que cae la tarde y el humano medio termina de trabajar, nuestras calles se llenan de jóvenes deportivos vestidos con chándal (de Adidas y de NIke, de los dos) y con camisetas prietas de lycra en su interior íntimo. Y porque la última vez que nos enviaron secretas al barrio, los blases andaban medio paranóicos, desconfiando de las caras extrañas, y a veces de las propias, vamos que casi quiebra la peluquería de Dante porque ninguno nos atrevíamos a hacernos un cambio de look.
De hecho casi linchan a un par de comerciales que vinieron a visitarnos a nuestra oficina con su muestrario de ferretería, tan trajeaditos ellos. Y sólo porque los muy osados se tomaron una cañita en el bar de Yulius tras el trabajo bien hecho (ay! ¿se comerían la tapa?). De pronto el bar empezó a llenarse, y a llenarse, todos tatuados, todos mirando con ojos de o te piras o te acuerdas... y no se armó la de san quintín, pues por los pelos, y porque los comerciales se acojonaron y se fueron pitando. No volvimos a verles claro (pero ahora que lo pienso, eso va a ser porque al final si que se comieron la tapa...). Y es que en este barrio no se sabe que gusta menos, si el delincuente tonto que hace pis apuntando al cielo, o los que vienen a detenerlos.
Afortunadamente, en un par de días lograremos identificar a los sopechosos de secretas, y disimularemos todos en el barrio. Las noticias se despacharán en le quiosco de una en una y sin tertulia, el Yulius esconderá sus tapas. Y los que peor lo pasarán, como la otra vez, serán los blases obligados a quedarse en casa sin poder dar rienda suelta a sus pasiones, acompañados encima por sus madres que no se atreven a salir a la calle hasta que no detengan al delincuente, (al del chándal, no a su hijo).
Pero luego todo volverá a su cauce. Los secretas a su casa y el Atracador del Chándal a otro barrio. Nosotros dejaremos de silbar por la calle, volverá a llenarse la plazoleta, la acera a la altura del quiosco del Tatchenco y las tapas del Yulius resonarán sobre la mesa movidas como ficha por algún vivales tramposo. Las madres de los blases volverán a pasear sin miedo con más ahínco para bajar el colesterol retenido, y poquito a poco, y como siempre, volveremos a recuperar nuestra forma de La República Independiente que somos.
P.D.: Con todo mi cariño para el Melendi2, al que su suegra, de mala leche y aburrida en casa, le ha regalado una bandera con el escudo de España (el constitucional eso sí, pero porque ya no se encuentran tan facilmente de las otras), que le sobró de la manifa del sábado pasado convocada por Rajoy... digo por el Foro de Ermua. Melendi2 chato, tú contente y no seas Miura, que sólo quiere provocarte, no vayas a entrar a ese trapo. Ah! y que ya le he dado el DNI de tu hermano a tu madre, que me la encontré en el Carrefour.

miércoles, 31 de enero de 2007

MIS MEMÉS

Por petición popular, aquí van mis memés, aunque ya os digo que ni son inconfesables y que no los oculto ni un pelo, porque una es como es, y a mi se me ven a la legua.
1.- Soy una intensa de narices. Yo me pienso las cosas como todo el mundo, llego a una conclusión y si se da el caso, la expongo. Hasta aquí todo correcto. Lo que ocurre es que después me quedo a sola con mis reflexiones y sigo dándoles vueltas a los axiomas hasta hacerme veinticinco teoremas distintos todos ellos de quince pizarras de extensión. Barajo todas las posibilidades, del tipo "pero y si..." y adiós, ni sé de donde vengo ni adonde voy, que yo solita me pierdo. Si dieran premios peñazo por pensar yo sería de cum laude en cuanto a las conclusiones marcianas que se pueden obtener por indicios de lo más sosos. Esto se agrava muchísimo por el hecho de que me encanta comunicarme, que es mi segundo memé.
2.- Soy una plasta. O lo dejamos en comunicativa a secas. Cruela no, Cruela lo deja en plasta. El íntimo que me trata con más mimo, dice que hace tiempo que decidió prescindir de la radio en su coche, que ya hablo yo, y como ni siquiera necesita contestarme... pero que os voy a contar a vosotros, que me leeis.
3.- Me encanta el cine. Soy cinéfila de las adictas a las pelis que también le gustan a Garci, así que me se diálogos, cotilleos de rodajes, directores y productores, en fin esas cosas.
4.- Soy una ignorante de las cosas relevantes de la culturilla general, pero no lo hago a posta, es que se me olvidan. Sin embargo soy una erudita en gilipolleces intrascendentes del tipo que Pat Garret fue el que se cargo a William Cody (conocido en su casa como Billy The Kid) esto y mi memé tres me convierten en una contrincante temible al Trivial para los quesitos petardos que no son ni geografía ni historia ni arte ni literatura.
5.- Soy como Hermida con las citas, no sé hablar sin citar una frase famosa, pero yo sólo cito las tiras de Mafalda. Me sé todas de memoria (y tampoco lo hago a posta, es esa habilidad para quedarme solo con lo irrelevante, que debe de ser lo que de verdad le interesa a mi subconsciente), e incluso hago combates de Mafaldas con mi padre, otro adicto, él empieza la tira y yo la acabo, y ambos dos lo hacemos todo de memoria.
Y ahí queda todo, el resto es lo que veis, hijas, ya me dice el horóscopo que me reserve un poquillo más de misterio. (Coño, otro memé: hago muchísimo caso al horóscopo, pero una fruslería comparado a la biblia de mis días que son las cartas de la Cruela).

martes, 16 de enero de 2007

¿QUIEN TEME AL MELENDI DOS?

Bueno bloggeros, como está el mundo. Me he tomado unos días sabáticos porque después de mi frenesí postero intentando contaros mi viaje, he acabado agotada. Eso tengo que resolverlo de alguna manera porque va camino de convertirse en una saga eterna que ríete tú del "Dublineses" de James Joyce. Mientras tanto, más cachitos de mi vida de a pié (o de a rueda, para ser más exacta).
Como sabéis yo encargué mi coche allá por junio, lo comencé a conducir allá por septiembre y me cascaron mi primer multa allá por diciembre (150€ por aparcar en este sitio donde no debe de poderse, pero hay tantos coches aparcados y es tan tarde que no creo que pase nada. Pues eso, que sepáis que los agentes de movilidad urbana de Madrid no tienen vida familiar ni amigos y a las tres de la mañana en vez de estar poniéndose guapos en un pub o durmiendo frente al "Salsa Rosa" de la tele, como el resto de España, están amargando la cuenta corriente de las pobres propietarias de coches cutres con L en sus ratitos de expansión). El problemilla del asunto es que que como podéis ver, yo las cosas me las tomo con mucha calma, y aun no había hecho la transferencia del vehículo, que es la manera técnica de decir que no lo había puesto todavía a mi nombre y seguía al del hermano del Melendi2 (el adorado cuñado calavera de mi amiga la Esteban).
Tragando saliva llemé al Melendi2 y le dije: "Melendi2, que te va a llegar un multazo de mi coche, pero que yo lo pago". Y claro el Melendi2 puso el grito en el cielo y desde su casa a la mía, desde su primero a mi cuarto sin ascensor dos calles más abajo, el bramido atravesó el cielo, la noche y la helada que congela mi parabrisas obligándome cada mañana a raspar a fondo con mi casete de Guns'n'Roses, diciéndome: "VAMOS NO ME JODAS QUE AUN NO LO HAS PUESTO A TU NOMBRE". Después volví a escucharlo vía teléfono, porque las ondas tienen un retardo de unas decimillas de segundo.
Que el Melendi2 estaba notablemente cabreado era más que obvio. Y no conocéis al Melendi2 de malas. Él es un ser bravo y valiente, de metro y medio máximo de altura condensado con una verborrea que acojonaría al mismísimo Coto Matamoros y tan solo nuestra Esteban es capaz de convertirle en ese ser manso que dice a todo "que sí, churri". Yo, con un hilillo de vocecita suave y dulce, le prometí que de esta semana no pasaba lo de legalizar la Luisi a mi nombre.
Pero como dios no sólo ahoga, que si puede aprieta pero bien (y si no, que le pregunten a Sadam), pues a los dos días del final de las vacaciones navideñas, doblaba yo la esquina del cole de mi retoño como Carlos Sáinz las dunas, con el tiempo pegado al culo. En una rápida maniobra coloque a la Luisi enfilada contra la acera en el único hueco legal para aparcar, y arañando por vez ochocientas las yantas dejé pantado mi coche y un señor boyo al de detrás. Con mi niña entregada por los pelos en hora y frente a la puerta de mi Luisi, saqué del bolso mi libreta color pastel con dibujos de enanitos (las cosas que regalan a los niños en los cumples...) y me preparé a escribir una nota con mi número de móvil donde me excusaba largamente por el desaguisado causado. No había terminado aun (ya sabéis que yo no sé resumir) cuando apareció el propietario del vehículo dañado. Yo con la vocecilla esa dulce le expliqué lo acaecido y a él le dió un ataque de risa (muy nerviosa, supongo que rayando la histeria) y me dijo que nooo pasaaaaba naaaada que esto era una bobada, que ayer un camión le había metido la puerta de pasajeros hacia dentro pero tanto que le había quitado una plaza, y que mira, antes de ayer, un gracioso le había arrancado el retrovisor mecánico (esto mientras agarraba los cablecillos que colgaban de la puerta cual Scarlet O'Hara agarrando la tierra de Tara) pero que tampoco pasaba nada, porque era el coche de su mujer, que su cuatro por cuatro se lo habían robado la semana anterior. Me dió tanta pena el hombre... y más que me habría dado, hasta ofrecerle mi hombro para llorar incluso, de no ser por la consciencia que me inundaba de que en cuanto se enterara el Melendi2 yo sería mujer muerta.
A todo esto se añade que hace siglos que yo tenía preparado un finde estupendo con mi amiga Mar (¡hola corazón!) para irnos juntitas a una casa rural perdida enmedio de un pueblito pintoresco de cualquier sierra de España para celebrar su cumple (¡felicidades!). El finde marcado con rojo en el calendario desde hace meses era este pasado, el del temporal de nieve. Todo el mundo me preguntaba incrédulo "¡¿pero vas a ir tú sola conducidendo?! ¡¿con tu mierda de Luisi?! ¡¿Y con tu niña dentro?!" ¡como le han pitado los oídos esta semana a San Cristobal.
Total que yo me imaginaba en medio del camino a ninguna parte donde se encontraba la bonita casa rural en medio de una sierra de nuestra España con un alud de nieve encima de la Luisi que reflejaría sus faros en la nieve (porque además sería de noche) y llamando al Melendi2 para decirle "que si contactan contigo los del seguro...". Me entró pánico.
Así que me cogí el día libre obligada por mi jefe con el que previamente había hablado ya el Melendi2 y me fui a hacer los papeles del coche. El íntimo que es un amigo generoso estupendo siempre, y que empiezo a creer que además de Piscis (caritativo marciano abogado de causas perdidas) va a ser que me quiere, se ofreció a acompañarme pese a ese trancazo que le hacía moquear sin fin, tener los ojillos convertidos en dos pipas llorosas de color rojo intenso, tiritar a tiempos irregulares y buscar desesperadamente una farmacia para comprar paracetamol. Ya en Tráfico un hombre amabilísimo me atendió e hizo repasar todos los papeles que necesitaba para realizar el trámite. Yo aseguré que por supuesto que los llevaba, con esa cara de suficiencia que ponemos las que nos hemos preparado la lección y vamos para diez, pero al llegar al impuesto de circulación urbana, se me puso cara de "Ah, ¿pero ese tema entraba?" que es algo que también me pasaba mucho en el insti.
Llamé al Melendi2 (que no dijo "niña me tienes hasta los cojones" pero que lo pensó tan fuerte que lo oyó hasta el íntimo que reposaba a mi lado concentradísimo en controlar su temperatura corporal). Quedamos en que recogía el papel de su casa. Empezó con voz suave a contarme no sé qué del DNI de su hermano (legítimo propietario de la Luisi) que también iba a necesitar, pero le tranquilicé yo diciendo que no se preocupara, que el DNI de su hermano lo tenía (lo sé, desde septiembre).
Aquí ya hubo bramido y lo oyeron hasta los que estában detrás de las ventanillas acorazadas. Fue fino: "¡HIJA DE PUTA, LLEVÁMOS MESES BUSCÁNDOLO!" y yo con mi hilillo "¡uy! pues no me habías dicho nada". Mi turno en Tráfico era el A449 y aún iban por el A427. El íntimo se agarró los macho y el paquete de clinex y salió espitado dirección del hogar de los Melendi2-Esteban a buscar el papel de la discordia. Los números de turno circulaban despacito a un ritmo de uno o ninguno por hora. Al rato llamé al íntimo para decirle que fuera tranquilo que le daba tiempo más que de sobra a ir y volver con el papel y que no había prisa. Dicho esto y los números empezaron a correr como gamos, a razón de ocho en cero coma segundos. Todavía estaba bloqueando el teclado de mi móvil cuando me tocó dirigirme a la ventanilla.
Pero allí me esperaba la única funcionaria amable que yo he conocido, que seguro que también era Piscis. Yo vacié mi alma relatando mis desdichas, desde la mierda de coche que había comprado sin atreverme a probarle, hasta la multa que me había comido con patatas, pasando por el terrible carácter del Melendi2: sus ojillos brillaban y con voz trémula, bajando la cabeza hasta que su boca quedó a la altura de la rendija de comunicación por donde se pasan los papeles, muy bajito y mirando para todos los lados, me dijo: vale, déjamelo todo y en cuanto llegue tu papel te acercas discretamente y me lo das. Mas feliz que una perdiz dándola mil gracias a ella y al mismo cielo, me dirigí a una silla de plástico a esperar al íntimo.
¡El íntimo! ¡mi pobre íntimo!. Me llamó con voz nasal y entre sorbida y sorbida de mocos me explicó que llevaba dadas mil vueltas y que no encontraba ningún sitio para aparcar. Bajé las escaleras de quince en quince, le arranqué de las manos el papel que me ofrecía a través de la ventanilla y sin decir hola ni adiós, subí de nuevo las escaleras, esta vez de diez en diez (ya he dicho que era subida) y me acerqué discretamente a la ventanilla de la chica solidaria. Discretamente esperé a que se quedara libre, y discretamente le di el papel. Discretamente esperé a que tramitara todo. Y gritando hurras entre botes me alejé de ella en cuanto tuve el permiso de circulación con mi nombre escrito en mayúsculas.
El caso es que ya soy legítima propietaria de mi Luisi. Eso sí a la vuelta de mi casa rural en Siberia cada vecino que me voy encontrando me mira con los ojos fijos, ladeando repetidamente la cabeza y me espeta un "¿pero que le has hecho al Melendi2?". Sé que un día tendré que verle...
P.D.1: Íntimo, te prometo que la próxima vez no te tocará ir andando con tu funcional mochila de diez kilos a la espalda, y en lugar de quedarme dormida al amor del telediario, acurrucada en tu pecho que respira con dificultad por culpa del trancazo y de las flemas, te llevaré en el coche tal y como yo te había prometido.

¡QUE VERDE ERA MI VALLE IV! RESUMIENDO QUE ES GERUNDIO (GOD SAVE THE BIMBO)

Querido bloggeros: tengo un dilema. Ya sabéis de mi natural comunicativo, así que yo podría seguir siglos y siglos colgando post eternos relatando mi viaje a Irlanda a razón de un capitulillo por día de vacación, pero sé que me quitaría muchísimo tiempo de ese que yo dedico a mi vida civil (la mía personal que hago todos los días y que luego voy contando aquí) y tampoco podría hablaros de otras cuestiones y momentos que van quedándose agolpados en mi tintero con tamaño botella fontvella de cinco litros. Así que he decidido liquidar este asunto con una breve sinopsis de lo acontecido en aquellas fechas (lo sé, hasta que no lo vea yo tampoco me lo creeré).
1.- Bueno, para no demorar más la incertidumbre os diré que de mis tres objetivos claves: conducir por la izquierda, conocer los Giant's Causeway y comer Fish and Chips, logré cumplir dos. Lo de conducir fue imposible porque como sabéis la agencia de alquiler no consintió ni un pelo, y porque aunque a veces no resulte obvio, yo al íntimo también le quiero mucho y me daba no sé qué hacerle pasar por eso. Pero los Giant's fueron una experiencia brutal. Yo sabía de su existencia gracias a mi padre, que me los había mostrado en un documental de la dos y según lo ví tuve ese pálpito de que algún día llegaría a conocerlo de cuerpo presente antes de morirme. Lo que tienen de especial es que es una parte de costa donde las rocas han sido erosionadas formando miles de hexágonos de distintas alturas todas al borde del mar y rodeados de maravillosos alcantilados. Anduvimos kilómetros y kilómetros de alucinante paisaje y espléndida compañía y ya ha quedado para la antología de mis mejores días.
2.- El íntimo no tanto, pero yo en este viaje pasé un hambre de caballo. Para Noche Buena habíamos comprado un par de fruslerías entre las que se encontraba una bolsa de patatas congeladas precocidas de un tamaño capaz de alimentar a un orfanato, y sobre todo un par de chuletones a cuatro euros cada uno a los que sólo les faltaban los cuernos para ser una vaca completa. No comimos en todo el día para tener suficiente hambre en la cena y ¿que pasó? pues que a aquello no había quien le hincara el diente, eran dos suelas de zapatos (de plataforma, eso sí) y ni con la multiherramienta Leatherman (25 años de garantía, indispensable para el profesional del metal y el mercenario en Irak) conseguiamos cortarlos. Finalmente tuvimos que deshacernos de ellos, en mi caso con lagrimones en los ojos. Nos quedamos casi en ayunas. Al día siguiente era Navidad, y en Navidad no trabaja nadie en Irlanda. No encontramos ningún sitio donde desayunar, donde comer y tan sólo pudimos cenar las patatas que habían sobrado de nuestra bolsa industrial acompañadas de mostaza y de dos rebanadas de pan bimbo. Yo me hice un bocata imaginando que era de tortilla con poco huevo y casi me ahogo yo de verdad y el íntimo de verme. Al día siguiente asaltamos un spar y desde ese día ya solo nos alimentamos a base de sandwiches de pan bimbo y jamón de molde con o sin tranchetes, con o sin salsa rara de mahonesa dulce. El cuarto día me desmayé sobre la cama al levantarme por purita inanición y esto me sirvió para percatarme que mi alimentación es una cosa muy seria de la que yo no puedo prescindir. Y al íntimo para descubrir que si no como me apago, dejo de ser el cascabelillo feliz que soy y tal vez hasta pueda ponerme un poco borde. Desde entonces siempre procuro tener comida cerca (uvas, leche, chocolates, torta de chicharrones...) y el íntimo me pregunta antes de ir a conmigo a ningún sitio, si he comido, si tengo hambre, si hace falta preparar un sandwich, por lo que pueda pasar.
3.- Nuestro viaje estuvo lleno de paisajes estupendos, algunos por purita casualidad, como los míticos Moher, a donde llegamos por los pelos, sin apenas luz al final del día y con un par de narices hasta nos los pasamos largo. Pero cuando finalmente estuvimos en ellos nos encontramos con una puesta de sol tan alucinante que nos hace salir en las fotos con una cara de lelos sobrecogidos que son todo un poema.
4.- El íntimo y yo acabamos el viaje juntos, no nos tiramos el coche a la cabeza, no nos odiamos ni nos dijimos pestes. Hubo momentos de los bonitos bonitos, o de los de partirnos de risa. Otros brillantes, otros anodinos, algunos de silencio cómodo y otros de me cayo y punto. Lo que viene a ser la vida de carne y hueso. Algunos lugares fueron aun mejores gracias a la compañía que nunca llegó a sobrar, y en todo caso, en algunas ocasiones me faltaron presencias, especialmente la de mi niña, que es ese apéndice mío que me hace cantar constantemente por dentro la famosa canción de Kiko Veneno: "lo mismo te echo de menos, lo mismo, que antes te echaba de más".
5.- Comprobé que los hoteles que tienen de todo, cuando cuestan menos de sesenta euros no tienen de nada. Gracias a eso tengo en casa una bolsa tamaño Hipercor llena de botecitos de geles de baño, champús, cremas hidratantes, cepillos de dientes, jaboncitos y sobre todo, de maquinillas de afeitar, que el íntimo va recolectando para mi en cada hotel en el que se aloja por motivos de trabajo.
Y colorín colorado, este viaje se ha acabado.

lunes, 15 de enero de 2007

¡QUÉ VERDE ERA MI VALLE III! (LO QUE TIENEN LOS HOTELITOS QUE TIENEN DE TODO)

Sumo y sigo con mi relatito breve, que va para eterno. Ya habíamos llegado a Irlanda, ya habíamos hecho pis nada más bajar del avión (inaugurando el país como dios manda) y hasta habíamos recogido nuestras maletas. Habíamos encontrado a la primera la ventanilla de la agencia de alquiler de nuestro coche y nos habían confirmado que todo estaba en orden para recogerlo a la mañana siguiente en la oficina acordada (¡bien!) y habíamos encontrado también el panel informativo con las líneas de bus que nos podían llevar a nuestro céntrico hotelito con encanto (la política nuestra de antes muertos que en un taxi). Todo estaba encajando perfectamente como en un baile sincronizado de Gemma Mengual: cuando salimos a la calle del aeropuerto, el autobús estaba esperándonos y os lo juro, no tuve ni un segundillo para encender y apagar un cigarro sin casi calada de por medio (Jó, como está Irlanda de chunga para la tabacosis papá, casi dejo de fumar y todo).
Llegar a nuestro "céntrico hotelito con encanto a cinco minutos del centro" nos llevó cuarenta minutos de bus (con debate incluido entre encantadores pasajeros sugiriéndonos en qué parada debíamos bajarnos), unos pocos minutos más de pies para qué os quiero y una hamburguesa de pollo para no desfallecer. Yo a Irlanda he ido con tres objetivos de esos que eran la ilusión de mi vida: ponerme morada de "Fish and Chips" como en la película de Stephen Frears "La Camioneta", conocer los Giant's Causeway y conducir por la izquierda. Bueno pues lo de los "Fish and Chips" ya os digo yo que es un mito: existir existe, y está en todos los menús de los burguers pero como nadie lo pide nunca (es que no deja de ser pescado congelado refrito), siempre siempre te dicen que "no-queda-se-ha-acabado".
Y ya estábamos en la calle de nuestro hotel ¡sin habernos perdido! (algún día os contaré la aventura de nuestro paseíllo por Amsterdam hasta encontrar el "céntrico hotelito con encanto a cinco minutos del centro" de turno. Sólo diré que el íntimo tiene mil virtudes pero no la de la orientación, aunque sabe interpretar un mapa -que no teníamos- y que yo, que no sé interpretar un mapa pero sí me oriento, me pierdo cuando hablo porque me descentro. Con eso está todo dicho).
Si existieran los Oscars al eufemismo, nuestro alojamiento sería "El Señor de los Anillos" de este año. Para empezar, el sitio era pintoresco, muy pintoresco, pero eso era lógico porque era el más barato de todo Dublín que aparecía en la web. Luego que estaba especialmente pensado para viajeros sin dinero amantes del riesgo y la aventura, de la acción y la juerga, y que tenía muchas habitaciones de esas en las que caben muchos huéspedes. Y luego que en la puerta mismita nos encontramos con una parejita de románticos latinoamericanos muy enamorados peleándose a voz en grito porque ella gastaba muchísimo dinero con el móvil (así, en castellano y de pronto tuve la impresión de no haber salido de mi barrio).
Por aquello de preservar cierta intimidad, yo había reservado una "double room ensuite" que era lo más fino que nuestro albergue tenía disponible. La Odisea fue encontrarla, aquí sí nos perdimos una y varias veces por infinitos pasillos llenos de escaleras que caracoleaban pasando de un edificio a otro sin ni siquiera salir a la calle, de hecho creo que nuestra habitación se encontraba en otra manzana distinta a la recepción. Era como el colegio Howards de Harry Potter (incluyendo las escaleras que cambian de sitio) pero carente de toda magia, para qué nos vamos a engañar. Y nuestra suite, Cruela, era como en la foto: una esquina con literas y un baño sin nada de nada de nada ¡ni toalla! (así, en singular). ¡Dios!, menos mal que no hice caso al íntimo y había llevado mi neceser hipercompleto.
Cuando tomamos posesión de nuestro palacio ya era noche cerrada (luego descubrimos que es que en Irlanda es noche cerrada desde las cuatro y media de la tarde) así que ese día sólo nos dio para una cervecilla en un típico puf (ellos lo dicen así, fíjate) donde tampoco se puede fumar y que por eso tiene tanta gente en la calle congelándose, como dentro cociéndose. Y a dormir.
Dormir ¡JA!. Yo duermo poco y mal en mi cama, pero fuera de ella aun menos. Con la emoción y el cansancio a las doce estaba convertida en calabaza totalmente grogui, pero a las tres ya estaba despejadísima y sin poder fumar, porque en nuestro hotelito estaba prohibidísimo y cualquiera salía a la gélida noche aventurándose por nuestro laberinto. Me imaginaba equivocándome de puerta y entrando por error en un armario. Allí me quedaría encerrada durante evos hasta que unos viajeros americanos adolescentes de poca pela, muchos granos y mucha jerga me encontraran convertida en esqueleto en el milenio que viene (ya os digo que de madrugada la imaginación se me dispara). El íntimo pensaría simplemente que me había ido a investigar por mi cuenta y seguiría su viaje sólo (como somos tan libres los dos...). Yo me había llevado de casa mi cenicero sagrado (nunca viajo sin él porque ya me conozco yo las carencias del mundo), así que hubiera podido fumar de extrangis dentro de la habitación, pero no lo hice, claro. Aguanté mi mono durante cuatro horas porque por todas partes había crueles amenazas de lo que podría ocurrirme si osaba fumar en la habitación y porque me pedí la litera de arriba, y si levantaba la cabeza un poco me clavaba el sensor de incendios en la frente. Con las reducidas dimensiones que tenía nuestra "luxury suite", la alarma habría saltado aunque hubiera fumado con medio cuerpo fuera de la ventana. Pues eso.
A las siete de la mañana ya no aguantaba más y me metí en la ducha, que tenía un sistema de grifo igualito que el de los baños de el Carrefour, de esos que aprietas el botón, sale un chorrillo y antes de que hayas puesto las manos bajo el agua, ya se ha cortado. Con esa precariedad, medio helada, intenté asearme lo justo. Me sequé como pude con la camiseta del íntimo, y lo que no pude de mi melena de Atapuerca lo escurrí sobre él que estaba medio sobado en ese momentito dulce de un minutillo más (creo que ahí es cuando apreció toda la dimensión de las carencias de los hoteles que tienen de todo). Él por su parte se duchó con mi gel hidratante y reafirmante. Despejaditos y limpios salimos a la noche de Dublín a la busca y captura de nustro coche. Mi segundo sueño a punto de hacerse realidad.
El coche se encontraba, según el callejero de viamichelin.com a cincuenta y dos minutos andando. Oye, cómo lo tienen controlado los tíos, ni uno menos. ¡Cincuenta y dos minutazos arrastrando mi maleta de floripondios de diez kilos de peso en la noche amaneciendo hasta salirnos del mismísimo Dublín!. Yo sólo soñaba con un "full irish breakfast", que tiene: café o té, tostadas, mantequilla, huevo frito, salchichas, beacon, tomate y champiñones; y hasta el aire de la mañana me tenía ese olorcillo... ¡Pero cero, ni un puf abierto!, aun así, era tal mi emoción que ni siquiera me importó: estaba sólo a cuatro mil pasos de mi coche hecho al revés.
En la agencia nos atendió un postadolescente que se atragantó y puso sus ojos como platos en blanco cuando el íntimo le informó de que la menda, con el menos de un año de carné iba a conducir también. Cuando se recuperó del ataque de tos y bajó la congestión de su cara gritó: "¡NOT, NOT, NOT!" (así, con mayúsculas y todo) haciendo grandes aspavientos con las manos que parecían molinetes. Y ahí se quedó mi gozo, leyentes míos, primer misterio desvelado: no me han dejado conducir. El íntimo me hizo una foto al volante del coche para colgarla por si colaba, pero no voy a engañaros, se nota muchísimo que es de mentira, sobre todo porque está hecha en un parking y se ven todos los otros coches aparcados en batería. Yo sorbí mi decepción a la vez que mis mocos, y ambos me los tragué, porque no estaba dispuesta a que nada, ni siquiera eso, echara a perder la ilusión de mis vacaciones en Irlanda.
Después de aquello, mirándonos con auténtica preocupación, tras suplicar encarecidamente que cogiéramos el seguro completo y después de repasar la VISA con una bacaladera, el postadolescente soltó las llaves las llaves del coche (que ni tenía cenicero, ni mechero, ni ninguna advertencia que prohibiera fumar , je, je). El vehículo en cuestión era un Ford Fiesta nuevísimo a estrenar color rojo cereza y limpísimo en el que nosotros dejamos nuestra impronta quincallera en cuanto entramos, soltamos lastre y pusimos nuestras camisetas a secar en la bandeja de la luneta trasera (con la del íntimo solo no llegaba y hubo que echar mano también de la mía).
Nuestro primer trayecto en coche fue dos metros más allá: al Spar de enfrente a comprar un desayuno precocinado (y la cena), el mío de los mismo ingredientes del full y el del íntimo empanada de riñones, y nos lo comimos en el coche mismo. Yo perdí la mitad de uno de mis huevos fritos bajo mi asiento, pero peor fue lo del íntimo, que dejó toda la salsa en el suyo. Un cuarto de hora sólo en nuestras manos y el coche ya parecía toda una Louisie.
¡Pero ya estábamos camino al Ulster!. Mi plan, ese alternativo diseñado con kilómetros sobre un mapa, con alojamientos reservados por internet, preveía llegar a las doce a Belfast, hacer una paradilla breve para ojearla y continuar al norte por una pintoresca ruta que incluía mis míticos Giant's Causeway y Bushmills, la cuna del "Water of Life" de Ireland (osea, el güisqui) antes de llegar al destino del día: Ballintoy. Ballintoy es un pueblín con cuatro habitantes al que yo le había encontrado el suficiente encanto de ser el único que aparecía en la web con alojamiento cerca de estos lugares. Bueno, pues ese plan era la ficción.
La realidad fue esta: a menos de una hora de salir de Dublín ya estábamos paseando a pie por un mercadillo que había a un lado de la carretera en medio de la nada, donde nos deleitamos con un té y un café comprados en una camioneta (sí señor, como en la peli), hicimos un pis en un baño portátil (hemos ido como los perros, marcando cada sitio en el que parábamos) y compramos unos CDs piratas. Los mercadillos irlandeses son geniales: llegan con una furgo, sacan todas las porquerías que tienen en casa, y siempre hay alguien que las compra. Son como ebay pero en vivo.
Menos de otra hora más de coche y volvíamos a parar a otro lado del camino rodeado de pintorescas y preciosas campiñas y casitas desperdigadas, esta vez para que el íntimo echara una cabezadilla, proque yo no necesito dormir apenas, pero él compensa con creces mi carencia. Yo aproveché para dar un paseíllo por los verdes prados, acompañada de un simpático burrillo que parecía Platero y que en cuanto me vió me identificó como una de los suyos. En el mismo punto donde le encontré a la ida, se quedó a la vuelta y cuatro pasos más allá me esperaba el otro de mi especie, algo más despejado, así que continuamos camino, esta vez sin paradas hasta Belfast.
A mi Belfast me pareció igual que cualquier otra ciudad grande y además estaba en rebajas (y yo con mi extra estreñida, que ni miraba casi los escaparates). Es decir: si hay un edificio chulo, tiene un Zara dentro (pero claro, una hora y poco no da para profundizar mucho...). Un paseíllo, una pinta, un pis y carretera y manta. Y ya todo seguidito sin más parada que una muy funcional para echar gasolina en plena noche cerrada, todavía a kilómetros del pueblín (de la pintoresca ruta que incluía los Giant's y Bushmills nos había mos olvidado hacía muchísimo tiempo). Aprovechamos también para aceptar la evidencia de que mi planning de las vacaciones no sólo no era nada realista sino que era ciencia ficción pura que ríete tú de Star Trek, y por lo tanto para llamar al alojamiento que yo tenía previsto para el día siguiente y cancelarlo directamente. Un día escaso y ya empezaba a percatarme de que a veces no está mal hacer caso de la experiencia de un modesto viajero empedernido que me había sugerido solo dos cosas: no reservar más que en fechas críticas y no pretender conocerlo todo en dos días. Vamos, que cada uno sabe de lo suyo y se ve que lo mío había sido lo del neceser.
P.D.: Tim Robins ¡TE QUIERO! (con permiso de Susan, a la que también adoro).